Rafael Villegas.

Rafael Villegas.

«Y piensa en México, en las cumbres de Maltrata, en aquel tren que avanzaba furioso sobre vías recién levantadas que desafiaba barrancas terribles. Recuerda el mundo como un sitio por descubrir. Se aferra a ese recuerdo. No le gusta el presente de un mundo devorado poco a poco por los mares. ¿Perdonarán los océanos algún pedazo de Tierra?».

Paralaje.

Rafael Villegas.

Labatut.

Labatut.

«Y lo primero es un nudo, una serie de nudos que te recorren el cuerpo; el de la boca no te deja hablar, el del pecho te estrangula los pulmones, el tercero te cierra el estómago, el cuarto te reseca la entrepierna y el último te taponea el culo, aunque lo más raro es que te gusta, es un alivio no tener que ocuparse del cuerpo, especialmente al principio, cuando te duele hasta respirar».

Hambre Barcelona.

Benjamín Labatut.

Chesterton.

Chesterton.

«Un hombre es estrangulado junto al gran estrado de música de Epsom. Cualquiera podría haber visto cómo ocurría mientras el estrado estuviera vacío; un vagabundo oculto entre los setos o un motorista que bajara por las colinas. Pero nadie lo habría visto mientras el estrado estuviera lleno y todo el auditorio gritara enfervorecido cuando el artista favorito hiciera su aparición… o no la hiciera. Retorcer una bufanda, arrojar un cuerpo detrás de una puerta son cosas que se podrían hacer en un instante, siempre que fuese en ese instante».

El dios de los Gongs.

G. K. Chesterton.

Lillo.

Lillo.

«—Una noche se me apareció, en sueños, Nuestro Señor, y me ordenó que me fuera por el mundo para que mi castigo, confundiendo a los incrédulos, sirviese de ejemplo a los malos hijos.
Los padres y las madres clavaron en los rostros confusos de sus juveniles retoños una mirada que parecía decir:
—¿Han oído? ¡Esto es para ustedes! ¿Olvidarán la leccioncita?».

El vagabundo.

Baldomero Lillo.

Marquez.

Marquez.

«Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar» .

Un señor muy viejo con unas alas enormes.

Gabriel García Marquez.

Pulliti.

Pulliti.

«Soy un dios atado a este mundo. Aquí abajo nada es gratuito, todo tiene su precio. A cambio de nuestros cuerpos, necesitamos aire y alimento. Al final, la Vida misma no es más que un préstamo. Tú mismo, al morir, tendrás que devolver ese cuerpo que te fue dado cuando empezaste a existir».

El Dios Buitre.

Yelinna Pulliti Carrasco.

Bareiro.

Bareiro.

«Ya el color de las gruesas letras con que un buen día amanecieron embadurnadas las paredes de algunas casas de la calle principal, podían hacer sospechar. Es cierto que luego los letreros se fueron pareciendo al arco iris del propio cielo, pero por puro disimulo; además ya se había producido el contraataque, de manera que nadie sabía más quién ni cómo había pintado. Ahora ya nadie entiende más nada en el pueblo. Ninguna investigación ha podido aclarar el misterio de los pintores nocturnos».

Ojo por diente.

Rubén Bareiro Saguier.