Miedo cegador.

Miedo cegador.

«Yo no sé lo qué sentiría mi madre realmente. Ni unos ni otros nos habían hecho mucho daño, salvo por lo que se llevaban los alzados. Por otro lado, mis hermanos estaban con éstos, que cada vez eran más numerosos. Nadie sabía cuántos eran. Pero sabíamos que eran cada vez más bravos. Todavía pedían, no robaban, pero ya ustedes saben lo que es pedir con escopeta. ¿Quién iba a negarles nada? Y menos que nada, un buche de café, que a nadie se le niega. Así llegamos a la aparición de aquellos cinco. Cada uno traía un arma: rifles, unos más cortos, otros más largos, salvo uno, el jefe, que traía una ametralladora de mano y una barba más tupida que la de los otros. No subían del pueblo ni bajaban de las lomas. Venían de otra parte y, al parecer, huyendo. Sabíamos que la candela se iba animando por allí».

-Un buchito de café

Lino Novás Calvo.

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Hoy voy a vivir (?)

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Te comence por extrañar, pero empecé a necesitarte luego.

—¡Me lleva la chingada! Eso fue lo primero que exclamé aquella noche, cuando entre 6 cognac y un par de cócteles se me atontaban las ideas. Ya había bebido suficiente, o eso parecía. Tomé el teléfono y clické hasta llegar a tu número. Ahí estaba, ese número que otras veces me hacía sonreír e imaginar, volar. Hoy no, hoy sentía que el corazón se me salía corriendo, que la sangre en la cabeza, toda, explotaría. Llamé, llamé, y lo peor es que aún antes de saber, sabía; sabía que no atenderías. Sin razones amén de las generales: que era yo un pendejo. Pero bueno, aún los pendejos merecemos ser escuchados, creo.
—No se le contesta a lo vendedores —dije— y seguí llamando pero, aún ahí supe que no tendría respuesta. Y es que, ¿para qué quería más respuestas que esa?, ¿qué otra forma tácita de morir en vida necesitaba yo aún? Porque había empezado a morir días antes, es más, incluso podría ser que ya hasta apestase. Podría ser, la muerte no siempre se anuncia y uno puede ya estar muerto cuando aún se cree vivo y ronda entre este y el otro plano. Morir no es tan malo, pero, ¿morir de amor? Alguna ves escuche que no, que de eso no se muere nadie, ya no sé, bien podría ser yo el primero; así que ahí estaba, muerto o no, parecía más un sí. ¿Qué diría la familia? que a este idiota lo enamoraron para luego, así sin más, ¿chingarle la existencia? No sé, no iba yo a ir por ahí levantando una encuesta como esta entre primos, tíos y las tumbas agrestes de los abuelos. De algo sí estoy seguro: la cabeza no obedece al corazón. Yo te seguía pensando aún después de tener la plena seguridad de que mi corazón hacia rato que de palpitar no se acordaba, no podía y miren que lo había intentado, pese a todos los esfuerzos, el corazón no reaccionó. No estaba herido, eso sería saber que luego de un rato y con algunos menjurges de la abuela, funcionaria. No, este corazón se había cristalizado para luego romperse en ingentes cachitos, como arena de mar que se pierde entre las olas. Así estaba yo, perdido.
—¡Me lleva la chingada! —volví a expresar— y con más enjundia, porque cómo haría para solucionar tremenda bofetada al alma. ¿Algún médico sabría de dolores de alma?, ¿de dolores que queman desde dentro como cuando una llaga palpitante arde?, lo dudo. Así que levanté la séptima copa de cognac e inhalé, profundo, buscando todo el aire posible para intentar inflar mi corazón que parecía un globo marchito, viejo, así como el rostro de aquel hombre que toca el piano al fondo del bar. Pido me sirvan un octavo trago, la mujer en barra me mira y me pregunta si conduciré, niego con la cabeza y empujo la copa, ella sirve. Vuelvo a hacer timbrar el teléfono; hay esperanzas que se mantienen vivas aún en la desgracia, más aún ahí. La mano me tiembla y doy un golpe en la barra de aquel bar que ahora de fondo toca «dos días en la vida» se me anuda la garganta al escuchar; estremesco y aprieto el teléfono a mi cabeza y golpeo, con la única esperanza de escucharte. No sucede. «Sos un pendejo» escucho detrás de mí y abro mis pequeños ojos de rendija como a la espera de verte ahí, ajusticiándome. Giro y no, no eres, es la mujer de alguien más, calificando al marido de tal por cual por perder la llave del auto y la tarjeta del hotel. —Mujer no asesines al hombre por piedad, hoy no —le digo mientras me mantengo alerta para que no termine en mi cabeza el enorme vaso de cerveza que sostiene a su diestra—. Vuelvo a lo mío, a lo tuyo, a lo que es nuestro; no contestas y no sé si acaso lo harás. Ha pasado tiempo desde nuestra última charla, que no fue buena y necesito sacar la horrible sensación que me arde dentro, esa que me hace saber que estoy muerto, más que Cristo crucificado, y si exagero, es por la novena copa que me han servido ya sin pedirla. —¿Quién va a pagar esta cuenta? —pregunta alguien en mí cabeza—. El reloj de enormes dígitos rojos que cuelga en el fondo de la barra me recuerda que dormiré muy poco si es que lo consigo. Ya veo menos atractiva a la mujer en la barra, y no es que no lo sea, pero el décimo trago casi me noquea. Me pregunta que sí alguien viene conmigo y yo río desganado —¿Es que acaso a los muertos los acompaña alguien? —le pregunto— sonríe curiosa y me dice que yo no estoy muerto, algo atarantado quizás. —¿Atarantado, mujer? qué va, sonrío y recuerdo que la llamada está en curso, pero no, tampoco es afectiva, sí, afectiva, eso quise decir. Me levanto con torpeza, un mesero a mi paso me sostiene cuando doy un mal paso y se ríe conmigo rozándome el brazo. —¿Soy una burla acaso? Intento llegar al baño, ahí donde pretendo sacar hasta el páncreas y los ojos, todo junto si es posible. Ahí estoy, frente a un enorme espejo de bordes biselados y con una luz intensa que parece taladrarme la cabeza sin piedad. Tardo en enfocarme. El baño se convierte en una órbita hiperbólica que desquicia. Huyo de ahí. Llego a la barra y pido otro trago —Ya, mujer, sirve, por mi bien. —Ya debería ir a descansar —me dice con seriedad— —¡Mi madre! —grito yo— —Me recuerdas a mi madre. Tomo una vez más el móvil y te busco entre contactos. Llama… atienden. Es Luisa, le he llamado por error y luego de notar mi claro estado, viene un regaño justo; me dice que me pedirá un auto, que es hora de irme a casa. Pero yo no quiero irme, necesito saber si tú estás bien y aún no me contestas; aún no sé si hoy muero o me mataste tiempo atrás.

Marco de Mendoza

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Tú estás, siempre en mi mente.

• CITA CON EL SÉPTIMO ARTE •

La Diosa Fortuna

Ferzan Ôzpetek
2019, Italia

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—La diosa de la fortuna tiene un secreto.
Un truco de magia. ¿Lo saben?
¿Cómo haces para estar siempre junto a tus seres queridos?, ¿quién lo sabe? Es fácil. Debes mirarlos muy fijamente. Robas su imagen, cierras rápido los ojos con fuerza y mientras los tienes bien cerrados, la imagen de esa persona bajará hasta tu corazón, y desde ese momento, esa persona estará contigo siempre y para siempre.

Sandro
(Edoardo Brandi)

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Así, nada más.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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En breve…

Son presagios los adagios y en ellos la verdad es cautelosa. Se dicen con frecuencia por ahí y aunque con mucha astucia poco se les antela. Son morales, son sinceros; son el cielo acometido y corto que palmea la bola de la vida. Son presagios que conocen cuán tortuoso o claro es el vivir. Son sencillos, tan comunes y tan sabios que su rusticidad se torna auténtica.
Son la túnica del tiempo, son el deponer de sus acciones. Ni rebuscamiento, ni artificio; son lo que son y nada más.

Marco de Mendoza

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Del corazón son los temores.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Los dos siameses

Papá llevaba 2 días sin aparecer por casa. Mamá decía que él estaba preparándonos alguna sorpresa y que eso lo detenía en algún sitio. Creímos. La mañana siguiente telefonearon a mamá; era del hospital. A papá le había dado un infarto, así que fuímos de inmediato. Al llegar, luego de que el médico diera su informe, nos entregaron una caja con dos pequeños gatos siameses que papá llevaba consigo al momento del infarto. —¡Mira, mamá, es nuestra sorpresa! —grité yo eufórico— y cual niños, mis hermanos y yo celebramos a pesar de la situación. Años después, mamá nos confesaría que aquellos gatos no eran un regalo para nosotros, sino para una hija que él tenía con otra mujer y que justo aquel día, cumpliría años, pero que luego del infarto papá no pudo llegar a su destino real. Mamá se enteraría de todo eso poco después; sin embargo, guardó silencio por muchos años porque aquel día, entre nosotros y aquellos morrongos había ya un lazo sincero.
Hoy en cambio, celebro que papá ya no este aquí, y que no pueda ver cómo con eso, nos rompió el corazón a todos; sí, nos rompió el corazón cuando cinco años después a los dos gatos, se los llevó una muerte súbita cardíaca. ¡Vaya manera de compartir!

Marco de Mendoza

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¿Quién eres tú?

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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DOLORA 1.0

Obscuro, como pasillo tétrico infinito. Ágora de males y dolores. Como una angustia interminable y cansina que ahoga, falla el pulso, aspiro temor. El rededor es incierto, pesa, pesa tanto que asfixia. Desatino táctico, como al punto, como cepo humano.
Así, depresión estoica, cubre el alma como manto criminal. Dolora composición que ingrata me recuerda el fastidio de existir. Intermitente pastiche que no embona, que no alienta. Suplico al suspiro que me ahoga que no vuelva y temerario me trastorna; me reta invulnerable. ¿Quién soy yo para vencer? si ésta depresión es poderosa y me allana en su infalible proceder.

Marco de Mendoza

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Lo aprendí de ti.

Lo aprendí de ti.

📄… 🖋️

• AFORISMOS •


En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio, no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra.

John William Stoner


📄… 🖋️

Open your eyes.

Open your eyes.

• Seriales •

New Amsterdam
T.1, E.22

[… ]
—¿Por qué mi cerebro hizo eso? Él me salvó la vida. ¿Por qué no recordarlo?

Ignatius «Iggy» Froome (Tyler Labine):
—Parece contraintuitivo hasta que comprendemos como funciona el cerebro. El cerebro sólo intenta darle sentido a las cosas.
A veces el mundo es muy hermoso, sabes. La risa de un amigo, un bebé recién nacido sosteniendo tu dedo. Pero la vida también es frágil. Parpadeas y se esfuma en un santiamén.
Ante el horror, nuestra mente convierte un trauma en una historia, para darle sentido. Incluso si no lo tiene.
Entonces, ¿por qué tu mente te decía que el mundo era horrible? Porque significaba que tu miedo era real. Que podías darte por vencido. Pero creer que tenemos la capacidad de ser héroes, sin importar lo malo de este mundo, es mas difícil. Porque significa que cuando sucede lo peor, podemos elegir seguir adelante. Podemos elegir ayudar. Y eso hace todos los días la gente a nuestro alrededor.
Entonces, ¿el mundo es horrible? Por supuesto. Pero hay luz. Hay tanta luz. Solo tienes que abrir los ojos y mirar.

Cosas de familia.

Cosas de familia.

«Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Únicamente a través del amor y la amistad podemos crear la ilusión momentánea de que no estamos solos».
Orson Welles

Nomás nos queda esta noche.

Nomás nos queda esta noche.

«La colina estaba al fondo de las calles, oscurecida y acercada por la sombra creciente. Vi alféizares bajo la lluvia y portales que había visto siempre al sol. Todo estaba fresco y próximo, y verdaderamente esta vez mi ciudad estaba desierta. Crucé muchas plazas. Cuando regresé, enamorado y pensando en las calles del día siguiente, encontré el cuarto vacío, y así estuvo hasta la noche. Me acerqué entonces a la ventana. Todavía estuvimos juntos muchos días, mientras duró la estación, pero ambos sabíamos que todo acabaría al entrar el otoño. Y así fue, en efecto».

-El verano

Cesare Pavese.