No todo lo que brilla es oro.

No todo lo que brilla es oro.

• MINIFICCIÓN •

EXANTEMA DE REALIDAD

Marco de Mendoza

Fue un duro golpe para Sandro darse cuenta que aquel mundo dorado al que aspiraba no alcanzaba ni al cobre. Se le pusieron verdes los sueños y un doloroso salpullido le entró al corazón cuando se dio cuenta que la realidad apesta.


RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Resplandor dorado.

Resplandor dorado.

«Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario».

-Axolotl

Julio Cortázar.


RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Atavío dorado.

Atavío dorado.

«De vuelta a la corte, los grandes artífices echaron sobre los hombros de la reina el manto de armiño y púrpura; luego se dieron a trabajar el oro, día y noche, puliéndolo, repuliéndolo, cincelándolo, para después embutir en el oro bien trabajado muchas piedras fúlgidas y acabar la corona y el cetro; por último, engarzaron perlas y corales, y un río de corales y perlas corrió por la garganta de Psiquis».

-Cuento áureo 

Manuel Díaz Rodríguez 

Dorado como el sol.

Dorado como el sol.

«Y pasaron semanas y días, y Pedro se presentó en la casa de sus padres. Venía moreno como un gitano, los ojos brillantes, radiante el rostro como la luz del sol. Su madre lo estrechó entre sus brazos y lo besó en la boca, en los ojos, en el dorado cabello. Volvía a tener al lado a su hijo. No lucía la cruz de plata, como había soñado su padre, pero venía con los miembros enteros, como su madre no había soñado».

-El tesoro dorado

Hans Christian Andersen

Polvo dorado.

Polvo dorado.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Zétklu

En el cuerpo viste dorado y brillante polvo de estrellas, para que cuando la noche oscura y tétrica venga, lo abrace y lo contenga, pero que no pueda poseerlo. 

Zétklu pasea por los cielos buscando tus temores, anidándolos, envolviéndolos entre sus brazos y fulminando entre aquel dorado polvo cada uno de tus miedos; para que nada vuelva a ti, para que todos se olviden. Zétklu vuela bajo cuando tu alma se siente desolada y emprende alto el vuelo cuando liberas llanto, para llevarlo lejos, para purificarlo entre gotas de lluvia suave.

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RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Don alegría.

Don alegría.

«Poco importaba que no fuera domingo ni primavera. Igual me sentía dispuesto a que algo extraordinario me purificase. En realidad, son pocos los días en que uno puede sentirse anticipadamente alegre, alegre sin ruedas de café ni cantos nauseabundos a la madrugada, ni esa pegajosa, inconsciente tontería que antes y después nos parece imposible; alegre de veras, es decir, casi triste».

-Hoy y la alegría 

Mario Benedetti.

Simpatía.

Simpatía.

«Continuaron el paseo y se pararon como siempre a mirar tras las ventanas de la escuela de arte. Siempre disfrutaba viendo a aquellos jóvenes interpretando sus papeles. El calor de la primavera ya se notaba, y el monitor abrió el ventanal de par en par. Al ver la cara de admiración de Jan lo invitó a formar parte de su grupo de teatro. Jan asintió con la cabeza y se volvió a sentir la persona más feliz del mundo».

-Un deseo

Aurora Tárrega Valdez.

Delirio bestial.

Delirio bestial.

«Interrumpió su lectura una conmoción en la casa, como si hubiera caído un objeto pesado. El lector soltó el libro, salió corriendo de la habitación y subió velozmente las escaleras que conducían al dormitorio de Fleming. Intentó abrirla puerta pero, contrariando sus instrucciones, estaba cerrada. Empujó con el hombro con tal fuerza que ésta cedió. En el suelo, junto a la cama en desorden, vestido con su camisón, yacía Fleming moribundo.
El médico levantó la cabeza de éste del suelo y observó una herida en la garganta.
—Debería haber pensado en esto —dijo, suponiendo que se había suicidado.
Cuando el hombre murió, el examen detallado reveló las señales inequívocas de unos colmillos de animal profundamente hundidos en la vena yugular.
Pero allí no había habido animal alguno».

-La alucinación de Staley Fleming

Ambrose Birce.

Rapaz.

Rapaz.

«Y entonces se aproximó por detrás a una de esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio, furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran hueco rojo franjeado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. La saliente monstruosa de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto».

-Chickamauga

Ambrose Bierce.

Maullido territorial.

Maullido territorial.

• MINIFICCIÓN •

La gata que se sentó en la alfombra del perro.

Mariángeles Abelli Bonardi

 Se acuesta; aún está caliente. Tiene su olor y el del último hueso que royó. Con la punta de la cola, acerca el ovillo y juguetea… Para una oreja: nada. Mira de reojo: nadie. Nada ni nadie: él se ha encargado…

Maúlla de satisfacción, casi como pensando en voz alta: «La alfombra, tu alfombra, es mía