Barrunto.

Barrunto.

«Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir».

-Una señora

José Donoso

MIS INSTINTOS SOBRE TI.

MIS INSTINTOS SOBRE TI.

MINIFICCIÓN

MAPA DE CALOR

VICTOR M. SANGUINO MATEOS

Desde una viga del techo, los ojos del mosquito trazan el mapa de calor de tu cuerpo, desnudo en la noche de agosto. Como los míos, recorren cada trozo de tu piel, sudorosa y brillante en la penumbra de la ventana abierta. Sé que irá a por ti, y espero con media sonrisa y la mano dispuesta. El zumbido crece, y sobre tu piel, donde el cristal refleja un sendero de luz de luna, veo una sombra negra que antes no estaba. Con un sonoro manotazo, lo espachurro sobre tu cadera. Tú entreabres los ojos, sonriendo, para decirme: “Hmmm, ¿es que no tuviste bastante?”.

IMPLOSIVO.

IMPLOSIVO.

DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

NACER

Cruza el umbral. Cadencioso, escandaloso.
Viene al compás de sonidos de guerra, y de un tajo, la luz le encuentra, le absorta.
Brillos de luz, atenta mirada. Latidos sonoros.
Palpita ansiedad; dos almas, es su encuentro, es pasión. Es llanto.
Todo viene, o va, no sé.
Grita confusión, explicación.
Vibra en sentimiento poderoso, inusual.
Los bordes del camino allanaron su dolorosa llegada.
Más no por esto es conmiseración, es gloria. La dicha es grande y es suya.
Ha nacido, es nacer.
Todos lloran, todos gritan. Es felicidad que explota, es bendito, poderoso.
No es inmune y lo parece; pero es fuerte, y ha nacido. Es nacer.

🍸

Bravata.

Bravata.

• MINIFICCIÓN •

IMPACIENCIA

FERNANDO MORANTE

Era nuestro sueño, estar siempre juntos. No separarnos jamás. Sin embargo he de decirte que desde que paso aquello, tu actitud me disgusta. La veo del todo inconveniente y algo indecorosa. Sin ir más lejos, la semana pasada rompiste los frenos de mi coche, hace dos días echaste lejía en mi botella de agua y hoy has aflojado los tornillos de la barandilla del balcón. Es cierto, te prometí estar siempre juntos, pero yo no tengo la culpa de que tú fallecieras primero. No seas impaciente.

Jindama.

Jindama.

«Cuando mi corazón dejo de martillear, me dije con firmeza que no había de qué asustarse.
Volvieron a llamar a la puerta, atravesé la habitación con firmes zancadas y la abrí.
Envuelto por el resplandor del crepúsculo, un hombre alto me miraba con aspecto malvado y un destornillador en la mano. No soy un hombre valiente. Me di la vuelta, grité y salí corriendo.
Meterme corriendo a la casa era la mayor estupidez, porque la única salida de aquella tumba subterránea, era la puerta principal.
Cerré de un portazo la puerta de la cocina y me apoyé contra ella. Todavía gritando. Luego mi mente sembrada de pánico reparó en que me encontraba bajo la luz del sol que provenía de la claraboya tubular.
De un pronto me aleje de la puerta y salte sobre una silla, me lancé a la claraboya y comencé a trepar hacía la salida. Me sentí vagamente esperanzado. Empecé a pedir ayuda a gritos. Debajo de mi, el hombre del destornillador gritaba.
Y luego vino la guinda al horror. Dos manos me agarraron los tobillos y empezaron a tirar de ellos. Estaba perfectamente atascado y no era fácil moverme, pero descendía poco a poco. Apreté las paredes de la claraboya con los codos y seguí gritando.
No era un hombre feliz. La tan temida resignación emergió en mí y dejé de pelear. Esperé a que me atravezara con el destornillador…
—Qué coño está pasando? —empezó Bucko, y luego, tras recordar que estaba fuera de toda duda la existencia de conductas extrañas en Coober Pedy, renunció a esperar una respuesta.
Señaló al hombre del destornilador —Este es Bob (dijo Bucko). Ha venido a arreglar el calentador».

-Muerte blanca
Kenneth Cook.