Etéreo.

Etéreo.

«La mujer sonriendo ya sin la bata desde la cama, empezó a parecerle enorme a medida que se iba quitando la ropa. Se arrimó al calor del fuego inquieto para terminar de desnudarse. Después la gorda se hizo cargo de él con experta paciencia; bondadosa y maternal.
Hasta que pudo, triunfal, iniciar su viaje de ida y vuelta en el túnel invisible, húmedo y sombrío, ida y vuelta hasta lograr verle la cara a dios por primera vez en su vida».

-Ida y vuelta

Juan Carlos Onetti.

Tentadora.

Tentadora.

«Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.
Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando».

-La mano

Juan Carlos Onetti.

Espectáculo sublime.

Espectáculo sublime.

«Él continuó allí con el corazón palpitante, turbado, imaginando ver una escena bíblica como los amores de Ruth y Booz o la realización de un designio de Dios en uno de aquellos grandes cenáculos de que hablan las Escrituras. Se acordó de los versículos del Cantar de los Cantares, de las llamadas de amor, de todo el calor de ese poema ardiente de ternura.
Y se dijo a sí mismo: “Tal vez Dios hiciese estas noches para velar de ideal los amores de los hombres”.
Iba retrocediendo frente a la abrazada pareja que avanzaba siempre. Era la sobrina, sin duda. Sin embargo, el sacerdote se preguntaba a sí mismo si no iría él a desobedecer a Dios. Pues, ¿no era que Dios permitía el amor al rodearlo de un esplendor así?».

-Claro de luna

Guy de Maupassant.

Este frenesí de ti.

Este frenesí de ti.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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LOCO

Un día sí voy a volverme loco. Voy a salir por esa puerta angosta y lúgubre que cubre el estrambótico y etéreo mundo donde todo es de otro color y más brilla. Voy a ir, y el sin rumbo caminar será mi inicio; voy a mirar el rededor y gritar cual loco de atar. Porque voy a volverme loco, eso es seguro.

Sí, de loco será el camino que ahora siga. Marcado por un final que no es final, sino principio; el principio de mi ahora todo, y que en su inicio encierra la razón de mi locura. Sin temor a este delirio voy a abrazarlo, como quien a un niño en llanto ciñe. Temerario, dispuesto y seguro hasta imprudente, a la locura voy y tomo. Patología certera me posee, y yo denodado le encomio, le acepto.

Porque sí, voy a volverme loco, muy loco. Y si no lo entienden es porque quiza a tu voz ellos aún siguen. Pero yo voy a volverme loco porque así es mejor, porque aquí y ahora yo ya no te tengo.
Sí, loco.

Marco de Mendoza.

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El precio del placer.

El precio del placer.

«Durante la comida sin gracia, Aránzuru miraba sol y llovizna en la ventana, oyéndola masticar. Luego supo que no estaba equivocado. Un rápido amor en el borde de la cama. Después la mirada, los ojos sin amparo antes de la súplica húmeda:
—Quiero ir a Ibiza, tengo que ir. Y no tengo dinero. Ay, amor, si pudieras ayudarme.
—¿Ibiza? —preguntó él sabiendo que trampeaba—. Ibiza. Vamos juntos.
—Es que yo… La verdad, tengo un compromiso.
Aránzuru dejó la cama, tanto semen perdido, y fue a sentarse al escritorio.
Desnudos los dos, casi ridículos. Ella empezó a vestirse.
—Siempre fuiste una puta y estuve loco por ti, porque nunca tropecé con una puta tan puta. Dime cuánto quieres o quiere tu nuevo macho. Te hago el cheque».

-Maldita primavera

Juan Carlos Onneti.

Cuando lo poderoso es la atracción.

Cuando lo poderoso es la atracción.

«Saad detuvo el coche frente al árbol y vio la gran maleta negra, vio que la persona que le sonrió tenía una cabeza de mujer, joven, extraordinariamente hermosa, un suéter rojo que cubría el pecho sin la menor sospecha de senos; un pecho liso de varón; pantalones negros que no insinuaban el bulto del sexo. Hombre, mujer, efebo, hermafrodita, Saad lo necesitó de pronto, con fuerza y jadeando. Necesitó que subiera al coche, necesitó de aquello con miedo, empezó a creer que lo había estado esperando desde la primera juventud y casi llegó a creer que necesitaría la presencia o cercanía de Ello —el corte de pelo era masculino y no había pintura en la cara— hasta el resto de sus días».

-Jabón

Juan Carlos Onneti.

Abrázame.

Abrázame.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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• Necesidad •

Necesito tus piernas donde enrredarme.
Como suave pálpito que me condena a ti, a tu piel condenada.
Necesito me respires, ansiedad y poder. Encendiendo mi alma, que encandila y provoca. Que vivaz me cautives.
Necesito tu piel, seda adictiva que me envuelve y me atrapa, que me vulnera.
Necesito tus manos, alineándose a las mías, como piezas perfectas de un sin fin rompecabezas. Sin cordura, sin pasados, cual eternos sonidos de viento.
Necesito tus labios devorando los míos, devorando humedad; su pasión y desquite.
Necesito de todo y en este mi avío, a ti, mi primaria necesidad, como beligerante deseo, siempre a ti.
Ferviente veneno hiel, que amo y me mata de amor. Porque no es que me muera sin ti, es que vivir sin ti ya no quiero.

MARCO DE MENDOZA

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Eso que sentimos.

Eso que sentimos.

«Yo entonces corrí, literalmente corrí a su encuentro. Usted me dio la mano y en su tacto reconocí la existencia serena, acosada, presente, de nuestras cosas subordinadas y comunes. Usted me dio la mano y yo musité: ‘Hoy y la alegría’, así, desordenadamente, ‘hoy y la alegría’, sin vacilar, sin pensar en rehusarla, sin alejarme obsesivamente, sin hacer nada, sin hacer absolutamente nada.
Usted había apoyado su mano en mi nuca y había alcanzado a decirme: ‘No sea tan muchacho. Quienes lo merecemos somos usted y yo. Usted y yo merecemos este amor en que siempre le perteneceré, en que siempre me pertenecerá. ¡Vamos, si parece un chico! Claro que sufre. Yo también. Yo también sufro’. Sí, usted también sufría. Pero estaba verdaderamente convencida de su resolución, de su ánimo, de su firmeza. Y ésta —su firmeza— acabó por perdernos. O salvarnos».

-Hoy y la alegría

Mario Benedetti.

Liviandad.

Liviandad.

«Acevedo tomó a Juana por la cintura, apretándola. En la calle una bocina atravesó la noche, y la muchacha, aterrada, luchó por desprenderse. Pero sólo un segundo. Después, viendo que un hilillo de luz partía el rostro de Juan como una herida, acarició esa herida. Él con su mano grande y caliente y engrasada, hurgó en el escote de Juana. Ella lo sintió duro y peligroso apretado contra su cuerpo, y tuvo miedo otra vez.
—No, no, por favor…
—Ya, pues, Juana, no sea tonta.
No le dijo tocaya. Se desprendió con violencia y volvió al mesón. Desde allí escuchó cómo Juan orinaba».

-Tocayos

José Donoso.