Minientrada

Si tú no estás aquí.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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VUELVE

Hoy me he levantado más temprano que de costumbre. Me cepille los dientes como todos los días y sí, dejé el tubo de la pasta dental aplastado, como destripado, sí, ¿y qué? Fuí a orinar y no levanté el asiento, es más, dejé unas gotas como de lluvia, para amenizar el momento. Me he dado una ducha y al terminar, no he secado el baño. ¡Qué mas da! No he llevado sandalias y no me sequé los pies, he caminado así hasta la habitación, nuestra habitación. La toalla húmeda se ha quedado sobre la cama. Me he puesto mucha colonia y dejé el frasco sobre la mesa del televisor. Sí, seguro ahí habrá luego una terrible mancha, ¿y qué? Tomé un poco de café y no he limpiado la cafetera; apenas y saqué el filtro goteante. Se derramó un poco sobre tus revistas. Ya, ya, que han sido solo unas cuantas gotas. Me he llevado la taza al coche y luego se ha quedado allí por días.
He llegado a la oficina, saludo y todos me miran, apenas responden el saludo. No soy yo, son ellos. Locos deben estar. Es hora de la comida y una sopa instantánea es lo de hoy, para qué buscar más. No me la he terminado, tiro el envase de poliestireno y regreso a la oficina. Me pierdo en montones de papeles, números, balances, reportes; escucho entre voces mentar mi nombre, no atiendo, no tengo tiempo, no quiero. Es tarde, la oficina se ha quedado vacía y yo no pienso volver a casa, no. Es viernes, hoy iré a tomar unos tragos y llegaré tarde, muy tarde. Son cerca de las 3:00 a.m. cuando aparco el coche, las luces en casa no están encendidas. Al entrar, la penumbra que me recibe me lleva a tirar ese feo jarrón que te regalo tu madre. Aviento el saco sobre los restos como para ocultar mi delito. Me tiro en el sofá. —¿Quién mueve el maldito sillón? —grito como si alguien fuera a responderme— son las copas de más lo que me tiene malamente mareado. Es sábado, un estupor asqueante me levanta y corro en dirección al baño, me resbalo, maldigo. Mi estómago expulsa odio, resentimiento, el higado y hasta mis riñones. Incluso me acordé de dios, de tu dios. Camino a la cocina por un café, urgente. —¡La cafetera esta sucia! —Grito, nuevamente como si alguien pudiera escucharme—. Lanzo de un golpe la cafetera, se derrama sobre tus revistas. Exhalo brutamente, gemiqueo, me rompo, lloro. Todo lo he hecho con la intención de que me mires de nuevo. Con la esperanza de que me des un golpe en el brazo por destripar el dentífrico. Que te quejes hasta la histeria porque he dejado el baño escurrido y la toalla tirada en medio de la cama. Por qué no vienes y me sirves el café, me das un poco para llevar en tu termo favorito y me despides con un beso mientras lees tu revista cultural, esa en la que siempre me decías que te gustaría escribir. He comido una de esas sopas de porquería que tanto odias y no lo sabes, no puedo decirtelo aún con la conciencia de tu reprimenda. Me he alcoholizado hasta tarde y he conducido así mientras mis ojos buscaban su órbita común. Llegué a casa, he roto tu jarrón y torpemente he intenado cubrir el crimen; aunque sé que eso no te enfadaría, más bien te haría sonreír maliciosamente. Todo eso y ¿dónde estás tú, dónde carajos estás? Todos en la oficina me miran con angustia, pero igual que tú, no dicen nada. ¿Por qué no vienes, por qué no estás aquí de nuevo como antes? Con tus locuras que me hacian sonreír como un tonto, con tus miedos para protegerte, con esas dudas que terminabas resolviendo tú misma mientras yo te miraba enamorado. ¿Por qué no estás? O no, más bien, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué ese maldito te aparto de mi? He querido buscarlo pero sé que tú no querrías eso. Al final podría matarme; pero es que es eso lo que yo quiero, morir. Las lágrimas no se me terminan y me están ahogando. Me levanto y tomo las llaves del auto. Es necesario, iré a buscarte, salgo de casa; afuera hay un viento gélido, me hiela el rostro. Los ojos me arden y se me nubla la vista, aprieto los dientes con desesperación. Conduzco con un pulso acelerado. Las lágrimas me brotan incesantes y mi corazón te busca. Algo me dice que volveré a verte muy pronto. La carretera húmeda me dificulta el avance, acelero. No puedo esperar más, han sido 2 meses sin ti y ya no puedo más. Sé que tú también lo deseas, que tú también me esperas. Acelero más, aún más, más.
De pronto, ese viento gélido ya no lo siento. Ahora es calor, un calor que me sube por la piernas. ¿Qué es esto que me corre por el rostro? Estoy mareado, no veo nada. No, espera, te veo a ti, vienes por mi. Lo sabía. Te acercas, estás hermosa. Tu sonrisa me vuelve loco. Ya no siento ni frío, ni calor; ya nada me duele. ¡Tu cabello, mira tu cabello, ha vuelto! El maldito cáncer ya no puede hacerte daño y yo, yo estoy de vuelta contigo amor. No te vayas, te prometo que repondré aquel horroroso jarrón chino, pero por favor, que ya nada te aparte de mi.

Marco de Mendoza

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Minientrada

El futuro que ya es hoy.

• MINIFICCIÓN •

Hambruna.

Miguel Ángel Molina

El hambre asola a mi país. He sobrevivido un tiempo hirviendo libros y cinturones de cuero, pero las reservas se acabaron. Hace días que Nessy no maúlla y anoche fue la última vez que ladró Zar. Esta mañana engullí las sopas de letras de unos autodefinidos y para comer he devorado el bodegón de mi extinta colección de pintura. Anochece y mi imaginación se agota. Escribo esta carta para que se sepa cuánto hemos penado. Es breve porque he aprovechado algunas palabras superfluas para engañar a mi estómago. Malditas sean las guerras y l_s gobern_ntes q__ nos mat_n d_ h_mbr_.

Indiferencia perversa.

Indiferencia perversa.

«Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Suéltame! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma…
No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo».

La gallina degollada

-Horacio Quiroga.

CANDILEJAS.

CANDILEJAS.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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En las noches de verano, mi abuela, mis primos y yo, solíamos echarnos sobre el césped del patio trasero; ahí junto al enorme árbol de aguacate que ella misma había sembrado. Grande, frondoso; de frutos amables y exquisitos. Deleite al paladar, oro verde. Ahí, tumbados todos, mirando las estrellas, reíamos y esperábamos la hora en que la abuela comenzara sus historias de miedo. Ella bien sabía que ninguno de nosotros temía a esos cuentos, pero amabamos escucharla y fingiendo temor, abríamos tremendos ojos atentos a cada palabra y a cada recuerdo, porque muchas de esas historias, decía ella, eran más bien vivencias. Todos lo recordamos perfectamente. Recordamos esos finos labios rojos que nos besaban, sus manos tersas acicalando el cabello de alguno, y esos hermosos ojos cafés, profundos y sinceros. Todos lo recordamos, menos ella. Un día, así de pronto, el Alzheimer nos mutiló, de apoco llevándosela. Dejó de salir al patio trasero; desde la ventana, nos veía esperándola, y temorosa, nos pedía que nos fueramos. El corazón se nos hizo pedazos. Quién nos iba a llenar amorosamente de miedo, si ella ya no recordaba quiénes éramos. Ya no recordaba ni quién era ella. Un día la encontramos regando su árbol. Le hablaba en susurros y entre todo, le pedía al árbol que nos cuidara. —Cuida de mis lucecitas—, murmuraba.
Lucecito, me decía, cuando ya no lograba recordar mi nombre. Mi alma rota quería salirse corriendo de entre mi cuerpo y yo solo la abrazaba para que no viera mi llanto. Nuestra luz más grande, se estaba apagando.
Hoy, que desde la ventana miro ese árbol, estoy seguro de que sí nos cuida; nunca ha dejado de dar frutos perfectos.
Todos creíamos que la abuela se iría sin recordar quiénes éramos, pero un día antes de partir, sentada en su sillón favorito y mientras bebía un té de limón, nos dijo: —¿Creen que no sé que van a llorar? Sé eso, y sé también que tienen miedo, que ahora sí tienen miedo—. Sonrió, sonreímos. Y la dejamos partir.

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EXONERACIÓN.

EXONERACIÓN.

• EFEMÉRIDES •

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02 de diciembre

Día internacional de la abolición de la esclavitud•

SOLOMON NORTHUP

1808 / 1863

12 AÑOS DE ESCLAVO

«La gloriosa esperanza a la que me había aferrado con tanto entusiasmo se estaba reduciendo a cenizas entre mis manos. Sentía que me estaba hundiendo cada vez más en las aguas amargas de la esclavitud de cuya insondable profundidad jamás lograría volver a salir».

«Pensé que moriría bajo los latigazos de aquel maldito bruto. Todavía se me pone la carne de gallina al recordar aquella escena. Tenía la espalda en carne viva. Mi sufrimiento solo se podía comparar con las ardientes agonías del infierno».

«Y así, esposados y en silencio, atravesamos las calles de Washington, la capital de un país cuya teoría de gobierno, según nos dicen, se apoya en la fundación del inalienable derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. ¡Bravo! ¡Columbia, una tierra feliz, por supuesto!».

«Los hombres pueden escribir libros retratando la vida humilde tal como es, o como no es, se pueden explayar con la solemnidad propia de los que todo lo saben sobre el goce de la ignorancia y hablar displicentemente desde sus sillones de los placeres de la esclavitud, pero si trabajaran en el campo, si durmieran en una cabaña, si comieran farfollas y fueran azotados, cazados y maniatados, contarían otra historia muy diferente».

«Lo cierto es que era difícil decidir a quién debía tener más miedo, a los perros, los caimanes o los hombres».

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Voraz.

Voraz.

• MINIFICCIÓN •

EL HIJO

EVA DÍAZ RIOBELLO

“Y sí, tontamente, acabe pegándome un tiro por no tener cuidado”, explicaba mi tío a mamá mientras guardaba la pistola en su escritorio. Ella murmuró algo y los dos rieron. Después de morir papá, se había quedado devastada y arruinada al heredarlo todo mi tío. Él nos había acogido en su casa de forma provisional, pero últimamente ya no hablaba de mudanzas, sino de lo guapa que estaba mi madre al quitarse el luto. Yo era invisible para él, lo que facilitó las cosas. La bala le alcanzó justo cuando se inclinaba para besarla. Me había acordado de arreglar el testamento antes, pero esta vez, ella lloró.

Sobre dolores.

Sobre dolores.

«Él sintió un agudo dolor. La miró de cerca, intentó penetrar la profundidad de sus ojos y cuando al fin lo hizo, sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. Percibió que ella lo examinaba desde adentro, escarbando en cada recóndito rincón de su mente y de su cuerpo. Se sintió débil, incapaz de sacársela de encima».

Regreso a Alba.

Álvaro Morales.