Ni idea de geranios.

Ni idea de geranios.

«Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios pensó el viejo Dudley, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios».

-El geranio

Flannery Oconnor

¿Es ella más que yo?

¿Es ella más que yo?

John y Mary se conocen.
¿Qué pasa después?
Si quieres un final feliz, elige el A.

«Una tarde John se queja de la comida. Nunca se había quejado de la comida. Mary se siente herida.
Sus amigos le dicen que lo han visto en un restaurante con otra mujer que se llama Madge. En realidad, ni siquiera es Madge quien molesta a Mary, es el restaurante. John nunca llevó a Mary a ningún restaurante. Mary junta todas las pastillas para dormir y aspirinas que puede encontrar, las toma junto con media botella de jerez. Puedes saber qué clase de mujer es por el hecho de que ni siquiera tiene whisky. Deja una nota para John. Espera que la descubra y la lleve al hospital a tiempo y se arrepienta y se casen, pero nada de esto ocurre y ella muere.
John se casa con Madge y todo sigue como en A».

-Finales felices: B

Margaret Atwood

Dos por uno.

Dos por uno.

«Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado».

-El otro Yo

Mario Benedetti.

Di lo que piensas, haz lo que sientas.

Di lo que piensas, haz lo que sientas.

SE DICE QUE… 💭

«Uno piensa que tendrá tiempo de decir las cosas, y cuando se quiere dar cuenta ya es demasiado tarde. Uno piensa que basta con dar muestras de cariño, con hacer gestos, pero no es verdad, hay que decir lo que se siente».

⚜ Las gratitudes

Delphine de Vigan

… 💭

Amor primor.

Amor primor.

SE DICE QUE… 💭

«Puede que un hombre y una mujer estén más cerca el uno del otro cuando no viven juntos y simplemente saben que existen y que están agradecidos por existir y por saber el uno del otro. Y sólo con esto les basta para ser felices.

⚜ El libro de los amores ridículos

Milan Kundera

… 💭

Aires venturosos.

Aires venturosos.

«—Ah, por eso… por eso…
Los demás no podían verlo, no podían sentirlo en su interior, porque aún estaban tan dentro de la vida. Él, que ya casi estaba fuera de ella, lo había visto, lo había sentido en ellos. Por eso, aquella mañana, la niña no sólo temblaba, palpitaba; por eso la nuera se reía y se vanagloriaba tanto de su pelo; por eso aquella sirvienta suspiraba, por eso todos tenían aquel aire insólito y nuevo, sin saberlo.
Había llegado la primavera».

-Hilo de aire.

Luigi Pirandello.

Y tú, ¿quién eres?

Y tú, ¿quién eres?

SE DICE QUE… 💭

«Sólo hay dos clases de gente hoy en día sobre la tierra; sólo dos clases de gente nada más, os lo aseguro. Y no precisamente los buenos y los malos pues ya todos saben que los buenos son medio malos y los malos, medio buenos… ¡No!, las dos clases de gente que hay sobre la tierra son: la gente que se yergue y la gente que se inclina».

⚜ Custer y otros poemas

Ella Wheeler Wilcox

… 💭

Acorazado.

Acorazado.

«—¿Pero tú me amas? —Preguntó Alicia—.
—¡No, no te amo!
—Respondió el Conejo Blanco—.
Alicia arrugó la frente y comenzó a frotarse las manos, como hacía siempre cuando se sentía herida.
—¿Lo ves? —Dijo el Conejo Blanco—.
Ahora te estarás preguntando qué has hecho mal, para que no consiga quererte al menos un poco, qué te hace tan imperfecta, fragmentada.
Es por eso que no puedo amarte.
Porque habrá días en los cuales estaré cansado, enojado, con la cabeza en las nubes y te lastimaré.
Cada día pisoteamos los sentimientos por aburrimiento, descuidos e incomprensiones.
Pero si no te amas al menos un poco, si no creas una coraza de pura alegría alrededor de tu corazón, mis débiles dardos se harán letales y te destruirán.
La primera vez que te vi hice un pacto conmigo mismo: “evitaré amarte hasta que no hayas aprendido a amarte a ti misma”.
—Por eso Alicia no, no te amo. No puedo hacerlo».

-Alicia en el país de las maravillas

Lewis Carroll.