Amor Millennial.

Amor Millennial.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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🐦 EL OTRO PAJARITO🐦

Borrar las fotos del celular, esperando que se borren también las memorias. #AmorMillennial.

@coffuelled

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¡Lo terrible no es la llegada de la muerte, sino el adiós a la vida!¹

¡Lo terrible no es la llegada de la muerte, sino el adiós a la vida!¹

«Alguien me arrastra.
      La pena me arranca lágrimas que dejan surcos blancos.
      ¡Por favor!, suplico. Y, al abrir la boca, los dientes se clavan en el suelo y pierdo la mandíbula. Manos, orejas se desprenden de mi cuerpo como terrones secos. Es como si fuera desarmándome a cada paso. No hay dolor, pero siguen arrastrándome. Huelo un aliento espantoso y no necesito adivinar de quién es. Ella me suelta y apunta hacia mí con un dedo mugroso, uñas más negras que la noche de la Muerte.
      Tenía muchos sueños por cumplir, pienso. No es justo.
      
Mi pecho se abre y el corazón se me cae como una manzana podrida.
      La Muerte ríe. Tanto, que el universo —o donde fuese que estoy— retumba como el rugir de una tormenta.
      Una tormenta que ahora se apaga, más y más en la Noche infinita».

El secreto de Morfeo.

Víctor Coviello.

¹ Maurice Maeterlinck.

Literalidades.

Literalidades.

• MINIFICCIÓN •

Nuestras conversaciones ajenas.

Alfredo Beltrán León

Un día antes, estos dos amantes, habían estado debatiendo sobre la máxima: «Los libros no se prestan». Uno, arraigado, daba fe. El otro, retorcido y medio maldito, declaraba algo así como que los libros son como el amor, los sentimientos o las bendiciones –alguna de esas–, que de nada sirven en los estantes —la gente de a pie, una vez que terminamos un libro y lo guardamos, rara vez lo volvemos a tocar, a menos que tu oficio lo requiera –ya sea consulta– o sea una edición de colección; difícilmente volvemos a la misma obra, no soy un erudito —sentenciaba. —Y ahí se quedan los libros guardados en las estanterías. Si una lectura puede tocar a otros, que lo haga, como debe hacerse con todo lo bueno de este mundo. Cuando presto un libro y me lo regresan –porque nunca faltarán los amigos bien nacidos– lo vuelvo a prestar, con la esperanza de que toque a todos los posibles. ¿De qué sirven los libros guardados? —Retorizaba imaginando el laurel en su frente. —El otro, formal y no retorcido –no de esa forma–, no daría su brazo a torcer, siguió atesorando su máxima con ahínco, aunque guardó silencio, como todo aquel que otorga.

Día de por medio.

En los últimos tiempos no eran muy esmerados en sus saludos. El aspirante a maldito le arrojó la pregunta en seco:

—¿Qué anduvo leyendo hoy? —Esperaba que le dijera que alguno de los cuentos que le había mandado.

—Novela. De hecho algo super jotdog con lo de ayer de prestar libros y eso…

De una especie de inflexión y con la voz de su pensamiento, como quien sueña despierto otorgó:

—Los libros no se van a quedar atrás, han adquirido la habilidad de escuchar conversaciones ajenas, y a gusto, aparecen en tus lecturas.

—Ora, ora, pinshi Mark Zucandinsky.

—Pinche ficción ésta en la que vivimos —dijo el vicario de sus letras, como intentando abrumarlo todo, a él, al otro, la realidad, la ficción, la meta, lo que está más allá —¿Quieres despertar?

–Por ahora no —respondió el otro sin rastro de bruma en su alma.

—¿Te gusta más el otro lado?

—No sé, no lo visito con regularidad. He pasado la mayor parte de mi vida acá.

Cosa que el autodenominado acomodador de letras aprovechó. Lo reunió todo en el símbolo de número, que sirve para jugar al gato y que ahora llaman hashtag: #enaburrida

—¿Te agüitas si te ficciono? —sonrió para sí.

—Nunca.

Sin excusas.

Sin excusas.

«La excusa que se dio a sí mismo para probarlo fue lastimosamente tópica. Algo así como que, llegado a cierto punto, todo creador necesita desarrollar sus facultades parapsicológicas si quiere ir aún más allá. ¡Qué grandes performances habría creado si pudiera leer la mente del público! La retroalimentación perfecta, el bucle divino…»

El performance de la muerte.

José Miguel Sanchez Gomez.

Hasta que el sol se escape con la luna.

Hasta que el sol se escape con la luna.

«En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de treinta y cinco años, con un hijo, Roscoe, de catorce. En los primeros días de su matrimonio Benjamín había sentido adoración por ella. Pero, con los años su cabellera color miel se volvió castaña, vulgar, y el esmalte azul de sus ojos adquirió el aspecto de la loza barata. Además, y por encima de todo, Hildegarde había ido moderando sus costumbres, demasiado plácida, demasiado satisfecha, demasiado anémica en sus manifestaciones de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios. Cuando eran novios ella era la que arrastraba a Benjamín a bailes y cenas; pero ahora era al contrario. Hildegarde lo acompañaba siempre en sociedad, pero sin entusiasmo, consumida ya por esa sempiterna inercia que da miedo y que viene a vivir un día con nosotros y se queda a nuestro lado hasta el final».

-El extraño caso de Benjamin Button

F. Scott Fitzgerald.