¿De qué te vale?

¿De qué te vale?

• SERIALES •

Game of Thrones
T.6, E.6:
Blood of my blood

Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau)
—Reuniré a los mejores asesinos. Los llevaré al septo y les quitaré la cabeza al Gorrión Supremo y a los demás gorriones.

Cercei Lannister (Lena Headey)
—No puedes

Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau)
—¡Tiene a nuestro hijo!
¡Se lo robo!
Destrozó a nuestra familia.
¿Cómo debemos tratar a quien nos destroza?

Cercei Lannister (Lena Headey)
—Sin piedad, y eso haremos.
Si matas al Gorrión Supremo, no saldrás del septo vivo. Sin ti, nada tiene sentido.
Ponte a la cabeza del ejército donde debes estar, donde mi padre te quería. Muestrales a nuestros hombres dónde poner su lealtad. Muéstrales lo que son los Lanister, qué les hacemos a los enemigos. Y recupera ese tonto castillo porque es nuestro y puedes hacerlo.

Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau)
—Pronto te juzgarán. Debo estar presente contigo.

Cercei Lannister (Lena Headey)
—Será un juicio por combate.
Tengo a
‘La montaña’.
Nos fortalecieron a ambos, todos ellos.
No tienen idea de lo fuerte que somos.
No saben qué les haremos.
Siempre estuvimos juntos.
Siempre estaremos juntos.
Somos los únicos dos en el mundo.
Tú y yo.

Hasta que el cielo se caiga por nosotros.

Hasta que el cielo se caiga por nosotros.

«La fuerza de sus mentiras procedía de su sinceridad y de la simple y absoluta confianza en que la persona a quien quería debía quererla a su vez. Josephine nunca se avergonzaba ni se quejaba de nada. No tenía miedo. Ahora estaba a solas con un hombre, un mundo en el que se había movido con seguridad desde que tenía ocho años. No planeaba nada; se dejaba llevar, y la vida irresistible que había en ella hacía el resto. Sólo cuando se nos ha ido la juventud, y la experiencia nos ha dotado de una especie de coraje de pacotilla, solemos darnos cuenta de lo simples que son las cosas».

-La primera herida

F. Scott Fitzgerald

Este frenesí de ti.

Este frenesí de ti.

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LOCO

Un día sí voy a volverme loco. Voy a salir por esa puerta angosta y lúgubre que cubre el estrambótico y etéreo mundo donde todo es de otro color y más brilla. Voy a ir, y el sin rumbo caminar será mi inicio; voy a mirar el rededor y gritar cual loco de atar. Porque voy a volverme loco, eso es seguro.

Sí, de loco será el camino que ahora siga. Marcado por un final que no es final, sino principio; el principio de mi ahora todo, y que en su inicio encierra la razón de mi locura. Sin temor a este delirio voy a abrazarlo, como quien a un niño en llanto ciñe. Temerario, dispuesto y seguro hasta imprudente, a la locura voy y tomo. Patología certera me posee, y yo denodado le encomio, le acepto.

Porque sí, voy a volverme loco, muy loco. Y si no lo entienden es porque quiza a tu voz ellos aún siguen. Pero yo voy a volverme loco porque así es mejor, porque aquí y ahora yo ya no te tengo.
Sí, loco.

Marco de Mendoza.

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El instante que no espera.

El instante que no espera.

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No aguardes

No aguardes. No temas, ni huyas.
Esperar es el peor de los talentos.
Esperar no abona, mitiga.
No aguardes. La vida tiene un tiempo, no espera, no tolera, caduca.
Si temes, pierdes. Nadie espera perder.
Así que avanza, el tiempo no es un buen tipo y cobra caro la desventura del temor.
No aguardes, la zozobra carcome y destruye impulsos que alimentarían tus fuerzas.
Avanza, construye. Ataca muros y forma torres poderosas desde donde venturoso brilles.
No aguardes. Florece límpido, y glorioso avanza. Es el tiempo, es este el momento. Aguardar conmisera inútilmente la estadía en este mundo, en este plano que no tolera la espera, porque esperar causa olvido.
No aguardes, ve por todo; sin temor tómalo, haz que lo valga, haz que tu sueño y tu encanto medren como miel de vida.
No temas, no aguardes. Tómalo y brilla. Temerle a la vida destruye y tu naciste poderosamente grande, por ello no aguardes, es el tiempo. El temor se vence luchando. Cómete al mundo, todo. No desesperes, no esperes, ¡lucha y vive!

Marco de Mendoza.

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El instante donde muero en ti.

El instante donde muero en ti.

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Breves

Pintame un sueño, donde atado a tu cintura te susurre: Amor. Un sueño al que pillado por tu encanto, me convierta en pasión y candidez. Revélame tus miedos, tus protestas y valías. Enséñame el camino perfecto por donde medran tus placeres, por donde gimen tus excesos y explotas fecundo. Llévame al alborozo de tu cuerpo conjugando al mío; sueño perfecto de estas almas intrínsecas. Resuelve el absoluto rilar de tus piernas, el mismo que provocas en mi boca cuando por encanto, posa en tu cuello tibio. Llévame del sueño a la realidad, o la locura, ¡qué importa! si así podemos ir a donde seamos dos buscando uno. Llévame hasta donde siempre quede inmerso en ti, que por mí, moriría justo ahí.

Marco de Mendoza.

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Ya lo pasado, pasado.

Ya lo pasado, pasado.

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Adiós

Se desdibuja el aura, presintiendo la huida.
Se ha de marchar coraje, valiente, impoluto.
El tiempo no cede, avanza, se marcha; como el bajamar se aleja y su olvido sombrío mengua al vacío. Temor no hay, se ha olvidado, constricción al alma que en quebranto marcha sin mirada tenue.
Ya no hay más, aprendió al paso que en un tiempo fue jarana, y otro tiempo fue infortunio.
Más partir se torna ameno, cuando la voz mitiga y no hay respuesta al coro.
De olvidos bien que sabe sin siquiera apetecerlos, se han cruzado al vilo innecesario y putrefacto.
El adiós ocurre y es certero cual Perseo, cuando propuesto va en su cometido.
El adiós se ha dado, gracia de ocurrido que si es tiempo o es premura, ya es sazón.
El adiós presencia y es aquí, y es ahora.

Marco de Mendoza.

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Hay pasiones que no cesan.

Hay pasiones que no cesan.

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Loco perdido

Estoy perdido; perdido por enamorado. Enamorado y perdido.
Perdido en tus labios: rojos, carnosos, jugosos.
Enamorado de ti, de tu voz, tu escencia, tus sonidos. Ese latido ardiente que en tu pecho resuena, llamándome.
Perdido entre tu piel, dulce agonía que bien me mata. Jibia, sedosa y trémula.
Enamorado como un loco, que a grito venturoso, niega su locura.
Perdido por tu cuerpo que decirle bello es poco, porque entre cada curva, yo me vuelvo loco.
Enamorado, perdido y loco.
Estoy de a poco, volviéndome loco, y es mi pensamiento inocuo que no se contiene, que vibra y emana cual torrente volcánico.
Es tu rostro, gema perfecta de mis triunfos y debilidades.
Eres tú mi locura y esta perdición.
Eres tú, mi coincidencia, y mi amor.

Marco de Mendoza.

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Sin jamás y para siempre.

Sin jamás y para siempre.

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Voy a

Entrar en ti, como torrente acuoso y fundirnos.
Poseerte, no solo de cuerpo, alma y mente; también en muerte.
Quiero ser veneno, y el antídoto vehemente que a tu piel conecte, insano, si es preciso.
No busco ser salvo, si es pecado lo que a ti me une.
Quiero todo, porque todo es bueno y si es contigo, yo lo imploro.
Que me una, que me amarre; que sea al astio y que no pare.
¿Por qué amar a medias o de a poco? Si es contigo lo que quiero, que poco es nada y si es nada, no lo quiero.
Voy a meterme a todo. En lo que miras, en lo que tocas, en lo que sientes y también en lo que piensas. Me voy a meter de a poco para que luego, ya de a mucho, ser de todo en ti.
No solo porque quiera, sino porque querrás. Me voy a meter en ti, en tu cuerpo poseído de mí, de esta virilidad que implora y que grita por tu alma toda. Me voy a meter en ti, sin un jamás y con un para siempre.

Marco de Mendoza.

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Oblicuo.

Oblicuo.

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Perdidos

Quiénes somos, si distantes nos notamos.
Cómo estamos, si perdidos persistimos.
Si al calor de unas palabras, atados nos encontramos.
Es un llanto que persiste, como lobo hambriento, enjaulado y tenebroso.
No lo miras y te ataca, lo detienes y se aparta.
No es miedo, es dolor; angustia que asesina.
Pides calma y solo hay lluvia.
Torrentes beligerantes los nuestros, que no pueden ya fingir que fue pasión, lo que hoy es odio y no más que dolor.

Marco de Mendoza.

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