Miedo cegador.

Miedo cegador.

«Yo no sé lo qué sentiría mi madre realmente. Ni unos ni otros nos habían hecho mucho daño, salvo por lo que se llevaban los alzados. Por otro lado, mis hermanos estaban con éstos, que cada vez eran más numerosos. Nadie sabía cuántos eran. Pero sabíamos que eran cada vez más bravos. Todavía pedían, no robaban, pero ya ustedes saben lo que es pedir con escopeta. ¿Quién iba a negarles nada? Y menos que nada, un buche de café, que a nadie se le niega. Así llegamos a la aparición de aquellos cinco. Cada uno traía un arma: rifles, unos más cortos, otros más largos, salvo uno, el jefe, que traía una ametralladora de mano y una barba más tupida que la de los otros. No subían del pueblo ni bajaban de las lomas. Venían de otra parte y, al parecer, huyendo. Sabíamos que la candela se iba animando por allí».

-Un buchito de café

Lino Novás Calvo.

Minientrada

Lo sombrío de la libertad.

• MINIFICCIÓN •

Nocturnidad

Miguelángel Flores

Rafalito se durmió soñando que algún día podría volar. Y durante la noche se fue entretejiendo un hilillo de seda que salía de su boca, creando un sudario sin luz que creció y creció hasta cubrirlo por completo. Por la mañana despertó amordazado, prisionero, como si se hubiera transmutado del todo su cama en armario sombrío. Y paso media vida mirando desde dentro. Cuando al fin se atrevió a escapar de él, lo hizo convirtiendo el lienzo en unas alas asombrosas y asombradas, con adornos de purpurina y lentejuelas. Un destello tan frágil como culpable, que pronto atrajo la atención de un coleccionista de mariposas nocturnas; aquel que, sin escrúpulos, clavó a Rafalito un alfiler oscuro, un delirio perpetuo, en medio del recién nacido remolino de su pecho.

Yo no sé si la esperanza conseguirá sobrevivir…

Yo no sé si la esperanza conseguirá sobrevivir…

«El hombre que no sufre es una máquina mal diseñada, un castrado moral, un ser defectuoso, un aborto de la naturaleza».
Marlon Brando (El padrino).

Purgatorio. Eliran Kantor
El peso del falso yo. Eliran Kantor
No en su imagen. Eliran Kantor
Lo que hemos perdido. Eliran Kantor
Dolor es poder. Eliran Kantor
Enfurecido y desatado. Eliran Kantor
Limbo. Eliran Kantor
Memento mori. Eliran Kantor
Un mundo raro.

Un mundo raro.

John y Mary se conocen.
¿Qué pasa después?
Si quieres un final feliz, elige el A.

«Si piensas que lo anterior es demasiado burgués, convierte a John en revolucionario y a Mary en una agente de contraespionaje, a ver qué tan lejos llegas. Aunque en el intermedio desarrolles una saga escandalosa y excitante, de carácter pasional, una crónica fuera de tiempo más o menos, de todos modos terminarás en A.
Tendrás que enfrentar que los finales siempre son los mismos sin importar cómo construyas la historia.
El único final auténtico es el que viene a continuación: John y Mary mueren. John y Mary mueren. John y Mary mueren.
Eso es básicamente todo lo que se puede decir de las tramas: que al final no son más que una acción tras otra, un qué y un qué y un qué.
Ahora intenta con Cómo y Por Qué.

-Finales felices: F

Margaret Atwood

¿Es ella más que yo?

¿Es ella más que yo?

John y Mary se conocen.
¿Qué pasa después?
Si quieres un final feliz, elige el A.

«Una tarde John se queja de la comida. Nunca se había quejado de la comida. Mary se siente herida.
Sus amigos le dicen que lo han visto en un restaurante con otra mujer que se llama Madge. En realidad, ni siquiera es Madge quien molesta a Mary, es el restaurante. John nunca llevó a Mary a ningún restaurante. Mary junta todas las pastillas para dormir y aspirinas que puede encontrar, las toma junto con media botella de jerez. Puedes saber qué clase de mujer es por el hecho de que ni siquiera tiene whisky. Deja una nota para John. Espera que la descubra y la lleve al hospital a tiempo y se arrepienta y se casen, pero nada de esto ocurre y ella muere.
John se casa con Madge y todo sigue como en A».

-Finales felices: B

Margaret Atwood

Labatut.

Labatut.

«Y lo primero es un nudo, una serie de nudos que te recorren el cuerpo; el de la boca no te deja hablar, el del pecho te estrangula los pulmones, el tercero te cierra el estómago, el cuarto te reseca la entrepierna y el último te taponea el culo, aunque lo más raro es que te gusta, es un alivio no tener que ocuparse del cuerpo, especialmente al principio, cuando te duele hasta respirar».

Hambre Barcelona.

Benjamín Labatut.

Minientrada

Del corazón son los temores.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

Los dos siameses

Papá llevaba 2 días sin aparecer por casa. Mamá decía que él estaba preparándonos alguna sorpresa y que eso lo detenía en algún sitio. Creímos. La mañana siguiente telefonearon a mamá; era del hospital. A papá le había dado un infarto, así que fuímos de inmediato. Al llegar, luego de que el médico diera su informe, nos entregaron una caja con dos pequeños gatos siameses que papá llevaba consigo al momento del infarto. —¡Mira, mamá, es nuestra sorpresa! —grité yo eufórico— y cual niños, mis hermanos y yo celebramos a pesar de la situación. Años después, mamá nos confesaría que aquellos gatos no eran un regalo para nosotros, sino para una hija que él tenía con otra mujer y que justo aquel día, cumpliría años, pero que luego del infarto papá no pudo llegar a su destino real. Mamá se enteraría de todo eso poco después; sin embargo, guardó silencio por muchos años porque aquel día, entre nosotros y aquellos morrongos había ya un lazo sincero.
Hoy en cambio, celebro que papá ya no este aquí, y que no pueda ver cómo con eso, nos rompió el corazón a todos; sí, nos rompió el corazón cuando cinco años después a los dos gatos, se los llevó una muerte súbita cardíaca. ¡Vaya manera de compartir!

Marco de Mendoza

🍸

Estranho.

Estranho.

«—No llore, mujer. Soy el papá, y no estoy llorando.
Con la ayuda de un pariente el papá lo bañó. El niño permaneció duro sobre la tina, no pudieron sentarlo en el agua. Después la mamá lo vistió, ni era domingo; pantalón azul, camisa blanca, con saco, como un hombrecito. No calzó los viejos zapatos. Lo abrazó tan fuerte, quería ser enterrada con él en el mismo cajón, el hijo tenía miedo a la oscuridad».

Pedrinho.

Dalton Trevisan.

Recuerdos del alma mía.

Recuerdos del alma mía.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

Testigo Presencial

Era una tarde soleada la de aquel abril. Por la ventana, cálidas luces sesgaban el horno en la cocina donde una charola con galletas de mantequilla aromatiza hasta la calle trasera, al tiempo que avisa a los vecinos que preparen café; mamá horneaba esas galletas que envolvían y enamoraban al paladar, al alma misma.
La brisa de la tarde invitaba la lluvia y con ello, sabíamos que la premura era mayor; las galletas debían estar listas y empacadas cuanto antes. Mamá terminaba de envolver las últimas galletas, mientras que yo, alistaba una pequeña caja de cartón azul y blanco donde con perfección lustrosa, acomodaba algunos utencilios de papelería que salía a vender junto con las galletas que preparaba mi madre.
Así, bajo la amenaza de lluvia y con dos cajas, una cada quien, salimos a la oportunidad. Nuestra aventura.
Luego de varias calles andadas y casi todo vendido, nos restaban solo 2 paquetes de galletas, había sido un buen día para mamá. Aunque mi papelería se había vendido poco, yo igual estaba feliz. Mamá hacia un esfuerzo enorme para tener listas sus galletas, y os juro que eran deliciosas.
Llegamos a un edificio de departamentos, que desde ya, se miraba lúgubre y desconocido. Me adelante para entrar pero mamá se detuvo un instante, como pensativa, —¿habría presentido algo en ese momento?, no lo sé, nunca se lo he preguntado. Entramos y no había éxito. «hoy no, gracias» era casi la respuesta inmediata. Salvo una chica que nos compró dos portaminas y una libretita de apuntes. Yo sonreí y mamá me marañó el cabello sonriéndome más. —¡Vamos hasta arriba, mamá, ahí nos comprarán! —le dije emocionado—, mientras corría sobre aquellos escalones insulsos, sin recubrir. Mamá me alentó con su mano, cansada ya del andar impetuoso de aquel día. Llamé a la última puerta y un ladrido seco atendió primero el llamado, luego, rechinando se abrió aquella entrada. Una mujer de gesto malhumorado y cansado me miró sin decir nada. Le sonreí y le ofrecí galletas, las últimas.
No sé, no recuerdo, o no quiero recordar exactamente cómo pasé de una sonrisa entusiasta a ése rostro de horror y llanto. Mamá me tiró con brusquedad y un grito ahogado, mientras los colmillos embrutecidos de aquel animal se clavaban en la pierna derecha de mamá. Gritaba asustado, yo era un párvulo de 7 años apenas, ¿qué podía hacer frente a la ferocidad de un animal de ese tamaño? Muerto de miedo, jalé con ahínco la pata de ese perro sucio y maldito, pero mamá me gritó que no, que corriera, que me fuera rápido. Miré a mamá, luego, miré a la mujer que sólo musitaba «Ya, ‘Chapo’, ya, suelta» como si eso fuera a funcionar, a servir de algo.
Corrí, corrí tan rápido y grité mucho que alguien nos ayudara. Un hombre salió de algún otro apartamento y me detuvo intrigado, sorprendido. Yo seguía gritando ahogado en un llanto inexorable. Cuando corrimos de vuelta, mamá bajaba apresurada, como podía y muerta de miedo y dolor, apenas y podía dar un paso. En sus ojos vi la agonía de su dolor. Aquel hombre luego nos ayudó a llegar a casa.
Ocho, seis, cuatro y otros ocho puntos, más un sin fin de cardenales, raspones y rasguños fue el saldo de aquella venta de galletas. Perdí mi caja azul y blanca, no sé dónde quedó, no quise volver, ni me importaba.
Por la noche papá volvió del trabajo y al ver a mamá, gritó furioso, lleno de una ira que yo no conocía. Hizo preguntas a mamá y volvimos a llorar, era inevitable, ese miedo persiste. Él, salió al jardín y tomó el machete que usaba para arreglar el césped, del auto sacó una franela, la enredó en su mano y se fue. Yo no entendía, pero mamá le suplicaba que no saliera, que por favor no, NO.
Papá volvió minutos después, yo estaba en mí habitación sin poder dormir. A la mañana siguiente, desde el comedor pude ver sobre el césped aquel machete tintado de rojo. Corrí al baño para devolver el cereal que apenas y había probado.
Seguro pensarán que papá era más un cavernícola que un ser pensante porque incluso yo lo llegué a determinar así. Pero él estaba defendiendo a su familia, a su modo y con una furia y desesperación que poco entiende de razones y cordura. Sé que luego, en frío, papá supo que no fue lo mejor. Y no, nunca agredimos, ni tentamos la tranquilidad de aquel perro. Ese animal era así, traicionero, contencioso; a veces de buenas, a veces mortal. Eso dijeron los vecinos a papá cuando como animal justiciero, acudió aquella noche.
No me gustan los perros y no sé si algún día tendré afinidad por ellos.
Hoy, 25 años después, mamá preparó galletas y eso me invita a recordar, no me apetece probarlas, pero hay varios nietos que terminarán con ellas mientras yo los miro en el jardín, jugueteando con el perro que papá les regaló.

Marco de Mendoza

🍸