¡Arder así!

¡Arder así!

• MINIFICCIÓN •

Loca pasión

Marco de Mendoza

Murcia creía que todos querían volverla loca. Murcia no estaba loca; aquel día solo quería saber qué se sentía cuando el cuerpo arde de pasión; nadie antes la había amado. Tomó su chaqueta azul de lana, y se prendió fuego. Fue entonces cuando supo que aunque ardía como el diablo, bien valía la pena. Ya nadie podría volverla loca. Ella misma había encontrado la manera de volverse loca… de pasión.

Desvaríos.

Desvaríos.

«Desvariaba. Los médicos habían dicho que se trataba de un principio de fiebre cerebral; y todos los compañeros de trabajo, que volvían de dos en dos del manicomio donde habían ido a visitarlo, lo repetían. Al decírselo a los compañeros que llegaban tarde y a los que se encontraban por la calle, parecían experimentar un placer peculiar, utilizando los términos científicos que acababan de aprender de los médicos. Y querían parecer preocupados; pero en el fondo estaban tan contentos, saliendo tan saludables de aquel triste manicomio, hacia el azul alegre de la mañana invernal, tras cumplir su deber con la visita».

-El tren ha silbado

Luigi Pirandelo.

Locura.

Locura.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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HUMO BLANCO

Humo blanco, como canción de cuna en medio de la noche, como vaho nocturno que vuela, que trasciende hasta la gloria.

Sol de suaves trazos y esquirlas poderosas que dan vida, que florecen.

Es como un deseo que no acaba, perenne conciencia inequívoca.

Anídame en tu vientre, como nueva vida, como deseo glorioso que te inunde; ojarasca nueva, ven y dame de beber tu miel bendita. Que en tu vientre viva mi vida nueva.

Enloqueceme y vuelve aquí, que en la conciencia permanecerá, si es desdén perdido; que al cabo de un tiempo volverás, como un ave con memoria que recuerda la pasión y el calor de su nidal. Vuelve a mí como siempre. Locura. Como está escrito en la memoria de los anales, como astuto Hermes, como ese humo blanco que trasciende, como aroma fresco, como una vesania que no acaba; incesante, poderosa. Firme decreto que no rompe nadie, porque del galardón de la locura, nada nos salva, más nos premia.

Marco de Mendoza

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Beber de ti.

Beber de ti.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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BEBER AMOR

Bebí tu cuerpo enardecido, ráfaga sutil que esparce veneno como un fuerte brebaje, como candente tequila, como agua de vida. Obsesión bendita que aniquila, que me ata al cuerpo que venero y amo. Soy un ente que te aclama, que perverso bebe de tu boca con ahínco, con deseo; como un ave que clama por un poco de rocío. Beberé tu cuerpo, gota a gota hasta el hastío y comenzaré de nuevo, como un ebrio que sin ti ya tiembla, como un sueño que me salva y me conduce hasta la gloria. Bebí de ti, bebiste, bebimos. Y es un sueño que emana vida aunque esté ausente, aunque a ratos, aunque siempre. Bebámonos y volvamos a empezar, que la vida es breve, que el tiempo no perdona y que tú y yo amor tenemos aunque a ratos nos perdamos.

Marco de Mendoza

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Traidor vencido.

Traidor vencido.

• MINIFICCIÓN •

Peces de hielo

Manuel Menéndez Miranda

Sí, soy su esposa. Gracias, todavía estoy intentando asumirlo, hace apenas tres horas que hablé con él, cuando me llamó para avisarme que la reunión acabaría tarde. No, no tengo ni idea de quien era la chica que ocupaba el asiento del copiloto. Sí, me duele en el alma, como comprenderá, pero por mucho que usted confíe en una futura recuperación, es un gasto enorme y no podemos permitírnoslo, tengo que pensar en el futuro de mis hijos. No, no espere por mí, estoy preparando la cena de los niños y mañana madrugo, puede desenchufarlo ya. Despídame de él por favor, gracias.

Lucha feroz.

Lucha feroz.

«Ya está rota la amistad entre los dos. Ya son enemigos. Ya son adversarios. El hombrecillo que duerme agazapado en el alma, en el cuerpo de Pablo, empieza a hacer sus primeras armas contra la pobre bestia que se debate furiosamente. Quiere dominarla, esclavizarla, someterla a su placer, torturarla sin objeto. La feral batalla se halla en pleno desarrollo, frente a este cielo impasible, a esta paz intachable de la naturaleza. En un minuto de descuido, sobre la mejilla de Pablo cae exactamente la garra del felino. Pablo siente la carne desgarrada y la sangre que brota. El odio, la enemistad, la ira, invaden su pura alma de niño. Y con las dos pequeñas manos en las cuales se ha concentrado súbitamente una extraña fuerza, va apretando, apretando, apretando el cuello del animal, que tiembla, se estremece, maúlla y, de pronto, calla, se aquieta, se inmoviliza entre esas manos. El gato ha caído, por fin sobre el cuello, como un saco vacío. Del húmedo hocico se escapa, casi imperceptible, un delgado hilo rojo. Pablo tiene los ojos desmesuradamente abiertos, tiembla de miedo y empieza a llorar, a llorar como lloran los niños».

-La primera batalla

Hernando Téllez.

Reina de los prados.

Reina de los prados.

«No había más flores que se pudieran cortar. La madre miró de reojo a su hija por encima del ramo que abrazaba, mientras su mano de venas azules cambiaba de posición sobre los tallos.
—Escucha, Constance… El club de jardinería tiene hoy una celebración de algún tipo. Todo el mundo se reúne a almorzar en el club y luego van a ir al jardín de alguien, uno que tiene rocas y plantas alpinas. He pensado que si me llevo a tus hermanos pequeños…, ¿no te importa que vaya, verdad que no?
—No —dijo Constance al cabo de un momento.
Constance pensaba todavía en la pregunta que tenía que repetir, pero las palabras se le pegaban a la garganta como pegajosas bolitas de mucosidad y le pareció que si trataba de expulsarlas, lloraría. Lo que dijo en cambio, sin motivo especial, fue:
—Preciosas.
—¿Verdad que sí? En especial la reina de los prados, tan grácil y blanca.
—Ni siquiera sabía que hubieran empezado a florecer hasta que he salido.
—¿No lo sabías? Te puse algunas en un jarrón la semana pasada.
—En un jarrón… —murmuró Constance.
—De noche, sobre todo. Es el momento de verlas. Anoche me quedé junto a la ventana…, y estaban iluminadas por la luna. Ya sabes lo blancas que están las flores a la luz de la luna…»

-El aliento del cielo

Carson McCullers

Erebo.

Erebo.

«Si de verdad quieres poner nerviosa a una bruja, hazle un favor que no tenga manera de devolverte. La obligación incumplida la roerá por dentro como un sordo dolor de tripas»

Terry Pratcchett

If I only could
Jakub Rōzalski
Vedma
Adam Burke
Nachttanz
Adam Burke
Amulet
Adam Burke
Mara
Aut. Desc.
Brujo
Santiago Caruso
Fuera por el Sabbat
William Mortensen
Feeding
David Astruga
Maddi.

Maddi.

«Cuando ayudaba a mamá a servir la mesa, parecía que el agua de melón se volvía más fría en los vasos de cristal. Servía un plato de arroz y ondulaba la mano como si le añadiera el mejor sabor. Los niños, sentados a la mesa con sus tenis sucios y sus piernas cortas sin tocar el piso, le pedían “¡Ponle más, tía Lili, ponle más!” Era un juego de creer en la magia. Tenía su cuarto en el segundo piso de la casa familiar. Subía y baja las escalinatas como una bruma que se eleva al cielo. En los bolsillos de su delantal guardaba un millón de remedios. Podía curar un dolor de estómago con una sustancia azul, un dolor de cabeza con hojas verdes en las sienes y la frente; tenía el poder de esfumar un dolor de diente con solo colocarte un algodón que olía a menta».

-La bruja del buen tiempo

Lauro Paz