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Amor apache.

• MINIFICCIÓN •

La revancha

Nicolás Jarque Alegre

El día que una ola salte más de lo convenido el espigón y se engulla a tu padre en medio de su pesca, no será la furia del mar Mediterráneo quien se lo lleve sino la justicia. Pero para ello, acuérdate de lanzar mis cenizas al mar.

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Temeridad.

• MINIFICCIÓN •

Pobre diablo

Sandra Rebrij

Que el diablo compra almas, ya lo sabemos. Lo que ignoramos es que las compra para ver si alguna es de su talla. La suya está destrozada.
Sabe que las almas que se venden son impuras, pero las sigue comprando porque hasta él cree en dios y espera un milagro.

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Ella es así.

• MINIFICCIÓN •

Infortunio

Marco de Mendoza

Ella se acercó a mi, yo no la llamé. Vino un día de otoño y se quedó. Me dijo que estaba lista y que yo debía empacar. Ese día salimos por la puerta principal, todos nos vieron, partimos plaza. Entre aplausos y vitoreos les dije adiós. —Mira —le dije—, nos han traído mariachi. Todos cantaban. De pronto, no quería irme; era mi celebración, yo estaba feliz. Ella me tomo de la mano y seguimos de largo. Yo miraba a todos y de pronto, me di cuenta que ellos tampoco querían que yo me fuera, estaban llorando. Cada uno lloraba tanto, que me dolía. Solté su mano con brusquedad y le grité que no me iría. En sus ojos botaba fuego. Me miró y me dijo: «Nadie engaña a la muerte, ya empacaste. Es hora de irnos».

Como Peito terrenal.

Como Peito terrenal.

«Una mujer como ésta vale más, mucho más. Yo sabía que valía mucho más porque ella me lo dijo: “Ricardo, cuando tengas veinte pesos, iremos a la casa para divertirnos”. ¡Veinte pesos! Todo un mes de trabajo, y sin pensar en mamá, sin ahorrar nada para los zapatos, dejándome crecer el pelo. No. Genoveva no iría jamás conmigo a la casa de la esquina, jamás podría yo cruzar el zaguán oscuro, llegar al misterioso interior donde, por fin, se me entregaría, donde podría verla desnuda y palpar su cintura breve y sus senos erguidos y sus caderas graciosas. La piel se me erizaba y la corriente del deseo parecía que me quemara la sangre. ¡Qué poca cosa era yo en el mundo! Menos que un grano de trigo en la zaranda, menos que un grano de maíz en el bulto».

-Genoveva me espera siempre.

Hernando Téllez.

Hasta que el sol se escape con la luna.

Hasta que el sol se escape con la luna.

«En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de treinta y cinco años, con un hijo, Roscoe, de catorce. En los primeros días de su matrimonio Benjamín había sentido adoración por ella. Pero, con los años su cabellera color miel se volvió castaña, vulgar, y el esmalte azul de sus ojos adquirió el aspecto de la loza barata. Además, y por encima de todo, Hildegarde había ido moderando sus costumbres, demasiado plácida, demasiado satisfecha, demasiado anémica en sus manifestaciones de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios. Cuando eran novios ella era la que arrastraba a Benjamín a bailes y cenas; pero ahora era al contrario. Hildegarde lo acompañaba siempre en sociedad, pero sin entusiasmo, consumida ya por esa sempiterna inercia que da miedo y que viene a vivir un día con nosotros y se queda a nuestro lado hasta el final».

-El extraño caso de Benjamin Button

F. Scott Fitzgerald.

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De tripas corazón.

• MINIFICCIÓN •

Desamor

Joaquín Valls Arnau

«Espero que puedas perdonarme, querida, por el esfuerzo que te pido con mi último deseo», concluía la carta. Salió del tanatorio con la urna bajo el brazo. En vez de conducir los quinientos kilómetros que la separaban de la costa, como era su intención primera, fue maquinalmente hacia casa. Tras haber descartado, por cuestiones de higiene, el fregadero, el lavavajillas, la bañera, el lavabo y el bidé, arrojó las cenizas dentro del tambor de la lavadora. A continuación cerró la puerta, seleccionó un programa rápido con centrifugado y pulsó el botón de encendido. No era el mar pero se le parecía.

Malos hábitos.

Malos hábitos.

«—Y bien, tengo que pillarla. Me lo han encargado (¡pobre marido!). Pero sé que se trata de una joven y pícara dama. Estoy convencido de que se escabulle de su casa sin que nadie se percate… Confieso que fue la cocinera quien me dijo que venía aquí. Y yo, enloquecido, salí corriendo hacia este lugar en cuanto tuve la noticia. Quiero pillarla. Llevo tiempo sospechando y por eso quería pedirle… como usted estaba paseando por aquí… usted (usted), yo no sé… . Lo que no quiero es que se me escabulla estando yo solo; no quiero que se me escape. Usted, en cuanto la vea, deténgala y avíseme…»

-La mujer ajena y el marido debajo de la cama

Feodor Dostoievski

Riesgos absolutos.

Riesgos absolutos.

• SERIALES •

OZARK
T.2 E.10

Marty Byrde (Jason Bateman):
—Esto no es sostenible

Wendy Byrde (Laura Linney):
—¿Y escapar sí? ¿Contratar sustitutos? ¿Cambiar de identidad?
¿Y si esto fuera la Costa Dorada que soñamos?

Marty Byrde (Jason Bateman):
—No, no lo es.

Wendy Byrde (Laura Linney):
—Hmm. Solo sabemos lo que fue.
¿Y qué hay de lo que podría ser?
Tú mismo lo dijiste. «Cuando el casino abra, marchará como un reloj». Podrías volver a trabajar solo en tus números. Los niños estudiarían, echaríamos raíces.

Marty Byrde (Jason Bateman):
—Sacrificariamos mucho, carajo, para poder huir.
¿Y la mafia de Kansas City? Wendy, me hice el valiente con ellos porque sabía que huiríamos.

Wendy Byrde (Laura Linney):
—No estamos solos aquí. Tenemos socios muy agradecidos por lo que hicimos.
Siempre es mejor ser quien empuña el arma que quien huye del tirador.

Inservibles.

Inservibles.

«Mi hermano llega tarde al almuerzo y comemos los dos en silencio. Nuestros padres discuten siempre sobre gastos e ingresos y deudas, y sobre qué hacer para seguir adelante con dos hijos que no ganan nada, y nuestro padre dice: «Fijaos en vuestro amigo Costanzo, fijaos en vuestro amigo Augusto». Porque nuestros amigos no son como nosotros: han formado una sociedad para la compraventa de bosques de leña y viajan siempre comerciando y contratando, incluso con nuestro padre, y ganan un montón de dinero y pronto tendrán camión. Son unos tramposos y mi padre lo sabe, pero le gustaría que fuéramos como ellos y no como somos: «Vuestro amigo Costanzo ha ganado mucho con ese negocio», dice. «¿Por qué no tratáis de meteros vosotros?». Nosotros con nuestros amigos salimos a pasear, pero negocios no nos proponen: saben que somos unos holgazanes y que no servimos para nada».

-Los hijos holgazanes

Italo Calvino.

A cambio de qué…

A cambio de qué…

• SERIALES •

EUPHORIA
T.1 E.2

Fezco (Angus Cloud):
—La verdad es que todo tu asunto con la droga me puso mal.

Rue (Zendaya Stoermer):
—Vamos, no te me ablandes.

Fezco (Angus Cloud):
—No, no es eso. Es que me agradas. Te extrañé y, la manera en que comenzó el verano me asustó mucho.

Rue (Zendaya Stoermer):
—A ti y a todos los demás.

Fezco (Angus Cloud):
—En serio Rue. He visto morir a mucha gente. Nadie como tú. No sé qué locura tienes en la cabeza y no sé cómo ayudarte. Pero lo que sí puedo decirte es que la droga no es la respuesta.

Rue (Zendaya Stoermer):
—Recuerdo cuando tenía once años. Fue un par de meses después de que diagnosticaron a mi papá y nos dieron su pronóstico; era bueno, realmente bueno. Era como ochenta-veinte y decidimos celebrar; así que pedimos comida china. Recuerdo que, esa noche, estaba acostada en la cama entre mis padres y de pronto no podía respirar. Fue como si no quedara nada de aire en todo el mundo. Estaba jadeando y entré en pánico. Llamaron a la ambulancia y pensaron que era una reaccion alérgica o una mierda así. Cuando llegué al hospital, me dieron Valium líquido. Sí. Para calmarme. Y cuando me hizo efecto, pensé «es esto». «Esta es la sensación que he buscado durante toda mi vida, desde que tengo memoria˝. Porque, de pronto, el mundo se silenció. Y me sentí a salvo, en mi propia mente. Dos años después, papá había muerto. Los ataques de pánico siguieron. Y yo hallé una forma de vida. ¿Terminará matándome? Puede ser. Demonios… tal vez no, no sé.
¿Seguirás siendo mi proveedor, Fez?

Fez (Angus Cloud):
—No sé, pero juro que estás tremendamente loca hermana. Y estoy demasiado drogado para tener está conversación ahora.

Rue (Zendaya Stoermer):
—Sí, yo también. Yo también, maldita sea.