Sobre Fumadas.

Sobre Fumadas.

«“He soñado con pájaros esta noche”, pensaba Linda. ¿Qué era? Lo había olvidado. Pero lo extraño en esta vida de los objetos, era lo que hacían. Escuchaban, parecían inflarse con un regocijo misterioso e importante; se dilataban y entonces Linda les sentía sonreír. Pero no era para ella sola esa sonrisa astuta, misteriosa; miembros de una sociedad secreta, ellos sonreían entre sí. A veces, cuando se había dormido durante el día, se despertaba sin poder levantar un dedo, ni aun volver los ojos a derecha e izquierda, porque ellos estaban allí. Otras veces, si ella salía de una habitación dejándola vacía, sabía que al ruido del portazo ellos la ocuparían. Y había momentos, por ejemplo, durante la noche, cuando ella subía, dejando abajo a todo el mundo, en que apenas le era posible escaparse de ellos. Entonces no podía apresurarse, no podía tararear una música. Si trataba de decir de la manera más desenvuelta: “¿dónde estará ese dedal viejo?”, ellos no se equivocaban, ellos conocían su miedo, ellos veían cómo volvía la cabeza al pasar delante del espejo. Linda sentía siempre que ellos querían algo de ella y sabía que si se abandonaba y se quedaba tranquila, más que tranquila, silenciosa, inmóvil, ocurriría algo seguramente».

Preludio, Katherine Mansfield.

Monneka.

Monneka.

«En mis manos, la muñeca apenas tiene peso. Al recorrerla, la siento más cercana a cojín que a juguete. Tiene las curvas toscas y huele igual que la ropa, las sábanas y los peluches en casa de mis abuelos. Es un honor raro tenerla».

El diente y la muñeca.

Diego Arguedas Ortiz.

Cihuaxolotl.

Cihuaxolotl.

«¿Cuántos años habrá vivido el mundo sin Amilamia, asesinada primero por mi olvido, resucitada, apenas ayer, por una triste memoria impotente? ¿Cuándo dejaron esos ojos grises y serios de asombrarse con el deleite de un jardín siempre solitario? ¿Cuándo esos labios de hacer pucheros o de adelgazarse en aquella seriedad ceremoniosa con la que, ahora me doy cuenta, Amilamia descubría y consagraba las cosas de una vida que, acaso, intuía fugaz?».

La muñeca reina.

Carlos Fuentes.

Bábika.

Bábika.

«Siempre había admirado la entereza con la que su madre había asimilado aquellos hechos, el modo en que desde muy niño le había sabido explicar que había veces en que la gente dejaba de ser quien era, como si se apoderara de ellos un espíritu desorientado que les obligaba a actuar de formas que no podían prever y a hacer cosas que jamás harían. Eso era lo que le había ocurrido a la madre de su madre una mañana de febrero en la que, sin motivo aparente, había acabado con su vida y con la de su marido, una mañana en la que la hija afortunadamente se hallaba de visita en casa de su tía. Siempre se había preguntado si había sido una casualidad que ella estuviese en casa de su tía esa mañana, y en lo que hubiera pasado si no hubiese sido así. Tal vez con ella en casa la madre no hubiera perdido el juicio, o tal vez –era lo que él más temía– también se la hubiera cargado a ella y entonces él nunca habría llegado a nacer».

La muñeca de trapo.

Javier Argüello.

Sólo se ama lo que se comprende.

Sólo se ama lo que se comprende.

«¿Por qué no nos atrevemos a inventarle una vida? Lo menos que puede hacer un escritor es regalarle a un personaje su destino. No nos cuesta nada hacerlo; nadie nos pedirá cuentas: ¿Somos incapaces de darle un destino a La Desdichada? ¿Por qué? ¿Tan desposeída la sentimos? ¿No es posible imaginarle patria, familia, pasado? ¿Qué nos lo impide?».

La Desdichada.

Carlos Fuentes.