Beber de ti.

Beber de ti.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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BEBER AMOR

Bebí tu cuerpo enardecido, ráfaga sutil que esparce veneno como un fuerte brebaje, como candente tequila, como agua de vida. Obsesión bendita que aniquila, que me ata al cuerpo que venero y amo. Soy un ente que te aclama, que perverso bebe de tu boca con ahínco, con deseo; como un ave que clama por un poco de rocío. Beberé tu cuerpo, gota a gota hasta el hastío y comenzaré de nuevo, como un ebrio que sin ti ya tiembla, como un sueño que me salva y me conduce hasta la gloria. Bebí de ti, bebiste, bebimos. Y es un sueño que emana vida aunque esté ausente, aunque a ratos, aunque siempre. Bebámonos y volvamos a empezar, que la vida es breve, que el tiempo no perdona y que tú y yo amor tenemos aunque a ratos nos perdamos.

Marco de Mendoza

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Recuerdo a la felicidad.

Recuerdo a la felicidad.

• MINIFICCIÓN •

Los masoquistas

Ana María Shua

Un pabellón entero está dedicado a esos sujetos melancólicos y generosos, los masoquistas. Cuentan allí con una serie de habitaciones en las que el sufrimiento se gradúa de acuerdo con lo doloroso de los estímulos. Si en las primeras habitaciones son mujeres las que inflingen los castigos, en la sexta se los invita a copular con un cocodrilo y en la octava con el recuerdo de la felicidad perdida.

Ni idea de geranios.

Ni idea de geranios.

«Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios pensó el viejo Dudley, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios».

-El geranio

Flannery Oconnor

Orgullo.

Orgullo.

«Una tarde iba yo apresurado por una calle en un barrio miserable. Al pasar frente a la puerta de una cantina di limosna a un pordiosero increíblemente harapiento. Muchas cuadras más allá me di cuenta de que aquel mendigo que me mirara con insistencia, pero sin hablarme, era Juan Vizcarra. ¡Era un anciano, y Juan Vizcarra era sólo diez años mayor que yo! Volví de carrera a la cantina, pero el mendigo ya no estaba allí… ¡Juan era tan orgulloso! Pero después de todo quizás no fuera Juan, quizás fuera sólo imaginación mía creer que ese limosnero cojo tumbado en un charco de suciedad a la puerta de una cantina era Juan Vizcarra.
A veces pienso que lo buscaré. No puedo olvidar la cancioncilla maliciosa que silbaba al entrar a casa en la mañana, ni la destreza con que esos dedos colorados y romos hicieron brotar la vida ante mis maravillados ojos de niño. Pienso buscarlo…, no sé para qué. Pero los años pasan. Ahora sólo muy de tarde en tarde llego a preguntarme:
—¿Qué será de Juan Vizcarra?».

-El hombrecito

José Donoso.

Minientrada

Tú estás, siempre en mi mente.

• CITA CON EL SÉPTIMO ARTE •

La Diosa Fortuna

Ferzan Ôzpetek
2019, Italia

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—La diosa de la fortuna tiene un secreto.
Un truco de magia. ¿Lo saben?
¿Cómo haces para estar siempre junto a tus seres queridos?, ¿quién lo sabe? Es fácil. Debes mirarlos muy fijamente. Robas su imagen, cierras rápido los ojos con fuerza y mientras los tienes bien cerrados, la imagen de esa persona bajará hasta tu corazón, y desde ese momento, esa persona estará contigo siempre y para siempre.

Sandro
(Edoardo Brandi)

Minientrada

Ella es así.

• MINIFICCIÓN •

Infortunio

Marco de Mendoza

Ella se acercó a mi, yo no la llamé. Vino un día de otoño y se quedó. Me dijo que estaba lista y que yo debía empacar. Ese día salimos por la puerta principal, todos nos vieron, partimos plaza. Entre aplausos y vitoreos les dije adiós. —Mira —le dije—, nos han traído mariachi. Todos cantaban. De pronto, no quería irme; era mi celebración, yo estaba feliz. Ella me tomo de la mano y seguimos de largo. Yo miraba a todos y de pronto, me di cuenta que ellos tampoco querían que yo me fuera, estaban llorando. Cada uno lloraba tanto, que me dolía. Solté su mano con brusquedad y le grité que no me iría. En sus ojos botaba fuego. Me miró y me dijo: «Nadie engaña a la muerte, ya empacaste. Es hora de irnos».

Minientrada

De tripas corazón.

• MINIFICCIÓN •

Desamor

Joaquín Valls Arnau

«Espero que puedas perdonarme, querida, por el esfuerzo que te pido con mi último deseo», concluía la carta. Salió del tanatorio con la urna bajo el brazo. En vez de conducir los quinientos kilómetros que la separaban de la costa, como era su intención primera, fue maquinalmente hacia casa. Tras haber descartado, por cuestiones de higiene, el fregadero, el lavavajillas, la bañera, el lavabo y el bidé, arrojó las cenizas dentro del tambor de la lavadora. A continuación cerró la puerta, seleccionó un programa rápido con centrifugado y pulsó el botón de encendido. No era el mar pero se le parecía.

Minientrada

Mimetismo batesiano.

• MINIFICCIÓN •

La abuela

Marco de Mendoza

Piedad era su nombre. Todas las mañanas justo a las 6:00, siempre en punto, comenzaba por regar sus plantas; hablar con ellas, consentirlas, juguetearles. Algunas veces le ayudaba yo con esa tarea y un día, me regalo una de esas plantas. La llevé a casa y con la condición de cuidarla igual, la coloqué cerca de la ventana. Todos los días la procuro. Siempre bella, se toma un café conmigo mientras le platico de la oficina. Hoy se ve triste, parece que ha sido mucho sol. La llevo al living, junto al sofá donde la abuela, de niño, me acariciaba el cabello con la cabeza sobre sus piernas. Salgo a trabajar. Al llegar por la noche está marchita. Corro con ella al grifo mientras le suplico que no se muera, que por Piedad no se muera. Lloro como un niño, es mi compañía, es mi amiga; la siento irse. El teléfono suena, es mamá que llora igual que yo, sin poder hablar; ahogada en esas lágrimas que queman. Y entonces le susurro: «Lo sé, mamá. Lo sé».

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Sancochar.

• MINIFICCIÓN •

Aromas

Manuel Lucas

Cada día descarga los camiones he incinera aquellos cubos que contienen los restos anatómicos. El almacén huele como deben oler las cañerías del infierno. Lleva diez años haciendo lo mismo y mañana será su último día, ni siquiera un gracias por todo. Al menos hoy la rutina se ha visto interrumpida por algo emocionante, el jefe lleva días ausentado y la policía está haciendo algunas preguntas a los empleados. Su olfato lleva tiempo atrofiado por la exposición a los químicos y el mal olor. Esperemos que los agentes no distingan el ligero aroma a cabronazo que desprende la incineradora.

CANDILEJAS.

CANDILEJAS.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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En las noches de verano, mi abuela, mis primos y yo, solíamos echarnos sobre el césped del patio trasero; ahí junto al enorme árbol de aguacate que ella misma había sembrado. Grande, frondoso; de frutos amables y exquisitos. Deleite al paladar, oro verde. Ahí, tumbados todos, mirando las estrellas, reíamos y esperábamos la hora en que la abuela comenzara sus historias de miedo. Ella bien sabía que ninguno de nosotros temía a esos cuentos, pero amabamos escucharla y fingiendo temor, abríamos tremendos ojos atentos a cada palabra y a cada recuerdo, porque muchas de esas historias, decía ella, eran más bien vivencias. Todos lo recordamos perfectamente. Recordamos esos finos labios rojos que nos besaban, sus manos tersas acicalando el cabello de alguno, y esos hermosos ojos cafés, profundos y sinceros. Todos lo recordamos, menos ella. Un día, así de pronto, el Alzheimer nos mutiló, de apoco llevándosela. Dejó de salir al patio trasero; desde la ventana, nos veía esperándola, y temorosa, nos pedía que nos fueramos. El corazón se nos hizo pedazos. Quién nos iba a llenar amorosamente de miedo, si ella ya no recordaba quiénes éramos. Ya no recordaba ni quién era ella. Un día la encontramos regando su árbol. Le hablaba en susurros y entre todo, le pedía al árbol que nos cuidara. —Cuida de mis lucecitas—, murmuraba.
Lucecito, me decía, cuando ya no lograba recordar mi nombre. Mi alma rota quería salirse corriendo de entre mi cuerpo y yo solo la abrazaba para que no viera mi llanto. Nuestra luz más grande, se estaba apagando.
Hoy, que desde la ventana miro ese árbol, estoy seguro de que sí nos cuida; nunca ha dejado de dar frutos perfectos.
Todos creíamos que la abuela se iría sin recordar quiénes éramos, pero un día antes de partir, sentada en su sillón favorito y mientras bebía un té de limón, nos dijo: —¿Creen que no sé que van a llorar? Sé eso, y sé también que tienen miedo, que ahora sí tienen miedo—. Sonrió, sonreímos. Y la dejamos partir.

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