Bareiro.

Bareiro.

«Ya el color de las gruesas letras con que un buen día amanecieron embadurnadas las paredes de algunas casas de la calle principal, podían hacer sospechar. Es cierto que luego los letreros se fueron pareciendo al arco iris del propio cielo, pero por puro disimulo; además ya se había producido el contraataque, de manera que nadie sabía más quién ni cómo había pintado. Ahora ya nadie entiende más nada en el pueblo. Ninguna investigación ha podido aclarar el misterio de los pintores nocturnos».

Ojo por diente.

Rubén Bareiro Saguier.

Si la envidia fuera tiña…

Si la envidia fuera tiña…

«—¡No son medias! —gritaron las víboras—. ¡ Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral.
Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas y les mordían también las patas, para que murieran».

-Las medias de los flamencos

Horacio Quiroga.

Adiós, amor.

Adiós, amor.

«Diez minutos después, mientras se cambiaba de ropa en el cuarto del Padre, pues el resto de la casa grande estaba llena de mesas y de guirnaldas blancas de papel crespón, Juana recordó prodigiosamente la ópera de Britten. Miró alrededor del cuarto las cosas ya conocidas y supo el sitio de cada cosa. Cuando iba a ponerse el vestido de viaje pensó: “Aunque es casi imposible que Dick conozca la ópera de Britten, y si por casualidad la ha oído alguna vez estoy perfectamente segura de que no recordará nunca el verso, pero sería muy aburrido correr ese riesgo”. Entonces volvió a poner el vestido de viaje sobre la cama sobria del Padre, caminó hacia el armario, abrió la tercera gaveta, sacó el revolver pequeño y se pegó un tiro en la cabeza, aún sin haberse soltado el cabello».

-Después de meditarlo mucho

Álvaro Cepeda Samudio.

Juegos de amor.

Juegos de amor.

«Yo estaba enamorado del piano blanco. Y ella lo sabía. Lo descubrió con esa asombrosa capacidad que tienen las mujeres para descubrir cosas como ésta o como la homosexualidad en los hombres que la esconden celosamente. Tal vez porque de niño me faltó todo, y en la casa de vecindad donde viví no habita siquiera un trozo de madera con que fabricar un juguete, fue por lo que adquirí la costumbre de aferrarme a los pocos objetos que durante esos años caían por casualidad en mis manos […] Al principio fue como una sensación muy vaga de temor, pero a medida que fui acumulando detalles y comprendí lo que ella buscaba la temí y la odié al mismo tiempo. Me privaba a mí mismo del infinito placer de tocar el piano blanco para que ella no lo viera, para que no lo oyera porque ya estaba seguro de que ella lo odiaba, con la misma fuerza con que yo lo amaba».

-El piano blanco

Álvaro Cepeda Samudio.

No sabes a dónde vas.

No sabes a dónde vas.

«Hoy decidí vestirme de payaso. Me he puesto unos grandes zapatones de caucho y me he pintado la cara de rojo y de blanco. Cuando atravesé el estrecho corredor de arena la sentí rebotar debajo de mis zapatones y tuve la agradable sensación de sentirme payaso. Todos estaban ya en el redondel cuando entré y no me han mirado siquiera. Cuando fui a ocupar mi puesto he pasado frente al domador que está todavía tratando de pegar una melena de papel amarillo a sus leones de cartón. Y ahora estoy entre los demás payasos, los payasos de verdad, y yo que sólo estoy vestido de payaso, me confundo entre ellos y nadie podría decir cuál de nosotros es el menos verdadero».

-Hoy decidí vestirme de payaso

Álvaro Cepeda Samudio.

Acoplamientos.

Acoplamientos.

«La crueldad cómica empezó a fundirse en la sombra real de la carne: —¿No vas a hablar, Lupe? Por eso me gustas. Sabes para lo que sirves. ¿Te das cuenta que nunca has pronunciado una sola palabra desde que te conocí y te invité al cuarto y me seguiste sin decir nada? ¡Que idioteces dirás, Lupe, que tu inteligencia te vulevw muda! Así, así, cuero divino, pedazo de piel nerviosa, ¡qué ojos más brillantes tienes!, diosa de piedra blanda, ideal, nunca me distraigas nunca me estorbes…
El brillo lejano y sonriente de los ojos se reunió al fin con un mal oculto que la falsa crueldad exterior impedía ver: —Crei que eras reteinocente. Todos dicen que eres medio boba. —Claro que soy inocente, Alejandro. ¿Hay algo más corrupto que la inocencia?»

-Fortuna lo ha querido

Carlos Fuentes.

Cosas de familia.

Cosas de familia.

«Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Únicamente a través del amor y la amistad podemos crear la ilusión momentánea de que no estamos solos».
Orson Welles

Por mis huevos.

Por mis huevos.

«—¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, ha puesto un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban, sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:
—¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!
—¡Y yo tampoco! —juró la niña con ardor.
La madre, cansada, se encogió de hombros».

-Una gallina

Clarice Lispector.

Expresiva mirada.

Expresiva mirada.

«Catarina, de pie, observaba con malicia al marido, cuya seguridad se había desvanecido para dar campo a un hombre moreno y menudo, forzado a ser hijo de aquella mujercilla grisácea… Fue entonces cuando el deseo de reír se tornó más fuerte. Por suerte, nunca necesitaba reír realmente cuando sentía ganas de hacerlo: sus ojos adquirían una expresión astuta y contenida, se hacían más estrábicos, y la risa salía por los ojos. Le dolía un poco no ser capaz de reír. Pero nada podía hacer al respecto: desde pequeña había reído por los ojos, desde siempre había sido estrábica».

-Lazos de familia

Clarice Lispector.