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Siempre por ti, mujer.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Mujer

Como viento fresco, como suave brisa que acaricia. Piel porcelana. Así mujer, mueves vida y consuelas miradas.
Del cielo al infinito, murmullo celeste acompasado, tenue y cálido.
Brillas como un trueno, y así mismo clamas, poderoso estruendo. Eres todo, quiero que seas todo.
La vida es tuya porque la das, porque eres reina y potentada. Porque te pertenecemos, mujer.
Posees gloria, eres la gloria. Por cada rincón y por cada brillo anidas dicha, contagias. Con una caricia conviertes lava en suave manto, como si de tus manos emergiera poder bendito.
¿Quién eres mujer y quién soy yo para poder siquiera amarte?
Dime, mujer, si te meresco acaso; si tu sabía de amor es lo que pretexto para soñar, para vivir.
Gracia prudente que envuelve paz, como mar en calma, como dicha constante.
Brilla mujer, y en tu brillo eterno quiero contigo ser.

Marco de Mendoza

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Y entonces, ¿qué somos?

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Fuímos

Fuímos novios sin ser novios, como en la antesala de un palacio.
Nos besábamos el alma porqué no las bocas, imposible.
Traficábamos los sueños entre líneas interruptas, sin complejo.
Comíamos el maná de nuestro éxtasis en marabuntas de placer, bebí tu manantial.
Apresurábamos al tiempo, como el único culpable de esta tonta asincronía.
Desojamos margaritas y en el vilo, volvíamos al recuento de cada paso no acordado.
Éramos como lo que todos quieren y que nadie encuentra, un microscopio en el cielo.
Ganamos descontento y orgullo, como vaho invernal, innecesario, complicado.
Encontramos la medalla del hastío, válvula mortal en cada tándem inconstante. Más salvos ocurrimos.
Fuímos llanto, río salado que en tus labios se perdía.
Fuímos todo o casi todo.
Porque si algo nunca fuímos, fue por desmotivo o quizá por miedo.
Y sí, al final nos ganó el miedo; nunca fuímos, no pudimos, no quisimos, no alcanzamos. Tontos catacaldos porque nada fuímos. En vano sortilegio. Cobardes temerosos, inconclusos.

Marco de Mendoza

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Amor Superlativo.

Amor Superlativo.

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Dime, dime tú

Qué es esto que siento, que me inflama el corazón; que me produce taquicardia y me falta la respiración. Qué es esto que siento, como arena resbalando entre mis dedos, sin saber siquiera cómo controlarla, que aunque corra de mis manos, en algo siempre permanece. Qué es esto que siento, que vulnera mis pasiones, que maniata mis deseos e impera en mis sentidos. Qué es esto que siento, que moja figurando entre mis ojos tu imagen espectral. Qué es esto que siento, como aire ventarroso que sin embargo resulta cariñoso. Como misterio que sacude mi alma y la inquieta. Qué es esto que siento, que al calor de tus besos belfa mis labios y ataranta mis ideas. Qué es esto que siento, dime, dime tú que eres la causa, el efecto. Tú, todo mi veneno y también antídoto de esto que siento, amor.
Qué es esto que siento, que a cada palpitar desborda y electrifica el alma; qué es, que no lo veo, más lo siento y lo glorío.

Marco de Mendoza.

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Hola, soledad.

Hola, soledad.

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En ti, soledad.

Soy yo, esta habitación en calma y mi soledad.
En tu obscuridad y tu abandono no temas soledad, porque también estoy aquí. Porque en ti encuento lo añorado, lo oculto, lo temido. En tus brazos soledad, están los sinsabores, y también dulces atardeceres.
Eres tú soledad, mi perfecto liminal. Ahí donde todo de repente llega, como un desafío inquietante, como un torrente desafiante; donde todo es arte, poderosa sinergía.
Soledad bendita como el límpido cielo que me abraza.
Eres soledad un sueño que abriga, que me reta y me vulnera. Es en ti donde llorar es paz y gritar es alivio, mientras tú a mi lado incesante ríes.
Y no es locura, es pasión; es nuestro encuentro y es constricción.
Es casualidad o propia decisión. Es camino formado o destino causal
Soledad que aquejas, que formas, que construyes
¿Eres soledad un miedo o un premio a esta quietud?
Eres soledad como una bruma fría, que sin embargo ampara. Eres mía soledad y me moldeas, paciente me enalteces en franca lozanía.
Somos soledad cuando encumbramos nuestros miedos con pasiones; cuando ellos se vuelven fervientes azadones del triunfo y el albor.
No temas a la soledad, que la alborada viene pronto, viene ya.

Marco de Mendoza.

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Este frenesí de ti.

Este frenesí de ti.

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LOCO

Un día sí voy a volverme loco. Voy a salir por esa puerta angosta y lúgubre que cubre el estrambótico y etéreo mundo donde todo es de otro color y más brilla. Voy a ir, y el sin rumbo caminar será mi inicio; voy a mirar el rededor y gritar cual loco de atar. Porque voy a volverme loco, eso es seguro.

Sí, de loco será el camino que ahora siga. Marcado por un final que no es final, sino principio; el principio de mi ahora todo, y que en su inicio encierra la razón de mi locura. Sin temor a este delirio voy a abrazarlo, como quien a un niño en llanto ciñe. Temerario, dispuesto y seguro hasta imprudente, a la locura voy y tomo. Patología certera me posee, y yo denodado le encomio, le acepto.

Porque sí, voy a volverme loco, muy loco. Y si no lo entienden es porque quiza a tu voz ellos aún siguen. Pero yo voy a volverme loco porque así es mejor, porque aquí y ahora yo ya no te tengo.
Sí, loco.

Marco de Mendoza.

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El instante que no espera.

El instante que no espera.

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No aguardes

No aguardes. No temas, ni huyas.
Esperar es el peor de los talentos.
Esperar no abona, mitiga.
No aguardes. La vida tiene un tiempo, no espera, no tolera, caduca.
Si temes, pierdes. Nadie espera perder.
Así que avanza, el tiempo no es un buen tipo y cobra caro la desventura del temor.
No aguardes, la zozobra carcome y destruye impulsos que alimentarían tus fuerzas.
Avanza, construye. Ataca muros y forma torres poderosas desde donde venturoso brilles.
No aguardes. Florece límpido, y glorioso avanza. Es el tiempo, es este el momento. Aguardar conmisera inútilmente la estadía en este mundo, en este plano que no tolera la espera, porque esperar causa olvido.
No aguardes, ve por todo; sin temor tómalo, haz que lo valga, haz que tu sueño y tu encanto medren como miel de vida.
No temas, no aguardes. Tómalo y brilla. Temerle a la vida destruye y tu naciste poderosamente grande, por ello no aguardes, es el tiempo. El temor se vence luchando. Cómete al mundo, todo. No desesperes, no esperes, ¡lucha y vive!

Marco de Mendoza.

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El instante donde muero en ti.

El instante donde muero en ti.

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Breves

Pintame un sueño, donde atado a tu cintura, te susurre amor. Un sueño al que pillado por tu encanto, me convierta en pasión y candidez. Revelame tus miedos, tus protestas y valias. Enseñame el camino perfecto por donde medran tus placeres, por donde gimen tus excesos y explotas fecundo. Llévame al alborozo de tu cuerpo conjugando al mío; sueño perfecto de estas almas intrínsecas. Resuelve el absoluto rilar de tus piernas, el mismo que provocas en mi boca cuando por encanto, posa en tu cuello tibio. Llévame del sueño a la realidad, o la locura, ¡qué importa! si así podemos ir a donde seamos dos buscando uno. Llévame hasta siempre dejarme inmerso en ti, que por mí, moriría justo ahí.

Marco de Mendoza.

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Ya lo pasado, pasado.

Ya lo pasado, pasado.

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Adiós

Se desdibuja el aura, presintiendo la huida.
Se ha de marchar coraje, valiente, impoluto.
El tiempo no cede, avanza, se marcha; como el bajamar se aleja y su olvido sombrío mengua al vacío. Temor no hay, se ha olvidado, constricción al alma que en quebranto marcha sin mirada tenue.
Ya no hay más, aprendió al paso que en un tiempo fue jarana, y otro tiempo fue infortunio.
Más partir se torna ameno, cuando la voz mitiga y no hay respuesta al coro.
De olvidos bien que sabe sin siquiera apetecerlos, se han cruzado al vilo innecesario y putrefacto.
El adiós ocurre y es certero cual Perseo, cuando propuesto va en su cometido.
El adiós se ha dado, gracia de ocurrido que si es tiempo o es premura, ya es sazón.
El adiós presencia y es aquí, y es ahora.

Marco de Mendoza.

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Hay pasiones que no cesan.

Hay pasiones que no cesan.

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Loco perdido

Estoy perdido; perdido por enamorado. Enamorado y perdido.
Perdido en tus labios: rojos, carnosos, jugosos.
Enamorado de ti, de tu voz, tu escencia, tus sonidos. Ese latido ardiente que en tu pecho resuena, llamándome.
Perdido entre tu piel, dulce agonía que bien me mata. Jibia, sedosa y trémula.
Enamorado como un loco, que a grito venturoso, niega su locura.
Perdido por tu cuerpo que decirle bello es poco, porque entre cada curva, yo me vuelvo loco.
Enamorado, perdido y loco.
Estoy de a poco, volviéndome loco, y es mi pensamiento inocuo que no se contiene, que vibra y emana cual torrente volcánico.
Es tu rostro, gema perfecta de mis triunfos y debilidades.
Eres tú mi locura y esta perdición.
Eres tú, mi coincidencia, y mi amor.

Marco de Mendoza.

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