Arbitrio y tortura.

Arbitrio y tortura.

«No pude reprimir un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar através de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. ‘Es completamente inofensivo —dijo mi marido mirándome con marcada inditerencía—. Te acostumbrarás a su compañía y si no lo consigues…’ No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa».

-El huésped

Amparo Dávila.

Desconciertos.

Desconciertos.

«Abatido, desconcertado, tomó el tranvía de regreso. Con aquel infortunado encuentro su habitual inseguridad había crecido a tal punto que no sabía ya si era un hombre o una sombra. Se metió en un bar, pero no en aquel adonde acostumbraba tomar la copa con los amigos, sino en otro donde no lo conocieran. No quería hablar con nadie. Necesitaba estar solo, encontrarse. Bebió varias copas pero no pudo olvidar el encuentro. Su mujer lo esperaba para cenar igual que siempre. No probó bocado. La sensación de ansiedad y de vacio le había llegado al estómago. Aquella noche no pudo acercarse a su mujer, cuando ella se acosto a su lado, ni las siguientes. No podía engañarla. Sentía remordirnientos, disgusto de sí mismo. Quizás a esa misma hora él estaba poseyendo a la hermosa rubia…»

-Final de una lucha

Amparo Dávila.