Expresiva mirada.

Expresiva mirada.

«Catarina, de pie, observaba con malicia al marido, cuya seguridad se había desvanecido para dar campo a un hombre moreno y menudo, forzado a ser hijo de aquella mujercilla grisácea… Fue entonces cuando el deseo de reír se tornó más fuerte. Por suerte, nunca necesitaba reír realmente cuando sentía ganas de hacerlo: sus ojos adquirían una expresión astuta y contenida, se hacían más estrábicos, y la risa salía por los ojos. Le dolía un poco no ser capaz de reír. Pero nada podía hacer al respecto: desde pequeña había reído por los ojos, desde siempre había sido estrábica».

-Lazos de familia

Clarice Lispector.

Minientrada

¿Qué hay más allá del Linde?

• SERIALES •

The OA

Marlow Rhodes (Liz Carr):

–Renuncié porque el proyecto cruzó una línea, pero no fue una línea moral.

Karim Washington (Kingsley Ben-Adir):

–¿Qué significa eso?

Marlow Rhodes (Liz Carr):

–Hay un límite que debe ser respetado. Renuncié por que Ruskin cruzó ese límite.

Karim Washington (Kingsley Ben-Adir):

–¿Y qué límite es ése?

Marlow Rhodes (Liz Carr):

–Si algo del mundo real ingresa en un sueño, es natural. Si algo del sueño ingresa al mundo real, es antinatural.

El valor de amar.

El valor de amar.

• CITA CON EL SÉPTIMO ARTE •

LLEVO TU NOMBRE GRABADO.

Liu Kuang-hui

2020

🎬 🎥

Jia-han (Edward Chen)
—Usted fue quien me dijo que viviera el momento.

Padre Oliver Pelletier (Fabio Grangeon)
—No sabía que te gustaban los chicos entonces.

Jia-han (Edward Chen)
—¿Usted puede gustar de chicas, pero yo no puedo gustar de chicos? ¿Su amor es más grande que el mío? ¡Dígame! ¿Cuál es la diferencia entre su amor y el mío? ¡Dígame cuál es la diferencia!

Padre Oliver Pelletier (Fabio Grangeon)
—Si él no te quiere, no lo obligues. Eso también es vivir el momento.

Jia-han (Edward Chen)
—¡Imposible! Siento que él también me quiere.

Padre Oliver Pelletier (Fabio Grangeon)
—«Querer» no siempre implica deseo. La Biblia nos dice que controlemos los deseos. No hagas que los demás vayan al infierno.

Jia-han (Edward Chen)
—Ayúdeme a ir al infierno. Prefiero ir ahora. ¿No es que los homosexuales merecemos ir ahí? Quizás más gente me entendería en el infierno. Facilíteme las cosas y ayúdeme a ir al infierno. Padre. Padre.

Padre Oliver Pelletier (Fabio Grangeon)
—Jia-han. Jia-han…

Jia-han (Edward Chen)
—¡No! ¡Vayase usted a su cielo!

Execrable.

Execrable.

• SERIALES •

THE CROWN
T.4

Margaret Thatcher (Gillian Anderson):
—¿Qué estoy haciendo aquí? A miles de kilómetros de Westminster y de la realidad, perdiendo tiempo en…

Denis Thatcher (Stephen Boxer):
—¿Las absurdas tierras germano-escocesas?

Margaret Thatcher (Gillian Anderson):
—Sí.
Y me cuesta encontrarle cualidades a favor a esta gente (La Realeza).
No son sofisticados, cultos, elegantes, ni representan un ideal. Son…

Denis Thatcher (Stephen Boxer):
—¿Toscos, esnobs y maleducados?

Margaret Thatcher (Gillian Anderson):
—Sí, DT.
Como los matones condescendientes de mi propio gabinete. Todos miembros de cierta clase como verás.
Si queremos que este país pase su punto de inflexión, creo que necesita cambios fundamentales. De arriba abajo.

Cuando lo poderoso es la atracción.

Cuando lo poderoso es la atracción.

«Saad detuvo el coche frente al árbol y vio la gran maleta negra, vio que la persona que le sonrió tenía una cabeza de mujer, joven, extraordinariamente hermosa, un suéter rojo que cubría el pecho sin la menor sospecha de senos; un pecho liso de varón; pantalones negros que no insinuaban el bulto del sexo. Hombre, mujer, efebo, hermafrodita, Saad lo necesitó de pronto, con fuerza y jadeando. Necesitó que subiera al coche, necesitó de aquello con miedo, empezó a creer que lo había estado esperando desde la primera juventud y casi llegó a creer que necesitaría la presencia o cercanía de Ello —el corte de pelo era masculino y no había pintura en la cara— hasta el resto de sus días».

-Jabón

Juan Carlos Onneti.

Faena canina.

Faena canina.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

Embeleco

Pedrito salió esa mañana en dirección a la escuela. Todos los días pasaba por aquella casona custodiada por un imponente doberman de ojos vivaces y firmes orejas. De lejos, miraba como el can lo seguía con la mirada, sin perderlo ni un instante hasta que inevitablemente, desaparecía al doblar la esquina. Todos los días, Pedro repetía la misma faena, cada día más cerca del enorme zaguán, como con la intención de finalmente, familiarizar con el animal.
Pronto, aunque con temor aún, el muy párvulo estaba ya frente al mamífero aquel, quien apresurado, olfateaba el rededor.
Pedro sonrió, estiró la mano, pero salió corriendo. El perro, sin embargo, se quedó ahí sin moverse, fijando la mirada en la criatura que no paraba de correr. Al día siguiente, Pedrito repitió la acción, ésta vez, sin correr. El doberman no hiso nada, ni siquiera pareció olfatear; se quedó echado muy cerca, pero alerta. Pedro por fin le acarició la cabeza y sonrió satisfecho. La escena se repitió por varios días hasta que, luego de muchas intentonas, ambos ganaran confianza. Pedro ya consideraba a aquel animal su nuevo «mejor amigo». Un día se dió cuenta que aquel enorme zaguán nunca estaba cerrado; empujó con fuerza y se coló por una orilla.
Sonreía emocionado, mientras el perro se mantenía alerta y en igual emoción. Jugaron, corrieron alrededor del patio hasta que Pedro cayó rendido, no podía dar un paso más; nunca había corrido tanto. Ese día era muy noche ya.
En desesperacion, la madre de Pedro describe su ropa y señas particulares a un oficial de policia. Hace 2 días que llora su desaparición.
En tanto «Butcher», lenguetea sus afilados colmillos y limpia grácilmente sus bigotes luego de zanjar el embrollo. Da la vuelta y avanza rechoncho alrededor del patio hasta el zaguán. Listo y atento, para una nueva cría.

Marco de Mendoza.

🍸

Eso que somos.

Eso que somos.

«Todavía sin plan, todavía desordenado y hosco, aparta la sábana con un ademán lento y se sienta en la cama, los pies apoyados sobre el piso desnudo, lejos de la alfombra. Mientras el frío de las baldosas va piernas arriba, caderas arriba, hasta lamer el vaho tibio de la cama, que aún perdura en su espalda, en su pecho, en sus hombros, conserva todavía en la cabeza (no tanto en la memoria) el sonido y el olor de anteayer, el olor y el sonido de la figura aborrecida y admirada, del hombre alto, calvo y afeitado, con el enorme vientre desafiante y las piernas firmes, un poco separadas. Aborrecido y admirado, no. Ni aborrecer ni admirar. Más bien sentir en la conciencia… menos que eso, en la boca, en las manos, en los ojos, la justificación del propio pudor, el asco indiferente hacia el hombre alto».

-Esta mañana

Mario Benedetti.

Placeres.

Placeres.

«—Yo vivo en los altos del bar. —Su mano señaló una puerta perdida al fondo del local—. A las dos cierro las mamparas y me voy a dormir.
Arístides se atrevió a mirarla al rostro. La mujer soplaba el humo con elegancia y lo miraba sonriente. La situación le pareció excitante. De buena gana hubiera pagado su consumo para salir a la carrera, coger al primer transeúnte y contarle esa maravillosa historia de una mujer que en plena noche le hacía avances inquietantes. Pero ya la mujer se había puesto de pie: —¿Tiene usted una moneda de a sol? Voy a poner un disco.
Arístides alargó presurosamente su moneda.
La mujer puso música suave y regresó. Arístides miró hacia la calle: no se veía una sombra. Alentado por este detalle, presa de un repentino coraje, la invitó a bailar».

-Una aventura nocturna

Juan Ramón Ribeyro.

Minientrada

Nada es lo que parece.

• MINIFICCIÓN •

Stalker.

Camilo Montecinos

Romeo ha previsto cada detalle y movimiento. Sabe que Julieta se asoma al balcón por las
tardes, justo a las siete, y que lo hace porque no resiste la soledad (a esa hora no hay nadie en casa). Sabe que al regresar a su alcoba, Julieta deja abierta la ventana.
Romeo sabe, además, que en esa calle solitaria, los vecinos más cercanos regresan después de las nueve de la noche. Sabe que es muy fácil trepar hasta la habitación, que nadie escuchará los gritos, y que es muy probable que nunca se sepa lo que entre ellos está por suceder.