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Así, nada más.

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En breve…

Son presagios los adagios y en ellos la verdad es cautelosa. Se dicen con frecuencia por ahí y aunque con mucha astucia poco se les antela. Son morales, son sinceros; son el cielo acometido y corto que palmea la bola de la vida. Son presagios que conocen cuán tortuoso o claro es el vivir. Son sencillos, tan comunes y tan sabios que su rusticidad se torna auténtica.
Son la túnica del tiempo, son el deponer de sus acciones. Ni rebuscamiento, ni artificio; son lo que son y nada más.

Marco de Mendoza

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Del corazón son los temores.

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Los dos siameses

Papá llevaba 2 días sin aparecer por casa. Mamá decía que él estaba preparándonos alguna sorpresa y que eso lo detenía en algún sitio. Creímos. La mañana siguiente telefonearon a mamá; era del hospital. A papá le había dado un infarto, así que fuímos de inmediato. Al llegar, luego de que el médico diera su informe, nos entregaron una caja con dos pequeños gatos siameses que papá llevaba consigo al momento del infarto. —¡Mira, mamá, es nuestra sorpresa! —grité yo eufórico— y cual niños, mis hermanos y yo celebramos a pesar de la situación. Años después, mamá nos confesaría que aquellos gatos no eran un regalo para nosotros, sino para una hija que él tenía con otra mujer y que justo aquel día, cumpliría años, pero que luego del infarto papá no pudo llegar a su destino real. Mamá se enteraría de todo eso poco después; sin embargo, guardó silencio por muchos años porque aquel día, entre nosotros y aquellos morrongos había ya un lazo sincero.
Hoy en cambio, celebro que papá ya no este aquí, y que no pueda ver cómo con eso, nos rompió el corazón a todos; sí, nos rompió el corazón cuando cinco años después a los dos gatos, se los llevó una muerte súbita cardíaca. ¡Vaya manera de compartir!

Marco de Mendoza

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¿Quién eres tú?

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DOLORA 1.0

Obscuro, como pasillo tétrico infinito. Ágora de males y dolores. Como una angustia interminable y cansina que ahoga, falla el pulso, aspiro temor. El rededor es incierto, pesa, pesa tanto que asfixia. Desatino táctico, como al punto, como cepo humano.
Así, depresión estoica, cubre el alma como manto criminal. Dolora composición que ingrata me recuerda el fastidio de existir. Intermitente pastiche que no embona, que no alienta. Suplico al suspiro que me ahoga que no vuelva y temerario me trastorna; me reta invulnerable. ¿Quién soy yo para vencer? si ésta depresión es poderosa y me allana en su infalible proceder.

Marco de Mendoza

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Abrazame.

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Breves 3.0

Espera, detén el tiempo ahora, abrazame. Abrazame tan fuerte como cuando las olas chocan en las rocas anunciando el final de su impetuoso andar.
Abrazame ahora, con la mirada tenue, lagrimosa; como cuando el llanto sucede sin reparo, sin aliño.
Abrazame, que es el momento. No hay una espera o un atajo. Abrazame, hazlo ahora y luego, vuelve el tiempo atrás, como si jamás te hubieras ido.

Marco de Mendoza

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Al cuerpo, lo que pida.

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Breves 2.0

Es tu piel, suave manto que acicalo; trémula, anciosa, hasta poderosa. Mis labios sudan, y si te tocan, tiemblan; ansían jadeantes tu santo tacto. Dame de beber de tu boca ése licor; poderoso y enervante, como veneno cádmico. Mátame con placer, con ese fuego vivo que emana de tu boca. Devorame sin tregua, como si el tiempo fuera un desquiciado que aniquila las esperas. No aguardes, porque esperar es en vano, y ni tú ni yo somos eternos.
Pasea tu cuerpo contoneante por mi ávido mirar, que tus caderas ahogadas se dobleguen a este voraz deseo y se quebranten al placer luego marchito por tu causa. Logra con tu cuerpo lo que quieras en mí, que al filo de tus piernas, yo me vuelvo loco.

Marco de Mendoza

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Aquí, mira, ven…

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Atolina lo sabía

Atolina, con las uñas, rascaba la pared como buscando un tesoro o qué sé yo.
Atolina no se apartaba de aquella pared. Con la lánguida esperanza de encontrar algo, no sé qué.
Atolina mira la blancuzca pared, con los ojos rojos, hinchados de ni siquiera parpadear; en la espectiva de sabrá qué diablos.
Atolina ríe a la pared. Ahogada, jala aire y vuelve a reír. Llora, ahora llora; tan mutilante, que duele. —¡Qué carajo!, —Grito y la toco—.
Atolina gira la cabeza y se levanta. Temblorosa, sacude sus manos, me mira, da vuelta y se va.
Me acerco a la pared, la miro, la rasco, busco. Río y lloro, sí, ahora también lloro. Me quiero ir, no puedo. Que alguien me ayude; no hay nadie más aquí. Grito, pero es mudo.
Atolina nunca me dijo, que en la pared se escondía el diablo.

Marco de Mendoza

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Cuestión de temple.

Cuestión de temple.

«El ojo del amo. Él era sólo un ojo. Pero ¿para qué sirve un ojo, un ojo solo, separado de todo? Ni siquiera ve. Claro que si su padre hubiera estado allí habría cubierto a los hombres de insultos, habría encontrado el trabajo mal hecho, lento, la cosecha arruinada. Casi se sentía la necesidad de los gritos de su padre por aquellos bancales. Él no les gritaría nunca a los hombres, y los hombres lo sabían, por eso seguían trabajando sin darse prisa. Sin embargo era seguro que preferían a su padre, su padre que los hacía sudar, su padre que hacía plantar y recoger el grano en aquellas cuestas para cabras, su padre que era uno de ellos. Él no, él era un extraño que comía gracias al trabajo de ellos, sabía que lo despreciaban, tal vez lo odiaban».

–El ojo del amo

Italo Calvino.

Aires venturosos.

Aires venturosos.

«—Ah, por eso… por eso…
Los demás no podían verlo, no podían sentirlo en su interior, porque aún estaban tan dentro de la vida. Él, que ya casi estaba fuera de ella, lo había visto, lo había sentido en ellos. Por eso, aquella mañana, la niña no sólo temblaba, palpitaba; por eso la nuera se reía y se vanagloriaba tanto de su pelo; por eso aquella sirvienta suspiraba, por eso todos tenían aquel aire insólito y nuevo, sin saberlo.
Había llegado la primavera».

-Hilo de aire.

Luigi Pirandello.

Amor Superlativo.

Amor Superlativo.

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Dime, dime tú

Qué es esto que siento, que me inflama el corazón; que me produce taquicardia y me falta la respiración. Qué es esto que siento, como arena resbalando entre mis dedos, sin saber siquiera cómo controlarla, que aunque corra de mis manos, en algo siempre permanece. Qué es esto que siento, que vulnera mis pasiones, que maniata mis deseos e impera en mis sentidos. Qué es esto que siento, que moja figurando entre mis ojos tu imagen espectral. Qué es esto que siento, como aire ventarroso que sin embargo resulta cariñoso. Como misterio que sacude mi alma y la inquieta. Qué es esto que siento, que al calor de tus besos belfa mis labios y ataranta mis ideas. Qué es esto que siento, dime, dime tú que eres la causa, el efecto. Tú, todo mi veneno y también antídoto de esto que siento, amor.
Qué es esto que siento, que a cada palpitar desborda y electrifica el alma; qué es, que no lo veo, más lo siento y lo glorío.

Marco de Mendoza.

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