Como una llamarada.

Como una llamarada.

«—¡Qué cansancio! —dijo, a tiempo que echaba hacia atrás todo su cuerpo. De inmediato, al extenderse en el suelo, se precisó la curva de los senos, la línea del vientre, el arco de las caderas. La miré al rostro. Y en los ojos, en la boca descubrí no sé qué terrible y misteriosa corresponden­cia con la llamarada interior que me estaba quemando los riñones, que me hacía temblar las manos, que me sofocaba el aliento, que me hacía trepidar el corazón. Y entonces caí sobre ella sin decirle nada, y sin que ella dijera nada, como una ciega fuerza y con una urgencia vital en qué me parecía probar un secreto rencor y una suprema alegría».

-Debajo de las estrellas

Hernando Téllez.

Lucha feroz.

Lucha feroz.

«Ya está rota la amistad entre los dos. Ya son enemigos. Ya son adversarios. El hombrecillo que duerme agazapado en el alma, en el cuerpo de Pablo, empieza a hacer sus primeras armas contra la pobre bestia que se debate furiosamente. Quiere dominarla, esclavizarla, someterla a su placer, torturarla sin objeto. La feral batalla se halla en pleno desarrollo, frente a este cielo impasible, a esta paz intachable de la naturaleza. En un minuto de descuido, sobre la mejilla de Pablo cae exactamente la garra del felino. Pablo siente la carne desgarrada y la sangre que brota. El odio, la enemistad, la ira, invaden su pura alma de niño. Y con las dos pequeñas manos en las cuales se ha concentrado súbitamente una extraña fuerza, va apretando, apretando, apretando el cuello del animal, que tiembla, se estremece, maúlla y, de pronto, calla, se aquieta, se inmoviliza entre esas manos. El gato ha caído, por fin sobre el cuello, como un saco vacío. Del húmedo hocico se escapa, casi imperceptible, un delgado hilo rojo. Pablo tiene los ojos desmesuradamente abiertos, tiembla de miedo y empieza a llorar, a llorar como lloran los niños».

-La primera batalla

Hernando Téllez.

Recuerdos bélicos.

Recuerdos bélicos.

«La estampa física del alemán que le estaba hablando ya sobre los detalles de su trabajo, resucitaba el inmediato pasado, su pasado de soldado francés, de desesperado combatiente en la batalla de Flandes, con la cartuchera vacía, el fusil inútil al hombro, el casco despedazado, las botas destrozadas y llenas de fango, la chaqueta desgarrada, rendido de sueño y de hambre, fugitivo por los bosques y los caminos, mientras arriba en la límpida atmósfera del cielo cruzaban los aviones alemanes, dejando caer incansablemente una lluvia de fuego. Recordó a los compañeros caídos, a aquel muchacho enloquecido que levantaba los brazos entre la floresta, al paso de los bombarderos, gritando que se le matara para no ver la derrota de su patria, ya los soldados llegando, transidos de fatiga, a las grandes barcazas que los esperaban en Dunkerque».

-Victoria al atardecer

Hernando Téllez.

Como Peito terrenal.

Como Peito terrenal.

«Una mujer como ésta vale más, mucho más. Yo sabía que valía mucho más porque ella me lo dijo: “Ricardo, cuando tengas veinte pesos, iremos a la casa para divertirnos”. ¡Veinte pesos! Todo un mes de trabajo, y sin pensar en mamá, sin ahorrar nada para los zapatos, dejándome crecer el pelo. No. Genoveva no iría jamás conmigo a la casa de la esquina, jamás podría yo cruzar el zaguán oscuro, llegar al misterioso interior donde, por fin, se me entregaría, donde podría verla desnuda y palpar su cintura breve y sus senos erguidos y sus caderas graciosas. La piel se me erizaba y la corriente del deseo parecía que me quemara la sangre. ¡Qué poca cosa era yo en el mundo! Menos que un grano de trigo en la zaranda, menos que un grano de maíz en el bulto».

-Genoveva me espera siempre.

Hernando Téllez.