Minientrada

Aquí, mira, ven…

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Atolina lo sabía

Atolina, con las uñas, rascaba la pared como buscando un tesoro o qué sé yo.
Atolina no se apartaba de aquella pared. Con la lánguida esperanza de encontrar algo, no sé qué.
Atolina mira la blancuzca pared, con los ojos rojos, hinchados de ni siquiera parpadear; en la espectiva de sabrá qué diablos.
Atolina ríe a la pared. Ahogada, jala aire y vuelve a reír. Llora, ahora llora; tan mutilante, que duele. —¡Qué carajo!, —Grito y la toco—.
Atolina gira la cabeza y se levanta. Temblorosa, sacude sus manos, me mira, da vuelta y se va.
Me acerco a la pared, la miro, la rasco, busco. Río y lloro, sí, ahora también lloro. Me quiero ir, no puedo. Que alguien me ayude; no hay nadie más aquí. Grito, pero es mudo.
Atolina nunca me dijo, que en la pared se escondía el diablo.

Marco de Mendoza

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Sinsabores.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Haz el amor y márchate.

Sí, haz el amor y márchate.
No esperes más, no retrocedas; ni siquiera voltees la mirada, no te atrevas. Lo único que debes permitirte es hacer el amor y marcharte. Lo has hecho antes, lo has hecho en mí. Vete, y al irte, recuerda que me hiciste el amor y me dejaste con tu aroma encima; maldicencia que me contamina, llenándome de un recuerdo asfixiante. Márchate ahora que me has hecho el amor y con eso, yo ya estoy ganando. Márchate y no vuelvas, no vuelvas ni siquiera la mirada porque al irte, yo he vuelto a ganar. Márchate con tus miedos, tus enojos y tus paranoias, no son mías; es tu infamia. Ata tus demonios y llévalos contigo. Aquí me quedo yo y este amor que ya no es tuyo.
Haz el amor y márchate… alguien más te está esperando.

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Marco de Mendoza

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In God we trust(?)

In God we trust(?)

«Entraron en la posada y revolvieron las cosas de la maleta y del saco de viaje de Aksenov. De pronto, el jefe de policía encontró un cuchillo en el saco.
—¿De quién es esto? —exclamó.
Aksenov se horrorizó al ver que habían sacado un cuchillo ensangrentado de sus cosas.
—¿Por qué está manchado de sangre? —preguntó el jefe de policía.
Aksenov apenas pudo balbucir lo siguiente:—Yo… yo no sé… yo… este cu… no es mío… —De madrugada han encontrado al comerciante, degollado en su cama. La pieza donde habéis pernoctado estaba cerrada por dentro y nadie ha entrado en ella, salvo vosotros dos. Este cuchillo ensangrentado estaba entre tus cosas y, además, por tu cara, se ve que eres culpable».

–Dios ve la verdad pero no la dice cuando quiere.

León Tolstói.

Coraje.

Coraje.

«El 30 de mayo, Humberto Solano se fue a una librería y compró una gran tarjeta perfumada para su madre.
—Para que no diga que no me acuerdo de ella.
[… ]
‘QUE EN ESTE DÍA LAS CAMPANAS DE LA FELICIDAD TENGAN DULCES TAÑIDOS PARA USTED’. Eso estaba en letra de imprenta. ‘Su hijo, Humberto Solano’. Eso estaba a mano y con borrones, como el sobre.
La mujer pasó la plancha por toda la manga y la repasó tres veces en el puño. Se acercó al fuego después y todas sus arrugas aparecieron detalladamente.
La Chabelita olió otra vez la tarjeta y respiró profundo, con placer.
La mujer asentó duro la plancha. Levantó la camisa para verle los quiebres y con la camisa también levantó su voz.
—Con eso no se come.
Se volteó y atizó el fuego.
—Ni con veinte desos papeles comemos».

-La tarjeta

Sergio Ramírez

Inconfortable.

Inconfortable.

• MINIFICCIÓN •

La princesa Cardenal.

Marco de Mendoza

No eran los cuentos de princesas que me hacían creer que yo podría ser una; era mamá que me los leía cada noche, antes de que papá llegara del trabajo cansado y fastidiado, muy fastidiado; tanto, que necesitaba golpear a mamá, para luego él quedarse dormido en medio del sillón sosteniendo una cerveza. —No es que papá sea malo —decía mi madre, cubriéndose los cardenales—. —Es como en tus cuentos, siempre hay alguien así. —¿Cómo la bruja malvada mamá? —Preguntaba yo—, —Sí, justo así. —Yo prefiero ser princesa, mamá. —Eso debes ser, hija. Una buena y obediente princesa.
Hoy gracias a eso, soy una princesa muy obediente. Lo único malo, es que al igual que mamá, tengo una bruja malvada en casa. Y se queda dormido con una cerveza en la mano justo después de demostrarme… que yo no soy una princesa.

Pasión criminal.

Pasión criminal.

«La imagen del cuerpo que se disgregaba al tocarlo no se apartó de mí jamás. Entre todos nuestros interrogadores sólo el padre Santillán no se dejó intimidar y aceptó nuestra versión. Dijo que nos tocó asistir al desenlace de un crimen legendario en los anales del pueblo, una venganza de la que nadie había podido confirmar la verdad.
El cadáver deshecho bajo mi tacto era el de una mujer a la que en el s. XVIII administraron un tóxico paralizante. Al abrir los ojos se halló emparedada en un osario. Murió de angustia, de hambre y de sed, sin poder moverse de la silla en que la encontramos ciento cincuenta años después. Era la esposa de un corregidor. Su doble crimen fue tener relaciones con un monje del convento y arrojar a un pozo al niño que nació de esos amores».

-La cautiva

José Emilio Pacheco.

Oscuro fanatismo.

Oscuro fanatismo.

«Entonces recordé, mientras mamá iniciaba las oraciones, que hace algunos años el padre Maldonado había dicho que por la noche iba a comenzar una oscuridad de varios días y que lo único que se debía comprar eran muchas velas y cirios benditos, que sería lo único que daría luz, “no valdrán de nada los bombillos ni luz alguna que venga de la mano del hombre”, Recordé que yo también me había escondido en las faldas de mamá, llorando todo el día. Los hermanos menores —que eran cuatro— lloraban conmigo. “¡Cállense, mocosos, que nada les va a pasar!”, dijo entonces papá. Pero no podíamos entender nada: solo sabíamos que en la noche algo muy terrible pasaría y nos imaginábamos, bueno, por lo menos yo me imaginaba en la oscuridad, oyendo voces de fantasmas, sintiendo manos que me agarraban, lejos de papá, mamá y de todo el mundo, un fantasma encerrado en un cuarto o en el cielo raso».

-El eclipse

Óscar Collazos.

Reloj, detén el tiempo te pido.

Reloj, detén el tiempo te pido.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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JUVENTUD, DIVINO TESORO

‘La María’ fue hoy al botox, dice que la vejez no tiene porque llegarle ahora, ni nunca. Ella está acostumbrada al que fuere su rostro lozano, ese que aún mira en el espejo como si fuese una fotografía; no se ha dado cuenta que ya no tiene 26. El médico se ha negado a otra cirugía, y por ello se mete botox como cocktail margarita en fiesta de ocación. Ayer la vi. Ya no es ella, por ello sé que no se ha dado cuenta.
Se ha puesto su vestido rojo, ese que parece se ha untado con mantequilla. De brillante satin carmesí y obsceno escote, Los tacones ambar son tan altos, que miedo tengo se rompa un pie, porque a sus 86, ella aún sigue pensando que tiene 26.

Marco de Mendoza

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Puericia mermada.

Puericia mermada.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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LLUVIA.

Emilia tenía ya un buen rato esperando, incluso había comenzado a llover. Su padre le había pedido que esperara bajo aquel naranjo mientras él buscaba a Pedro, su hermano pequeño que corriendo tras un globo, se confundio entre la gente y no le vieron más. Las gotas heladas resbalaban por las mejillas de Emi, pero ella parecía impávida, quieta y serena. La gente a su alrededor caminaba insensible; otros más presurosos, corrían alejándose de todo y de nada. Todos sin prestarle mínima atención, indiferentes. Pedro siempre quiso un globo, y ese día tuvo la oportunidad, corrio tan rápido que ni Emilia, ni su padre pudieron ver el momento en que lleno de energía se lanzó por aquel globo amarillo. Brillante, vivo. Emilia comenzó a temer lo peor, hacía mucho que su padre se había ido y no volvía. De pronto, el ruido hueco de una moneda cayéndo en un valde, la sacó de sus pensamientos. Era la primer moneda del día. Allí estaba Emilia, con la cara manchada, sucia de tierra, de miedo, de obscuridad y de resentimiento. Un resentimiento que le brotaba por los ojos. Pedro era sólo un recuerdo en su cabeza, igual que el de su madre. Todo era una falsa idea para mutilar el odio que sentía por aquel hombre que un día la dejo ahí, bajo aquel naranjo, diciéndole que volvería. Ella estaba ahí, con el mismo vestido amarillo que el viento agitaba; inflándolo y sacudiéndole el polvo, la mugre. Ahí estaba, como diario, esperando una moneda. Con las mismas gotas crudas y heladas resbalando por sus mejillas, como si fueran lluvia.

Marco de Mendoza

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