Sobre Extravagancias.

Sobre Extravagancias.

«—Estoy dispuesto a pagar una suma razonable por los libros que tengo pensados —respondió el hombretón, y rozó el libro que tenía delante con la yema de un dedo, experimentalmente—. Ciento cincuenta, doscientos dólares como mucho.
El chico lo miró y se echó a reír.
—Con eso tiene para bastantes buenos libros.
—En mi vida había visto tantos juntos —confesó el hombre—. Nunca pensé que llegaría el día en que entraría en una librería y compraría todos los libros que siempre he querido leer.
—Ha de ser una sensación estupenda».

Siete tipos de ambigüedadad.

Shirley Jackson.

Sobre Amarres.

Sobre Amarres.

«Era dos minutos después de las diez; no estaba satisfecha con su ropa, su cara, su apartamento. Calentó café de nuevo y se sentó en la silla junto a la ventana. No puedo hacer nada más ahora, pensó, no tiene sentido tratar de mejorar algo a último minuto. Reconciliada, estable, trató de pensar en Jamie y no pudo ver su rostro claramente, u oír su voz. Siempre es así con alguien a quien amas, pensó, y dejó que su mente se deslice después de hoy y mañana, hacía el futuro lejano, cuando Jamie estuviera establecido con su escritura y ella hubiera dejado su trabajo, el hermoso futuro con casa en el campo que habían estado preparando la última semana. «Yo solía ser una excelente cocinera», le había dicho a Jamie, “con un poco de tiempo y práctica puedo recordar cómo hacer pastel de ángel. Y pollo frito”, dijo, sabiendo cómo las palabras se quedarían en la mente de Jamie, un poco tiernamente. “Y salsa holandesa”».

El amante demoníaco.

Shirley Jackson.

Sobre Inanimados.

Sobre Inanimados.

«Al cabo de un momento, el camarero se acercó al hombre, y la muchacha, con voz clara y audible por encima del suave vals que estaba tocando la orquesta, dijo a este:
—No bebas más, Joey. Vayamos a cualquier sitio a comer algo.
El hombre murmuró algo al camarero sin hacer caso de la mano de la chica, que lo asía por el brazo. Se volvió hacia el muñeco, le susurró algo y el rostro de madera, con una ancha sonrisa, miró a la chica y de nuevo al hombre. La muchacha se echó hacia atrás en la silla y su mirada buscó con el rabillo del ojo a la propietaria del restaurante».

El muñeco. Shirley Jackson.

Espiritismo falaz.

Espiritismo falaz.

«Moco era un garabato seco, de nariz caída y ojos fuera de la cara. Había sido músico y adivino y es­piritista en alguna parte. Él fue quien metió aquella fiebre en todos. Comenzó a hablar de fuerzas secretas y señales en la mani­gua, y todos tambaleábamos. Amiana lo tenía para eso, para opiar a la gente y divinizar a Amiana. La isla, decía, había surgido para sostener a Amiana; los espíritus le traían hombres para que se sirviera de ellos, y lo guardaban para que nadie pudiera tocarlo. Amiana quería a Moco por esto. Nosotros sabíamos, algunos, que Moco no había sido nunca espiritista, que en su cabeza había otra cosa. Había sido violinista en un teatro al aire libre, y nada más. Ahora vivía por la manigua, oculto en los matorrales, y en cuevas que hacía en el suelo, hablando con los espíritus, decía a Amiana. A veces adivinaba cosas. Tenía una vista muy aguda y fingía veinte caras, y averiguaba. Sabía algo de astronomía y había adivina­do el ciclón. Era el sacerdote de la isla. —¡Voy a adormecer a la gente! —decía a Amiana».

-Aquella noche salieron los muertos

Lino Novás Calvo.

Lúgubre.

Lúgubre.

«Poco a poco fue renaciendo la confianza en nosotros. A la luz de un claro que se abría en torno suyo vi su rostro desencajado, y sus ojos abiertos, terriblemente abiertos, me aterrorizaron. Pensé que algo semejante le ocurriría a él respecto de mí. Cuando quise hablar, mi voz se hiló en una especie de suspiro, como si un escape interior me impidiera hacer presión en la garganta. Alargué la mano tímidamente, para cerciorarme de si el hombre que tenía delante era realmente un ser vivo, o un cadáver de varios días, como el que habíamos hallado cierta vez en el corte. Mi compañero movió ligeramente la cabeza y entonces vi que su boca se rasgaba sobre una fila de dientes de un blancor poco más intenso que el de la piel. Se pasó el anverso de la mano por la frente, ató —así— las rodillas con los brazos, y dijo, en tono triste y resignado: —Hola, hermano».

-El bejuco

Lino Novás Calvo.

Miedo cegador.

Miedo cegador.

«Yo no sé lo qué sentiría mi madre realmente. Ni unos ni otros nos habían hecho mucho daño, salvo por lo que se llevaban los alzados. Por otro lado, mis hermanos estaban con éstos, que cada vez eran más numerosos. Nadie sabía cuántos eran. Pero sabíamos que eran cada vez más bravos. Todavía pedían, no robaban, pero ya ustedes saben lo que es pedir con escopeta. ¿Quién iba a negarles nada? Y menos que nada, un buche de café, que a nadie se le niega. Así llegamos a la aparición de aquellos cinco. Cada uno traía un arma: rifles, unos más cortos, otros más largos, salvo uno, el jefe, que traía una ametralladora de mano y una barba más tupida que la de los otros. No subían del pueblo ni bajaban de las lomas. Venían de otra parte y, al parecer, huyendo. Sabíamos que la candela se iba animando por allí».

-Un buchito de café

Lino Novás Calvo.

¡La gente está muy loca!

¡La gente está muy loca!

«—Realmente es una época espantosa si una chica de dieciséis años tiene que pensar en cosas así.
“En mi época”, pensó en añadir irónicamente, “las chicas no pensaban en otra cosa que en cocteles y besuqueos”.
—Tengo diecisiete años —la muchacha alzó la vista y le sonrió otra vez—. Hay una diferencia terrible.
—En mi época —dijo él con exagerado énfasis—, las chicas no pensaban en otra cosa que en cocteles y besuqueos.
—Ahí está en parte el problema —respondió ella con seriedad—. Si la gente se hubiera asustado de verdad, sinceramente, cuando ustedes eran jóvenes, hoy no estarían tan mal las cosas».

El embriagado.

Shirley Jackson.

En el mundo hay gente bruta y astuta.

En el mundo hay gente bruta y astuta.

«—Estoy pensando lo que será la música de la orquesta para esa pobre mujer —dijo Laura.
—¡Oh, Laura! —Josefina empezó a irritarse seriamente.
—Si vas a suprimir la música cada vez que sucede un accidente, vas a llevar una vida muy triste. Yo lo siento tanto como tú. Comprendo como tú—. Sus ojos se endurecieron y miró a su hermana como la miraba cuando era pequeña y tenían una pelea—. No vas a resucitar a un obrero borrachón con sentimentalismos —dijo blandamente».

Fiesta en el jardín.

Katherine Mansfield.

Hay gente que se ofende por todo…

Hay gente que se ofende por todo…

«A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
—Yo voy a ir porque estoy invitada —dijo—. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
—Ah, sí, tu amiga —dijo la madre. Hizo una pausa—. Oíme, Rosaura —dijo por fin—, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
—Callate —gritó—. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga».

La fiesta ajena.

Liliana Heker.

Carne Trémula.

Carne Trémula.

Te desnudas frente al espejo y ves tu cuerpo, tocado por tan pocos hombres y gozado en verdad por ninguno. Y suspiras con cierta nostalgia al ver tus senos erectos, tus pezones carnosos, y recuerdas que las líneas de tu cuerpo, de esbelta suavidad, han logrado encender ánimos. Sabes bien quiénes han flaqueado por el rictus de tus labios y la ondulación de tu cabeza cuando la haces girar impensada­mente. Y lo único que ha podido impedirte el pleno goce de la vida ha sido tu inculcado temor, tu ancestral peso de siglos, el de tu bisabuela, el de tu abuela, el de tu madre, algo más atenuado en cada caso aunque siempre presente: la vigilancia constante de papá, el celo por la virginidad, por la decencia, por el decoro y, todo lo demás. Crees que ha llegado el momento de romper esos atavismos

-La decisión

José Alcántara Almánzar.