Minientrada

Sinsabores.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Haz el amor y márchate.

Sí, haz el amor y márchate.
No esperes más, no retrocedas; ni siquiera voltees la mirada, no te atrevas. Lo único que debes permitirte es hacer el amor y marcharte. Lo has hecho antes, lo has hecho en mí. Vete, y al irte, recuerda que me hiciste el amor y me dejaste con tu aroma encima; maldicencia que me contamina, llenándome de un recuerdo asfixiante. Márchate ahora que me has hecho el amor y con eso, yo ya estoy ganando. Márchate y no vuelvas, no vuelvas ni siquiera la mirada porque al irte, yo he vuelto a ganar. Márchate con tus miedos, tus enojos y tus paranoias, no son mías; es tu infamia. Ata tus demonios y llévalos contigo. Aquí me quedo yo y este amor que ya no es tuyo.
Haz el amor y márchate… alguien más te está esperando.

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Marco de Mendoza

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Cruel desdén.

Cruel desdén.

Anna volvió a encender la lámpara y, de nuevo, contemplando la imagen, se sintió atraída por la expresión de aquellos ojos. ¿Ella también, por tanto, había sufrido realmente por él? ¿Ella también, al darse cuenta de no ser amada, había sentido aquel vacío angustioso?
—¿Sí? ¿Sí? —Anna, ahogada por el llanto, le preguntó a la imagen.
Y entonces le pareció que aquellos ojos buenos, apasionados, la compadecían a su vez, se apiadaban de aquel abandono, del sacrificio no retribuido, del amor que quedaba encerrado en su pecho, como un tesoro en un cofre, del cual su marido tenía las llaves, que —avaro— no utilizaría jamás.

-Con otros ojos

Luigi Pirandello

Altivo desdén.

Altivo desdén.

«El sol desapareció entre las nubes. El viento del norte oscureció la tarde. En la distancia se escuchó un trueno. Empezó a llover. Con estertores de asfixia se detuvo el motor.
—Nos quedamos sin gasolina —dijo el piloto—.
Edelmira gritó, roja de ira, que el chilango hijo de puta había salado el paseo. No pude más: me lancé sobre Edelmira y de un empellón la arrojé al agua.
Elena y Federico gritaron aterrorizados. Los movimientos de Edelmira la arrastraron al fondo. Federico suplicó al piloto que la salvara a cualquier precio. El hombre nadó bajo la superficie y asió a Edelmira por los cabellos. Mientras Elena y Federico ayudaban a izarla a bordo, salté de la lancha y gané la orilla con enorme esfuerzo».

-Paseo en el lago

José Emilio Pacheco.