Imperdonable.

Imperdonable.

«Días después, recibí un sobre recomendado. Al abrirlo me encontré con el libro en blanco. Francesca me lo devolvía, con una pequeña nota en la que decía: ‘Lo regalado no se devuelve’.
Tuve un momento el libro en las manos, admiré nuevamente su forro adamascado y el oro del filo de sus páginas y cuando lo abrí distinguí la pequeña letra cursiva de Álvaro Chocano. Era un poema de apenas diez líneas. ¿Cómo no lo había visto la última vez que lo abrí? Sin duda porque el libro, sin título ni portada, podía abrirse en ambos sentidos.

Contienen todas las penas del mundo
Líbrate de ellos como de una maldición
La de la gitana que desdeñaste en tu infancia
La del amigo que ofendiste un día
Una estatuilla egipcia puede enloquecerse
Un anillo arruinarte
Un libro no escrito conducirte a la muerte.

La lectura de este poema me dejó atónito. Pasé unos días aterrado, sin atreverme a tocar el libro en blanco que dejé sobre mi escritorio».

-El libro en blanco

Julio Ramón Ribeyro.

Arbitrio y tortura.

Arbitrio y tortura.

«No pude reprimir un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar através de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. ‘Es completamente inofensivo —dijo mi marido mirándome con marcada inditerencía—. Te acostumbrarás a su compañía y si no lo consigues…’ No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa».

-El huésped

Amparo Dávila.

Pecados sin perdón.

Pecados sin perdón.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Un plato roto

Álvaro caminaba en dirección opuesta a casa; como tantas otras veces, como casi todos los días en que llegar a casa era complicado. Sacó de su maletín una pequeña cajetilla rojinegra. Encendió un cigarrillo de frambuesa; cosa habitual ante su estrés. Caminaba bajo aquellos casi 40 grados. Los zapatos de piel se calentaban y la baqueta parecia un sartén donde se cocinaban sus pies. Nada de eso tenía importancia. El sudor era ya un antagonista y sus labios resecos buscaban su lengua para humedecer un poco su agonía. Álvaro no quería pensar, estaba agotado, su pensamiento y su juicio tenían ya una lucha constante que debía resolver.
Caminó hasta aquella palapa en el parque, donde acostumbraba ir a a diario, se sentó, y luego de terminar su cigarrillo y de beber el café que le quedaba en el termo, emprendió el camino de nuevo.
Llegó a casa y como era de esperarse, Alejandra no estaba. Subió a su habitación; estaba dejando su maletín cuando escuchó la puerta de entrada. Era Alejandra que recién llegaba. Bajó, le pidió algo. Ella respondió que luego. Álvaro sintió que la sangre hervía en su interior. Él, acostumbrado a tener el control, a dirigirlo todo, se sintió anulado. Venía de un pesado día en el trabajo; agotado, fastidiado, confundido. Ella solo había resuelto responder sin pensar mucho. Todo se complicó. El reloj parecía no avanzar, su tic-tac sonaba como un pesado hierro siendo golpeado. El viento se tornó helado, los ojos de Alejandra reflejaron resentimiento y miedo. La respiración agitada se intensificó, los latidos del corazón se volcaron, taquicardias. El sudor volaba agitado, la fuerza, el dolor, llanto, gritos. Un plato roto.
Álvaro reza incado frente a un cristo vejado, pide por si mismo. Se cree arrepentido e implora perdón. Sabe que se equivocó, que nunca quiso hacerlo, pero ya nadie lo escucha. Ni siquiera ese dios al que le reza. Hasta Él se olvido de Álvaro, después de que en aquel ataque de ira, tantas otras veces reprimido, asesinara a Alejandra.

Marco de Mendoza.

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Ave rapaz.

Ave rapaz.

• MINIFICCIÓN •

VORAZ

LORENZO RUBIO

“¿Es que no tuviste bastante con la bronca de ayer?». Él encuentra la reprimenda entre las sábanas, la dobla palabra por palabra y se la traga. Debajo de la cama ve un «Me la pagarás». Lo ingiere, sin masticar. Abre el cajón de la mesita de ella. Allí su esposa acumula los insultos que recibe. Los devora empezando por los más hirientes. En la cocina, entre las sartenes saca otro puño de amenazas y se las come también. Engulle las pullas escondidas bajo los muebles. Y, cuando ya se ha tragado todos sus reproches, llama arrepentido a su mujer para implorarle que vuelva a casa.