Miedo cegador.

Miedo cegador.

«Yo no sé lo qué sentiría mi madre realmente. Ni unos ni otros nos habían hecho mucho daño, salvo por lo que se llevaban los alzados. Por otro lado, mis hermanos estaban con éstos, que cada vez eran más numerosos. Nadie sabía cuántos eran. Pero sabíamos que eran cada vez más bravos. Todavía pedían, no robaban, pero ya ustedes saben lo que es pedir con escopeta. ¿Quién iba a negarles nada? Y menos que nada, un buche de café, que a nadie se le niega. Así llegamos a la aparición de aquellos cinco. Cada uno traía un arma: rifles, unos más cortos, otros más largos, salvo uno, el jefe, que traía una ametralladora de mano y una barba más tupida que la de los otros. No subían del pueblo ni bajaban de las lomas. Venían de otra parte y, al parecer, huyendo. Sabíamos que la candela se iba animando por allí».

-Un buchito de café

Lino Novás Calvo.

Cuando el futuro nos alcance.

Cuando el futuro nos alcance.

• SERIALES •

TRIBUS DE EUROPA
T.1 E.5

Varvara (Melika Foroutan):
—Eres mi propiedad, Kiano, mi juguete, ¿por qué te dejaría ir?

Kiano (Emilio Sakraya):
—Porque quiero ser libre

Varvara (Melika Foroutan):
—Solo la muerte libera a los Cuervos

Kiano (Emilio Sakraya):
—Quiero convertirme en uno

Varvara (Melika Foroutan):
—¿Qué distingue a un cuervo?

Kiano (Emilio Sakraya):
—Fuerza, honor…

Varvara (Melika Foroutan)
—¿Fuerza, honor?

Kiano (Emilio Sakraya):
—Y la disposición a matar.

Varvara (Melika Foroutan):
—Bien.
Pero, ¿qué le falta, Bozies?

Bozies (Varios):
—La disposición a morir

Varvara (Melika Foroutan):
—¿Tienen miedo de morir, Bozies?

Bozies (Varios):
—¡No, Lord Varvara!

Varvara (Melika Foroutan):
—Pero tú sí, Kiano. Tú tienes miedo de morir.

Ave rapaz.

Ave rapaz.

• MINIFICCIÓN •

VORAZ

LORENZO RUBIO

“¿Es que no tuviste bastante con la bronca de ayer?». Él encuentra la reprimenda entre las sábanas, la dobla palabra por palabra y se la traga. Debajo de la cama ve un «Me la pagarás». Lo ingiere, sin masticar. Abre el cajón de la mesita de ella. Allí su esposa acumula los insultos que recibe. Los devora empezando por los más hirientes. En la cocina, entre las sartenes saca otro puño de amenazas y se las come también. Engulle las pullas escondidas bajo los muebles. Y, cuando ya se ha tragado todos sus reproches, llama arrepentido a su mujer para implorarle que vuelva a casa.