Liviandad.

Liviandad.

«Acevedo tomó a Juana por la cintura, apretándola. En la calle una bocina atravesó la noche, y la muchacha, aterrada, luchó por desprenderse. Pero sólo un segundo. Después, viendo que un hilillo de luz partía el rostro de Juan como una herida, acarició esa herida. Él con su mano grande y caliente y engrasada, hurgó en el escote de Juana. Ella lo sintió duro y peligroso apretado contra su cuerpo, y tuvo miedo otra vez.
—No, no, por favor…
—Ya, pues, Juana, no sea tonta.
No le dijo tocaya. Se desprendió con violencia y volvió al mesón. Desde allí escuchó cómo Juan orinaba».

-Tocayos

José Donoso.

Vaticinio furtivo.

Vaticinio furtivo.

«Lo mejor sería que se llevara a su papá de este lugar, le dice una de las mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo, dice. La mujer le mete la mano por debajo de la camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B. ¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?, dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me largaría. B sonríe y la mira a los ojos por primera vez: vente con nosotros, le dice mientras bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca, dice la mujer».

-Últimos atardeceres en la tierra (Putas asesinas).

Roberto Bolaño

Imperfectos compartidos.

Imperfectos compartidos.

• SERIALES •

YOU

2a. Temporada

Delilah Alves (Shay Mitchell):

—¿Cuál fue tu primera impresión de mí? Sé sincero.

Joe Bettelheim (Pen Badgley):

(—No seas sincero— )
—Parecías buena persona.

Delilah Alves (Shay Mitchell):

—Ja, ja, ja ok, ¡qué mentiroso!
—Enjuágate la boca he intenta otra vez, di la verdad.

Joe Bettelheim (Pen Badgley):

(—Ok, aquí vamos—)
—Parecías triste. Por el peso que llevas sobre los hombros, es mucho. Y tengo la mala costumbre de intentar arreglar a la gente. Por eso lo del antipático Neoyorkino. Lo lamento.

Delilah Alves (Shay Mitchell):

—Hey, deja de disculparte.

Joe Bettelheim (Pen Badgley):

—¿Te sigo pareciendo un tipo raro?

Delailah Alves (Shay Mitchell):

—Siempre confío en la primera impresión. El asunto es que… me gustan los raros.

Joe Bettelheim (Pen Badgley):

—Los dañados se atraen.

Delailah Alves (Shay Mitchell):

—Todo el tiempo.

Ergo.

Ergo.

«[… ] creo que si un hombre viviera su vida de manera total y completa, si diera forma a todo sentimiento, expresión a todo pensamiento, realidad a todo sueño…, creo que el mundo recibiría tal empujón de alegría que olvidaríamos todas las enfermedades del medievalismo y regresaríamos al ideal heleno; puede que incluso a algo más delicado, más rico que el ideal heleno. Pero hasta el más valiente de nosotros tiene miedo de sí mismo. La mutilación del salvaje encuentra su trágica supervivencia en la autorrenuncia que desfigura nuestra vida. Se nos castiga por nuestras negativas. Todos los impulsos que nos esforzamos por estrangular se multiplican en la mente y nos envenenan. Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado de su pecado, porque la acción es un modo de purificación. Después no queda nada, excepto el recuerdo de un placer o la voluptuosidad de un remordimiento. La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y sólo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados. Usted, señor Gray, usted mismo, todavía con las rosas rojas de la juventud y las blancas de la infancia, ha tenido pasiones que le han hecho asustarse, pensamientos que le han llenado de terror, sueños y momentos de vigilia cuyo simple recuerdo puede teñirle las mejillas de verguenza…».

-El retrato de Dorian Gray

Oscar Wilde.

Nimbo dopamina.

Nimbo dopamina.

«Estaban muy cerca. Soledad se habia sentado en el sofá, junto a él, para colocarle la bolsa en la mano. Podía olerle. Un tufo metálico a sangre y, por de bajo, el poderoso aroma de su carne. Un olor caliente, almizclado, masculino. Le miró sintiéndose pequeña y perdida. Esos ojos color caramelo ardiendo bajo las gruesas cejas, esa melena negra nimbando su rostro de piel blanca. Le deseaba, pero no debía. Se sentía caer fatalmente hacia él, pero era una locura. Y, sin embargo, podía. Era un gigoló, maldita sea. No tenía ni que preguntarse si él estaría dispuesto. Bastaba con que se inclinara y le comiera la boca. Sin embargo, Soledad era incapaz de moverse. Estaba paralizada. Abrazándose y convertida en piedra.
Entonces Adam alargo la mano y le pasó el canto del dedo índice por la mejilla. De arriba abajo, muy despacio. Después acarició con el pulgar sus labios y los entreabrió y metió el dedo dentro. El cuerpo de soledad perdio el esqueleto de repente, toda ella se ablandó, se licuó, se deshizo. Ni un solo hueso le quedaba. El gigoló agarró su nuca con la mano abierta, esa mano que sujetaba poderosamente la cabeza de la mujer, y la atrajo hacia sí. Muy cerca ya, a punto de caer en su boca, Soledad se detuvo».

-La carne

Rosa Montero.