Vástagos lumen.

Vástagos lumen.

«Las familias numerosas pueden satisfacer todas sus demandas de electricidad instalando un Baby H.P. en cada uno de sus vástagos, y hasta realizar un pequeño y lucrativo negocio, trasmitiendo a los vecinos un poco de la energía sobrante. En los grandes edificios de departamentos pueden suplirse satisfactoriamente las fallas del servicio público, enlazando todos los depósitos familiares.
El Baby H.P. no causa ningún trastorno físico ni psíquico en los niños, porque no cohíbe ni trastorna sus movimientos. Por el contrario, algunos médicos opinan que contribuye al desarrollo armonioso de su cuerpo».

-Baby H.P.

Juan José Arreola.

Alumbramiento críptico.

Alumbramiento críptico.

«Como era de esperarse, los psicoanalistas son los únicos hombres de ciencia que han abierto la boca: atribuyen el fenómeno a una especie de histeria colectiva y piensan que son las mujeres y no los niños quienes se conducen en el parto de una manera anormal. Con ello expresan una clara censura al hombre de nuestros días. Tomando en cuenta el carácter explosivo del alumbramiento, un psiquiatra afirma encantado de la vida que la rebelión de los nonatos, aparentemente sin causa, es una verdadera Cruzada de los Niños contra las pruebas atómicas. Ante la sonrisa burlona de los ginecólogos, concluye su alegato con ingenuidad flagrante, insinuando la idea de que tal vez no sea este en que vivimos el mejor de los mundos posibles».

-Informe de Liberia

Juan José Arreola.

Parábola vívida.

Parábola vívida.

«—En uno de sus poemas más bellos se concibe a sí mismo como una rémora pequeñita adherida al cuerpo de la gran ballena nocturna, la esposa dormida que lo conduce en su sueño. Esa enorme ballena femenina es más o menos el mundo, del cual el poeta sólo puede cantar un fragmento, un trozo de la dulce piel que lo sustenta.
—Me temo que sus palabras desconcierten a nuestros lectores. Y el señor director, usted sabe…
—En tal caso, dé usted un giro tranquilizador a mis ideas. Diga sencillamente que a todos, a usted y a mí, a los lectores del periódico y al señor director, nos ha tragado la ballena. Que vivimos en sus entrañas, que nos digiere lentamente y que poco a poco nos va arrojando hacia la nada».

-Interview

Juan José Arreola.

Utopía.

Utopía.

«Todo lo que una persona puede imaginar; otras podrán hacerlo realidad».
Julio Verne

El guardián
Antonio Segura
Letargo
Antonio Segura
Silencio
Antonio Segura
Efímero
Antonio Segura
Jugando a la vida
Antonio Segura
Expreso polar
Antonio Segura
Ángeles
Antonio Segura
Carrusel
Antonio Segura
Bienvenido de vuelta
Antonio Segura
El ilusionista
Antonio Segura
Aprendiendo a vivir
Antonio Segura
Evolución
Antonio Segura
Cosas de adultos.

Cosas de adultos.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Todos buscamos…

Una señal.

Salió volando por una esquina de la habitación. Brinqué de inmediato de un pesado letargo en la cama; no por miedo, por sorpresa. Me detuve observando, considerando si me acercaba o salía huyendo cual cobarde; no es que lo fuera, pero uno debe ser precavido. Y es que, un estrepitoso aleteo persistía detrás de la cortina donde ‘aquello’ fue a parar. A través de la ventana, la luna iluminaba una sombra fina y pequeña por debajo de aquel razo a rayas que colgaba del cortinero. Intenté con extraños sonidos y señas apercibirle para que huyera, puesto que era un intruso atacando mi espacio, mi tranquilidad. Persistió. Un zapato fue lo primero que miré cercano para defenderme. —¡Déjate de tonterías y acaba ya con eso, que estoy con mis oraciones! —Me dijo mi madre cuando a punto estaba de acribillarle con aquel calzado—. Así que por razones de efectividad, mejor corrí por el insecticida, levanté un resquicio de la cortina y rocié como si se tratara de una marabunta y no únicamente de un simple insecto. Instantes después, vi caer aquella pequeña sombra, con la ligereza propia de la pluma de un ave que se desprende sin voluntad. De nuevo, volví a dudar en acercarme. ¿Y si brinca, y si está llena de tentáculos y si es agresiva o venenosa? Dejé mi miedo luego de oír el segundo grito agudo de mamá —¡Te he dicho que estoy orando, así dios jamás me enviará una señal! Exhalé. Levanté la cortina de un brusco movimiento. Casi caigo al suelo, fue inevitable gritar, ¡vaya grito! Mi madre corrió apresurada a mi auxilio, a mi alarido. Impactada, gritó igual. —¡Mi señal, dios, mi señal! —Dijo— cuando al levantar aquella cortina, lo que descrubimos, fue que habíamos matado a un ángel.

Marco de Mendoza.

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Minientrada

Quimeras.

• MINIFICCIÓN •

Cada cosa en su lugar.

Gustavo Simionato

Aunque digan que no se puede adquirir con dinero, ayer compré una porción de felicidad para microondas. Hay que tener cuidado porque el envase se parece al de fideos chinos instantáneos tan de moda hoy día. Es fácil notar la diferencia entre los fideos y la felicidad, pero al tratarse de productos instantáneos, en la vorágine de consumir pronto, uno puede llevarse un chasco. Y sepan que es tan desmoralizante esperar la felicidad en la mano y descubrir pastas deshidratadas, como prepararse para saborear fideos y encontrarse con una insulsa felicidad, innecesaria cuando nos ruge el estómago de hambre.

Candoroso.

Candoroso.

«—Señora, lléveme a su casa… —le supliqué a la de rosa. La señora se me quedó mirando, se echó unas mechas güeras hacia atrás y luego comenzó a reírse. Me dirigí a su hija que tenía unos ojos grandes y muy compadecidos—.
—Dígale a su mamacita que me lleve a su casa… no tengo casa, ando perdido y tengo mucho miedo. ¿No ve que ya está cayendo la noche?
La señora se agachó para divisarme bien y volvió a reírse con más ganas.
—¡Mira, pues estamos igual! Tampoco nosotras tenemos casa y también tenemos miedo —me dijo muy alegre—. ¡No le creí! ¿Cómo una señora tan güera y tan elegante no iba a tener casa? Agaché los ojos y vi unas hojitas caídas en el suelo, que en medio de las sombras brillaban como moneditas de oro y escuché decir a la colegiala:
—Es verdad, no tenemos casa… y tenemos miedo…
—No nos crees. ¿Cómo te llamas? —preguntó la señora.
—Faustino Moreno Rosas —contesté y se me olvidó aquello que le decía a mi señorita: «para servir a usted». Pues ¿de qué le iba yo a servir a esa señora y a su hija? ¡De estorbo!—
—Ando cansado, he caminado todo el santo día…
—También nosotras hemos venido a pie hasta acá —dijo la hija de la señora—.
—No nos crees, Faustino. ¡Pues ven con nosotras para que veas que no te engañamos! —dijo la señora—».

-El niño perdido (Andamos huyendo, Lola)

Elena Garro.

Deseo metamorfoseo.

Deseo metamorfoseo.

«—¡Qué limpia está! En ella nunca se ha parado una mosca.
Don Tomás se acarició las mejillas lampiñas y las miró con malicia.
—¿Las moscas? No se atreverían jamás. La mosca que se acerque a ella se muere en el mismo instante. Por eso, niñas, eviten convertirse en moscas volanderas y molestas
—les advirtió con severidad—.
Se quedaron preocupadas. Había que evitar convertirse en mosca… aunque las moscas poseían dos alas muy pequeñas, estriadas y transparentes, hechas con el papel más fino que soñó el maestro del papel de seda. Con esas alas dibujadas con la tinta más exquisita podían volar y posarse en la boquita abierta de la criatura inaccesible o acariciarle las mejillas casi tan rojas como las amapolas. Para las moscas no existían las alturas ni la pila de jabones amarillos sobre la que descansaba la diosa con los brazos gordezuelos extendidos.
—Pídele a Dios que nos convierta en moscas por un día —le pidió Lelinca a su hermana—».

-Las cuatro moscas (Andamos huyendo, Lola)

Elena Garro.

Infantilerías

Infantilerías

«’¡Mentiroso! ¡Mentiroso!’, me gritó usted papá, porque me salí del mundo y luego ordenó:
—¡Vete a ese rincón! ¡Híncate! Pon los brazos en cruz y pídele a Dios que te perdone tantísimas mentiras como has dicho esta triste noche en la que te esperamos sin esperanzas de volver a hallarte.
Y aquí estoy en el rincón, viendo mi sombra sobre la pared de adobe, con las rodillas y los brazos muy cansados, con mis tiritas de regalos tiradas en el suelo, oyendo cómo roncan mis padres, mientras yo estoy crucificado sólo porque vi las trescientas sesenta y cinco casas de Dios, vi a Marta y a María planchándole sus vestidos, vi a Santa Rita, a los remolinos de pájaros, a su altarcito para que recen, vi a las Once Mil Vírgenes todas chiquititas, cubiertas de flores sonrosadas, vi al Rey del Mundo que tuvo la atención de hacerme tantos regalos, vi al Hombre, escondido en el cerro con su carabina y que sólo sale para ver los huesos de los muertos Antiguos, que ahora me parece que él mismo los mató, vi a los Apóstoles y si no vi a Judas es porque ya se había huido y vi a san José… ¡Y aunque les pese, los vi y los vi y los vi!… Papá, no apague la vela. ¡Ya la apagó! Papá, no me diga mentiroso, porque los vi, los vi y los vi… por eso ahora estoy crucificado en este rincón oscuro…»

-El mentiroso (Andamos huyendo, Lola)

Elena Garro.