Si hace Crack es Boom.

Si hace Crack es Boom.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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• PLUMA INVITADA •

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El escritor es siempre un exiliado, es el exiliado por excelencia: un desplazado.

Postmanifiesto del Crack (1996 – 2016).

1. El Crack no fue ni pretendió ser nunca una generación ni un movimiento, no digamos una estética. Se Trató más bien de una invitación y, si acaso, de una actitud. O de la invitación a recuperar cierta actitud hacia la escritura y la lectura. Si bien interpelaba a editores, autores y crítica, su manifiesto estuvo dirigido sobre todo a los lectores. (Pedro Ángel Palou).

25. La revolución digital no trastoca la literatura. Se lee en un sinfín de formatos. Se lee de otras maneras. Pero los escritores apenas se dan por aludidos. (Ricardo Chávez).

2. El cuento es absoluto. La novela es todo lo que no es el cuento, pero puede incluir cuentos, lo mismo que puede incluir al mundo. (Jorge Volpi).

3. No existe la novela con adjetivos. No hay novela histórica, novela erótica, novela policiaca. La verdadera novela es un organismo fagocítico. Todo lo engulle  y lo devuelve trastocado. Por eso mismo El Quijote no es una novela de caballería o Alicia en el País de las Maravillas no es una novela fantástica. En 1907, Mehler le dice a Sibelius sobre la sinfonías –esa novela de la música– que debe ser como el mundo, en ella debe comprenderse todo. Todo cabe en una novela, que es como el mundo, pero no es el mundo. La novela resiste la domesticación de lo literario que el mercado intenta operar siempre y cuando intente demoler la retórica literaria que la convierte en mercancía, ése señalado realismo lírico que nada aporta a la crítica de la realidad. Y vivimos, veinte años después, en la triste domesticación de lo literario. (Eloy Urroz).

2. ¿Puede de verdad el arte hacerse en solitario como la masturbación o el suicidio? ¿No es verdad que para insertarse en la tradición y adquirir oficio son necesarios nuestros mayores vivos y nuestros mayores muertos? Segundo hecho: Quizá lo desconfiable es la unión horizontal y no la vertical. (Ignacio Padilla).

Tomado de los manifiestos de cada uno de los autores.

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Hoy tengo que decirte papá.

Hoy tengo que decirte papá.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Puerta del ser: Abre tu ser, despierta / aprende a ser también, labra tu cara / trabaja tus facciones, ten un rostro / para mirar mi rostro y que te mire / para mirar la vida hasta la muerte.

Piedra de sol. Octavio Paz.

El Heredero

Quisiera el cielo que el canto que / me inspira / siempre sus ojos con amor lo vean, / y de todos los versos de mi lira / estos dignos de su nombre sean. ¹
Podrá nublarse el soleternamente; / podrá secarse en un instante el mar; / podrá romperse el eje de la tierra / como un débil cristal. / ¡Todo sucederá! Podrá la muerte / cubrirme con su fúnebre crespón; / pero jamás en mí podrá apagarse / la llama de tu amor. ²

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¹ Mi Padre, Juan De Dios Peza.

² Amor eterno, Gustavo Adolfo Bécquer.

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Sentimientos encontrados.

Sentimientos encontrados.

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La gente muere todo el tiempo.

«La gente muere todo el tiempo», me dijo mi madre aquel día cuando ví morir al tío Artemio. Un derrame cerebral fue lo que de un instante lo fulminó. Tumbado ahí frente a mí, junto a mis pies que se volvieron una pesada roca cuando lo percibí inmóvil, cuando de pronto, se hizo encima; ni así pude moverme. Su tono pálido se torno a mí de igual modo, dejándome frío. Quería moverme, salir de ahí corriendo con todas mis fuerzas. La gente comenzó a arrimarse, murmuraban, pero yo solo percibía ruidos inaudibles. Sentía el estómago revuelto y los ojos desorbitados. Las piernas, de ser una roca, se volvieron hilos insostenibles y la piel se me crispó.
—¡Antonio!
—Un grito agudo y desesperado de mi madre—.
Fue eso lo que me devolvió al mundo de los vivos. Y solté en llanto. Un llanto frío, desesperado, de miedo y pavor. No podía apartar la vista del tío Artemio. Entre todo ese temor y angustia, había desconcierto.
—¡El tio mamá, mi tío Artemio! —Le dije cuando ella intentó apartarme para que los paramédicos hicieran lo suyo— Pero el tío ya no estaba ahí en ese cuerpo, ya no era él esa cosa apenas tibia y ahora apestosa.
Mi madre me abrazo apretándome contra su cintura, en su intento por evitarme la escena. Pero yo ya lo había visto todo. ¿Qué más podía pasar?
Apenas hace unos minutos el tío me decía que iríamos a montar a Celadio, aquel caballo azabache que me encantaba, luego de eso, apretó mi mano con tanta fuerza que creí iba a deshacermela —¡Auch, tío! —le increpé molesto—. Era la razón. Al instante, cayó al suelo sin decir nada. Me arrastro con él, pero en mi enojo, jalé mi mano con brusquedad mientras me sostenía de la barandilla del atrio de aquella Iglesia que cruzábamos para cortar camino a la heladería.
Lloramos, vaya que lloramos todos. Lloraron sus hijos, la viuda, la familia y algunos más, muchos más que acudieron al funeral y posterior entierro. Lloramos cuanto se pudo y un poco más. Había lágrimas en todos lados. Lágrimas en el pan que acompañaba al café. Las mismas lágrimas que salaban y enturbiaban ese café. Era inevitable, y no era suficiente. Llorar era una forma de sacarnos la asfixia, de lavar el cuerpo y las entrañas de esa maldita presión en el pecho que, ¡cómo duele!
Artemio Torres, de 45 años. Era bien conocido por todos y además, querido. Nunca nadie se atrevió a negarle un favor. Artemio fue siempre un hombre de palabra, responsable y honesto. Muy, muy querido. Sus hijos sonreían al verlo llegar del trabajo, siempre con una bolsa de frutas en la mano. —Te traje mangos Antonio —Me decía— Yo era su sobrino, pero nos quisimos tanto. Yo lo ví morir y hubiera deseado todo en este mundo, menos eso.
La mañana de su entierro, aunque cantamos, también lloramos. Creo que dejé ahí todas mis lágrimas posibles.
Han pasado ya muchos años. No he vuelto a llorar.
Recuerdo las palabras de mi madre cuando me recogió frente al inerte cuerpo del tío Artemio: «La gente muere todo el tiempo».
Ayer murió mi padre. No lloré. No pude.

Marco de Mendoza

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Hay pasiones que no cesan.

Hay pasiones que no cesan.

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Loco perdido

Estoy perdido; perdido por enamorado. Enamorado y perdido.
Perdido en tus labios: rojos, carnosos, jugosos.
Enamorado de ti, de tu voz, tu escencia, tus sonidos. Ese latido ardiente que en tu pecho resuena, llamándome.
Perdido entre tu piel, dulce agonía que bien me mata. Jibia, sedosa y trémula.
Enamorado como un loco, que a grito venturoso, niega su locura.
Perdido por tu cuerpo que decirle bello es poco, porque entre cada curva, yo me vuelvo loco.
Enamorado, perdido y loco.
Estoy de a poco, volviéndome loco, y es mi pensamiento inocuo que no se contiene, que vibra y emana cual torrente volcánico.
Es tu rostro, gema perfecta de mis triunfos y debilidades.
Eres tú mi locura y esta perdición.
Eres tú, mi coincidencia, y mi amor.

Marco de Mendoza.

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