Sexual.

Sexual.

«Desde nuestro lugar no podíamos ver todo lo que ocurría en el salón. Pero en las mesas de nuestro alrededor había siempre una o dos mujeres prendidas a un hombre enteramente vestido. El boleto de entrada daba derecho a que una de las innumerables mujeres que hacían strip-tease en varios lugares del salón se frotaran por algún tiempo en el portador del ticket de entrada. Había un patrón coreográfico en las caricias: la mujer se ponía a gatas, rozaba las nalgas en el pubis del hombre que permanecía sentado en la silla, después bailaba frente a él. Algunas, más rebuscadas, se subían encima del sujeto y le sujetaban la cara en el vértice de los muslos. Después agarraban el ticket de entrada y se retiraban».

-La carne y los huesos

Rubem Fonseca.

Suave polen.

Suave polen.

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Flor en campo

Sembré un campo de amapolas y dulces mirtos. Los llené de cariño y los cultivé con entera pasión.

Así quiero sembrar en ti mi dulce néctar. Hacerte el amor con inmensa pasión, para ahogarnos luego en incontable cariño, atados; como en un tierno campo floreciente que irradia calor, que sobreviva al clima y que multiplique riquezas, de amor, de pasión, de lujuria y de todo recurso. Sembrar ahí para ti, para que un día nuevo, en tus ojos me vea reflejado y sepa que el campo sembrado a florecido, lo has florecido con tu cuerpo bendito y tu alma salva.

Que los mirtos endulcen tus besos y las amapolas nuevas invadan tu piel con su polen. Para que un día lejano abones la tierra, y que el polen propio entre el viento llegue a otras pieles, para que entonces conozcan nuestra pasión de ayeres.

Convíertete en flor y seme eterno.

Marco de Mendoza

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Augur.

Augur.

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Uno a uno

Soplo al viento los recuerdos. Que los lleve incesantes, como ráfaga sutil, como brisa de un mástil.

Que la mente mutilada y los sentimientos reprimidos, ávidos encuentren su función.

Magnifico los placeres. Todos, que se cuelen en entrañas. Que produzcan miel y rica lluvia blanca.

Yergo a la vida, esta, que placebo dicta y con dulce primacía nos conduce al deseo de vivirla.

Airada vida pura. Sin miedo y con deseo. Llena en mí de sí el umbral de mi eterna sincronía.

Bébete el olvido de los sinsabores y traspella con mi hombría el centro de su lozanía, donde beberme su cálido cáliz es la fuente de mi pábulo perfecto.

Embala uno a uno nuestro ser, para que ufanos proclamemos e pluribus unum.

Orgia de vida y de sueños claros, vehementes; concebida solo a sí y a mí.

Da en el centro Eros y transformanos en ambrosía, uno a uno, innúmero.

Marco de Mendoza

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Inundame.

Inundame.

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M I F

Inundame con tu espacio, con tu cuerpo, con tu saliva; con tu maremoto blanco explotado de placer.
Inundame, que te busco completo, interminable. Derramarme en tu centro quiero, puedo.
Inundame con tu sudor, poseído, jadeante, agotado.
Inundame el alma con tu espacio; desde el resquicio de mi baja voz, hasta ahí donde se extingan tus jadeos impulsados por mi embestir.
Inundame en un beso sucio, atracón de piel y secreción; vuelve luego he inundame de nuevo con encanto, con pasión, y asfixia con tu lengua mi garganta, que de tu miel, mi carne vive ansiosa.

Marco de Mendoza

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Exímarse

Exímarse

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En un beso

Te quiero besar lento, muy lento, como si el tiempo no existiera, como dueños de ese único momento y de cada una de sus consecuencias. Besarte el cuerpo, la piel, tus rincones, en especial tus dulces rincones. Besarte tanto, que se te tatue el alma entera con mis besos. Besarte a ratos. Besarte entero y devorarte luego rabioso, impetuoso; con celo, con sucia lujuria. Con vulgar deseo; deseo de ti, de tu cuerpo que me mata y me controla. De tu cuerpo que me pide poseerlo todo, devorarlo, acabarlo, eximirlo. Repetirnos.
Quiero besarte, besarte tanto que en un beso sangre el placer brutal de tus deseos culminados, de tu miel perversa gota a gota entre mis labios. Besarte todo, besar tu brisa blanca dulce que jadea y enloquece mi deseo, mientras mi lengua embrutecida lame en ti cada hilo desprendido, seducido, acidulado.
Quiero besarte y extinguirnos con el alba, despertarnos luego en otro beso mancillado de mi blanco proceder en tus labios que palpitan, y terminar después en tu hueco amado como preso de este instante, de todo lo imposible que se vuelve fácil si te tengo aquí, inmerso en mí.

En un beso tuyo todo quiero.

Marco de Mendoza

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Carne Trémula.

Carne Trémula.

Te desnudas frente al espejo y ves tu cuerpo, tocado por tan pocos hombres y gozado en verdad por ninguno. Y suspiras con cierta nostalgia al ver tus senos erectos, tus pezones carnosos, y recuerdas que las líneas de tu cuerpo, de esbelta suavidad, han logrado encender ánimos. Sabes bien quiénes han flaqueado por el rictus de tus labios y la ondulación de tu cabeza cuando la haces girar impensada­mente. Y lo único que ha podido impedirte el pleno goce de la vida ha sido tu inculcado temor, tu ancestral peso de siglos, el de tu bisabuela, el de tu abuela, el de tu madre, algo más atenuado en cada caso aunque siempre presente: la vigilancia constante de papá, el celo por la virginidad, por la decencia, por el decoro y, todo lo demás. Crees que ha llegado el momento de romper esos atavismos

-La decisión

José Alcántara Almánzar.

La ventana indiscreta.

La ventana indiscreta.

La ventana de la izquierda me llevaba a la dulce vida privada de una pareja. La curiosidad me apremiaba a llegar temprano a casa e inmediatamente me colocaba en un buen lugar de observación. La mujer entraba a eso de las cinco y media, se desnudaba rápidamente y empezaba a realizar los quehaceres para que su hombre encontrara limpias las habitaciones y lista la comida. Era algo gorda; joven, eso sí, y muy dinámica; no se sentaba nunca, parecía una abeja en actividad constante. Cuando llegaba su hombre, ella lo besaba y se quedaban abrazados un momento. Luego él ponía sobre una mesa el periódico que traía bajo el brazo y se tiraba en la cama, lleno de apetitos impostergables, llamando a su mujer con las manos extendidas. Ella lo miraba golosa, vacilando entre ocuparse de la olla que había dejado en la estufa y el placer que le prometía su amado y sin pensarlo mucho corría una delgada cortina y se echaba sobre su hombre. El visillo me nublaba la imagen. A prima noche y con las luces sin encender aún era muy poco lo que podía ver a través del fino velo que la mujer interponía entre ellos y yo. Me complacía el movimiento de aquellos cuerpos en íntima comunicación, aquella alegre fiesta de la carne sudorosa y tensa, adivinada más que efectivamente vista desde mi puesto de mira.

-Ruidos

José Alcántara Almánzar

Sabor morbo.

Sabor morbo.

«Nancy se acercó con cautela gatuna y comenzó a quitarme la ropa. Ponía cuidado morboso en ese acto sensual tan frecuente en su trabajo. Debía estar acostumbrada a las posesiones violentas, a hombres que le sacan provecho a cada segundo. Yo, en cambio, era un rorro, al que había que enseñar a hacer las cosas. Y eso atraía su curiosidad, la encandilaba, provocara ademanes y frases. Sin darme cuenta quedé desnudo sobre la carne. Nancy contempló mi cuerpo con ojos voraces y pasó su mano por mi carne, ahora hecha piel de gallina. Sentí vergüenza, giré la cabeza hacia la pared, me cubrí con la sábana. Ese rechazo exacerbó su ánimo, pues tiró de la sábana firmemente, aunque sin violencia, y descubrió mi cuerno rígido».

-Con papá en casa de Madame Sophie

José Alcántara Almázar