¡Arder así!

¡Arder así!

• MINIFICCIÓN •

Loca pasión

Marco de Mendoza

Murcia creía que todos querían volverla loca. Murcia no estaba loca; aquel día solo quería saber qué se sentía cuando el cuerpo arde de pasión; nadie antes la había amado. Tomó su chaqueta azul de lana, y se prendió fuego. Fue entonces cuando supo que aunque ardía como el diablo, bien valía la pena. Ya nadie podría volverla loca. Ella misma había encontrado la manera de volverse loca… de pasión.

Facciones.

Facciones.

• CITA CON EL SÉPTIMO ARTE •

GIRL, INTERRUPTED

JAMES MANGOLD
( 1999 )

🎞 📽

Polly Clark (Elisabeth Moss)

—Lisa, ¿Daisy de veras se irá de aquí?

Lisa Rowe (Angelina Jolie)

—Sí. Escupió algo grande.

Susanna Kaysen (Winona Ryder)

—¿Pero cómo pueden? Digo, si ella está loca.

Lisa Rowe (Angelina Jolie)

—Sí, pero la terapia de eso se trata. Por eso el maldito Freud está colgado en todos los muros de los siquiatras. Creó una industria. Te recuestas, confiesas tus secretos y estás salvada, ¡ding! Y entre más confieses, más piensan en dejarte salir.

Susanna Kaysen (Winona Ryder)

—Pero, ¿y qué pasa si no tienes secretos?

Lisa Rowe (Angelina Jolie)

—Estarás aquí de por vida, como yo.

Traidor vencido.

Traidor vencido.

• MINIFICCIÓN •

Peces de hielo

Manuel Menéndez Miranda

Sí, soy su esposa. Gracias, todavía estoy intentando asumirlo, hace apenas tres horas que hablé con él, cuando me llamó para avisarme que la reunión acabaría tarde. No, no tengo ni idea de quien era la chica que ocupaba el asiento del copiloto. Sí, me duele en el alma, como comprenderá, pero por mucho que usted confíe en una futura recuperación, es un gasto enorme y no podemos permitírnoslo, tengo que pensar en el futuro de mis hijos. No, no espere por mí, estoy preparando la cena de los niños y mañana madrugo, puede desenchufarlo ya. Despídame de él por favor, gracias.

Sabbat.

Sabbat.

• CITA CON EL SÉPTIMO ARTE •

AKELARRE

Pablo Agüero
( 2020)

🎞 📽

Pierre de Lancre (Alex Brendemühl)

—Atroz

Le conseiller (Daniel Fanego)

—¿Cuántas más muertes serán necesarias, señor?

Pierre de Lancre (Alex Brendemühl)

—¿Y qué podemos hacer contra tal determinación?

Lucifer les sella los labios con tanta fuerza que podríamos despedazarlas lentamente y seguirían sin revelarnos los secretos del Sabbat

Le conseiller (Daniel Fanego)

—¿Y si el Sabbat no existiese?, ¿si solo fuese un sueño?

Pierre de Lancre (Alex Brendemühl)

—Sí solo fuese un sueño, ¿Cómo tantas mujeres podrían tener el mismo sueño?

[…]

Pierre de Lancre (Alex Brendemühl)

—No hay nada mas peligroso que una mujer que baila, pero las danzas más macabras, las más obscenas, son aquellas que se celebran en los bosques, porque son secretas, porque solo Lucifer y sus sirvientes las conocen, porque solo ellos han celebrado los ritos del Sabbat.

Si no las detenemos a tiempo, esas brujas perversas van a invertir el orden del universo.

Trágicas esperanzas.

Trágicas esperanzas.

«8 de octubre

Quiero darle las gracias a la muerte cuando venga, pues ahora el plazo se vencerá demasiado pronto como para que me sienta capaz de seguir esperando. Sólo tres cortos días de otoño más y sucederá. ¡Qué ansioso estoy de que llegue el último instante, el último de todos! ¿No debería ser un instante de dicha y de indecible dulzura? ¿Un instante de máxima sensualidad?

Tres cortos días de otoño y la muerte entrará aquí, en mi habitación. ¿Cómo se comportará? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará del cuello y me estrangulará? ¿O meterá su mano en mi cerebro? Sin embargo, ¡yo me la imagino grande y bella, de una majestuosidad salvaje!».

-La muerte

Thomas Mann

Recuerdos del alma mía.

Recuerdos del alma mía.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Testigo Presencial

Era una tarde soleada la de aquel abril. Por la ventana, cálidas luces sesgaban el horno en la cocina donde una charola con galletas de mantequilla aromatiza hasta la calle trasera, al tiempo que avisa a los vecinos que preparen café; mamá horneaba esas galletas que envolvían y enamoraban al paladar, al alma misma.
La brisa de la tarde invitaba la lluvia y con ello, sabíamos que la premura era mayor; las galletas debían estar listas y empacadas cuanto antes. Mamá terminaba de envolver las últimas galletas, mientras que yo, alistaba una pequeña caja de cartón azul y blanco donde con perfección lustrosa, acomodaba algunos utencilios de papelería que salía a vender junto con las galletas que preparaba mi madre.
Así, bajo la amenaza de lluvia y con dos cajas, una cada quien, salimos a la oportunidad. Nuestra aventura.
Luego de varias calles andadas y casi todo vendido, nos restaban solo 2 paquetes de galletas, había sido un buen día para mamá. Aunque mi papelería se había vendido poco, yo igual estaba feliz. Mamá hacia un esfuerzo enorme para tener listas sus galletas, y os juro que eran deliciosas.
Llegamos a un edificio de departamentos, que desde ya, se miraba lúgubre y desconocido. Me adelante para entrar pero mamá se detuvo un instante, como pensativa, —¿habría presentido algo en ese momento?, no lo sé, nunca se lo he preguntado. Entramos y no había éxito. «hoy no, gracias» era casi la respuesta inmediata. Salvo una chica que nos compró dos portaminas y una libretita de apuntes. Yo sonreí y mamá me marañó el cabello sonriéndome más. —¡Vamos hasta arriba, mamá, ahí nos comprarán! —le dije emocionado—, mientras corría sobre aquellos escalones insulsos, sin recubrir. Mamá me alentó con su mano, cansada ya del andar impetuoso de aquel día. Llamé a la última puerta y un ladrido seco atendió primero el llamado, luego, rechinando se abrió aquella entrada. Una mujer de gesto malhumorado y cansado me miró sin decir nada. Le sonreí y le ofrecí galletas, las últimas.
No sé, no recuerdo, o no quiero recordar exactamente cómo pasé de una sonrisa entusiasta a ése rostro de horror y llanto. Mamá me tiró con brusquedad y un grito ahogado, mientras los colmillos embrutecidos de aquel animal se clavaban en la pierna derecha de mamá. Gritaba asustado, yo era un párvulo de 7 años apenas, ¿qué podía hacer frente a la ferocidad de un animal de ese tamaño? Muerto de miedo, jalé con ahínco la pata de ese perro sucio y maldito, pero mamá me gritó que no, que corriera, que me fuera rápido. Miré a mamá, luego, miré a la mujer que sólo musitaba «Ya, ‘Chapo’, ya, suelta» como si eso fuera a funcionar, a servir de algo.
Corrí, corrí tan rápido y grité mucho que alguien nos ayudara. Un hombre salió de algún otro apartamento y me detuvo intrigado, sorprendido. Yo seguía gritando ahogado en un llanto inexorable. Cuando corrimos de vuelta, mamá bajaba apresurada, como podía y muerta de miedo y dolor, apenas y podía dar un paso. En sus ojos vi la agonía de su dolor. Aquel hombre luego nos ayudó a llegar a casa.
Ocho, seis, cuatro y otros ocho puntos, más un sin fin de cardenales, raspones y rasguños fue el saldo de aquella venta de galletas. Perdí mi caja azul y blanca, no sé dónde quedó, no quise volver, ni me importaba.
Por la noche papá volvió del trabajo y al ver a mamá, gritó furioso, lleno de una ira que yo no conocía. Hizo preguntas a mamá y volvimos a llorar, era inevitable, ese miedo persiste. Él, salió al jardín y tomó el machete que usaba para arreglar el césped, del auto sacó una franela, la enredó en su mano y se fue. Yo no entendía, pero mamá le suplicaba que no saliera, que por favor no, NO.
Papá volvió minutos después, yo estaba en mí habitación sin poder dormir. A la mañana siguiente, desde el comedor pude ver sobre el césped aquel machete tintado de rojo. Corrí al baño para devolver el cereal que apenas y había probado.
Seguro pensarán que papá era más un cavernícola que un ser pensante porque incluso yo lo llegué a determinar así. Pero él estaba defendiendo a su familia, a su modo y con una furia y desesperación que poco entiende de razones y cordura. Sé que luego, en frío, papá supo que no fue lo mejor. Y no, nunca agredimos, ni tentamos la tranquilidad de aquel perro. Ese animal era así, traicionero, contencioso; a veces de buenas, a veces mortal. Eso dijeron los vecinos a papá cuando como animal justiciero, acudió aquella noche.
No me gustan los perros y no sé si algún día tendré afinidad por ellos.
Hoy, 25 años después, mamá preparó galletas y eso me invita a recordar, no me apetece probarlas, pero hay varios nietos que terminarán con ellas mientras yo los miro en el jardín, jugueteando con el perro que papá les regaló.

Marco de Mendoza

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Minientrada

Aquí, mira, ven…

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Atolina lo sabía

Atolina, con las uñas, rascaba la pared como buscando un tesoro o qué sé yo.
Atolina no se apartaba de aquella pared. Con la lánguida esperanza de encontrar algo, no sé qué.
Atolina mira la blancuzca pared, con los ojos rojos, hinchados de ni siquiera parpadear; en la espectiva de sabrá qué diablos.
Atolina ríe a la pared. Ahogada, jala aire y vuelve a reír. Llora, ahora llora; tan mutilante, que duele. —¡Qué carajo!, —Grito y la toco—.
Atolina gira la cabeza y se levanta. Temblorosa, sacude sus manos, me mira, da vuelta y se va.
Me acerco a la pared, la miro, la rasco, busco. Río y lloro, sí, ahora también lloro. Me quiero ir, no puedo. Que alguien me ayude; no hay nadie más aquí. Grito, pero es mudo.
Atolina nunca me dijo, que en aquella pared se escondía el diablo.

Marco de Mendoza

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Desapego.

Desapego.

«El muchacho se fue a montar al viejo modelo recién pintado; abrió la puerta de atrás y se sentó. De repente, aquel «Taxi, bachiller» le agradó. Hacía tres meses llevaba un anillo de grado en el dedo y su familia lo mandaba a estrenar el título a la Universidad: lo matricularon en Derecho porque la gente decía que era «lo más fácil y bonito». Allí estaba, recién metido en una ciudad rara, caliente y extraña, comenzando una carrera por la que no sentía nada, nada. Comparó dos pensamientos y vio que sentía más por la muchacha que quedaba atrás, allá en el pueblo, que por su carrera. Y se abrió el primer botón de la camisa cuando el carro arrancó».

-El cobarde

Sergio Ramírez.

Pasión criminal.

Pasión criminal.

«La imagen del cuerpo que se disgregaba al tocarlo no se apartó de mí jamás. Entre todos nuestros interrogadores sólo el padre Santillán no se dejó intimidar y aceptó nuestra versión. Dijo que nos tocó asistir al desenlace de un crimen legendario en los anales del pueblo, una venganza de la que nadie había podido confirmar la verdad.
El cadáver deshecho bajo mi tacto era el de una mujer a la que en el s. XVIII administraron un tóxico paralizante. Al abrir los ojos se halló emparedada en un osario. Murió de angustia, de hambre y de sed, sin poder moverse de la silla en que la encontramos ciento cincuenta años después. Era la esposa de un corregidor. Su doble crimen fue tener relaciones con un monje del convento y arrojar a un pozo al niño que nació de esos amores».

-La cautiva

José Emilio Pacheco.

Pecados sin perdón.

Pecados sin perdón.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Un plato roto

Álvaro caminaba en dirección opuesta a casa; como tantas otras veces, como casi todos los días en que llegar a casa era complicado. Sacó de su maletín una pequeña cajetilla rojinegra. Encendió un cigarrillo de frambuesa; cosa habitual ante su estrés. Caminaba bajo aquellos casi 40 grados. Los zapatos de piel se calentaban y la baqueta parecia un sartén donde se cocinaban sus pies. Nada de eso tenía importancia. El sudor era ya un antagonista y sus labios resecos buscaban su lengua para humedecer un poco su agonía. Álvaro no quería pensar, estaba agotado, su pensamiento y su juicio tenían ya una lucha constante que debía resolver.
Caminó hasta aquella palapa en el parque, donde acostumbraba ir a a diario, se sentó, y luego de terminar su cigarrillo y de beber el café que le quedaba en el termo, emprendió el camino de nuevo.
Llegó a casa y como era de esperarse, Alejandra no estaba. Subió a su habitación; estaba dejando su maletín cuando escuchó la puerta de entrada. Era Alejandra que recién llegaba. Bajó, le pidió algo. Ella respondió que luego. Álvaro sintió que la sangre hervía en su interior. Él, acostumbrado a tener el control, a dirigirlo todo, se sintió anulado. Venía de un pesado día en el trabajo; agotado, fastidiado, confundido. Ella solo había resuelto responder sin pensar mucho. Todo se complicó. El reloj parecía no avanzar, su tic-tac sonaba como un pesado hierro siendo golpeado. El viento se tornó helado, los ojos de Alejandra reflejaron resentimiento y miedo. La respiración agitada se intensificó, los latidos del corazón se volcaron, taquicardias. El sudor volaba agitado, la fuerza, el dolor, llanto, gritos. Un plato roto.
Álvaro reza incado frente a un cristo vejado, pide por si mismo. Se cree arrepentido e implora perdón. Sabe que se equivocó, que nunca quiso hacerlo, pero ya nadie lo escucha. Ni siquiera ese dios al que le reza. Hasta Él se olvido de Álvaro, después de que en aquel ataque de ira, tantas otras veces reprimido, asesinara a Alejandra.

Marco de Mendoza.

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