Ya lo pasado, pasado.

Ya lo pasado, pasado.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Adiós

Se desdibuja el aura, presintiendo la huida.
Se ha de marchar coraje, valiente, impoluto.
El tiempo no cede, avanza, se marcha; como el bajamar se aleja y su olvido sombrío mengua al vacío. Temor no hay, se ha olvidado, constricción al alma que en quebranto marcha sin mirada tenue.
Ya no hay más, aprendió al paso que en un tiempo fue jarana, y otro tiempo fue infortunio.
Más partir se torna ameno, cuando la voz mitiga y no hay respuesta al coro.
De olvidos bien que sabe sin siquiera apetecerlos, se han cruzado al vilo innecesario y putrefacto.
El adiós ocurre y es certero cual Perseo, cuando propuesto va en su cometido.
El adiós se ha dado, gracia de ocurrido que si es tiempo o es premura, ya es sazón.
El adiós presencia y es aquí, y es ahora.

Marco de Mendoza.

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Coraje.

Coraje.

«El 30 de mayo, Humberto Solano se fue a una librería y compró una gran tarjeta perfumada para su madre.
—Para que no diga que no me acuerdo de ella.
[… ]
‘QUE EN ESTE DÍA LAS CAMPANAS DE LA FELICIDAD TENGAN DULCES TAÑIDOS PARA USTED’. Eso estaba en letra de imprenta. ‘Su hijo, Humberto Solano’. Eso estaba a mano y con borrones, como el sobre.
La mujer pasó la plancha por toda la manga y la repasó tres veces en el puño. Se acercó al fuego después y todas sus arrugas aparecieron detalladamente.
La Chabelita olió otra vez la tarjeta y respiró profundo, con placer.
La mujer asentó duro la plancha. Levantó la camisa para verle los quiebres y con la camisa también levantó su voz.
—Con eso no se come.
Se volteó y atizó el fuego.
—Ni con veinte desos papeles comemos».

-La tarjeta

Sergio Ramírez

Abrázame.

Abrázame.

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• Necesidad •

Necesito tus piernas donde enrredarme.
Como suave pálpito que me condena a ti, a tu piel condenada.
Necesito me respires, ansiedad y poder. Encendiendo mi alma, que encandila y provoca. Que vivaz me cautives.
Necesito tu piel, seda adictiva que me envuelve y me atrapa, que me vulnera.
Necesito tus manos, alineándose a las mías, como piezas perfectas de un sin fin rompecabezas. Sin cordura, sin pasados, cual eternos sonidos de viento.
Necesito tus labios devorando los míos, devorando humedad; su pasión y desquite.
Necesito de todo y en este mi avío, a ti, mi primaria necesidad, como beligerante deseo, siempre a ti.
Ferviente veneno hiel, que amo y me mata de amor. Porque no es que me muera sin ti, es que vivir sin ti ya no quiero.

MARCO DE MENDOZA

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Liviandad.

Liviandad.

«Acevedo tomó a Juana por la cintura, apretándola. En la calle una bocina atravesó la noche, y la muchacha, aterrada, luchó por desprenderse. Pero sólo un segundo. Después, viendo que un hilillo de luz partía el rostro de Juan como una herida, acarició esa herida. Él con su mano grande y caliente y engrasada, hurgó en el escote de Juana. Ella lo sintió duro y peligroso apretado contra su cuerpo, y tuvo miedo otra vez.
—No, no, por favor…
—Ya, pues, Juana, no sea tonta.
No le dijo tocaya. Se desprendió con violencia y volvió al mesón. Desde allí escuchó cómo Juan orinaba».

-Tocayos

José Donoso.

Hay pasiones que no cesan.

Hay pasiones que no cesan.

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Loco perdido

Estoy perdido; perdido por enamorado. Enamorado y perdido.
Perdido en tus labios: rojos, carnosos, jugosos.
Enamorado de ti, de tu voz, tu escencia, tus sonidos. Ese latido ardiente que en tu pecho resuena, llamándome.
Perdido entre tu piel, dulce agonía que bien me mata. Jibia, sedosa y trémula.
Enamorado como un loco, que a grito venturoso, niega su locura.
Perdido por tu cuerpo que decirle bello es poco, porque entre cada curva, yo me vuelvo loco.
Enamorado, perdido y loco.
Estoy de a poco, volviéndome loco, y es mi pensamiento inocuo que no se contiene, que vibra y emana cual torrente volcánico.
Es tu rostro, gema perfecta de mis triunfos y debilidades.
Eres tú mi locura y esta perdición.
Eres tú, mi coincidencia, y mi amor.

Marco de Mendoza.

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Falaz.

Falaz.

«Mi vida toda es como la veo ahora, se dijo Marina una vez más al sentir las caricias de Marco Antonio.
Se acostaron sobre el charco de pétalos desparramados por el polvo como si se acostaran sobre su propia sangre, se revolcaron hasta el amanecer entre las llamas crujientes de la trinitaria como entre serpentinas fulminantes del año nuevo chino, ella le enroscó al cuello las lenguas de papel de seda púrpura de los capullos para divertirlo, para demostrarle cómo era que se hacía el amor en el mundo antes de que él lo convirtiera en un paraíso de nieve de yeso, en un mar que se podía pulir de orilla a orilla en estepas de lapizlázuli.
Esa misma noche la casa de Marco Antonio ardió misteriosamente y no fue hasta varios días después que los encontraron, enterrados debajo de los escombros del patio, amortajados por las trinitarias y sepultados debajo del polvo, crucificados de espinas, florecidos de edemas purpúreos por todo el cuerpo».

-Marina y el león

Rosario Ferré.

Sin jamás y para siempre.

Sin jamás y para siempre.

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Voy a

Entrar en ti, como torrente acuoso y fundirnos.
Poseerte, no solo de cuerpo, alma y mente; también en muerte.
Quiero ser veneno, y el antídoto vehemente que a tu piel conecte, insano, si es preciso.
No busco ser salvo, si es pecado lo que a ti me une.
Quiero todo, porque todo es bueno y si es contigo, yo lo imploro.
Que me una, que me amarre; que sea al astio y que no pare.
¿Por qué amar a medias o de a poco? Si es contigo lo que quiero, que poco es nada y si es nada, no lo quiero.
Voy a meterme a todo. En lo que miras, en lo que tocas, en lo que sientes y también en lo que piensas. Me voy a meter de a poco para que luego, ya de a mucho, ser de todo en ti.
No solo porque quiera, sino porque querrás. Me voy a meter en ti, en tu cuerpo poseído de mí, de esta virilidad que implora y que grita por tu alma toda. Me voy a meter en ti, sin un jamás y con un para siempre.

Marco de Mendoza.

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Pasión criminal.

Pasión criminal.

«La imagen del cuerpo que se disgregaba al tocarlo no se apartó de mí jamás. Entre todos nuestros interrogadores sólo el padre Santillán no se dejó intimidar y aceptó nuestra versión. Dijo que nos tocó asistir al desenlace de un crimen legendario en los anales del pueblo, una venganza de la que nadie había podido confirmar la verdad.
El cadáver deshecho bajo mi tacto era el de una mujer a la que en el s. XVIII administraron un tóxico paralizante. Al abrir los ojos se halló emparedada en un osario. Murió de angustia, de hambre y de sed, sin poder moverse de la silla en que la encontramos ciento cincuenta años después. Era la esposa de un corregidor. Su doble crimen fue tener relaciones con un monje del convento y arrojar a un pozo al niño que nació de esos amores».

-La cautiva

José Emilio Pacheco.