Deseos.

Deseos.

SE DICE QUE… 💭

«El hombre moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando, en realidad, desea únicamente lo que se supone ha de desear. Saber lo que uno realmente quiere representa uno de los problemas más complejos que enfrenta el ser humano».

⚜ El miedo a la libertad ⚜

Erich Fromm

… 💭

Inoportuno.

Inoportuno.

«El moribundo dejó de hablar y comenzó nuevamente a mover las piernas. Mi papá quiso sujetárselas. Sentimos un mal olor. Vimos que el colchón comenzaba a ensuciarse. El soldado se había zurrado. Cuando mi papá le levantó la cara de los pelos, vimos que reía. Estaba ya muerto».

-Los moribundos

Julio Ramón Ribeyro

Insania.

Insania.

«Todo hubiese seguido igual y así hubiésemos seguido siendo, a nuestra manera, felices, si no es por culpa tuya Amalia, porque se me metió en la cabeza que tú eras infeliz. Mi tío había insistido en que cuando yo cumpliera doce años hiciera la primera comunión. Unos días antes me preguntó lo que quería de regalo y yo sólo pensé en ti, Amalia, en los años que llevabas de luto y en las ansias que tendrías de vestirte de novia otra vez. Después de todo para eso te habían hecho, para eso tenías un sitio blando en la mollera donde se te podía enterrar sin temor un largo alfiler de acero que te fijara en su sitio el velo y la corona de azahares. Pero las otras muñecas te tenían envidia, gozaban viéndote esclavizada, siempre subiendo y bajando las galerías».

-Amalia

Rosario Ferré.

Lucha y resistencia.

Lucha y resistencia.

SE DICE QUE… 💭

«El agua no es un muro sólido, no te puede detener. Pero el agua siempre va a donde quiere y al final nada puede oponerse a ella. El agua es paciente. Las gotas de agua pueden erosionar la roca. No lo olvides. Recuerda que eres mitad agua. Si no puedes atravesar un obstáculo, rodéalo. Es lo que hace el agua».

⚜ Penélope y las doce criadas ⚜

Margaret Atwood

… 💭

Vaticinio furtivo.

Vaticinio furtivo.

«Lo mejor sería que se llevara a su papá de este lugar, le dice una de las mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo, dice. La mujer le mete la mano por debajo de la camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B. ¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?, dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me largaría. B sonríe y la mira a los ojos por primera vez: vente con nosotros, le dice mientras bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca, dice la mujer».

-Últimos atardeceres en la tierra (Putas asesinas).

Roberto Bolaño

Cosas de adultos.

Cosas de adultos.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Todos buscamos…

Una señal.

Salió volando por una esquina de la habitación. Brinqué de inmediato de un pesado letargo en la cama; no por miedo, por sorpresa. Me detuve observando, considerando si me acercaba o salía huyendo cual cobarde; no es que lo fuera, pero uno debe ser precavido. Y es que, un estrepitoso aleteo persistía detrás de la cortina donde ‘aquello’ fue a parar. A través de la ventana, la luna iluminaba una sombra fina y pequeña por debajo de aquel razo a rayas que colgaba del cortinero. Intenté con extraños sonidos y señas apercibirle para que huyera, puesto que era un intruso atacando mi espacio, mi tranquilidad. Persistió. Un zapato fue lo primero que miré cercano para defenderme. —¡Déjate de tonterías y acaba ya con eso, que estoy con mis oraciones! —Me dijo mi madre cuando a punto estaba de acribillarle con aquel calzado—. Así que por razones de efectividad, mejor corrí por el insecticida, levanté un resquicio de la cortina y rocié como si se tratara de una marabunta y no únicamente de un simple insecto. Instantes después, vi caer aquella pequeña sombra, con la ligereza propia de la pluma de un ave que se desprende sin voluntad. De nuevo, volví a dudar en acercarme. ¿Y si brinca, y si está llena de tentáculos y si es agresiva o venenosa? Dejé mi miedo luego de oír el segundo grito agudo de mamá —¡Te he dicho que estoy orando, así dios jamás me enviará una señal! Exhalé. Levanté la cortina de un brusco movimiento. Casi caigo al suelo, fue inevitable gritar, ¡vaya grito! Mi madre corrió apresurada a mi auxilio, a mi alarido. Impactada, gritó igual. —¡Mi señal, dios, mi señal! —Dijo— cuando al levantar aquella cortina, lo que descrubimos, fue que habíamos matado a un ángel.

Marco de Mendoza.

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CANDILEJAS.

CANDILEJAS.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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En las noches de verano, mi abuela, mis primos y yo, solíamos echarnos sobre el césped del patio trasero; ahí junto al enorme árbol de aguacate que ella misma había sembrado. Grande, frondoso; de frutos amables y exquisitos. Deleite al paladar, oro verde. Ahí, tumbados todos, mirando las estrellas, reíamos y esperábamos la hora en que la abuela comenzara sus historias de miedo. Ella bien sabía que ninguno de nosotros temía a esos cuentos, pero amabamos escucharla y fingiendo temor, abríamos tremendos ojos atentos a cada palabra y a cada recuerdo, porque muchas de esas historias, decía ella, eran más bien vivencias. Todos lo recordamos perfectamente. Recordamos esos finos labios rojos que nos besaban, sus manos tersas acicalando el cabello de alguno, y esos hermosos ojos cafés, profundos y sinceros. Todos lo recordamos, menos ella. Un día, así de pronto, el Alzheimer nos mutiló, de apoco llevándosela. Dejó de salir al patio trasero; desde la ventana, nos veía esperándola, y temorosa, nos pedía que nos fueramos. El corazón se nos hizo pedazos. Quién nos iba a llenar amorosamente de miedo, si ella ya no recordaba quiénes éramos. Ya no recordaba ni quién era ella. Un día la encontramos regando su árbol. Le hablaba en susurros y entre todo, le pedía al árbol que nos cuidara. —Cuida de mis lucecitas—, murmuraba.
Lucecito, me decía, cuando ya no lograba recordar mi nombre. Mi alma rota quería salirse corriendo de entre mi cuerpo y yo solo la abrazaba para que no viera mi llanto. Nuestra luz más grande, se estaba apagando.
Hoy, que desde la ventana miro ese árbol, estoy seguro de que sí nos cuida; nunca ha dejado de dar frutos perfectos.
Todos creíamos que la abuela se iría sin recordar quiénes éramos, pero un día antes de partir, sentada en su sillón favorito y mientras bebía un té de limón, nos dijo: —¿Creen que no sé que van a llorar? Sé eso, y sé también que tienen miedo, que ahora sí tienen miedo—. Sonrió, sonreímos. Y la dejamos partir.

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