Cernis qua vivis, qua moriere latet.

Cernis qua vivis, qua moriere latet.

«Ella sobrevino entonces trajeada de luto, de un luto copioso. Su color mestizo estaba apenas encerado por el miedo, por el contraste del tocado y el velo, por la decisión largamente pensada que traía a la audiencia. Tenía una tez a un tiempo olivácea y vítrea, con pequeñas excoriaciones más claras, como un maniquí que empieza a deteriorarse, y unos ojos que no la obligaban a mirar. Se sentó rectamente en una de las sillas de los vareadores y se mantuvo tiesa, con la pesantez ordinaria de los lienzos que la cubrían y el hierático paralelismo de sus dos piernas rígidas, hechas a profusión de carbonilla. El año y meses transcurridos desde la muerte de su hijo daban a ese luto una intención proselitista, y Basilio —que no la veía desde que fuera preso— sintió el efecto deliberadamente hostil de aquella indumenta y algo dentro de él se desalentó por lo que restaba del careo».

-El careo

Carlos Martínez Moreno.

Memento mori.

Memento mori.

«“Algún día te voy a contar lo que pasó aquella noche absurda en que Dorita me baleó, y vas a tener, como yo, la sensación de que todo estaba escrito”. Me animé entonces a preguntarle si en aquel momento, herido y en busca de auxilio, no lo había llenado la idea de la muerte. Siempre he tenido la manía de espiar cualquier rastro de esa idea dominadora, referida por un sobreviviente. En los hospitales o en cualquier otro lado.
—¿Pensaste que te morías? ¿Lo pensaste con claridad, serenamente, o te achicaste de golpe?
Escribió que no, que no había pensado en morirse; que sólo había pensado, mientras se apretaba con una mano la cara y sentía correr la sangre entre los dedos, que iba a perder todos los dientes, y que ninguno de ellos estaba picado.
Me quedé en silencio, y tuvo la impresión de que me defraudaba.
“Frivolidades de los Momentos Supremos”, escribió a modo de disculpa».

-El salto del tigre

Carlos Martinez Moreno

DE MORTUIS NIL NISI BENE.

DE MORTUIS NIL NISI BENE.

«La chica frunce el hociquito pero acaba de contarte algo, ¿qué acaba de contarte?, y tú nada, tú te compadeces, porque tú no has tenido jamás necesidad de contar nada a nadie, tú has sido tan sencillo y tan fácil y tu muerte fue tu única cosa complicada y difícil y tu gesto de esa foto del restaurante dice que Manfredo vivía para escuchar a los demás, para atender a los demás y ése solo, ése solo entre las muchas fotos ha sido, amor mío, el gesto que me cuenta, que contará a tus hijos, que dirá a todos tu verdadera biografía».

-Biografía

Carlos Martínez Moreno.

Confabulario.

Confabulario.

• MINIFICCIÓN •

Los corazones alados

Ana Ferrer

Había oído hablar de ellos, pero yo sentía que el mío era un nido. Un espacio hecho con ramas, que esperaba siempre a los heridos en otras historias. Hombres que venían buscando el sueño y dormían en mí por las noches, como invitados del reposo, con las constantes basales y las palabras revueltas en pesadillas. Y se despertaban a la mañana siguiente convertidos en cuervos con alas. Invencibles. Capaces de todo, menos de quedarse.

En la venganza sana la herida.

En la venganza sana la herida.

«Era la primera vez que veía tal animal, y menos aún tenía idea de esa vibración seca, a no ser el bonito cascabeleo que nos cuentan las Historias Naturales. Di un salto atrás, y le atravesé el cuello de un balazo. Mi compañero, lejos, me preguntó a gritos qué era. —¡Una víbora de cascabel! —le grité a mi vez—. Y un poco brutalmente, seguí haciendo fuego sobre ella hasta deshacerle la cabeza. Atamos la serpiente al cañón del winchester, y marchamos a casa. Ya era de noche. La tendimos en el suelo, y los peones, que vinieron a verla, me enteraron de lo siguiente: si uno mata una víbora de cascabel, la compañera lo sigue a uno hasta vengarse.
Los peones evitan por su parte esta dantesca persecución, no incurriendo casi nunca en el agravio de matar víboras».

-La vibora de cascabel

Horacio Quiroga.

De vanidad se viste la hiel.

De vanidad se viste la hiel.

«Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro Pedrito, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre, Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer».

-El loro pelado

Horacio Quiroga.

Minientrada

Del corazón son los temores.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Los dos siameses

Papá llevaba 2 días sin aparecer por casa. Mamá decía que él estaba preparándonos alguna sorpresa y que eso lo detenía en algún sitio. Creímos. La mañana siguiente telefonearon a mamá; era del hospital. A papá le había dado un infarto, así que fuímos de inmediato. Al llegar, luego de que el médico diera su informe, nos entregaron una caja con dos pequeños gatos siameses que papá llevaba consigo al momento del infarto. —¡Mira, mamá, es nuestra sorpresa! —grité yo eufórico— y cual niños, mis hermanos y yo celebramos a pesar de la situación. Años después, mamá nos confesaría que aquellos gatos no eran un regalo para nosotros, sino para una hija que él tenía con otra mujer y que justo aquel día, cumpliría años, pero que luego del infarto papá no pudo llegar a su destino real. Mamá se enteraría de todo eso poco después; sin embargo, guardó silencio por muchos años porque aquel día, entre nosotros y aquellos morrongos había ya un lazo sincero.
Hoy en cambio, celebro que papá ya no este aquí, y que no pueda ver cómo con eso, nos rompió el corazón a todos; sí, nos rompió el corazón cuando cinco años después a los dos gatos, se los llevó una muerte súbita cardíaca. ¡Vaya manera de compartir!

Marco de Mendoza

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Simbiosis mental.

Simbiosis mental.

• MINIFICCIÓN •

Esta es la triste historia…

Álvaro Cepeda Samudio

Ésta es la triste historia del esposo que se emborrachaba todas las noches porque tenía una esposa fea que a su vez tomaba Ron Blanco todo el día porque su triste historia consistía en que su marido era feo.
Así vivieron felices hasta la eternidad.