Rapaz.

Rapaz.

«Y entonces se aproximó por detrás a una de esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio, furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran hueco rojo franjeado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. La saliente monstruosa de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto».

-Chickamauga

Ambrose Bierce.

¡Qué delicia la gente pensante!

¡Qué delicia la gente pensante!

«Y Filipp tuvo un sueño. Vio cómo todo había cambiado: la tierra era la misma, las casas las mismas, el portón el mismo y, sin embargo, la gente completamente distinta. ¡Todos eran muy sabios! No había ningún tonto, y por las calles andaban franceses y más franceses. Hasta el propio acudir reflexionaba de este modo: “Debo confesar que no me siento nada satisfecho del clima. Voy a consultar el termómetro”. Mientras esto decía sostenía un grueso libro entre las manos».

Un portero inteligente, Antón Chéjov.

Suave polen.

Suave polen.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Flor en campo

Sembré un campo de amapolas y dulces mirtos. Los llené de cariño y los cultivé con entera pasión.

Así quiero sembrar en ti mi dulce néctar. Hacerte el amor con inmensa pasión, para ahogarnos luego en incontable cariño, atados; como en un tierno campo floreciente que irradia calor, que sobreviva al clima y que multiplique riquezas, de amor, de pasión, de lujuria y de todo recurso. Sembrar ahí para ti, para que un día nuevo, en tus ojos me vea reflejado y sepa que el campo sembrado a florecido, lo has florecido con tu cuerpo bendito y tu alma salva.

Que los mirtos endulcen tus besos y las amapolas nuevas invadan tu piel con su polen. Para que un día lejano abones la tierra, y que el polen propio entre el viento llegue a otras pieles, para que entonces conozcan nuestra pasión de ayeres.

Convíertete en flor y seme eterno.

Marco de Mendoza

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Augur.

Augur.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Uno a uno

Soplo al viento los recuerdos. Que los lleve incesantes, como ráfaga sutil, como brisa de un mástil.

Que la mente mutilada y los sentimientos reprimidos, ávidos encuentren su función.

Magnifico los placeres. Todos, que se cuelen en entrañas. Que produzcan miel y rica lluvia blanca.

Yergo a la vida, esta, que placebo dicta y con dulce primacía nos conduce al deseo de vivirla.

Airada vida pura. Sin miedo y con deseo. Llena en mí de sí el umbral de mi eterna sincronía.

Bébete el olvido de los sinsabores y traspella con mi hombría el centro de su lozanía, donde beberme su cálido cáliz es la fuente de mi pábulo perfecto.

Embala uno a uno nuestro ser, para que ufanos proclamemos e pluribus unum.

Orgia de vida y de sueños claros, vehementes; concebida solo a sí y a mí.

Da en el centro Eros y transformanos en ambrosía, uno a uno, innúmero.

Marco de Mendoza

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Deseos.

Deseos.

—Todo lo que usted me dice ahora es muy triste, señor Abad; pero una cosa me consuela, y es que allá arriba, en el paraíso de las estrellas, seré todavía el Delfín… Sé que el buen Dios es mi primo y que sabrá tratarme como corresponde a la altura de mi rango.
Luego añade, volviéndose hacia su madre:
 —¡Que me traigan mis más bellos vestidos, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero hacerme fuerte ante los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín.
Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla nuevamente en voz baja… En medio de su discurso, el niño le interrumpe con cólera:
—¿¡Pero entonces, grita, esto de ser Delfín, no sirve absolutamente para nada!?
… Y, sin querer atender a nada más, el pequeño Delfín se vuelve hacia la muralla, y llora amargamente.

-La muerte del delfín

Alphonse Daudet

Si estuvieras aquí.

Si estuvieras aquí.

• DECÍA MI ABUELA •
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Mi abuela decía que el amor es un puñado de hormigas alebrestadas metidas bajo la piel. Que avanzan trepidantes delimitando el terreno. Que si las tientas, las vas a sentir y que si las repeles, las sientes más. —Tú déjalas —me dijo—, un día avanzarán tu cuerpo, se conocerán y de pronto, encontrarán la paz en el calor de tu piel, y ten por seguro que a pesar de lo que hagas, ahí se van a quedar, porque te pertenecen, se pertenecen y eso no lo cambia nadie…
Ella decía tantas cosas.

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Entramado

Entramado

«Las pesadillas volvieron después que ingresé al Departamento Secreto y comencé a tener temor de mis amigos y a alejarme de personas que pudieran perjudicar mi carrera. La soledad y el exceso de trabajo y las pesadillas y las preocupaciones por los casos no resueltos. Todo eso y las pesadillas. De noche despierto sudado, con el corazón golpeándome en la boca. Así, simplemente, el corazón que se sale y la mente que ordena que no, que no se salga, que a qué se le tiene miedo, y la mano que busca el botoncito de la luz y la pared vacía y fría que no responde a la mano y la mujer que despierta de mal humor y entonces me mira atravesado y que aunque no lo dice lo pregunta: “¿Tienes miedo?” Y mi mirada que se cruza con la suya y me hago el gallo y le contesto con los ojos que nunca he tenido miedo, que yo soy un macho, pero los sudores y el corazón saliéndose por la boca me traicionan».

-El sonámbulo

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

—Anoche soñe contigo—Cuéntame, ¿cómo fue?

—Anoche soñe contigo—Cuéntame, ¿cómo fue?

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Libido

Prisionero quiero ser. Como un pájaro que en pleno vuelo, ávido de libertad, encontró en ti su jaula y su paz. Quiero entrar en esa jaula, teñirla de blanco y vivir ahí, con la libertad y satisfacción de entrar y salir y con ello, verte soñar. Vibrar, brillar. Quiero en ella posar, pajaro en celo aletear, dominar, dejarse llevar. Poseer. Aprisioname en tu jaula impoluta, y menguar ahí mis ganas, mi fuerza, mi alma en libertad. Que nada quede fuera de ella. Pájaro amante cautivo, que goza la andanada que esparce en su jaula, toda plena, toda tuya. Es tu jaula mi sitio y su calidez mi delirio. Su sabor a libido intenso que marea, que derrite; es todo lo que me altera. Me despierto en las mañanas, ave taciturna y enjuta, que al pliegue de esta jaula proteico despierta. Rigido, vigoroso y hasta engreido, toma forma, aleteo adusto. Llena su hogar, su jaula, la posee y transforma. Toda ella es vida, su vida y al teñirla de suave almibar blanco, sabe que es suya, que se pertenecen; pájaro sobrio y jaula bendita que al vilo comulgan, que son uno, que se entregan, se renuevan. Brisa cálida, candor jadeante; la jaula abre, la jaula cierra, al paso incesante de su ave, estremece. Pájaro vuelve con rabia, con anhelo.Penetra. Silencio. La jaula devora al pardillo cerril. Consumada prision en que hemos triunfado ya.

Marco de Mendoza

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Minientrada

Lo sombrío de la libertad.

• MINIFICCIÓN •

Nocturnidad

Miguelángel Flores

Rafalito se durmió soñando que algún día podría volar. Y durante la noche se fue entretejiendo un hilillo de seda que salía de su boca, creando un sudario sin luz que creció y creció hasta cubrirlo por completo. Por la mañana despertó amordazado, prisionero, como si se hubiera transmutado del todo su cama en armario sombrío. Y paso media vida mirando desde dentro. Cuando al fin se atrevió a escapar de él, lo hizo convirtiendo el lienzo en unas alas asombrosas y asombradas, con adornos de purpurina y lentejuelas. Un destello tan frágil como culpable, que pronto atrajo la atención de un coleccionista de mariposas nocturnas; aquel que, sin escrúpulos, clavó a Rafalito un alfiler oscuro, un delirio perpetuo, en medio del recién nacido remolino de su pecho.