Ríete del miedo.

Ríete del miedo.

• MINIFICCIÓN •

Inmortal

Carlos Guillermo Ortuño

Vuelve a pedirme que lo empuje. Esta vez desde la azotea. Este maldito niño me tiene frito con el gusto que le ha cogido a restregarme que es inmortal. Y yo no gano para sustos, vivo con miedo. Salimos a pasear y se tira debajo de un camión. Nos vamos al parque de atracciones y se lanza desde la noria mientras saluda al resto de los usuarios. En el campo se come todas las setas venenosas que se encuentra.

Le he amenazado con dejar de ser su amigo si continua con esa actitud irresponsable.

Me dice que si lo hago se declara en huelga de hambre.

Y se rie.

Timet.

Timet.

«El miedo es un absurdo, una locura. Pero nos mantiene alertas. Nos mantiene vivos».

MAMS

Espiritismo falaz.

Espiritismo falaz.

«Moco era un garabato seco, de nariz caída y ojos fuera de la cara. Había sido músico y adivino y es­piritista en alguna parte. Él fue quien metió aquella fiebre en todos. Comenzó a hablar de fuerzas secretas y señales en la mani­gua, y todos tambaleábamos. Amiana lo tenía para eso, para opiar a la gente y divinizar a Amiana. La isla, decía, había surgido para sostener a Amiana; los espíritus le traían hombres para que se sirviera de ellos, y lo guardaban para que nadie pudiera tocarlo. Amiana quería a Moco por esto. Nosotros sabíamos, algunos, que Moco no había sido nunca espiritista, que en su cabeza había otra cosa. Había sido violinista en un teatro al aire libre, y nada más. Ahora vivía por la manigua, oculto en los matorrales, y en cuevas que hacía en el suelo, hablando con los espíritus, decía a Amiana. A veces adivinaba cosas. Tenía una vista muy aguda y fingía veinte caras, y averiguaba. Sabía algo de astronomía y había adivina­do el ciclón. Era el sacerdote de la isla. —¡Voy a adormecer a la gente! —decía a Amiana».

-Aquella noche salieron los muertos

Lino Novás Calvo.

Lúgubre.

Lúgubre.

«Poco a poco fue renaciendo la confianza en nosotros. A la luz de un claro que se abría en torno suyo vi su rostro desencajado, y sus ojos abiertos, terriblemente abiertos, me aterrorizaron. Pensé que algo semejante le ocurriría a él respecto de mí. Cuando quise hablar, mi voz se hiló en una especie de suspiro, como si un escape interior me impidiera hacer presión en la garganta. Alargué la mano tímidamente, para cerciorarme de si el hombre que tenía delante era realmente un ser vivo, o un cadáver de varios días, como el que habíamos hallado cierta vez en el corte. Mi compañero movió ligeramente la cabeza y entonces vi que su boca se rasgaba sobre una fila de dientes de un blancor poco más intenso que el de la piel. Se pasó el anverso de la mano por la frente, ató —así— las rodillas con los brazos, y dijo, en tono triste y resignado: —Hola, hermano».

-El bejuco

Lino Novás Calvo.

insufrible.

insufrible.

«Sí, hermano. Lo vi todo, todito. Y me dolió cuando te pegó el primer palo en la barriga y siguió hasta que te reventaste. Yo estaba ahí, hermano. Estaba acompañado de la mosca. Es más, la mosca es mi único testigo. Por eso la traigo hoy. Hoy que me gradué de hombre. Pero no te he dicho todavía que conté cuántos palos te dió el desgraciado en la barriga hasta que reventaste. Pero, ¡qué importa! Lo importante es que hoy hace un rato, cuando me encontré al americano que venía solo por el callejón oscuro que hay por la casa de Fela, le dí 37 puñaladas en la barriga. Y como la mosca estaba conmigo, ahora te la traigo hermano. Y ahora te puedo contar que lo ví todo, todito, pero no quise venir a contarte nada hasta tener la historia completa».

-El testigo

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Minientrada

Lo sombrío de la libertad.

• MINIFICCIÓN •

Nocturnidad

Miguelángel Flores

Rafalito se durmió soñando que algún día podría volar. Y durante la noche se fue entretejiendo un hilillo de seda que salía de su boca, creando un sudario sin luz que creció y creció hasta cubrirlo por completo. Por la mañana despertó amordazado, prisionero, como si se hubiera transmutado del todo su cama en armario sombrío. Y paso media vida mirando desde dentro. Cuando al fin se atrevió a escapar de él, lo hizo convirtiendo el lienzo en unas alas asombrosas y asombradas, con adornos de purpurina y lentejuelas. Un destello tan frágil como culpable, que pronto atrajo la atención de un coleccionista de mariposas nocturnas; aquel que, sin escrúpulos, clavó a Rafalito un alfiler oscuro, un delirio perpetuo, en medio del recién nacido remolino de su pecho.

Desperté llorando, de alegría.

Desperté llorando, de alegría.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Mi razón

No esperaba despertar llorando. Había dormido mucho y soñado contigo. ¿Qué había en mis sueños que me provocaban llanto? Aquellos días tenía colapsado el sueño, intentaba dormir a tiempo pero no lo conseguía, y es que, ¿cuál era el tiempo? ¿qué determina cuando dormir? y más aún, ¿con quién soñar? Los días eran cortos y las noches largas, en vela. Tomé las píldoras prescritas y me eché a dormir. Di un centenar de vueltas sobre la cama y de pronto no supe de mí.
Ahí estabas, frente a mí. Completamente igual como te imaginé. El cabello oscuro te perfilaba el rostro y esos labios de jugo nuevo que me invitan a besarte, me torturan. Corrí hacia ti, tomé tu mano y de un giro volamos sobre campos de hoja fresca y mares cálidos.
No había pecado, ni temor. Era sol, un cielo insigne y viento alegre.
Pero desperté llorando y aún no sé porqué.
He venido a verte, sigues igual o más brillante. Te he traído flores y me besas a colores. Te abrazo y no puedo soltarte. Lloro. Me abrazas y respiras hondo. Besos a colores. Me tomo de tu mano y caminas a mi lado. He llorado derramado en ti y ahora sé porqué. Porque tú me llenas pleno, porque me sabes a cuero y flores, porque eres todo lo que anhelo. Mi razón.

Marco de Mendoza

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¿Es ella más que yo?

¿Es ella más que yo?

John y Mary se conocen.
¿Qué pasa después?
Si quieres un final feliz, elige el A.

«Una tarde John se queja de la comida. Nunca se había quejado de la comida. Mary se siente herida.
Sus amigos le dicen que lo han visto en un restaurante con otra mujer que se llama Madge. En realidad, ni siquiera es Madge quien molesta a Mary, es el restaurante. John nunca llevó a Mary a ningún restaurante. Mary junta todas las pastillas para dormir y aspirinas que puede encontrar, las toma junto con media botella de jerez. Puedes saber qué clase de mujer es por el hecho de que ni siquiera tiene whisky. Deja una nota para John. Espera que la descubra y la lleve al hospital a tiempo y se arrepienta y se casen, pero nada de esto ocurre y ella muere.
John se casa con Madge y todo sigue como en A».

-Finales felices: B

Margaret Atwood

Minientrada

Hoy voy a vivir (?)

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Te comence por extrañar, pero empecé a necesitarte luego.

—¡Me lleva la chingada! Eso fue lo primero que exclamé aquella noche, cuando entre 6 cognac y un par de cócteles se me atontaban las ideas. Ya había bebido suficiente, o eso parecía. Tomé el teléfono y clické hasta llegar a tu número. Ahí estaba, ese número que otras veces me hacía sonreír e imaginar, volar. Hoy no, hoy sentía que el corazón se me salía corriendo, que la sangre en la cabeza, toda, explotaría. Llamé, llamé, y lo peor es que aún antes de saber, sabía; sabía que no atenderías. Sin razones amén de las generales: que era yo un pendejo. Pero bueno, aún los pendejos merecemos ser escuchados, creo.
—No se le contesta a lo vendedores —dije— y seguí llamando pero, aún ahí supe que no tendría respuesta. Y es que, ¿para qué quería más respuestas que esa?, ¿qué otra forma tácita de morir en vida necesitaba yo aún? Porque había empezado a morir días antes, es más, incluso podría ser que ya hasta apestase. Podría ser, la muerte no siempre se anuncia y uno puede ya estar muerto cuando aún se cree vivo y ronda entre este y el otro plano. Morir no es tan malo, pero, ¿morir de amor? Alguna ves escuche que no, que de eso no se muere nadie, ya no sé, bien podría ser yo el primero; así que ahí estaba, muerto o no, parecía más un sí. ¿Qué diría la familia? que a este idiota lo enamoraron para luego, así sin más, ¿chingarle la existencia? No sé, no iba yo a ir por ahí levantando una encuesta como esta entre primos, tíos y las tumbas agrestes de los abuelos. De algo sí estoy seguro: la cabeza no obedece al corazón. Yo te seguía pensando aún después de tener la plena seguridad de que mi corazón hacia rato que de palpitar no se acordaba, no podía y miren que lo había intentado, pese a todos los esfuerzos, el corazón no reaccionó. No estaba herido, eso sería saber que luego de un rato y con algunos menjurges de la abuela, funcionaria. No, este corazón se había cristalizado para luego romperse en ingentes cachitos, como arena de mar que se pierde entre las olas. Así estaba yo, perdido.
—¡Me lleva la chingada! —volví a expresar— y con más enjundia, porque cómo haría para solucionar tremenda bofetada al alma. ¿Algún médico sabría de dolores de alma?, ¿de dolores que queman desde dentro como cuando una llaga palpitante arde?, lo dudo. Así que levanté la séptima copa de cognac e inhalé, profundo, buscando todo el aire posible para intentar inflar mi corazón que parecía un globo marchito, viejo, así como el rostro de aquel hombre que toca el piano al fondo del bar. Pido me sirvan un octavo trago, la mujer en barra me mira y me pregunta si conduciré, niego con la cabeza y empujo la copa, ella sirve. Vuelvo a hacer timbrar el teléfono; hay esperanzas que se mantienen vivas aún en la desgracia, más aún ahí. La mano me tiembla y doy un golpe en la barra de aquel bar que ahora de fondo toca «dos días en la vida» se me anuda la garganta al escuchar; estremesco y aprieto el teléfono a mi cabeza y golpeo, con la única esperanza de escucharte. No sucede. «Sos un pendejo» escucho detrás de mí y abro mis pequeños ojos de rendija como a la espera de verte ahí, ajusticiándome. Giro y no, no eres, es la mujer de alguien más, calificando al marido de tal por cual por perder la llave del auto y la tarjeta del hotel. —Mujer no asesines al hombre por piedad, hoy no —le digo mientras me mantengo alerta para que no termine en mi cabeza el enorme vaso de cerveza que sostiene a su diestra—. Vuelvo a lo mío, a lo tuyo, a lo que es nuestro; no contestas y no sé si acaso lo harás. Ha pasado tiempo desde nuestra última charla, que no fue buena y necesito sacar la horrible sensación que me arde dentro, esa que me hace saber que estoy muerto, más que Cristo crucificado, y si exagero, es por la novena copa que me han servido ya sin pedirla. —¿Quién va a pagar esta cuenta? —pregunta alguien en mí cabeza—. El reloj de enormes dígitos rojos que cuelga en el fondo de la barra me recuerda que dormiré muy poco si es que lo consigo. Ya veo menos atractiva a la mujer en la barra, y no es que no lo sea, pero el décimo trago casi me noquea. Me pregunta que sí alguien viene conmigo y yo río desganado —¿Es que acaso a los muertos los acompaña alguien? —le pregunto— sonríe curiosa y me dice que yo no estoy muerto, algo atarantado quizás. —¿Atarantado, mujer? qué va, sonrío y recuerdo que la llamada está en curso, pero no, tampoco es afectiva, sí, afectiva, eso quise decir. Me levanto con torpeza, un mesero a mi paso me sostiene cuando doy un mal paso y se ríe conmigo rozándome el brazo. —¿Soy una burla acaso? Intento llegar al baño, ahí donde pretendo sacar hasta el páncreas y los ojos, todo junto si es posible. Ahí estoy, frente a un enorme espejo de bordes biselados y con una luz intensa que parece taladrarme la cabeza sin piedad. Tardo en enfocarme. El baño se convierte en una órbita hiperbólica que desquicia. Huyo de ahí. Llego a la barra y pido otro trago —Ya, mujer, sirve, por mi bien. —Ya debería ir a descansar —me dice con seriedad— —¡Mi madre! —grito yo— —Me recuerdas a mi madre. Tomo una vez más el móvil y te busco entre contactos. Llama… atienden. Es Luisa, le he llamado por error y luego de notar mi claro estado, viene un regaño justo; me dice que me pedirá un auto, que es hora de irme a casa. Pero yo no quiero irme, necesito saber si tú estás bien y aún no me contestas; aún no sé si hoy muero o me mataste tiempo atrás.

Marco de Mendoza

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Quizás, quizás, quizás.

Quizás, quizás, quizás.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Para siempre

Uno piensa en los para siempre como peldaños de una escalera, como suaves hojas secas bailándole al viento, cabriolas; como un quizá, un sí, y también un no. Pero los para siempre son simples y burdos juguetes del lenguaje, son como vaho pasajero de un día lluvioso que vienen, y sin titubeo luego se van. No existen los para siempre, los creamos soñando; soñadores de esperanzas, ninfulas quimeras. Pero son los para siempre alimento de pescador, que a un mar inmenso y agitado vuelcan su intención, que entre un sueño y un placebo buscan redención, pues un para siempre, es un buen comienzo en su pasión. Y es que de la pasión son los para siempre, de ella son fruto y caución, pacto mutilado; bendito precaver.
Como una ola, como un trasiego, como un toro enardecido; así son los para siempre cuando se esfuman. Como un cristal roto que se blande amenazante. Los para siempre no existen.
Somos esclavos sin proceder, fieles autómatas del decir un para siempre, alimentados por la implosión de un enérgico momento; de la intensidad, del placer, de los sueños blandos, de los menesteres tuyos y míos, propios del éxtasis, de nuestro calor y tu sabor.
¿Pero qué seríamos sin todos los para siempre?, ¿qué seríamos sin siquiera un sólo para siempre?
Al final, son lo que cuentan por ahí, lo que de ellos quedó, el paisaje desolado de un quizá, que se esfumó en un para siempre. Somos tú y yo, en franca filautía.

Marco de Mendoza

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