Galería

Etnia Gitana.

«Es imposible imaginar una fusión más absoluta con la naturaleza que la de la etnia gitana».

Franz Liszt

Mágico Gitano.

Mágico Gitano.

«El gitano había estado sentado negligentemente en uno de los costados del carro, observando cada rostro, hasta que dio un brinco ágil desde el eje con las rodillas un poco entumecidas. Era, aparentemente, un hombre de unos treinta años, y toda una belleza a su manera. Llevaba una especie de chaqueta de cazar de color verde y negro, reforzada en el pecho y que solo le llegaba a las caderas; unos pantalones negros bastante ajustados, botas negras, un sombrero verde oscuro y un pañuelo de seda amarilla y granate alrededor del cuello. Su apariencia era curiosamente elegante, y algo cara para ser un gitano. Era también atractivo, y de barbilla prominente, con el aire viejo y engreído de su raza, y parecía no prestar ya ninguna atención a aquellos extraños, mientras guiaba a su caballo fuera de la carretera, preparándose para hacer recular el carro».

-La Virgen y el gitano

D. H. Lawrence

Dulce Gitana.

Dulce Gitana.

«Su marido se burlaba de Hetty, la llamaba gitana. En realidad era medio gitana, pues su madre lo era, aunque había elegido abandonar a su gente y casarse con un hombre que vivía en una casa. A Fred Pennefather le gustaba su esposa porque era diferente del resto de las mujeres que conocía, y se había casado con ella por eso; pero los hijos temían que su sangre gitana se revelase en algo más grave que los merodeos por las estaciones de ferrocarril. Era una mujer alta, con una lustrosa y abundante cabellera negra, una piel que se bronceaba con facilidad y profundos ojos negros. Vestía colores luminosos, y disfrutaba de los arrebatos de furia y las reconciliaciones repentinas. En sus mejores años, llamaba la atención, era orgullosa y guapa. Todo esto hacía inevitable que la gente de la zona se refiriera a ella como “esa mujer gitana”. Cuando lo oía, contestaba a gritos que no por ello era peor».

-Una anciana y su gato

Doris Lessing

Simbiosis mental.

Simbiosis mental.

• MINIFICCIÓN •

Esta es la triste historia…

Álvaro Cepeda Samudio

Ésta es la triste historia del esposo que se emborrachaba todas las noches porque tenía una esposa fea que a su vez tomaba Ron Blanco todo el día porque su triste historia consistía en que su marido era feo.
Así vivieron felices hasta la eternidad.

Adiós, amor.

Adiós, amor.

«Diez minutos después, mientras se cambiaba de ropa en el cuarto del Padre, pues el resto de la casa grande estaba llena de mesas y de guirnaldas blancas de papel crespón, Juana recordó prodigiosamente la ópera de Britten. Miró alrededor del cuarto las cosas ya conocidas y supo el sitio de cada cosa. Cuando iba a ponerse el vestido de viaje pensó: “Aunque es casi imposible que Dick conozca la ópera de Britten, y si por casualidad la ha oído alguna vez estoy perfectamente segura de que no recordará nunca el verso, pero sería muy aburrido correr ese riesgo”. Entonces volvió a poner el vestido de viaje sobre la cama sobria del Padre, caminó hacia el armario, abrió la tercera gaveta, sacó el revolver pequeño y se pegó un tiro en la cabeza, aún sin haberse soltado el cabello».

-Después de meditarlo mucho

Álvaro Cepeda Samudio.

Monolitos.

Monolitos.

«Enemigos o no, los pueblos respetaban al anciano Amaliwak por su sapiencia, su entendimiento de todo y su buen consejo, los años vividos en este mundo, su poder de haber alzado, allá arriba en la cresta de aquella montaña, tres monolitos de piedra que todos, cuando tronaba, llamaban los Tambores de Amaliwak. No era Amaliwak un dios cabal; pero era un hombre que sabía; que sabía de muchas cosas cuyo conocimiento era negado al común de los mortales: que acaso dialogara, alguna vez, con la Gran-Serpiente-Generadora, que, acostada sobre los montes, había engendrado los dioses terribles que rigen el destino de los hombres, dándoles el Bien con el hermoso pico del tucán, semejante al Arco Iris, y el Mal, con la serpiente coral, cuya cabeza diminuta y fina ocultaba el más terrible de los venenos».

-Los advertidos

Alejo Carpentier.