Claroscuros.

Claroscuros.

«A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos».

Lope de Vega.

Minientrada

Minificción Número 50.

• MINIFICCIÓN •

Premonición.

Jorge Timossi

La novia ajustó la falda de su largo vestido blanco, compuso el tul que descendía de la cabeza a los pies, puso su corazón sobre la silla vacía, colocó una mano en el respaldo, sonrió como quien no se hace ilusiones, y así posó para la foto más premonitoria de su vida.

Masquerade.

Masquerade.

«La luz de esa mirada dichosa en los ojos de Shirley perturbaba su mente como si hubiese visto directamente un foco encendido. Apenas recalaba en un instante de relajo, cuando nadie le solicitaba nada ni tenía nada que guardar o sacar de los archivos, se sorprendía pensando en ella, y hasta sentía que la había conocido realmente. Peor aún, sentía como si empezara a enamorarse de ella. Le había ocurrido antes, pero con personas vivas, obviamente».

El retrato.

Dante Bobadilla.

Reverberación.

Reverberación.

«Cuando encontró la fotografía en una de sus viejas libretas de apuntes se dio cuenta de que el deseo era un camino hacia la nada y de que sus intentos por retener a Sofía se habían esfumado. Quizá ella era tan sólo un fantasma o una ilusión, el hechizo que fue posible gracias al obturador y el diafragma al capturar un instante».

El castillo de Atlante.

Jesús Gibrán Alvarado Torres.

Phantasmagoria.

Phantasmagoria.

«La plancha sensibilizada había copiado una especie de gasa flotante que cruzó en dirección a los cielos, cuya presencia hizo estremecer suave y misteriosamente el organismo del fotógrafo, cual si una nube de mentol lo rodeara; y contemplando en la cámara oscura una imagen incolora, sufrió el vértigo de la dicha, el miedo, la sorpresa, la desesperación, todo junto y mezclado, articulando en el colmo de la confusión: — ¡Pálida!… ¡Pero es ella!… ¡Dios mío, creo en ti…!».

¡Pálida!… ¡Pero es ella!…

Clorinda Matto de Turner.

Ergo.

Ergo.

«[… ] creo que si un hombre viviera su vida de manera total y completa, si diera forma a todo sentimiento, expresión a todo pensamiento, realidad a todo sueño…, creo que el mundo recibiría tal empujón de alegría que olvidaríamos todas las enfermedades del medievalismo y regresaríamos al ideal heleno; puede que incluso a algo más delicado, más rico que el ideal heleno. Pero hasta el más valiente de nosotros tiene miedo de sí mismo. La mutilación del salvaje encuentra su trágica supervivencia en la autorrenuncia que desfigura nuestra vida. Se nos castiga por nuestras negativas. Todos los impulsos que nos esforzamos por estrangular se multiplican en la mente y nos envenenan. Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado de su pecado, porque la acción es un modo de purificación. Después no queda nada, excepto el recuerdo de un placer o la voluptuosidad de un remordimiento. La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y sólo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados. Usted, señor Gray, usted mismo, todavía con las rosas rojas de la juventud y las blancas de la infancia, ha tenido pasiones que le han hecho asustarse, pensamientos que le han llenado de terror, sueños y momentos de vigilia cuyo simple recuerdo puede teñirle las mejillas de verguenza…».

-El retrato de Dorian Gray

Oscar Wilde.