Sueño surrealista.

Sueño surrealista.

«Hoy no pertenezco a ningún grupo; pinto lo que se me ocurre y se acabó. No quiero hablar de mí porque tengo muy arraigada la creencia de que lo que importa es la obra, pero no la persona. No me interesa la polémica ni ninguna actitud, soy sencillamente pacífica, necesito la paz».
Remedios
Varo

Te remuerden los días.

Te remuerden los días.

«Lo paralizaba la posibilidad de voltear y no encontrar nada; de estar consciente de que había escuchado y visto algo que no existía, y, entonces, confirmar algún tipo de enfermedad que se manifestaba en su mente y no en su cuerpo. Sin embargo, el frío permanecía atroz, pero sin atravesarle la piel. La voz volvió a intervenir desde la ventana:
—La enfermedad que temes no está en mí ni en ti, sino en quienes no escuchan sus sueños, en quienes se aferran a una sola visión e identidad, en quienes detienen los pasos de su destino.
—¿Eres acaso una proyección de mis pensamientos? —se atrevió por fin a contestar, pero sin mirarlo, mirarse, todavía.
—Si fuera tan sólo una proyección de tus pensamientos no podría decirte algo que no habías pensado. No. Soy la proyección de la voz que no te habías atrevido a explorar. Soy tu necesidad de darle nombre a las imágenes que llegan a ti de noche, desde los mundos que palpitan en tu ingenio y pensamiento».

Ojo de agua y fantasma.

Iliana Vargas.

Cierra las puertas de tu rostro.

Cierra las puertas de tu rostro.

«Yo quedé mudo. ¿Cómo un ojo puede estar persiguiendo la vida de otra persona sin estar físicamente detrás de ella? Mi cliente era un perturbado mental, sin duda. Pero con la mente abierta que da la juventud y la necesidad de conservar a los primeros pacientes, yo intenté no mostrar mi incredulidad y acerté en decirle con una seguridad asombrosa:
—No se preocupe, daremos con el orígen de su problema».

El oculista.

Cecilia Eudave.

Lúgubre manía de vivir.

Lúgubre manía de vivir.

«Solamente hoy me doy cuenta de que he vivido años en medio de un pueblo que desde hace cuatro milenios se devora a sí mismo. Nuestra hermanita murió justamente en el momento en que mi hermano se hacía cargo de la familia. ¿No habrá mezclado su carne con nuestros alimentos para que la comiéramos sin saber que lo hacíamos?».

El diario de un loco.

Lu Xun.

La sombra de la noche arcaica.

La sombra de la noche arcaica.

«Llevaba catorce días sin dormir, los había contado. Mi madre insistía en que no podían ser tantos. Decía que, al tercero, el cerebro se apaga. Pero lo que más me preocupaba no era eso, yo sabía que sobreviviría. Lo peor era la mancha que me había salido en el costado. El sudor con olor a clorofila en las palmas de las manos y en los pies podía pasar desapercibido, era amistoso. Pero en el lado derecho, por encima de las costillas, tenía un sarpullido enorme de color marrón que cada día se extendía más. La piel se me había endurecido y se había agrietado formando pequeños surcos, como la corteza de los olmos o los álamos viejos en los parques».

Especies de luz.

Mónica Sánchez.

Hinchada de grandes expectativas.

Hinchada de grandes expectativas.

«Adelina se pinchó en el dedo con una zarza, una diminuta gota de sangre de la que le pareció ver escapar algún destello. Algunas noches la vi melancólica, lamiéndose en las manos como un polvo de luna que luego le daba carraspera y la hacía toser, o como ida, la mirada fija en las luces color caramelo de las farolas asediadas por enjambres de insectos enloquecidos. “Esa luz no es como la otra –me decía–. No se puede comer, es amarga y venenosa, me podría matar”».

La comedora de luz.

Juan José Flores.

Cihuaxolotl.

Cihuaxolotl.

«¿Cuántos años habrá vivido el mundo sin Amilamia, asesinada primero por mi olvido, resucitada, apenas ayer, por una triste memoria impotente? ¿Cuándo dejaron esos ojos grises y serios de asombrarse con el deleite de un jardín siempre solitario? ¿Cuándo esos labios de hacer pucheros o de adelgazarse en aquella seriedad ceremoniosa con la que, ahora me doy cuenta, Amilamia descubría y consagraba las cosas de una vida que, acaso, intuía fugaz?».

La muñeca reina.

Carlos Fuentes.

Minientrada

De título largo.

• MINIFICCIÓN •

Minotauro, o Yo también soy los clásicos, u Homenaje a Borges.

José de la Colina

Otra leyenda cuenta que el héroe, llegado al centro del laberinto, no encontró ningún minotauro y que durante años y más años dio vueltas y más vueltas y finalmente murió allí dentro, pues el Laberinto era sólo el otro nombre del Minotauro.

Color Premeditado.

Color Premeditado.

«Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista».

El hombre de la esquina rosada.

Jorge Luis Borges.