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Deseo carmesí.

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ROJO

Lorenza toma el par de zapatos altos de rojo carmesí que había comprado antes de que Miguel se marchase. Los calza y se mira frente al espejo, desnuda, completa; sin otra cosa sobre su piel ansiosa que aquellos vivaces tacones mortales. Aquel día en la tienda Miguel le negó con la cabeza cuando ella le mostro los zapatos. Brillaban tanto que iluminaron los ojos sombrios de Lorenza y ella, en su obediencia ambigua, no refutó aquella negación. Miguel la tomó de la mano rígido y salieron de aquel local en busca del bar donde se encontrarían con varios amigos. El ambiente es pesado, oscuro e incluso agrio. Lorenza sonriendo, le pide a Miguel un poco de su trago. Él la mira y sonríe, luego, de un sorbo bebe el total del vaso y le indica que pida otro para que lo pruebe, si quiere, ríe con sus camaradas. Lorenza se levanta, Miguel la reprime. Espera a que se distraiga y se cuela al baño, ahí descarga su rabia encaretada de miedo, de angustia y de olvido. Sale de aquel bar y mira hacia todos lados, respira. Regresa después al mismo sitio. Miguel ni siquiera lo ha notado, está pasadísimo; solo grita y ríe como un simio grotesco. Vuelven a casa, Lorenza se sienta sobre el filo de la cama y se quita aquellos tacones brillantes que compró en su escapada del bar. Miguel tampoco lo nota. Él se tira sobre la cama y la empuja con los pies, ella cae, él ríe. Lorenza tiene atorados en el alma coraje y rabia desdeñosa. Levanta aquellos tacones, los aprieta contra su pecho y entre sus manos. Fuerte. Miguel grita, ella ya no puede más. Un alarido corta el viento.
Lorenza calza frente al espejo aquellos tacones amarillo intenso que compró hace unas horas; desnuda tiembla, ese rojo intenso que ahora cubre sus zapatos viene desde la cama donde Miguel ya no está, por lo menos no para descalificarla. Ese intenso carmesi le recorre desde los orificios donde antes tuvo ojos, hasta las sabanas tibias que ahora lo cubren y llega luego a los pies de Lorenza. Le gusta ése tono, sin embargo, irremediable llora. ¿Por qué siente placer? No lo sabe, sólo se pregunta si ahora que Miguel se ha marchado así, ya es libre, o más prisionera que nunca.

Marco de Mendoza

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Carne Trémula.

Carne Trémula.

Te desnudas frente al espejo y ves tu cuerpo, tocado por tan pocos hombres y gozado en verdad por ninguno. Y suspiras con cierta nostalgia al ver tus senos erectos, tus pezones carnosos, y recuerdas que las líneas de tu cuerpo, de esbelta suavidad, han logrado encender ánimos. Sabes bien quiénes han flaqueado por el rictus de tus labios y la ondulación de tu cabeza cuando la haces girar impensada­mente. Y lo único que ha podido impedirte el pleno goce de la vida ha sido tu inculcado temor, tu ancestral peso de siglos, el de tu bisabuela, el de tu abuela, el de tu madre, algo más atenuado en cada caso aunque siempre presente: la vigilancia constante de papá, el celo por la virginidad, por la decencia, por el decoro y, todo lo demás. Crees que ha llegado el momento de romper esos atavismos

-La decisión

José Alcántara Almánzar.

Sabor morbo.

Sabor morbo.

«Nancy se acercó con cautela gatuna y comenzó a quitarme la ropa. Ponía cuidado morboso en ese acto sensual tan frecuente en su trabajo. Debía estar acostumbrada a las posesiones violentas, a hombres que le sacan provecho a cada segundo. Yo, en cambio, era un rorro, al que había que enseñar a hacer las cosas. Y eso atraía su curiosidad, la encandilaba, provocara ademanes y frases. Sin darme cuenta quedé desnudo sobre la carne. Nancy contempló mi cuerpo con ojos voraces y pasó su mano por mi carne, ahora hecha piel de gallina. Sentí vergüenza, giré la cabeza hacia la pared, me cubrí con la sábana. Ese rechazo exacerbó su ánimo, pues tiró de la sábana firmemente, aunque sin violencia, y descubrió mi cuerno rígido».

-Con papá en casa de Madame Sophie

José Alcántara Almázar

Tentadora.

Tentadora.

«Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.
Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando».

-La mano

Juan Carlos Onetti.

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Al cuerpo, lo que pida.

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Breves 2.0

Es tu piel, suave manto que acicalo; trémula, anciosa, hasta poderosa. Mis labios sudan, y si te tocan, tiemblan; ansían jadeantes tu santo tacto. Dame de beber de tu boca ése licor; poderoso y enervante, como veneno cádmico. Mátame con placer, con ese fuego vivo que emana de tu boca. Devorame sin tregua, como si el tiempo fuera un desquiciado que aniquila las esperas. No aguardes, porque esperar es en vano, y ni tú ni yo somos eternos.
Pasea tu cuerpo contoneante por mi ávido mirar, que tus caderas ahogadas se dobleguen a este voraz deseo y se quebranten al placer luego marchito por tu causa. Logra con tu cuerpo lo que quieras en mí, que al filo de tus piernas, yo me vuelvo loco.

Marco de Mendoza

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Impetuoso cabalga, explorador.

Impetuoso cabalga, explorador.

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SER

He sido viento, alterado deseo que irrumpe en tu vientre y ha salido convertido en vida.
Comí de tu mano, la miel suculenta de tu entrecuerpo.
Morí entre cada latido, que unido al mío gozosos permeamos.
De tu piel fui poeta, esclavo perfecto y amo también.
Subí tus montañas, comí entre tus campos y more en tu palacio. Palacio bendito que emana pasión.
En cada sendero hice mella, para que en ellos acunes mi palpitante vida, para que sea mi ejército blanco quien a placer los cubra jadeante.
Besé tus resquicios, ángulos perfectos y moldes concisos de mis presurosas manos.
Me entregué sin cordura, preso ya de tus férvidos ojos, como imán de todo lo que vida tiene en mí.
Acezar tu piel, mi candela eterna.
Después de ser viento, quiero ser tornado y apaciguarme luego en tus costas, abrir tu dulce camino. Conquistador en puerto; fatuo feliz por mirar tu placer. Concupiscencia saldada, por ti, porque en tu ser, yo soy.
Colmar tus espacios, dichosos, integros; derramarlos todos, y sentir que un vuelco te vuelves más de mí.
Porque fui viento entre tus islas y hoy soy mar en calma, bebiendo de tus labios vehementes que me encienden de vuelta y retorno cual siervo a tu humedad.
He sido todo y volveré siempre a ti, a ese rincón soñado en el que firme extasiado, puedo encallar.

Marco de Mendoza.

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