Mimetista de papel.

Mimetista de papel.

«Hubiera podido vivir más que discretamente con su dinero si, por la compra de tantos y tantos libros que le ocupaban desordenadamente la casa, no se hubiera endeudado. Al no poder comprar más libros nuevos, había releído los viejos, volviendo a masticarlos uno por uno, desde la primera hasta la última página. Y como aquellos animales que, por defensa natural, asumen el color y las cualidades de los lugares y de las plantas donde viven, así poco a poco se había vuelto casi de papel: el rostro, las manos, el color de la barba y del pelo. Descendida, dioptría por dioptría, toda la escala de la miopía, hacía unos años que parecía realmente comerse los libros, incluso materialmente, acercándoselos tanto al rostro para leerlos».

-Mundo de papel

Luigi Pirandello.

Presagio maldito.

Presagio maldito.

«—¡Federico! —oí la voz traspasada de emoción de mamá— ¿sentiste?
—Sí —respondí, deslizándome de la cama—. Pero ella oyó el ruido.
—¡Por Dios, es un perro rabioso! ¡Federico, no salgas, por Dios! ¡Juana! ¡dile a tu marido que no salga! —clamó desesperada, dirigiéndose a mi mujer—.
Otro aullido explotó, esta vez en el corredor central, delante de la puerta. Una finísima lluvia de escalofríos me bañó la médula hasta la cintura. No creo que haya nada más profundamente lúgubre que un aullido de perro rabioso a esa hora. Subía tras él la voz desesperada de mamá. ¡Federico! ¡Va a entrar en tu cuarto! ¡No salgas, mi Dios, no salgas! ¡Juana! ¡dile a tu marido!…
—¡Federico! —se cogió mi mujer a mi brazo.
Pero la situación podía tornarse muy crítica si esperaba a que el animal entrara, y encendiendo la lámpara descolgué la escopeta. Levanté de lado la arpillera de la puerta, y no vi más que el negro triángulo de la profunda niebla de afuera. Tuve apenas tiempo de avanzar una pierna, cuando sentía que algo firme y tibio me rozaba el muslo: el perro rabioso se entraba en nuestro cuarto. Le eché violentamente atrás la cabeza de un golpe de rodilla, y súbitamente me lanzó un mordisco, que falló, en un claro golpe de dientes.
Pero un instante después sentía un dolor agudo.
Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que me había mordido».

–El perro rabioso

Horacio Quiroga.

Susurros.

Susurros.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Leemos para encontrarnos, para soñar, para descubrir. Leemos porque los libros son magia, son hechizo. Son el mundo al que queremos escapar, por el cual podemos.

Los libros son susurros en la mente, de recuerdos que leímos, que esperanzados, buscamos encontrar en la cotidianidad y de ellos florecer.

Por ello, lee. Y cuando creas que ha sido suficiente, vuelve a comenzar.

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