Almizcle.

Almizcle.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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SÉ QUE TENGO

Tengo en la memoria un aguijón clavado que supura sangre y humo. Tengo en mis recuerdos un presagio que se altera fácilmente. Tengo en los bolsillos almidón de suave tacto por si un día me vuelvo polvo.
Llevo en la chaqueta un labial color carmín. Guardo en el alma cicatriz y en el cuerpo un perdiz que se quiere echar a andar.
Llevo brillantina de oro blanco que deslumbra a mi pasar y un montón de risa nueva que parece manantial.
Cargo entre mis sueños esperanza y libertad que se anida con facilidad y un suspiro al tiempo que se va hasta donde estás.
Hay memoria y hay sangre, y humo de almizclero que permea sin parar. Limpia ya mi aura y triunfa libertad porque no hay ni un miedo ni barrero que me impida en pleno vuelo este sueño alcanzar.
Fue presagio y tolete que no vencerá. Es más fuerte mi talante. Es potente y no hay miedo. Es promesa poderosa que me brilla sin parar.

Marco de Mendoza

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Yo no sé si la esperanza conseguirá sobrevivir…

Yo no sé si la esperanza conseguirá sobrevivir…

«El hombre que no sufre es una máquina mal diseñada, un castrado moral, un ser defectuoso, un aborto de la naturaleza».
Marlon Brando (El padrino).

Purgatorio. Eliran Kantor
El peso del falso yo. Eliran Kantor
No en su imagen. Eliran Kantor
Lo que hemos perdido. Eliran Kantor
Dolor es poder. Eliran Kantor
Enfurecido y desatado. Eliran Kantor
Limbo. Eliran Kantor
Memento mori. Eliran Kantor
Galeano.

Galeano.

«Luego de ayunar lo convenido, con los poderes que le dio Huayramama, Don Emilio tuvo fuerza para dirigir el viento y las lluvias, y curaba a quienes venían de lejos. Lo visitaban gentes a punto de morirse porque les había soplado un mal viento, los que perdían sus cosechas, mujeres atormentadas por las borrascas, o simplemente pescadores que no cogían nada porque los ríos estaban crecidos».

Huayramama.

Juan Carlos Galeana.

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Al cuerpo, lo que pida.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Breves 2.0

Es tu piel, suave manto que acicalo; trémula, anciosa, hasta poderosa. Mis labios sudan, y si te tocan, tiemblan; ansían jadeantes tu santo tacto. Dame de beber de tu boca ése licor; poderoso y enervante, como veneno cádmico. Mátame con placer, con ese fuego vivo que emana de tu boca. Devorame sin tregua, como si el tiempo fuera un desquiciado que aniquila las esperas. No aguardes, porque esperar es en vano, y ni tú ni yo somos eternos.
Pasea tu cuerpo contoneante por mi ávido mirar, que tus caderas ahogadas se dobleguen a este voraz deseo y se quebranten al placer luego marchito por tu causa. Logra con tu cuerpo lo que quieras en mí, que al filo de tus piernas, yo me vuelvo loco.

Marco de Mendoza

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Minientrada

Aquí, mira, ven…

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Atolina lo sabía

Atolina, con las uñas, rascaba la pared como buscando un tesoro o qué sé yo.
Atolina no se apartaba de aquella pared. Con la lánguida esperanza de encontrar algo, no sé qué.
Atolina mira la blancuzca pared, con los ojos rojos, hinchados de ni siquiera parpadear; en la espectiva de sabrá qué diablos.
Atolina ríe a la pared. Ahogada, jala aire y vuelve a reír. Llora, ahora llora; tan mutilante, que duele. —¡Qué carajo!, —Grito y la toco—.
Atolina gira la cabeza y se levanta. Temblorosa, sacude sus manos, me mira, da vuelta y se va.
Me acerco a la pared, la miro, la rasco, busco. Río y lloro, sí, ahora también lloro. Me quiero ir, no puedo. Que alguien me ayude; no hay nadie más aquí. Grito, pero es mudo.
Atolina nunca me dijo, que en aquella pared se escondía el diablo.

Marco de Mendoza

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Lo divino es femenino.

Lo divino es femenino.

«Soy inquieta y áspera y desesperanzada. Aunque amor dentro de mí, eso sí lo tengo. Pero no sé usar el amor. A veces me araña como si fuese una garra».
Clarice
Lispector

Minientrada

Siempre por ti, mujer.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Mujer

Como viento fresco, como suave brisa que acaricia. Piel porcelana. Así mujer, mueves vida y consuelas miradas.
Del cielo al infinito, murmullo celeste acompasado, tenue y cálido.
Brillas como un trueno, y así mismo clamas, poderoso estruendo. Eres todo, quiero que seas todo.
La vida es tuya porque la das, porque eres reina y potentada. Porque te pertenecemos, mujer.
Posees gloria, eres la gloria. Por cada rincón y por cada brillo anidas dicha, contagias. Con una caricia conviertes lava en suave manto, como si de tus manos emergiera poder bendito.
¿Quién eres mujer y quién soy yo para poder siquiera amarte?
Dime, mujer, si te meresco acaso; si tu sabía de amor es lo que pretexto para soñar, para vivir.
Gracia prudente que envuelve paz, como mar en calma, como dicha constante.
Brilla mujer, y en tu brillo eterno quiero contigo ser.

Marco de Mendoza

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Spinola.

Spinola.

• MINIFICCIÓN •

Refugio.

Cynthia Spinola

Refugio se levantó por la mañana y, aunque los pies le pesaban, no olvidó rezar. Se puso de rodillas, repasó las líneas aprendidas de la retórica que embelesa el relato místico. Dirigió la vista hacia la pared; el retrato de su padre muerto la retaba con la mirada, recuerdos.

—¿Qué haces, Refugio? —se reprochó—. Repara esos ojos, reconoce la sensación, el renuente latido, el apremio del tiempo, el recuento de una vida con recelo. Esa revuelta que existe en tu mente no podrá reanimar tu corazón. Repite tus días con diferencia, rehúsa la fuerza gastada, reconstrucción de una realidad fuera de la cama. Rema hasta nuevas orillas, recorre con tus dedos los restos de una resistencia resentida, rebeldes remedios. Re-evolución, hora de re-componer el tono, la sílaba, de re-escribir estas líneas, de recobrar el alma resguardada bajo faldas largas. Re-inventarse, ¡Refugio, re-inventarse!, reír de la redondez.

Monolitos.

Monolitos.

«Enemigos o no, los pueblos respetaban al anciano Amaliwak por su sapiencia, su entendimiento de todo y su buen consejo, los años vividos en este mundo, su poder de haber alzado, allá arriba en la cresta de aquella montaña, tres monolitos de piedra que todos, cuando tronaba, llamaban los Tambores de Amaliwak. No era Amaliwak un dios cabal; pero era un hombre que sabía; que sabía de muchas cosas cuyo conocimiento era negado al común de los mortales: que acaso dialogara, alguna vez, con la Gran-Serpiente-Generadora, que, acostada sobre los montes, había engendrado los dioses terribles que rigen el destino de los hombres, dándoles el Bien con el hermoso pico del tucán, semejante al Arco Iris, y el Mal, con la serpiente coral, cuya cabeza diminuta y fina ocultaba el más terrible de los venenos».

-Los advertidos

Alejo Carpentier.