Take your time.¹

Take your time.¹

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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AFORISMOS


Se dice mucho: «Éramos felices, y no lo sabíamos».

Tal vez ahora mismos estamos gestando nuestros momentos felices de mañana y no lo sabemos…


Alfredo Beltrán León

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¹ Lo leí en una taza.

Literalidades.

Literalidades.

• MINIFICCIÓN •

Nuestras conversaciones ajenas.

Alfredo Beltrán León

Un día antes, estos dos amantes, habían estado debatiendo sobre la máxima: «Los libros no se prestan». Uno, arraigado, daba fe. El otro, retorcido y medio maldito, declaraba algo así como que los libros son como el amor, los sentimientos o las bendiciones –alguna de esas–, que de nada sirven en los estantes —la gente de a pie, una vez que terminamos un libro y lo guardamos, rara vez lo volvemos a tocar, a menos que tu oficio lo requiera –ya sea consulta– o sea una edición de colección; difícilmente volvemos a la misma obra, no soy un erudito —sentenciaba. —Y ahí se quedan los libros guardados en las estanterías. Si una lectura puede tocar a otros, que lo haga, como debe hacerse con todo lo bueno de este mundo. Cuando presto un libro y me lo regresan –porque nunca faltarán los amigos bien nacidos– lo vuelvo a prestar, con la esperanza de que toque a todos los posibles. ¿De qué sirven los libros guardados? —Retorizaba imaginando el laurel en su frente. —El otro, formal y no retorcido –no de esa forma–, no daría su brazo a torcer, siguió atesorando su máxima con ahínco, aunque guardó silencio, como todo aquel que otorga.

Día de por medio.

En los últimos tiempos no eran muy esmerados en sus saludos. El aspirante a maldito le arrojó la pregunta en seco:

—¿Qué anduvo leyendo hoy? —Esperaba que le dijera que alguno de los cuentos que le había mandado.

—Novela. De hecho algo super jotdog con lo de ayer de prestar libros y eso…

De una especie de inflexión y con la voz de su pensamiento, como quien sueña despierto otorgó:

—Los libros no se van a quedar atrás, han adquirido la habilidad de escuchar conversaciones ajenas, y a gusto, aparecen en tus lecturas.

—Ora, ora, pinshi Mark Zucandinsky.

—Pinche ficción ésta en la que vivimos —dijo el vicario de sus letras, como intentando abrumarlo todo, a él, al otro, la realidad, la ficción, la meta, lo que está más allá —¿Quieres despertar?

–Por ahora no —respondió el otro sin rastro de bruma en su alma.

—¿Te gusta más el otro lado?

—No sé, no lo visito con regularidad. He pasado la mayor parte de mi vida acá.

Cosa que el autodenominado acomodador de letras aprovechó. Lo reunió todo en el símbolo de número, que sirve para jugar al gato y que ahora llaman hashtag: #enaburrida

—¿Te agüitas si te ficciono? —sonrió para sí.

—Nunca.

Crear.

Crear.

• MINIFICCIÓN •

La caja de cerillas.

Genaro Estrada

Yo me siento orgulloso con mi caja de cerillas, que guardo celosamente en un bolsillo de mi chaqueta.
Cuando saco mi caja de cerillas, siento que soy un minúsculo Jehová, a cuya voluntad se hace la luz en toda mi alcoba, que un minuto antes estaba en tinieblas, como el mismo mundo, hace muchísimos años.

Un bicho arrinconado.

Un bicho arrinconado.

«Era tal la naturaleza de su labio superior, leporino, que el beso de este con sus fosas nasales le hacía creer que ambos cumplían un papel igual de importante en su existencia. Después su madre insistió en pagar una operación para él y, sin poder objetar le fue arrebatado ese pequeño vínculo encarnado entre el respirar y el contacto con su boca se sintió ofuscado por mucho tiempo, pero solo contaba con diez años de edad. A partir de eso debió reconfigurar su visión del mundo y otorgarle a sus labios una personalidad autónoma que nuevamente tuviera cabida en lo cotidiano».

La precaria verdad de un hombre y su labio.

Isabel Hion.

El revés del Bien.

El revés del Bien.

«Eugenia se cubría el rostro con las manos. Lloraba. A don Cosme se le hizo un nudo en la boca del estómago. ¿Cómo era posible? Vio ese cuerpo pequeño, magullado, sucio por el sudor y por la sangre. Los golpes no sólo eran de su violador, seguramente también eran de la turba, que la había castigado por dejarse mancillar. Quería tirar se al suelo, decirle: “Mi pobre niña”, limpiarle las heridas con sus besos, pasarle la lengua por la piel como otras veces».

La turba.

Hernán Arturo Ruiz.

Una exclamación permitida.

Una exclamación permitida.

«Comienzas a marchar ajeno a tus pasos, entre la gente eufórica por la navidad, por otro año venidero. Te extraña que se festeje el paso del tiempo por que en el fondo tú te sientes atrapado en un eterno presente. Crees que la vida pasa en un instante y que vivir es recordarla solamente».

Ocre sobre el presente.

Muamar Kadafy.