Lillo.

Lillo.

«—Una noche se me apareció, en sueños, Nuestro Señor, y me ordenó que me fuera por el mundo para que mi castigo, confundiendo a los incrédulos, sirviese de ejemplo a los malos hijos.
Los padres y las madres clavaron en los rostros confusos de sus juveniles retoños una mirada que parecía decir:
—¿Han oído? ¡Esto es para ustedes! ¿Olvidarán la leccioncita?».

El vagabundo.

Baldomero Lillo.

Marquez.

Marquez.

«Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar» .

Un señor muy viejo con unas alas enormes.

Gabriel García Marquez.

Pulliti.

Pulliti.

«Soy un dios atado a este mundo. Aquí abajo nada es gratuito, todo tiene su precio. A cambio de nuestros cuerpos, necesitamos aire y alimento. Al final, la Vida misma no es más que un préstamo. Tú mismo, al morir, tendrás que devolver ese cuerpo que te fue dado cuando empezaste a existir».

El Dios Buitre.

Yelinna Pulliti Carrasco.

Bareiro.

Bareiro.

«Ya el color de las gruesas letras con que un buen día amanecieron embadurnadas las paredes de algunas casas de la calle principal, podían hacer sospechar. Es cierto que luego los letreros se fueron pareciendo al arco iris del propio cielo, pero por puro disimulo; además ya se había producido el contraataque, de manera que nadie sabía más quién ni cómo había pintado. Ahora ya nadie entiende más nada en el pueblo. Ninguna investigación ha podido aclarar el misterio de los pintores nocturnos».

Ojo por diente.

Rubén Bareiro Saguier.

Superfluo.

Superfluo.

«Saqué unas medias negras de mi maleta y ella volvió a hablar: “no puedes llevar medias. Y si no te dejan pasar, ni modo, tuviste la intención”, me dijo.
Tiré a un lado las medias y tomé una toalla. Fui al baño a rasurarme las piernas: no había demasiado tiempo para buscar más opciones.
Saqué los zapatos y me preparé a dormir después de saber que tampoco podría llevar bassier porque tenía varillas. Yo dormí. No recuerdo que soñé, sólo recuerdo que sentía mucho coraje y planeaba lo que haría si no podía entrar».

No tiene que ser perfecto.

Salma Anjana.

Señor Enmarcado.

Señor Enmarcado.

«Me senté entonces a llorar sueños y miedos para reunir los pocos trozos que me quedaban de mí. Después corrí directo a un pequeño supermercado. El de seguridad no me sacó. Busqué un espejo y vi que no me reflejaba. Eso significaba poco, en los últimos días me costaba mucho trabajo reconocerme».

Indocumentado.

Edgar Omar Avilés.

Cernis qua vivis, qua moriere latet.

Cernis qua vivis, qua moriere latet.

«Ella sobrevino entonces trajeada de luto, de un luto copioso. Su color mestizo estaba apenas encerado por el miedo, por el contraste del tocado y el velo, por la decisión largamente pensada que traía a la audiencia. Tenía una tez a un tiempo olivácea y vítrea, con pequeñas excoriaciones más claras, como un maniquí que empieza a deteriorarse, y unos ojos que no la obligaban a mirar. Se sentó rectamente en una de las sillas de los vareadores y se mantuvo tiesa, con la pesantez ordinaria de los lienzos que la cubrían y el hierático paralelismo de sus dos piernas rígidas, hechas a profusión de carbonilla. El año y meses transcurridos desde la muerte de su hijo daban a ese luto una intención proselitista, y Basilio —que no la veía desde que fuera preso— sintió el efecto deliberadamente hostil de aquella indumenta y algo dentro de él se desalentó por lo que restaba del careo».

-El careo

Carlos Martínez Moreno.

Memento mori.

Memento mori.

«“Algún día te voy a contar lo que pasó aquella noche absurda en que Dorita me baleó, y vas a tener, como yo, la sensación de que todo estaba escrito”. Me animé entonces a preguntarle si en aquel momento, herido y en busca de auxilio, no lo había llenado la idea de la muerte. Siempre he tenido la manía de espiar cualquier rastro de esa idea dominadora, referida por un sobreviviente. En los hospitales o en cualquier otro lado.
—¿Pensaste que te morías? ¿Lo pensaste con claridad, serenamente, o te achicaste de golpe?
Escribió que no, que no había pensado en morirse; que sólo había pensado, mientras se apretaba con una mano la cara y sentía correr la sangre entre los dedos, que iba a perder todos los dientes, y que ninguno de ellos estaba picado.
Me quedé en silencio, y tuvo la impresión de que me defraudaba.
“Frivolidades de los Momentos Supremos”, escribió a modo de disculpa».

-El salto del tigre

Carlos Martinez Moreno

DE MORTUIS NIL NISI BENE.

DE MORTUIS NIL NISI BENE.

«La chica frunce el hociquito pero acaba de contarte algo, ¿qué acaba de contarte?, y tú nada, tú te compadeces, porque tú no has tenido jamás necesidad de contar nada a nadie, tú has sido tan sencillo y tan fácil y tu muerte fue tu única cosa complicada y difícil y tu gesto de esa foto del restaurante dice que Manfredo vivía para escuchar a los demás, para atender a los demás y ése solo, ése solo entre las muchas fotos ha sido, amor mío, el gesto que me cuenta, que contará a tus hijos, que dirá a todos tu verdadera biografía».

-Biografía

Carlos Martínez Moreno.

Bonfiglio.

Bonfiglio.

• MINIFICCIÓN •

Una misma cosa.

Matías Ezequiel Bonfiglio

En medio de la calle silenciosa, sobre el asfalto, millones de enemigos yacen.
El amor se expresa a la distancia, y millones de enemigos agonizan.
La guerra se hace éxodo, y millones de enemigos mueren.
Así, en estos días, la distancia, el amor y la guerra son una misma cosa.