El saber de los espíritus del mal.

El saber de los espíritus del mal.

«—¡El demonio! —chilló la vieja beata.
—¿De modo que la tía Cloyse reconoce a su viejo amigo? —inquirió el viajero, poniéndosele enfrente y apoyándose en el palo retorcido.
—¡Ah, cómo no! ¿Pero efectivamente se trata de su señoría? —exclamó la buena mujer—. Sí, claro, y a imagen y semejanza de mi viejo compinche Goodman Brown, el abuelo del tonto que ahora lleva el nombre. Pero, ¿lo creería su señoría?, mi escoba desapareció como por ensalmo, sospecho que robada por esa bruja sin colgar de la tía Cory, y eso cuando además yo andaba toda ungida de jugo de cañarejo, y de cincoenrama, y de acónito…
—Majado todo con trigo menudo y con la grasa de un recién nacido —dijo la aparición del viejo Goodman Brown».

El joven Goodman Brown, Nathaniel Hawthorne.

Sobre males sin nombre.

Sobre males sin nombre.

«—Necesita un remedio para la melancolía —dijo la mujer débilmente—. ¡Hay en esta casa tierra de momias para hacer una pócima? Las mejores momias son las egipcias, árabes, hirasfatas, libias, todas muy útiles para los trastornos magnéticos. Pregunten por mí, la Gitana, en Flodden Road. Vendo piedra perejil, incienso macho…
—Flodden Road, piedra perejil… ¡más despacio, mujer!
—Opobálsamo, valeriana póntica…
—¡Aguarda, mujer! ¡Opobálsamo, sí! ¡Que no se vaya, Jaime!
Pero la mujer se escabulló, nombrando medicamentos».

Remedio para melancólicos, Ray Bradbury.

Resplandor dorado.

Resplandor dorado.

«Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario».

-Axolotl

Julio Cortázar.


RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Atavío dorado.

Atavío dorado.

«De vuelta a la corte, los grandes artífices echaron sobre los hombros de la reina el manto de armiño y púrpura; luego se dieron a trabajar el oro, día y noche, puliéndolo, repuliéndolo, cincelándolo, para después embutir en el oro bien trabajado muchas piedras fúlgidas y acabar la corona y el cetro; por último, engarzaron perlas y corales, y un río de corales y perlas corrió por la garganta de Psiquis».

-Cuento áureo 

Manuel Díaz Rodríguez 

Todo es distante en el Desierto.

Todo es distante en el Desierto.

«Sólo queda en mención un cuadro a la deriva, en realidad el seco resultado lastimero que desdice papeles: una pastelería de desperdicios y un mezcla de hedores agridulces que el aire del desierto arrastraba despacio removiendo también algunas trizas. Un vaho de pestilencia como fruto mendaz de lo que no sería sino ilusión y tregua todavía por cumplirse. Pero ni un alma aquí ni en perspectiva dentro del panorama desgraciado, solamente de hinojos y casi en engarruñe estaba Juan Ruperto llorando inconsolable como un niño que ha recibido golpes sin piedad de un padre gordinflón: de brazos chuletones… Quienes lo vieron hecho un estropicio, desde alguna ventana o varias: lejos, ahora andan diciendo que nunca antes en Charcos de Risa habían visto a un fulano llorar tanto: Fue un llanto muy ruidoso y duradero, aunque es puro decir, porque el día que siguió más bien fue casi nulo: la gente durmió en grande, o sea: ¡a la fregada todos los trabajos!
Por lo demás, ¡caray!, el mundo continuaba… ¿O renacía tal vez?
Mera casualidad o mero pasatiempo».

La averiguata, Daniel Sada.


RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Lo que incauta el desierto.

Lo que incauta el desierto.

«Le lleva unos segundos recuperar el aliento, pulso y plena conciencia de la extensión inabarcable de arena rojiza que lo rodea. Por primera vez, le parece peligrosa. La parálisis del desierto es un disfraz, una fachada tras la que se oculta un entramado prehistórico de túneles sobrepoblados de alimañas, piensa. Se enjuga el sudor con la manga de la camisa y recuerda que en Nueva York es invierno; más bien, recuerda haber leído en la carta de L. C. que en Nueva York es invierno. Desde que se mudaron, apenas registra el paso del tiempo».

Famous blue raincot, Aixa de la Cruz.


RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Lo que subraya el desierto.

Lo que subraya el desierto.

«Fue entonces cuando Baegert pudo ver con claridad que él era guaycura. Que el temor por él experimentado ante ese mundo nuevo lo disimulaba muy bien el asombro y sus vaivenes expresivos, entre la crítica implacablemente religiosa y el regodeo imagínico de tonalidades poéticas. Que su estatura intelectual y su vanidad europea le habían impedido verse reflejado en los modelos indígenas: corría también descalzo entre los cerros, comía una hierba aquí u otra más allá, no podía armar un breve discurso, era ágrafo, estaba lleno de temores a los caballos y a los rifles de los soldados del presidio, era mentiroso, piojoso, desentendido de sus hijos, polígamo, etc… ¡Qué espejo tan primitivo y tan moderno!».

Charcos de polvo lunar,
Raúl Antonio Cota.


RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Don alegría.

Don alegría.

«Poco importaba que no fuera domingo ni primavera. Igual me sentía dispuesto a que algo extraordinario me purificase. En realidad, son pocos los días en que uno puede sentirse anticipadamente alegre, alegre sin ruedas de café ni cantos nauseabundos a la madrugada, ni esa pegajosa, inconsciente tontería que antes y después nos parece imposible; alegre de veras, es decir, casi triste».

-Hoy y la alegría 

Mario Benedetti.

Simpatía.

Simpatía.

«Continuaron el paseo y se pararon como siempre a mirar tras las ventanas de la escuela de arte. Siempre disfrutaba viendo a aquellos jóvenes interpretando sus papeles. El calor de la primavera ya se notaba, y el monitor abrió el ventanal de par en par. Al ver la cara de admiración de Jan lo invitó a formar parte de su grupo de teatro. Jan asintió con la cabeza y se volvió a sentir la persona más feliz del mundo».

-Un deseo

Aurora Tárrega Valdez.

Como una llamarada.

Como una llamarada.

«—¡Qué cansancio! —dijo, a tiempo que echaba hacia atrás todo su cuerpo. De inmediato, al extenderse en el suelo, se precisó la curva de los senos, la línea del vientre, el arco de las caderas. La miré al rostro. Y en los ojos, en la boca descubrí no sé qué terrible y misteriosa corresponden­cia con la llamarada interior que me estaba quemando los riñones, que me hacía temblar las manos, que me sofocaba el aliento, que me hacía trepidar el corazón. Y entonces caí sobre ella sin decirle nada, y sin que ella dijera nada, como una ciega fuerza y con una urgencia vital en qué me parecía probar un secreto rencor y una suprema alegría».

-Debajo de las estrellas

Hernando Téllez.