Guerra entre hermanos.

Guerra entre hermanos.

• SERIALES •

Vikingos

Donal Logue (Rey Horik):

Esperaremos a ese demonio traicionero, y también a tu hermano. Salvo que Rollo te haya dicho otra cosa.

Travis Fimmel (Ragnar Lothbrok):

No, Rey Horik. No he tenido noticias de mi hermano, pero aún creo en mi corazón que no me traicionará, por que no tiene motivos.

Gustaf Skarsgård (Floki):

¿Quién necesita un motivo para la traición? Uno siempre debe pensar lo peor Ragnar, hasta de su propia familia. De esa manera, evitas muchas decepciones en la vida.

Vivalavirgen.

Vivalavirgen.

«Es que no se puede vivir aquí. Te lo digo en serio. Yo no quiero servir ni a Dios ni al diablo: quiero quemar los dos cabos. Y aquí no puedes, Claudia. Si solo quieres vivir, eres un traidor en potencia; aquí te obligan a servir, a tomar posiciones, es un país sin libertad de ser uno mismo. No quiero ser gente decente. No quiero ser cortés, mentiroso, muy macho, lambiscón, fino y sutil. Como México no hay dos… por fortuna. No quiero seguir de burdel en burdel. Luego, para toda la vida, tienes que tratar a las mujeres con un sentimentalismo brutal y dominante, porque nunca llegaste a entenderlas. No quiero».

Un alma pura.

Carlos Fuentes.

Valevergas.

Valevergas.

«En los últimos años, sin embargo, se había visto obligado a hacer sus paseos por la casa con más cautela, ya que los huecos que perforaban los pisos eran cada vez más numerosos, pudiéndose ver, al fondo abismal de los mismos, el corral de gallinas y puercos que la necesidad le obligaba a criar en los sótanos. A pesar de estas desventajas, a don Lorenzo jamás se le hubiese ocurrido vender su casa o su hacienda. Como la zorra del cuento, se encontraba convencido de que un hombre podía vender su piel, su pezuña y hasta sus ojos, pero que la tierra, como el corazón, jamás se vende».

El cuento envenenado.

Rosario Ferré. 

Minientrada

Esquivez.

• MINIFICCIÓN •

Acuse de recibo

José Manuel Dorrego

Había escrito cien veces: Te quiero. Escribió con trazo firme, caligráfico. Con esa paciencia y minuciosidad que ponen los náufragos en todo lo que emprenden, intuyendo que, probablemente, cuanto les queda es todo un pasado por delante. Escribió un «te quiero» por hoja, una botella por papel, un mensaje por botella: cien botellas en total. La respuesta llegó dos meses después arrastrada por las olas hasta la orilla, dentro de otra botella. El mensaje era claro, conciso, breve y letal: No insistas, decía.