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Ella es así.

• MINIFICCIÓN •

Infortunio

Marco de Mendoza

Ella se acercó a mi, yo no la llamé. Vino un día de otoño y se quedó. Me dijo que estaba lista y que yo debía empacar. Ese día salimos por la puerta principal, todos nos vieron, partimos plaza. Entre aplausos y vitoreos les dije adiós. —Mira —le dije—, nos han traído mariachi. Todos cantaban. De pronto, no quería irme; era mi celebración, yo estaba feliz. Ella me tomo de la mano y seguimos de largo. Yo miraba a todos y de pronto, me di cuenta que ellos tampoco querían que yo me fuera, estaban llorando. Cada uno lloraba tanto, que me dolía. Solté su mano con brusquedad y le grité que no me iría. En sus ojos botaba fuego. Me miró y me dijo: «Nadie engaña a la muerte, ya empacaste. Es hora de irnos».

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De tripas corazón.

• MINIFICCIÓN •

Desamor

Joaquín Valls Arnau

«Espero que puedas perdonarme, querida, por el esfuerzo que te pido con mi último deseo», concluía la carta. Salió del tanatorio con la urna bajo el brazo. En vez de conducir los quinientos kilómetros que la separaban de la costa, como era su intención primera, fue maquinalmente hacia casa. Tras haber descartado, por cuestiones de higiene, el fregadero, el lavavajillas, la bañera, el lavabo y el bidé, arrojó las cenizas dentro del tambor de la lavadora. A continuación cerró la puerta, seleccionó un programa rápido con centrifugado y pulsó el botón de encendido. No era el mar pero se le parecía.

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Mimetismo batesiano.

• MINIFICCIÓN •

La abuela

Marco de Mendoza

Piedad era su nombre. Todas las mañanas justo a las 6:00, siempre en punto, comenzaba por regar sus plantas; hablar con ellas, consentirlas, juguetearles. Algunas veces le ayudaba yo con esa tarea y un día, me regalo una de esas plantas. La llevé a casa y con la condición de cuidarla igual, la coloqué cerca de la ventana. Todos los días la procuro. Siempre bella, se toma un café conmigo mientras le platico de la oficina. Hoy se ve triste, parece que ha sido mucho sol. La llevo al living, junto al sofá donde la abuela, de niño, me acariciaba el cabello con la cabeza sobre sus piernas. Salgo a trabajar. Al llegar por la noche está marchita. Corro con ella al grifo mientras le suplico que no se muera, que por Piedad no se muera. Lloro como un niño, es mi compañía, es mi amiga; la siento irse. El teléfono suena, es mamá que llora igual que yo, sin poder hablar; ahogada en esas lágrimas que queman. Y entonces le susurro: «Lo sé, mamá. Lo sé».

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Sancochar.

• MINIFICCIÓN •

Aromas

Manuel Lucas

Cada día descarga los camiones he incinera aquellos cubos que contienen los restos anatómicos. El almacén huele como deben oler las cañerías del infierno. Lleva diez años haciendo lo mismo y mañana será su último día, ni siquiera un gracias por todo. Al menos hoy la rutina se ha visto interrumpida por algo emocionante, el jefe lleva días ausentado y la policía está haciendo algunas preguntas a los empleados. Su olfato lleva tiempo atrofiado por la exposición a los químicos y el mal olor. Esperemos que los agentes no distingan el ligero aroma a cabronazo que desprende la incineradora.

CANDILEJAS.

CANDILEJAS.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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En las noches de verano, mi abuela, mis primos y yo, solíamos echarnos sobre el césped del patio trasero; ahí junto al enorme árbol de aguacate que ella misma había sembrado. Grande, frondoso; de frutos amables y exquisitos. Deleite al paladar, oro verde. Ahí, tumbados todos, mirando las estrellas, reíamos y esperábamos la hora en que la abuela comenzara sus historias de miedo. Ella bien sabía que ninguno de nosotros temía a esos cuentos, pero amabamos escucharla y fingiendo temor, abríamos tremendos ojos atentos a cada palabra y a cada recuerdo, porque muchas de esas historias, decía ella, eran más bien vivencias. Todos lo recordamos perfectamente. Recordamos esos finos labios rojos que nos besaban, sus manos tersas acicalando el cabello de alguno, y esos hermosos ojos cafés, profundos y sinceros. Todos lo recordamos, menos ella. Un día, así de pronto, el Alzheimer nos mutiló, de apoco llevándosela. Dejó de salir al patio trasero; desde la ventana, nos veía esperándola, y temorosa, nos pedía que nos fueramos. El corazón se nos hizo pedazos. Quién nos iba a llenar amorosamente de miedo, si ella ya no recordaba quiénes éramos. Ya no recordaba ni quién era ella. Un día la encontramos regando su árbol. Le hablaba en susurros y entre todo, le pedía al árbol que nos cuidara. —Cuida de mis lucecitas—, murmuraba.
Lucecito, me decía, cuando ya no lograba recordar mi nombre. Mi alma rota quería salirse corriendo de entre mi cuerpo y yo solo la abrazaba para que no viera mi llanto. Nuestra luz más grande, se estaba apagando.
Hoy, que desde la ventana miro ese árbol, estoy seguro de que sí nos cuida; nunca ha dejado de dar frutos perfectos.
Todos creíamos que la abuela se iría sin recordar quiénes éramos, pero un día antes de partir, sentada en su sillón favorito y mientras bebía un té de limón, nos dijo: —¿Creen que no sé que van a llorar? Sé eso, y sé también que tienen miedo, que ahora sí tienen miedo—. Sonrió, sonreímos. Y la dejamos partir.

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Mortaja.

Mortaja.

«Los viejos se han hincado, sollozando.
Yo alargo la mano y rozo con los dedos el rostro de porcelana de mi amiga. Siento el frío de esas facciones dibujadas, de la muñeca-reina que preside los fastos de esta cámara real de la muerte. Porcelana, pasta y algodón. “Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo.”
Aparto los dedos del falso cadáver. Mis huellas digitales quedan sobre la tez de la muñeca.
Y la náusea se insinúa en mi estómago, depósito del humo de los cirios y la peste del ásaro en el cuarto encerrado. Doy la espalda al túmulo de Amilamia. La mano de la señora toca mi brazo. Sus ojos desorbitados no hacen temblar la voz apagada:
—No vuelva, señor. Si de veras la quiso, no vuelva más.
Toco la mano de la madre de Amilamia, veo con los ojos mareados la cabeza del viejo, hundida entre sus rodillas, y salgo del aposento a la escalera, a la sala, al patio, a la calle».

-La muñeca reina

Carlos Fuentes.

Añoranzas.

Añoranzas.

DESCANSAMOS LOS MARTES

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Aromas. Son tan diversos, contrastantes y evocadores, que a veces tienen la fuerza suficiente para llevarnos a un sitio en el pasado o provocarnos sensaciones luminosas y también malamente, desagradables. Pero hoy quiero hablar solo de las sensaciones placenteras que nos provoca oler, sentir.

Hay muchas maneras de evocar recuerdos, pero sin duda, a mí los aromas me llevan de inmediato a momentos y personas. Cuando adolescente, recuerdo que solía usar una colonia fresca y con esencia de romero. Ahora todos los días de camino al trabajo, cruzo junto a una casa que en gran parte de su jardín tiene romero. Me detengo por un momento, inhalo, y de inmediato ese devenir de momentos, de instantes; todos repletos de felicidad. Así huelo yo al romero.

Seguramente todos tenemos una esencia que nos rememora algo, un lugar, una o varias personas, una situación particular, a la familia; por ejemplo, mi madre me solía preguntar por qué iba tanto a aquel sitio de pizzas a la leña. —Pareciera que estoy en casa de los abuelos, le decía yo.

A veces llegaba dormido en el auto, y el aroma a pan recién horneado me despertaba. Aquel aroma del horno agitando sus brazas era saber que mis abuelos estaban cerca. Ahora cada que percibo ese aroma, ellos vuelven e instintivamente sonrío. El abuelo había construido ese horno a petición de mí abuela. Era fantástico llegar y comer de ese pan tibio, esponjoso y aromático. Pero era aún mejor cuando juntos, entre los primos y mis abuelos, hacíamos el pan, lo decorábamos y lo metíamos al horno y luego, esperábamos sentados en el balcón con una taza de té de limón. Otro aroma poderoso.

Ahora, faltan pocos días para navidad y yo solo espero ese aroma tan característico del ponche y de las nochebuenas, porque me recuerda a la familia. Reunidos en torno a una mesa, en espera de compartir risas, sueños y esperanzas.

También esta ese aroma dulce hasta empalagar de la profesora de física en la preparatoria, siempre que lo percibo, recuerdo el martirio de sus clases llenas de este almizcle que a mí, me provocaba las náuseas, y a mis compañeros risas incansables al ver mi rostro torturado. Hasta que un día la profesora misma se dio cuenta de ello y solo cambio a otro 1% menos dulce. Eso fue razón suficiente para que mi enamoramiento tácito no prosperara.

Hay aromas para todos los recuerdos. Aromas que entrelazan abrazos, felicidad, besos y costumbres. Yo estoy seguro de que entre el día a día, entre tanto y todo, hay un aroma que les recuerda lo feliz que fueron, lo dichosos que se sintieron o lo risible de una anécdota, y ojalá que en medio de todo eso, siempre podamos inhalar y sonreír.

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Pretérito.

Pretérito.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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ENCALLAR
Marco Mendoza
Colección privada 2014

Los lugres que habitamos nos dejan una huella imborrable, penetrable. Son sitios que guardan recuerdos, experiencias y también uno que otro malestar por olvidar.

Recorremos lugares con aprecio; maravillando la vista, llenando la mente y el corazón de recuerdos. Somos animales de costumbres y solemos acostumbrarnos fácilmente a aquellos sitios de beneplácito, donde, como bien dice la canción: ‘uno vuelve siempre…’

“[…] Uno vuelve siempre
a los viejos sitios
donde amó la vida.
Y entonces comprende
cómo están de ausentes
las cosas queridas.
Por eso muchacho, no partas ahora
soñando el regreso,
que el amor es simple

y a las cosas simples, las devora el tiempo…”

Comp. Julio C. Isella / Armando Tejeda.

Llena de razón la lírica de esta canción que, ya sea en voz de Mercedes Sosa o Chavela Vargas, no es sino poesía, en melodía que trastoca.

Cada espacio en nuestro tiempo guarda un lugar especial, del modo que sea. Un lugar real o incluso, un lugar fantástico.

¿Cuál es su lugar favorito, ese al que volverían siempre, para amar la vida?

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ESPERANZAS
Marco Mendoza
Colección privada 2019

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JUKEBOX.

JUKEBOX.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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La música es alegría. Es el modo en que el ser humano tiene de expresar pasiones, dolor, felicidad o sueños. Y es en la música, donde encontramos también un escape de todo.

Mi abuela solía decir que con muy poco se puede ser feliz, y ella pasaba mucho tiempo escuchando música. Recuerdo aquel ‘Perhaps, perhaps‘ sonando a diario en aquella sinfonola que habitaba la sala de su casa. Esos eran días felices, ver a la abuela cantar, y sonreír.

Cantamos para aliviar el alma, el espíritu. Cantamos para llenarnos de felicidad o incluso, para expulsarnos un punzante dolor. Atribuimos a la música un poder curativo que sí tiene, pero que poco valoramos.

Musicalizar la vida es un auténtico método para irradiar felicidad. Las mañanitas al cumplir un año más, las coplas escolares moviendo el esqueleto, los modernos acordes en el baile de graduación. Todo es música, y benditos somos por tenerla.

Una copa de vino, un whisky en las rocas. Una tarde lluviosa y una manta entre las piernas. Un libro para escapar o un poema para el alma y de fondo, música, alegrándonos el alma.

¡Con qué poco se puede ser feliz! La abuela tenía razón, sobre todo cuando entre la cocina, mientras se preparaba el café de la tarde, le oíamos entonar ‘Hit the road Jack‘ y no es que supiera inglés, ella sabia que solo se trataba de ser feliz.

—’Esa felicidad se debe compartir’. Nos dijo siempre. Por ello, aquí una pequeña selección de temas que, a experiencia propia, siempre nos hacen sonreír y bailar:

• FEELING GOOD (Nina Simone)
• CAN’T STOP THE FEELING (Justin T.)
• SWEET DREAMS (Eurythmics)
• TRY EVERYTHING (Shakira)
• UPTOWN FUNK (Mark R./Bruno Mars)
• DO IT (Tuxedo)
• ROCK WITH YOU (Michael Jackson)
• A LITTLE PRAY 4U (Aretha Franklin)
• LIVIN’ La vida loca (Ricky Martin)
• I WILL SURVIVE (Gloria Gaynor)

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Amar a muerte.

Amar a muerte.

• MINIFICCIÓN •

TUBERCULOSIS

PAOLA TENA

Tuberculosis amigdalar profunda. Como una escrófula. Peor aún: como un ganglio gigante lleno de triunfantes bacilos de Koch. Mi familia se nego en redondo a aceptar el diagnóstico; la tuberculosis solo es para la gente pobre, como Lidia nuestra nana, que se murió de eso, en paz descanse. Pero el abuelo no. Un cáncer, enfisema. O la vejez, simplemente. Hay tantas causas por la cuales uno ya no puede respirar. Y el abuelo se fue apagando, poco a poco, sin que supiéramos muy bien porqué. Solo él conoce el motivo. Pero yo me imagino a veces que cuando dos se aman en secreto, hay besos tan improbables que dejan una marca profunda.