Voy a tu encuentro.

Voy a tu encuentro.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Lo negro de la noche

[…] Caminaba sobre la acera, de frente, una higuera enorme posteaba el siguiente cruce; obscuro, incluso tétrico. Maullé, como a la espera de algo o de nada.

Apareciste. Con una sonrisa tímida entre lágrimas que desconocí. No me gustan las tristezas. Es mejor sonreír. Caminé sobre el filo de la acera en sentido contrario a ti. No me seguiste más que con la mirada. Maullé. Fuiste tres pasos adelante y nos miramos. Fijos. Seguías llorando, leve, suspirante. Me eche debajo de un faro tenue, casi muerto de luz. Me mirabas mientras limpiabas una lágrima extensa que derramaste rota. Fuiste entonces hasta mí, y al tocarme, desapareciste…

Un gato es un portal hacia una luz incomparable, incomprendida. Hay almas que se pierden y se buscan, que se tintinean entre este plano y los otros. Un gato es testigo, encuentro. Un gato soy yo, y maúllo cada noche buscando almas perdidas que necesitan consuelo y buen encuentro…

Marco de Mendoza

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Caer en la tierra.

Caer en la tierra.

«Una sonrisa curiosa asomó a los labios de mi padre. Acariciándome los rebeldes cabellos, quiso saber qué le pediría yo al hada. No tenía por qué ocultárselo. Él era como una casa grande donde yo podía vivir seguro y feliz. Una casa en la que yo podía hablar en voz alta. Se lo dije:
—Le pediré primero que me cuente cuentos todos los días; que pueda llegar tarde a la escuela los días son sol; que se me aparezca mi ángel de la guarda y juegue conmigo y con mis amigos a ‘la roña’; que no le tenga miedo a la oscuridad; que nunca me lleve un robachicos; que conozca yo a una princesa y que un día sea tan alto como tú».

Se solicita un hada,
Edmundo Valadés.

Abortargar.

Abortargar.

• MINIFICCIÓN •

Del alquimista.

Eliseo Diego

Saben positivamente, los que de tales cosas entienden, que en la ciudad de Aquisgrán, y a fines de la Edad Media, un judío alquimista halló el secreto de no envejecerse. Fortalecido por su pócima, que le permitiría vivir en todo vigor ciento cincuenta años más que el común de los hombres, dedicó la plenitud de sus días a buscar el secreto de no morirse. Dicen que lo halló, y que desde entonces, oculto en su oscura covacha, tropezado de telarañas y surcado de grueso sudor, busca aquel veneno poderoso sobre todos que le permita, al desgraciado, morirse.

Sobre Fumadas.

Sobre Fumadas.

«“He soñado con pájaros esta noche”, pensaba Linda. ¿Qué era? Lo había olvidado. Pero lo extraño en esta vida de los objetos, era lo que hacían. Escuchaban, parecían inflarse con un regocijo misterioso e importante; se dilataban y entonces Linda les sentía sonreír. Pero no era para ella sola esa sonrisa astuta, misteriosa; miembros de una sociedad secreta, ellos sonreían entre sí. A veces, cuando se había dormido durante el día, se despertaba sin poder levantar un dedo, ni aun volver los ojos a derecha e izquierda, porque ellos estaban allí. Otras veces, si ella salía de una habitación dejándola vacía, sabía que al ruido del portazo ellos la ocuparían. Y había momentos, por ejemplo, durante la noche, cuando ella subía, dejando abajo a todo el mundo, en que apenas le era posible escaparse de ellos. Entonces no podía apresurarse, no podía tararear una música. Si trataba de decir de la manera más desenvuelta: “¿dónde estará ese dedal viejo?”, ellos no se equivocaban, ellos conocían su miedo, ellos veían cómo volvía la cabeza al pasar delante del espejo. Linda sentía siempre que ellos querían algo de ella y sabía que si se abandonaba y se quedaba tranquila, más que tranquila, silenciosa, inmóvil, ocurriría algo seguramente».

Preludio, Katherine Mansfield.

La única que viene cuando todos se van.

La única que viene cuando todos se van.

«Lo que había encontrado en la llama me poseía. Me había puesto en los zapatos de quien no sabe si existe. Me ponía una y otra vez en medio de dos signos de interrogación. Mis pies blancos y descalzos en la arena trataban de recoger los dedos, como avergonzados, para permitir que todo siguiera sucediendo y para que en los demás siguiera pasando desapercibido el hecho de que me encontraba inmersa en la llama. ¿Habitaba yo un desasosiego o él me habitaba? ¿Qué estábamos haciendo –si acaso hacíamos algo– y para qué? ¿Hacer algo es dejarse llevar? ¿Eran todas las vidas como esa?»

La duda.

Guillermo Solís.

El valor de amar.

El valor de amar.

• CITA CON EL SÉPTIMO ARTE •

LLEVO TU NOMBRE GRABADO.

Liu Kuang-hui

2020

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Jia-han (Edward Chen)
—Usted fue quien me dijo que viviera el momento.

Padre Oliver Pelletier (Fabio Grangeon)
—No sabía que te gustaban los chicos entonces.

Jia-han (Edward Chen)
—¿Usted puede gustar de chicas, pero yo no puedo gustar de chicos? ¿Su amor es más grande que el mío? ¡Dígame! ¿Cuál es la diferencia entre su amor y el mío? ¡Dígame cuál es la diferencia!

Padre Oliver Pelletier (Fabio Grangeon)
—Si él no te quiere, no lo obligues. Eso también es vivir el momento.

Jia-han (Edward Chen)
—¡Imposible! Siento que él también me quiere.

Padre Oliver Pelletier (Fabio Grangeon)
—«Querer» no siempre implica deseo. La Biblia nos dice que controlemos los deseos. No hagas que los demás vayan al infierno.

Jia-han (Edward Chen)
—Ayúdeme a ir al infierno. Prefiero ir ahora. ¿No es que los homosexuales merecemos ir ahí? Quizás más gente me entendería en el infierno. Facilíteme las cosas y ayúdeme a ir al infierno. Padre. Padre.

Padre Oliver Pelletier (Fabio Grangeon)
—Jia-han. Jia-han…

Jia-han (Edward Chen)
—¡No! ¡Vayase usted a su cielo!