Palabras que se desprenden I.

Palabras que se desprenden I.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Pócima

Existen palabras tan generosas que no les molesta desprenderse de algunos de sus fonemas, para así evolucionar; es el caso de pócima, que es la aféresis de apócima, procedente del latín apozema, a su vez préstamo del griego antiguo, compuesto de ἀπό, ‘lejos de’ y ζέμα, ‘cocción’. Así, en la actualidad llamamos pócima a aquel cocimiento de materias vegetales que puede fungir como medicamento.

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«—¿Cómo podré matarle? —respondió Makamuk—. Su medicina me impedirá hacerlo.
Subienkow no perdió mucho tiempo mientras reunía los ingredientes para su pócima. Seleccionó todo lo que le vino a las manos: agujas de abeto, cortezas de sauce, un trozo de corteza de abedul y unas bayas que hizo extraer de la tierra a los cazadores después de limpiar el terreno de nieve. Recogió por último unas cuantas raíces heladas y regresó al campamento».

El burlado, Jack London.

Alfredo Beltrán León.

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RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Abortargar.

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• MINIFICCIÓN •

Del alquimista.

Eliseo Diego

Saben positivamente, los que de tales cosas entienden, que en la ciudad de Aquisgrán, y a fines de la Edad Media, un judío alquimista halló el secreto de no envejecerse. Fortalecido por su pócima, que le permitiría vivir en todo vigor ciento cincuenta años más que el común de los hombres, dedicó la plenitud de sus días a buscar el secreto de no morirse. Dicen que lo halló, y que desde entonces, oculto en su oscura covacha, tropezado de telarañas y surcado de grueso sudor, busca aquel veneno poderoso sobre todos que le permita, al desgraciado, morirse.

Elige tu veneno.

Elige tu veneno.

«Detrás de cada cosa, de cada acto, de cada intención hay un símbolo oculto.».

Armonía Somers.

Jaime Baldrige

Jugando con Arsénico

En la mañana Trotsky
Jaime Baldrige

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Patrón de Monstruosidad
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Órbitas en Rápida Decadencia
Jaime Baldrige

El veneno es veneno aunque venga en píldoras doradas.

El veneno es veneno aunque venga en píldoras doradas.

«No hay duda, sin embargo, de que el veneno que usaba era la estricnina. En uno de los hermosos anillos que tanto lo enorgullecían, y que le servían para ostentar el fino modelado de sus manos marfileñas, acostumbraba llevar cristales de la nux vomita india, un veneno –nos dice uno de sus biógrafos– ‘casi insípido, y capaz de una disolución casi infinita’. Sus asesinatos, dice De Quincey, fueron más de los que se dieron a conocer judicialmente».

Pluma, lápiz y veneno,
Oscar Wilde.

El miedo es un veneno que se convierte en costumbre.

El miedo es un veneno que se convierte en costumbre.

«Según doña Amparo, esa serpiente era nada más y nada menos que la cincóatl, una víbora que se mete a las casas de las mujeres que amamantan a sus hijos para robarles la leche. El animal visita por las noches a las madres y suelta un veneno o hedor que las adormece para poder quitarles el líquido hasta dejarlas sin nada. En su pueblo se dice que incluso han visto casos en que la cincóatl deja que los niños jueguen con su cola mientras ella bebe la leche».

La cincóatl, Itzel Espinosa Fuentes.

Poco veneno, si mata.

Poco veneno, si mata.

«—La nicotina sí mata.
La voz de mujer venía suavemente al aire, se deslizaba de un balcón al otro, al suyo, y Emiliano la oía, sorprendido, en medio de los golpes lejanos del mar.
—Hay que darla con cuidado, mezclarla suavemente con algún trago, tal vez champaña».

Lola, o los cómplices involuntarios,
Emilio Carballido.

Sobre Mafufadas.

Sobre Mafufadas.

«—¡Dichoso cartero! ¿Qué puede haberle ocurrido? —exclamó Beatrice— Deja estas cosas por ahí, querido.
—¿Dónde las quieres?
Ella Levantó la cabeza y sonriéndome con su modo suave y burlón, dijo:
—Tonto. En cualquier sitio.
Pero sabía que tal lugar no existía para ella, y habría preferido quedarme durante meses sosteniendo la botella de licor y los pasteles, antes que arriesgarme a producir el más ligero sobresalto a su exquisito sentido del orden».

Veneno, Katherine Mansfield.

Castro.

Castro.

«El trueno les recordó que debían volver a casa. Los páucares chismosos anunciaron desde sus nidos colgantes que dos hombres regresaban por donde vinieron. Antes de ascender a la cresta, Crisóstomo volteó a mirar el sitio donde quedaba abierto el cuerpo de la víbora. Pero ya no estaba allí el animal despanzurrado por el cuchillo del cazador: en su lugar se hallaba tendido un cuerpo humano, abierto por un tajo que bajaba desde la barbilla hasta el pubis, exhibiendo sus entrañas bajo el haz de luz que se filtraba en el claro del bosque.

Las hormigas anayo comenzaban a dar buena cuenta de él. Era sólo un pobre infeliz con su mismo rostro: el rostro de Crisóstomo».

Shushupe.

Dante Castro.