Sentimientos encontrados.

Sentimientos encontrados.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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La gente muere todo el tiempo.

«La gente muere todo el tiempo», me dijo mi madre aquel día cuando ví morir al tío Artemio. Un derrame cerebral fue lo que de un instante lo fulminó. Tumbado ahí frente a mí, junto a mis pies que se volvieron una pesada roca cuando lo percibí inmóvil, cuando de pronto, se hizo encima; ni así pude moverme. Su tono pálido se torno a mí de igual modo, dejándome frío. Quería moverme, salir de ahí corriendo con todas mis fuerzas. La gente comenzó a arrimarse, murmuraban, pero yo solo percibía ruidos inaudibles. Sentía el estómago revuelto y los ojos desorbitados. Las piernas, de ser una roca, se volvieron hilos insostenibles y la piel se me crispó.
—¡Antonio!
—Un grito agudo y desesperado de mi madre—.
Fue eso lo que me devolvió al mundo de los vivos. Y solté en llanto. Un llanto frío, desesperado, de miedo y pavor. No podía apartar la vista del tío Artemio. Entre todo ese temor y angustia, había desconcierto.
—¡El tio mamá, mi tío Artemio! —Le dije cuando ella intentó apartarme para que los paramédicos hicieran lo suyo— Pero el tío ya no estaba ahí en ese cuerpo, ya no era él esa cosa apenas tibia y ahora apestosa.
Mi madre me abrazo apretándome contra su cintura, en su intento por evitarme la escena. Pero yo ya lo había visto todo. ¿Qué más podía pasar?
Apenas hace unos minutos el tío me decía que iríamos a montar a Celadio, aquel caballo azabache que me encantaba, luego de eso, apretó mi mano con tanta fuerza que creí iba a deshacermela —¡Auch, tío! —le increpé molesto—. Era la razón. Al instante, cayó al suelo sin decir nada. Me arrastro con él, pero en mi enojo, jalé mi mano con brusquedad mientras me sostenía de la barandilla del atrio de aquella Iglesia que cruzábamos para cortar camino a la heladería.
Lloramos, vaya que lloramos todos. Lloraron sus hijos, la viuda, la familia y algunos más, muchos más que acudieron al funeral y posterior entierro. Lloramos cuanto se pudo y un poco más. Había lágrimas en todos lados. Lágrimas en el pan que acompañaba al café. Las mismas lágrimas que salaban y enturbiaban ese café. Era inevitable, y no era suficiente. Llorar era una forma de sacarnos la asfixia, de lavar el cuerpo y las entrañas de esa maldita presión en el pecho que, ¡cómo duele!
Artemio Torres, de 45 años. Era bien conocido por todos y además, querido. Nunca nadie se atrevió a negarle un favor. Artemio fue siempre un hombre de palabra, responsable y honesto. Muy, muy querido. Sus hijos sonreían al verlo llegar del trabajo, siempre con una bolsa de frutas en la mano. —Te traje mangos Antonio —Me decía— Yo era su sobrino, pero nos quisimos tanto. Yo lo ví morir y hubiera deseado todo en este mundo, menos eso.
La mañana de su entierro, aunque cantamos, también lloramos. Creo que dejé ahí todas mis lágrimas posibles.
Han pasado ya muchos años. No he vuelto a llorar.
Recuerdo las palabras de mi madre cuando me recogió frente al inerte cuerpo del tío Artemio: «La gente muere todo el tiempo».
Ayer murió mi padre. No lloré. No pude.

Marco de Mendoza

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Bravata.

Bravata.

• MINIFICCIÓN •

IMPACIENCIA

FERNANDO MORANTE

Era nuestro sueño, estar siempre juntos. No separarnos jamás. Sin embargo he de decirte que desde que paso aquello, tu actitud me disgusta. La veo del todo inconveniente y algo indecorosa. Sin ir más lejos, la semana pasada rompiste los frenos de mi coche, hace dos días echaste lejía en mi botella de agua y hoy has aflojado los tornillos de la barandilla del balcón. Es cierto, te prometí estar siempre juntos, pero yo no tengo la culpa de que tú fallecieras primero. No seas impaciente.

Psique vaivén.

Psique vaivén.

“No pinto lo que veo, sino lo que vi.”

Edvard Munch
1863-1944

Melancolía
1894-96
Edvard Munch
“Sin Miedo y la enfermedad, nunca podría haber logrado todo lo que tengo.”
Ansiedad
1894
Edvard Munch
“Me hallaba al borde de la locura. No faltó mucho.”
Desesperación
(El grito)
1893
Edvard Munch
“A menudo me despertaba en la noche y miraba ampliamente la sala, ¿estoy en el infierno?”
Desperado.

Desperado.

«—A ver: ¡Trabajo! ¡Trabajo! ¿Pero qué ofrece usted a cambio?
El hombre suplicante era todo ojos.
¡Mi tiempo! ¡El sudor de mi frente!
—No es suficiente, eso lo ofrecen todos… a ver qué más ofrece.
El hombre en busca de trabajo temblaba como un pequeño pájaro en medio de la nieve, pero sacó fuerzas de su necesidad y adoptando un gesto de dignidad, respondió:
—Tengo dos pulmones, puedo ofrecer uno a quien me dé trabajo.
—Bueno… eso ya es otra cosa… a ver, estudiaremos su caso… ahora a esperar la carta, la recibirá en breve, y apártese que hay mucha gente a la que debo atender. ¡Que pase el siguiente!
Este tipo de cosas hizo que las oficinas de empleo pronto se convirtieran en un lugar insalubre. Densas nubes de moscardones merodeaban constantemente entre las bolsas en las que se guardaban visceras, ojos, piernas… de todos aquellos que buscaban trabajo».

-Oficina de empleo
Julia Otxoa.

Jindama.

Jindama.

«Cuando mi corazón dejo de martillear, me dije con firmeza que no había de qué asustarse.
Volvieron a llamar a la puerta, atravesé la habitación con firmes zancadas y la abrí.
Envuelto por el resplandor del crepúsculo, un hombre alto me miraba con aspecto malvado y un destornillador en la mano. No soy un hombre valiente. Me di la vuelta, grité y salí corriendo.
Meterme corriendo a la casa era la mayor estupidez, porque la única salida de aquella tumba subterránea, era la puerta principal.
Cerré de un portazo la puerta de la cocina y me apoyé contra ella. Todavía gritando. Luego mi mente sembrada de pánico reparó en que me encontraba bajo la luz del sol que provenía de la claraboya tubular.
De un pronto me aleje de la puerta y salte sobre una silla, me lancé a la claraboya y comencé a trepar hacía la salida. Me sentí vagamente esperanzado. Empecé a pedir ayuda a gritos. Debajo de mi, el hombre del destornillador gritaba.
Y luego vino la guinda al horror. Dos manos me agarraron los tobillos y empezaron a tirar de ellos. Estaba perfectamente atascado y no era fácil moverme, pero descendía poco a poco. Apreté las paredes de la claraboya con los codos y seguí gritando.
No era un hombre feliz. La tan temida resignación emergió en mí y dejé de pelear. Esperé a que me atravezara con el destornillador…
—Qué coño está pasando? —empezó Bucko, y luego, tras recordar que estaba fuera de toda duda la existencia de conductas extrañas en Coober Pedy, renunció a esperar una respuesta.
Señaló al hombre del destornilador —Este es Bob (dijo Bucko). Ha venido a arreglar el calentador».

-Muerte blanca
Kenneth Cook.

Rabiar.

Rabiar.

«Lina sueña con amaneceres verdes y noches estrelladas. Pero, a las ocho de la mañana, a las ocho en punto, el viejo del segundo piso comienza a lanzar, desde su ventana, colillas encendidas y exabruptos. A esta hora se oye el gato desperezarse con un agónico maullar y en la cocina empieza el trajín de cacerolas y pucheros.
Por eso, hoy, después de que Paco se fuera al trabajo, cinco minutos antes de las ocho de la mañana, cinco minutos antes de caer la primera colilla encendida en ese pequeño patio estrecho y sombrío, Lina desconectó la cuarteada goma naranja de la cocina y ha arrastrado, ella que es tan poquita cosa, el tanque de gas hasta la oscura chimenea, después ha abierto la espita para que salga el gas y por fin, abrazando a la nena contra su pecho, corre por la calle sin mirar atrás».

-El patio.
Concha Ballinas.

JUKEBOX.

JUKEBOX.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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La música es alegría. Es el modo en que el ser humano tiene de expresar pasiones, dolor, felicidad o sueños. Y es en la música, donde encontramos también un escape de todo.

Mi abuela solía decir que con muy poco se puede ser feliz, y ella pasaba mucho tiempo escuchando música. Recuerdo aquel ‘Perhaps, perhaps‘ sonando a diario en aquella sinfonola que habitaba la sala de su casa. Esos eran días felices, ver a la abuela cantar, y sonreír.

Cantamos para aliviar el alma, el espíritu. Cantamos para llenarnos de felicidad o incluso, para expulsarnos un punzante dolor. Atribuimos a la música un poder curativo que sí tiene, pero que poco valoramos.

Musicalizar la vida es un auténtico método para irradiar felicidad. Las mañanitas al cumplir un año más, las coplas escolares moviendo el esqueleto, los modernos acordes en el baile de graduación. Todo es música, y benditos somos por tenerla.

Una copa de vino, un whisky en las rocas. Una tarde lluviosa y una manta entre las piernas. Un libro para escapar o un poema para el alma y de fondo, música, alegrándonos el alma.

¡Con qué poco se puede ser feliz! La abuela tenía razón, sobre todo cuando entre la cocina, mientras se preparaba el café de la tarde, le oíamos entonar ‘Hit the road Jack‘ y no es que supiera inglés, ella sabia que solo se trataba de ser feliz.

—’Esa felicidad se debe compartir’. Nos dijo siempre. Por ello, aquí una pequeña selección de temas que, a experiencia propia, siempre nos hacen sonreír y bailar:

• FEELING GOOD (Nina Simone)
• CAN’T STOP THE FEELING (Justin T.)
• SWEET DREAMS (Eurythmics)
• TRY EVERYTHING (Shakira)
• UPTOWN FUNK (Mark R./Bruno Mars)
• DO IT (Tuxedo)
• ROCK WITH YOU (Michael Jackson)
• A LITTLE PRAY 4U (Aretha Franklin)
• LIVIN’ La vida loca (Ricky Martin)
• I WILL SURVIVE (Gloria Gaynor)

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