Alumbramiento críptico.

Alumbramiento críptico.

«Como era de esperarse, los psicoanalistas son los únicos hombres de ciencia que han abierto la boca: atribuyen el fenómeno a una especie de histeria colectiva y piensan que son las mujeres y no los niños quienes se conducen en el parto de una manera anormal. Con ello expresan una clara censura al hombre de nuestros días. Tomando en cuenta el carácter explosivo del alumbramiento, un psiquiatra afirma encantado de la vida que la rebelión de los nonatos, aparentemente sin causa, es una verdadera Cruzada de los Niños contra las pruebas atómicas. Ante la sonrisa burlona de los ginecólogos, concluye su alegato con ingenuidad flagrante, insinuando la idea de que tal vez no sea este en que vivimos el mejor de los mundos posibles».

-Informe de Liberia

Juan José Arreola.

Parábola vívida.

Parábola vívida.

«—En uno de sus poemas más bellos se concibe a sí mismo como una rémora pequeñita adherida al cuerpo de la gran ballena nocturna, la esposa dormida que lo conduce en su sueño. Esa enorme ballena femenina es más o menos el mundo, del cual el poeta sólo puede cantar un fragmento, un trozo de la dulce piel que lo sustenta.
—Me temo que sus palabras desconcierten a nuestros lectores. Y el señor director, usted sabe…
—En tal caso, dé usted un giro tranquilizador a mis ideas. Diga sencillamente que a todos, a usted y a mí, a los lectores del periódico y al señor director, nos ha tragado la ballena. Que vivimos en sus entrañas, que nos digiere lentamente y que poco a poco nos va arrojando hacia la nada».

-Interview

Juan José Arreola.

Minientrada

Minuciosidades

• MINIFICCIÓN •

Mosca

Sergio Ramírez

Puede identificarse por cuatro franjas longitudinales oscuras sobre el dorso del tórax, mientras el abdomen es de color claro. Pueden vivir de catorce a setenta días, y pasan por cuatro etapas: huevo, larva, pupa y adultez. La hembra adulta coloca entre cinco y seis partidas de huevos, las que varían en un número de setenta y cinco a cien, y las larvas nacen en un periodo de dos a veinticuatro horas. Si todos los huevos de una sola mosca sobrevivieran, y todas las crías también lo hicieran, se llegaría a obtener una población de más de mil millones de moscas en un año, algo que no se cumple debido a que gran cantidad de huevos no llegan a madurar. Lo contrario significaría una catástrofe mundial.

Ímpetu.

Ímpetu.

«Los litigantes le exponían sus casos en altas y claras voces, para que él oyera desde arriba, oculto como permanecía en un entrepiso. Con golpes de un bastón transmitía en clave las respuestas a las consultas y daba sus instrucciones al secretario. Los escritos, títulos y alimentos se los izaban en una canasta de mimbre.
Nunca se hizo cargo de juicios penales pues temía la presencia de la sangre y odiaba a los asesinos, sobre todo a aquellos que ponían saña en mujeres y niños, y fue por eso que sus leyes, siendo ya jefe de Estado, fueron implacables para con los homicidas y para los ladrones, los violadores, los que asaltaban en despoblado y en cuadrilla, para los perjuros y para los que de acción o palabra ofendiesen a sus madres».

-Del amor a la justicia

Sergio Ramírez.

Coraje.

Coraje.

«El 30 de mayo, Humberto Solano se fue a una librería y compró una gran tarjeta perfumada para su madre.
—Para que no diga que no me acuerdo de ella.
[… ]
‘QUE EN ESTE DÍA LAS CAMPANAS DE LA FELICIDAD TENGAN DULCES TAÑIDOS PARA USTED’. Eso estaba en letra de imprenta. ‘Su hijo, Humberto Solano’. Eso estaba a mano y con borrones, como el sobre.
La mujer pasó la plancha por toda la manga y la repasó tres veces en el puño. Se acercó al fuego después y todas sus arrugas aparecieron detalladamente.
La Chabelita olió otra vez la tarjeta y respiró profundo, con placer.
La mujer asentó duro la plancha. Levantó la camisa para verle los quiebres y con la camisa también levantó su voz.
—Con eso no se come.
Se volteó y atizó el fuego.
—Ni con veinte desos papeles comemos».

-La tarjeta

Sergio Ramírez

Desapego.

Desapego.

«El muchacho se fue a montar al viejo modelo recién pintado; abrió la puerta de atrás y se sentó. De repente, aquel «Taxi, bachiller» le agradó. Hacía tres meses llevaba un anillo de grado en el dedo y su familia lo mandaba a estrenar el título a la Universidad: lo matricularon en Derecho porque la gente decía que era «lo más fácil y bonito». Allí estaba, recién metido en una ciudad rara, caliente y extraña, comenzando una carrera por la que no sentía nada, nada. Comparó dos pensamientos y vio que sentía más por la muchacha que quedaba atrás, allá en el pueblo, que por su carrera. Y se abrió el primer botón de la camisa cuando el carro arrancó».

-El cobarde

Sergio Ramírez.

Barrunto.

Barrunto.

«Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir».

-Una señora

José Donoso

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Herencia.

• MINIFICCIÓN •

Círculos

Rocío Vaquero

Parece una tontería pero esta cucharilla fue de mi abuela. Ella no tomaba café, tomaba achicoria, y le daba vueltas con esta cucharilla antes de que yo naciera. Yo nací y crecí y empecé a tomar café. Y aquí estamos las dos, la cucharilla y yo, dando vueltas, tintineando la taza, negociando las condiciones de mi divorcio, un martes de mayo.

Placeres.

Placeres.

«—Yo vivo en los altos del bar. —Su mano señaló una puerta perdida al fondo del local—. A las dos cierro las mamparas y me voy a dormir.
Arístides se atrevió a mirarla al rostro. La mujer soplaba el humo con elegancia y lo miraba sonriente. La situación le pareció excitante. De buena gana hubiera pagado su consumo para salir a la carrera, coger al primer transeúnte y contarle esa maravillosa historia de una mujer que en plena noche le hacía avances inquietantes. Pero ya la mujer se había puesto de pie: —¿Tiene usted una moneda de a sol? Voy a poner un disco.
Arístides alargó presurosamente su moneda.
La mujer puso música suave y regresó. Arístides miró hacia la calle: no se veía una sombra. Alentado por este detalle, presa de un repentino coraje, la invitó a bailar».

-Una aventura nocturna

Juan Ramón Ribeyro.