Eso que sentimos.

Eso que sentimos.

«Yo entonces corrí, literalmente corrí a su encuentro. Usted me dio la mano y en su tacto reconocí la existencia serena, acosada, presente, de nuestras cosas subordinadas y comunes. Usted me dio la mano y yo musité: ‘Hoy y la alegría’, así, desordenadamente, ‘hoy y la alegría’, sin vacilar, sin pensar en rehusarla, sin alejarme obsesivamente, sin hacer nada, sin hacer absolutamente nada.
Usted había apoyado su mano en mi nuca y había alcanzado a decirme: ‘No sea tan muchacho. Quienes lo merecemos somos usted y yo. Usted y yo merecemos este amor en que siempre le perteneceré, en que siempre me pertenecerá. ¡Vamos, si parece un chico! Claro que sufre. Yo también. Yo también sufro’. Sí, usted también sufría. Pero estaba verdaderamente convencida de su resolución, de su ánimo, de su firmeza. Y ésta —su firmeza— acabó por perdernos. O salvarnos».

-Hoy y la alegría

Mario Benedetti.

Sentimientos encontrados.

Sentimientos encontrados.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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La gente muere todo el tiempo.

«La gente muere todo el tiempo», me dijo mi madre aquel día cuando ví morir al tío Artemio. Un derrame cerebral fue lo que de un instante lo fulminó. Tumbado ahí frente a mí, junto a mis pies que se volvieron una pesada roca cuando lo percibí inmóvil, cuando de pronto, se hizo encima; ni así pude moverme. Su tono pálido se torno a mí de igual modo, dejándome frío. Quería moverme, salir de ahí corriendo con todas mis fuerzas. La gente comenzó a arrimarse, murmuraban, pero yo solo percibía ruidos inaudibles. Sentía el estómago revuelto y los ojos desorbitados. Las piernas, de ser una roca, se volvieron hilos insostenibles y la piel se me crispó.
—¡Antonio!
—Un grito agudo y desesperado de mi madre—.
Fue eso lo que me devolvió al mundo de los vivos. Y solté en llanto. Un llanto frío, desesperado, de miedo y pavor. No podía apartar la vista del tío Artemio. Entre todo ese temor y angustia, había desconcierto.
—¡El tio mamá, mi tío Artemio! —Le dije cuando ella intentó apartarme para que los paramédicos hicieran lo suyo— Pero el tío ya no estaba ahí en ese cuerpo, ya no era él esa cosa apenas tibia y ahora apestosa.
Mi madre me abrazo apretándome contra su cintura, en su intento por evitarme la escena. Pero yo ya lo había visto todo. ¿Qué más podía pasar?
Apenas hace unos minutos el tío me decía que iríamos a montar a Celadio, aquel caballo azabache que me encantaba, luego de eso, apretó mi mano con tanta fuerza que creí iba a deshacermela —¡Auch, tío! —le increpé molesto—. Era la razón. Al instante, cayó al suelo sin decir nada. Me arrastro con él, pero en mi enojo, jalé mi mano con brusquedad mientras me sostenía de la barandilla del atrio de aquella Iglesia que cruzábamos para cortar camino a la heladería.
Lloramos, vaya que lloramos todos. Lloraron sus hijos, la viuda, la familia y algunos más, muchos más que acudieron al funeral y posterior entierro. Lloramos cuanto se pudo y un poco más. Había lágrimas en todos lados. Lágrimas en el pan que acompañaba al café. Las mismas lágrimas que salaban y enturbiaban ese café. Era inevitable, y no era suficiente. Llorar era una forma de sacarnos la asfixia, de lavar el cuerpo y las entrañas de esa maldita presión en el pecho que, ¡cómo duele!
Artemio Torres, de 45 años. Era bien conocido por todos y además, querido. Nunca nadie se atrevió a negarle un favor. Artemio fue siempre un hombre de palabra, responsable y honesto. Muy, muy querido. Sus hijos sonreían al verlo llegar del trabajo, siempre con una bolsa de frutas en la mano. —Te traje mangos Antonio —Me decía— Yo era su sobrino, pero nos quisimos tanto. Yo lo ví morir y hubiera deseado todo en este mundo, menos eso.
La mañana de su entierro, aunque cantamos, también lloramos. Creo que dejé ahí todas mis lágrimas posibles.
Han pasado ya muchos años. No he vuelto a llorar.
Recuerdo las palabras de mi madre cuando me recogió frente al inerte cuerpo del tío Artemio: «La gente muere todo el tiempo».
Ayer murió mi padre. No lloré. No pude.

Marco de Mendoza

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Esquivez.

• MINIFICCIÓN •

Acuse de recibo

José Manuel Dorrego

Había escrito cien veces: Te quiero. Escribió con trazo firme, caligráfico. Con esa paciencia y minuciosidad que ponen los náufragos en todo lo que emprenden, intuyendo que, probablemente, cuanto les queda es todo un pasado por delante. Escribió un «te quiero» por hoja, una botella por papel, un mensaje por botella: cien botellas en total. La respuesta llegó dos meses después arrastrada por las olas hasta la orilla, dentro de otra botella. El mensaje era claro, conciso, breve y letal: No insistas, decía.

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Nada es lo que parece.

• MINIFICCIÓN •

Stalker.

Camilo Montecinos

Romeo ha previsto cada detalle y movimiento. Sabe que Julieta se asoma al balcón por las
tardes, justo a las siete, y que lo hace porque no resiste la soledad (a esa hora no hay nadie en casa). Sabe que al regresar a su alcoba, Julieta deja abierta la ventana.
Romeo sabe, además, que en esa calle solitaria, los vecinos más cercanos regresan después de las nueve de la noche. Sabe que es muy fácil trepar hasta la habitación, que nadie escuchará los gritos, y que es muy probable que nunca se sepa lo que entre ellos está por suceder.

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Si tú no estás aquí.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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VUELVE

Hoy me he levantado más temprano que de costumbre. Me cepille los dientes como todos los días y sí, dejé el tubo de la pasta dental aplastado, como destripado, sí, ¿y qué? Fuí a orinar y no levanté el asiento, es más, dejé unas gotas como de lluvia, para amenizar el momento. Me he dado una ducha y al terminar, no he secado el baño. ¡Qué mas da! No he llevado sandalias y no me sequé los pies, he caminado así hasta la habitación, nuestra habitación. La toalla húmeda se ha quedado sobre la cama. Me he puesto mucha colonia y dejé el frasco sobre la mesa del televisor. Sí, seguro ahí habrá luego una terrible mancha, ¿y qué? Tomé un poco de café y no he limpiado la cafetera; apenas y saqué el filtro goteante. Se derramó un poco sobre tus revistas. Ya, ya, que han sido solo unas cuantas gotas. Me he llevado la taza al coche y luego se ha quedado allí por días.
He llegado a la oficina, saludo y todos me miran, apenas responden el saludo. No soy yo, son ellos. Locos deben estar. Es hora de la comida y una sopa instantánea es lo de hoy, para qué buscar más. No me la he terminado, tiro el envase de poliestireno y regreso a la oficina. Me pierdo en montones de papeles, números, balances, reportes; escucho entre voces mentar mi nombre, no atiendo, no tengo tiempo, no quiero. Es tarde, la oficina se ha quedado vacía y yo no pienso volver a casa, no. Es viernes, hoy iré a tomar unos tragos y llegaré tarde, muy tarde. Son cerca de las 3:00 a.m. cuando aparco el coche, las luces en casa no están encendidas. Al entrar, la penumbra que me recibe me lleva a tirar ese feo jarrón que te regalo tu madre. Aviento el saco sobre los restos como para ocultar mi delito. Me tiro en el sofá. —¿Quién mueve el maldito sillón? —grito como si alguien fuera a responderme— son las copas de más lo que me tiene malamente mareado. Es sábado, un estupor asqueante me levanta y corro en dirección al baño, me resbalo, maldigo. Mi estómago expulsa odio, resentimiento, el higado y hasta mis riñones. Incluso me acordé de dios, de tu dios. Camino a la cocina por un café, urgente. —¡La cafetera esta sucia! —Grito, nuevamente como si alguien pudiera escucharme—. Lanzo de un golpe la cafetera, se derrama sobre tus revistas. Exhalo brutamente, gemiqueo, me rompo, lloro. Todo lo he hecho con la intención de que me mires de nuevo. Con la esperanza de que me des un golpe en el brazo por destripar el dentífrico. Que te quejes hasta la histeria porque he dejado el baño escurrido y la toalla tirada en medio de la cama. Por qué no vienes y me sirves el café, me das un poco para llevar en tu termo favorito y me despides con un beso mientras lees tu revista cultural, esa en la que siempre me decías que te gustaría escribir. He comido una de esas sopas de porquería que tanto odias y no lo sabes, no puedo decirtelo aún con la conciencia de tu reprimenda. Me he alcoholizado hasta tarde y he conducido así mientras mis ojos buscaban su órbita común. Llegué a casa, he roto tu jarrón y torpemente he intenado cubrir el crimen; aunque sé que eso no te enfadaría, más bien te haría sonreír maliciosamente. Todo eso y ¿dónde estás tú, dónde carajos estás? Todos en la oficina me miran con angustia, pero igual que tú, no dicen nada. ¿Por qué no vienes, por qué no estás aquí de nuevo como antes? Con tus locuras que me hacian sonreír como un tonto, con tus miedos para protegerte, con esas dudas que terminabas resolviendo tú misma mientras yo te miraba enamorado. ¿Por qué no estás? O no, más bien, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué ese maldito te aparto de mi? He querido buscarlo pero sé que tú no querrías eso. Al final podría matarme; pero es que es eso lo que yo quiero, morir. Las lágrimas no se me terminan y me están ahogando. Me levanto y tomo las llaves del auto. Es necesario, iré a buscarte, salgo de casa; afuera hay un viento gélido, me hiela el rostro. Los ojos me arden y se me nubla la vista, aprieto los dientes con desesperación. Conduzco con un pulso acelerado. Las lágrimas me brotan incesantes y mi corazón te busca. Algo me dice que volveré a verte muy pronto. La carretera húmeda me dificulta el avance, acelero. No puedo esperar más, han sido 2 meses sin ti y ya no puedo más. Sé que tú también lo deseas, que tú también me esperas. Acelero más, aún más, más.
De pronto, ese viento gélido ya no lo siento. Ahora es calor, un calor que me sube por la piernas. ¿Qué es esto que me corre por el rostro? Estoy mareado, no veo nada. No, espera, te veo a ti, vienes por mi. Lo sabía. Te acercas, estás hermosa. Tu sonrisa me vuelve loco. Ya no siento ni frío, ni calor; ya nada me duele. ¡Tu cabello, mira tu cabello, ha vuelto! El maldito cáncer ya no puede hacerte daño y yo, yo estoy de vuelta contigo amor. No te vayas, te prometo que repondré aquel horroroso jarrón chino, pero por favor, que ya nada te aparte de mi.

Marco de Mendoza

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Pasión criminal.

Pasión criminal.

«La imagen del cuerpo que se disgregaba al tocarlo no se apartó de mí jamás. Entre todos nuestros interrogadores sólo el padre Santillán no se dejó intimidar y aceptó nuestra versión. Dijo que nos tocó asistir al desenlace de un crimen legendario en los anales del pueblo, una venganza de la que nadie había podido confirmar la verdad.
El cadáver deshecho bajo mi tacto era el de una mujer a la que en el s. XVIII administraron un tóxico paralizante. Al abrir los ojos se halló emparedada en un osario. Murió de angustia, de hambre y de sed, sin poder moverse de la silla en que la encontramos ciento cincuenta años después. Era la esposa de un corregidor. Su doble crimen fue tener relaciones con un monje del convento y arrojar a un pozo al niño que nació de esos amores».

-La cautiva

José Emilio Pacheco.

Impetuoso cabalga, explorador.

Impetuoso cabalga, explorador.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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SER

He sido viento, alterado deseo que irrumpe en tu vientre y ha salido convertido en vida.
Comí de tu mano, la miel suculenta de tu entrecuerpo.
Morí entre cada latido, que unido al mío gozosos permeamos.
De tu piel fui poeta, esclavo perfecto y amo también.
Subí tus montañas, comí entre tus campos y more en tu palacio. Palacio bendito que emana pasión.
En cada sendero hice mella, para que en ellos acunes mi palpitante vida, para que sea mi ejército blanco quien a placer los cubra jadeante.
Besé tus resquicios, ángulos perfectos y moldes concisos de mis presurosas manos.
Me entregué sin cordura, preso ya de tus férvidos ojos, como imán de todo lo que vida tiene en mí.
Acezar tu piel, mi candela eterna.
Después de ser viento, quiero ser tornado y apaciguarme luego en tus costas, abrir tu dulce camino. Conquistador en puerto; fatuo feliz por mirar tu placer. Concupiscencia saldada, por ti, porque en tu ser, yo soy.
Colmar tus espacios, dichosos, integros; derramarlos todos, y sentir que un vuelco te vuelves más de mí.
Porque fui viento entre tus islas y hoy soy mar en calma, bebiendo de tus labios vehementes que me encienden de vuelta y retorno cual siervo a tu humedad.
He sido todo y volveré siempre a ti, a ese rincón soñado en el que firme extasiado, puedo encallar.

Marco de Mendoza.

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Nuestras íntimas emociones.

Nuestras íntimas emociones.

«La felicidad humana no es producto de los grandes acontecimientos de la vida, sino de las pequeñas vivencias cotidianas».

Benjamin Franklin

Jarek Puczel
Jarek Puczel
Jarek Puczel
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