Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.

Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.

«Y un poco más tarde vi a un ángel durmiendo a la sombra de un árbol cubierto de flores. Me pareció que me miraba también; pero no estoy seguro, porque su rostro estaba escondido por una rama. Ahora, sin embargo, ella se despertó y comenzó a jugar con algunos otros. Alcé mi voz y grité, pero no me escuchó.
¡Supongo que me sentí poderoso como para derramar lágrimas!
Y entonces, de repente, se desvaneció y desapareció, y yo quedé solo en medio de la noche. Me sentí como en un laberinto, dolorido. Entonces oí a la Voz que decía: Si, aun siendo traviesos, le das obsequios a tus hijos, cuánto más su Padre, que está en todas las cosas buenas»

El valle de los niños perdidos, William Hope.

Cabo traición.

Cabo traición.

«Ashenden empleó dos o tres días en conocer Basilea, que no le agradó mucho. Pasó mucho tiempo en las librerías hojeando libros que hubiera merecido la pena leer si la vida fuera mil años más larga. En una ocasión, vio a Gustav en la calle. Al cuarto día, por la mañana, le entregaron una carta mientras se tomaba su café. El sobre llevaba el sello de una firma comercial desconocida para él y en su interior había una hoja de papel mecanografiada. No llevaba dirección ni firma. Ashenden se preguntó si Gustav sería consciente de que una máquina de escribir traicionaba a su dueño de igual modo que la escritura manual. Después de leer dos veces la carta con atención, puso el papel al trasluz para ver si había señales de tinta invisible (no tenía ninguna razón para hacer aquello excepto que el detective de unas novelas lo hacía), después encendió una cerilla, prendió el papel y contempló cómo ardía. Con las manos pulverizó los fragmentos quemados».

-El traidor

W. Somerset Maugham

Nunca digas que es tuya la tiniebla.

Nunca digas que es tuya la tiniebla.

«Pasaron otros nueve meses. De ella no quedaba más que el pellejo, el esqueleto y una mirada de tal serenidad como nunca elmundo la había visto.
Aún pasaron otros nueve meses, y otros, y otros. Y allá a las nueve veces nueve meses, el pellejo habíase ido reparando, reinformando bajo la presión del grano de trigo que mantuviera dentro, sin darlo a luz, sin arrojarlo de ella. Ahora no eran dos, era uno solo, uno solo que había acabado de crecer dentro de su madre, y ésta había acabado por convertirse en su hijo sin morir, por pasar de una generación a otra, sin probar la vejez.
Y este ser echó alas. Y los hombres ya se habían olvidado de todo y dijeron:
Esta es la primera creatura celestial que ha crecido en la tierra, el primer habitante celestial que aparece en la tierra, que viene a poner un poco del aliento celestial en esta tierra».

Bárbara, Efrén Hernández.

Ángeles Tibios.

Ángeles Tibios.

• PLUMA INVITADA •

🖊

La Demonología, es una rama de la Angelología: los ángeles de dividen en buenos y malos, y éstos no son otros que los demonios.

Astarot.

Dentro de la gran batalla celeste entre los ángeles buenos y los rebeldes, hubo algunos que decidieron mantenerse neutrales, como acontece siempre en cualesquiera guerra o contienda civil; el jefe de los neutrales fue —y es— un demonio que luego ha sido muy famoso en todo Occidente, sobremanera en Bretaña francesa, y aún en Galicia: Astarot. Dijo que él no estaba ni por San Miguel ni por Lucifer, y Dios lo mandó con los derrotados al Infierno, pues en las Sagradas Escrituras se lee que Dios vomita a los rubios. Astarot, aparece con suma frecuencia en Galicia, y casi puede decirse que sea un demonio gallego. Se hace amigo de los ricos, le gustan mucho las recomendaciones, le chifla hablar, es muy apetecido de que le cuenten historias y, en consecuencia, ha sido visto en múltiples ocasiones. A ese respecto fue denunciado por la policía veneciana. Ustedes saben que la policía de Venecia, tan enseñada en el lengüeteo que se trae agua contra los muros palaciegos, ha sido la más secreta que hubiera en el mundo. Había gente que denominada oídos, muy especializados, a quienes educaban para oír determinados rumores, o ciertas palabras significativas. Esto se demuestra por Anatomía, pues es cosa demostrada que a los tales les crecía de tal forma la oreja que mismo parecía bocina del gramófono «La Voz de su amo». También viene en ayuda la Numismática, puesto que, en la mejor época de la SerenissimaReppublica, los policías utilizaban la famosa medalla de Astarot, mejor de oro que de plata, y que es una culebra enroscada sobre sí misma, toda ella contrapunteada de pequeños oídos.

Álvaro Cunqueiro.

Estrellas de Aurora.

Estrellas de Aurora.

AFORISMOS


«Dos personas que se han querido en la tierra forman un solo Ángel. Su mundo está regido por el amor; cada Ángel es un Cielo. Su forma es la de un ser humano perfecto. La del cielo lo es asimismo».


Los Ángeles de Swedenborg
Jorge Luis Borges

Hola, Dios…

Hola, Dios…

«Entonces ocurrió el gran milagro: una luz purísima se hizo en torno del ascensor; una fuerza desconocida movió la jaula maltrecha, que empezó a subir lentamente, ante los brazos petrificados de los asaltantes. El ascensor abandonó el hall, mientras los hombres se replegaban hacia la entrada, llenos de un inexplicable temor. El ascensor subía, subía, cada vez más luminoso, cada vez más ligero… 40… 41… 55… 56… 50… Domenico no sufría. Una sensación de desgano invadía sus miembros. Mil lámparas de arco giraban ante sus ojos. Una orquesta de saxofones barítonos cantaba el arcaico aleluya. Los guijarros que lo habían derribado se habían vuelto frascos de perfumes a la moda… 64… 65… Al llegar a lo alto del edificio, el techo se abrió silenciosamente, y el ascensor se elevó majestuosamente en el cielo clarísimo, llevado por cuatro ángeles de alas largas, vestidos con camisas de seda y pantalones de franela crema».

-El milagro del ascensor.

Alejo Carpentier.

Cosas de adultos.

Cosas de adultos.

Día 10

Ryûnosuke Akutagawa

El biombo del infierno

I

Difícilmente habrá existido otra persona como el señor de Horikawa, ni existirá en el futuro. De él se decía que antes de su nacimiento, en los sueños de su señora madre había aparecido el Matatejas [uno de los cinco Rajás, mensajero de la esotérica secta budista Shingon: tiene seis cabezas, seis manos y seis piernas; destruye el mal y protege el bien], lo que prueba que desde el comienzo de su vida le estuvo concedido ser muy diferente al común de las personas. Cada uno de sus actos conquistaba de inmediato la admiración de todos. Por ejemplo, la arquitectura del palacio; no sé si llamarla imponente o suntuosa, pero tiene algo, realmente extraordinario, que escapa al criterio de gentes comunes como nosotros. Como es de suponer, hay quienes lo calumnian, calificando de deplorable la conducta del señor, y llegan a compararlo con el emperador de Ch’in, Shih Huang Ti [259-210 d.C.: primer emperador de China, ordenó la construcción de la famosa muralla e hizo quemar todos los libros anteriores a él] o con Yang Kuang [569-618 d.C.: emperador de Sui, derrocado y muerto por el pueblo sublevado], de Sui; pero tales calumnias están muy lejos de la verdad.

Las intenciones del señor de Horikawa nunca fueron egoístas, ni tampoco aspiró a la gloria o a la fama. Se preocupaba por las cosas más insignificantes, y siendo hombre de gran carácter deseaba que todos pudieran gozar de la vida en la medida en que él la disfrutaba.
Así, cuando sostuvo un incidente con los malhechores que merodeaban por el Templo Nijâ, no dio muestras de alterarse en lo más mínimo. Se dice que el espíritu de Târu-no-Sadaijin [personaje de la obra de teatro nô Tôru, original de Zeami; Tôru, noble de la Corte Imperial, hace reconstruir un famoso paisaje de la provincia Te Michinoku en Kioto para gozar de él; después de su muerte, en las noches de luna llena aparecía su fantasma y se repetían fiestas como en años anteriores], que se aparecía por las noches en el Templo Kawahara (situado en la avenida Higashi Sanjâ y famoso por el mural del paisaje Shiogama de la provincia de Michinoku), desapareció repentinamente al ser ahuyentado por el propio señor de Horikawa. Tales eran el carácter y el poder del hombre que gozaba de enorme popularidad en toda la capital, donde se lo veneraba como a la reencarnación de un santo.
Cierta vez, de regreso de la fiesta del ciruelo, soltose un toro de su carroza y embistió y derribó a un anciano que pasaba por el lugar; el anciano, lejos de protestar, juntó las manos y bendijo la gracia del haber sido alcanzado por un toro de señor tan principal. Tan cierto es esto como otros muchos hechos que acontecieron a lo largo de su vida, dignos de perdurar en el recuerdo de la posteridad. Otro día, en ocasión de una gran fiesta realizada en la corte, el señor obsequió treinta caballos blancos; en otra ocasión se hizo extirpar una pústula del muslo por un sacerdote de Shintan [denominación con que en el antiguo Japón se aludía a China]. Referir todas sus anécdotas sería tarea interminable. Pero de todos los episodios, ninguno tan terrible como aquel que se refiere al “Biombo del Infierno”, hoy uno de los tesoros artísticos que poseía la secreta técnica del Gatha /font>[poema budista que se refiere a la grandeza y poder del Buda e indica el camino del creyente; kada, en japonés]… En fin, noble familia. El señor de Horikawa, que de ordinario se mostraba imperturbable, pareció profundamente afectado por aquel incidente. Se explica, entonces, que quienes estábamos a su lado nos hayamos conmovido de verdad. Sobre todo yo, que le había servido durante veinte años, en los que nunca me había tocado presenciar una escena parecida.
Pero para narrar debidamente esta historia, es preciso que antes os haga conocer algunos detalles acerca del carácter de su protagonista, el pintor Yoshihide, autor del biombo que representa el Infierno

II

Al nombrarlo, es posible que algunos de vosotros lo recordéis. Fue un célebre artista que en su tiempo no tuvo rival. Cuando ocurrió el episodio que os voy a narrar, tendría ya unos cincuenta años. Era un hombre bajo, delgado, con toda la apariencia de un ser perverso. Se presentaba en palacio vistiendo kariginu [kimono antiguo que en su origen se usó para la caza y luego se llevó en la corte], estampado en color jiroflé y tocado con el momieboshi [antiguo sombrero japonés.]; pero todo su aspecto despedía cierto aire de bajeza, y los labios rosados y húmedos, en contraste con su edad, hacían que su presencia resultase particularmente desagradable. Algunos deducían que el color de los labios provenía de tanto mojar los pinceles en la boca; pero personas peor intencionadas le bautizaron con el nombre de Saruhide [“saru” significa mono; juego de palabras en lugar de Yoshi-hide, el “Mono-hide”], por su parecido con este animal.
A propósito de este apodo hay una anécdota. Por ese entonces, la hija única de Yoshihide, de quince años, servía en palacio como konyobo [doncella de la corte]; era una joven muy afable que en nada se parecía a su padre. Como había perdido a su madre siendo muy pequeña, era una niña precoz, gentil y muy inteligente, que a pesar de su juventud cuidaba de su trabajo hasta en los más mínimos detalles. Estas cualidades no tardaron en conquistar la simpatía de la señora de Horikawa y de las demás nyobo[doncella de la corte; categoría superior a konyobo].
Cierto día, alguien obsequió al señor de Horikawa un mono amaestrado de la provincia de Tamba; el hijo del señor, que estaba en la edad de las travesuras, lo llamó Yoshihide. Era un animal muy gracioso. Y al llevar tal nombre no faltaron en palacio quienes empezaron a burlarse del mono con doble intención. Pero lo malo era que no contentos con burlarse, inventaban cargos contra él, acusándolo, por ejemplo, de haber subido al pino del jardín, o de haber ensuciado el piso de la habitación de las doncellas, y se divertían maltratándolo.
Un día en que la hija de Yoshihide, llevando una espuela en una rama de ciruelo, caminaba por un largo pasillo, se le apareció el mono por una de las puertas corredizas. Venía huyendo en dirección a ella, y al parecer lastimado, pues en lugar de trepar velozmente a las columnas como era su costumbre, se le acercó cojeando. Detrás del animal venía el hijo del señor de Horikawa, blandiendo una delgada rama y amenazándolo.
—¡Ladrón de naranjas! ¡Te castigaré, te castigaré!
Y lo perseguía por el corredor. La joven observaba indecisa, cuando en un instante el animal se prendió de su amplia falda, al tiempo que chillaba lastimosamente… Ella no pudo menos que compadecerse, y sosteniendo en una mano la rama de ciruelo, con la otra abrió rápidamente la manga del uchigi[especie de sacón que las damas de la corte llevaban sobre el kimono] de color violeta y lo acogió con cariño; luego saludó al niño con una profunda reverencia, a la vez que le decía con su voz suave y fresca:
—Señor, es un pobre animal; os ruego le tengáis compasión.
Pero el niño, que estaba excitado y de mal humor, al oír estas palabras se enardeció aún más y pateó el suelo repetidas veces.
—¿Por qué lo protegéis? —protestó—. Es un mono ladrón de naranjas.
—Puesto que es un pobre animal… —repitió la muchacha, y agregó con sonrisa triste— y como lleva el nombre de Yoshihide, mi padre, me parece que lo castigáis a él; no puedo soportarlo.
Pronunció estas palabras con cierta dureza. El joven señor pareció ceder y dijo:
—Bien, ya que lo pedís en nombre de vuestro padre, lo perdono.
Hizo esta concesión con visible contrariedad, y arrojando la rama al suelo volvió sobre sus pasos en dirección a la puerta corrediza.

III

Después de este incidente, la hija de Yoshihide y el mono fueron grandes compañeros. La muchacha le colgó al cuello un cascabel de oro atado con una cinta roja, y él no se apartaba por nada de su lado. Una vez en que ella se resfrió y se vio obligada a guardar cama, el mono permaneció a su lado con cara compungida, mordiéndose las uñas continuamente.
Ante esta situación, y aunque pueda parecer extraño, ya nadie se atrevió a maltratar al animal; por el contrario, todos empezaron a quererlo, y hasta el joven hijo del señor de Horikawa, no sólo empezó a darle kakis y castañas, sino que llegó a enfurecerse cuando supo que un samurái le había hecho daño.
Se cuenta también que el señor de Horikawa hizo comparecer a la joven juntamente con el mono, cuando tuvo conocimiento de la conducta de su hijo. Desde luego, no ignoraba la amistad que existía entre ella y el mono.
—Sois fiel a vuestro padre —dijo el señor—; os recompensaré.
La muchacha recibió del señor de Horikawa un akome [ropa interior que llevaban las cortesanas, muy lujosa y profusamente bordada que se usaba para las fiestas] de color rojo vivo, en premio a su buen corazón.
El propio mono puso una nota graciosa en esta escena cuando se adelantó reverente a recibir la recompensa de su ama, hecho que dibujó el buen humor en el rostro del señor. Desde aquel día, el señor de Horikawa comenzó a sentir una viva simpatía por la muchacha, tanto por su actitud con el mono como por el amor filial que implicaba la defensa del animal, y nunca por motivos inconfesables, como murmuraba la gente. Aunque debo admitir que en realidad hubo ciertas cosas oscuras que pudieron dar lugar a tales murmuraciones; de ello me ocuparé más adelante. Aquí sólo quiero aclarar que, por hermosa que ella fuera, un señor como mi amo no podía soñar en correr ninguna aventura con la que era hija de un simple pintor a su servicio.
Después de haber sido honrada con esta audiencia, la muchacha, que era inteligente y modesta, no fue objeto de envidia por parte de las otras doncellas de la corte. Tanto ella como el mono, fueron desde entonces queridos por todos y en particular por la hija del señor, quien hizo de ella su compañera de todos los momentos, y la llevaba consigo siempre que salía en su carroza.
Pero dejaré un poco a la hija para seguir ocupándome del padre. Todos simpatizaban con el mono, mas a Yoshihide, que era un ser humano, seguían despreciándolo, y no cesaban de burlarse de él y de llamarlo “Saruhide”. Y esto no sólo ocurría en palacio. El Sôzu [categoría de sacerdotes budistas que sigue al Shosci, el de más alto cargo] de Yokawa lo detestaba con tanta vehemencia que a la sola mención de su nombre se horrorizaba como si se tratase del mismo demonio.
Aquí conviene señalar que esta aversión se atribuía al hecho de que cierta vez Yoshihide había hecho unas caricaturas alusivas a la conducta del sacerdote; pero, como comprenderéis, son habladurías de la gente de la calle y no conviene otorgarles mayor crédito. Sea como fuere, la antipatía que inspiraba Yoshihide era compartida en todas las castas sociales. Sólo uno que otro pintor amigo y algunas personas más, que lo conocían por su obra y no personalmente, se eximían de hablar mal de él.
Pues aparte de su aspecto repulsivo, Yoshihide reunía otros defectos no menos importantes, de manera que el ser tenido como persona ingrata obedecía a su misma naturaleza.

IV

Era desvergonzado, haragán, avaro y codicioso, pero lo que más irritaba en él eran su prepotencia y ese enfermizo orgullo de considerarse el mejor pintor del Japón, convicción que él pregonaba como si llevase un cartel colgado de la nariz. Y como si esto fuera poco, se creía superior también en otros aspectos, y así se burlaba, por ejemplo, de las buenas costumbres y de la rectitud de los demás.

Cierto día —así lo refirió un discípulo que trabajó varios años en su taller—, cuando en el palacio de un noble un espíritu vengativo que había poseído a la famosa médium de Higaki anunció que por intermedio de ella transmitiría su terrible mensaje, Yoshihide tomó tranquilamente el pincel y la tinta china que estaban a su alcance y empezó a dibujar el rostro espantosamente transfigurado de la médium, desentendiéndose por completo del mensaje. La venganza del espíritu era para él una puerilidad.
A tal punto era perverso que a la sagrada Mahâs’ri [kitsushû-ten, en japonés: diosa de la fortuna; en Japón generalmente es representada como una hermosa mujer vestida ceremoniosamente, con una flor de loto en la mano izquierda] la pintaba con el rostro de una vulgar prostituta, y al Acalanatha[acalanatha o aryacalanathafudô myoo, en japonés; el principal de los Cinco Reyes Iluminados (myoo), reverenciado especialmente por el budismo esotérico japonés como protector de la fe] lo mostraba como a un villano infame. Siempre adoptaba actitudes insolentes, y si alguien se lo reprochaba, él respondía con sorna: “Dificulto que los dioses que pinto quieran vengarse de mí”.
Al escuchar tales herejías de boca del maestro, los mismos discípulos quedaban pasmados, y algunos, temiendo un castigo divino, abandonaban el taller para siempre. En una palabra, se podría decir que era un hombre soberbio en extremo, que vivía convencido de ser el más genial pintor del universo.
Dicho todo esto, se comprende fácilmente lo que Yoshihide pensaba de su posición en el mundo pictórico. Su pintura era personalísima, tanto por el empleo del pincel como por la combinación de los colores, y por esa causa sus colegas lo consideraban farsante. Ellos aducían que mientras se hablara de un Kawanari o un Kanaoka [dos famosos pintores de la época Heian], u otro pintor clásico, se podía decir, por ejemplo, que en una noche de luna parecía percibirse el exquisito aroma de las flores de ciruelo junto a las persianas de madera, o escucharse las dulces melodías de la flauta del cortesano, en fin, que sugerían hermosas ideas y sabían traducir bellos motivos; pero la obra de Yoshihide sólo hablaba de cosas desagradables y sombrías. En la época en que ilustró el pórtico del Templo Ryugaiji con el Círculo de los Cinco Destinos [motivo de origen budista en el que se representan en círculo los destinos que aguardan al hombre después de su muerte según la conducta observada en vida; son: el Paraíso, el Hombre, el Infierno, la Bestia y el Demonio; en los templos budistas de la India se pintaba este círculo en los pórticos], se decía que quien pasaba a medianoche cerca del lugar podía escuchar los llantos y los lamentos de las figuras pintadas. Se contaba también que cuando ejecutó por encargo del señor de Horikawa los retratos de varias cortesanas, las retratadas fallecieron en menos de tres años víctimas de una extraña enfermedad. En opinión de personas malignas, esto se debía a que la pintura de Yoshihide era como él: irreverente y demoniaca.
Como os iba diciendo, Yoshihide era un hombre poco común, de modo que lejos de afligirse se jactaba de suscitar estos rumores. En cierta oportunidad, el mismo señor de Horikawa, bromeando, le dijo:
—Entiendo que a vos sólo os agradan las cosas feas. ¿No es así, Yoshihide?
A lo que él contestó con inaudito descaro, y con una sonrisa sarcástica en sus labios colorados:
—Exactamente. La belleza de lo feo es lo que no pueden comprender esos pintores ordinarios.
Aunque fuese el primer pintor del Japón, no se justificaba la insolencia que había gastado con el señor. El discípulo que os mencioné antes, le puso el apodo de Chira Eiju para satirizar su insolencia y su vanidad; como sabréis, Chira Eiju es un tengu [genio mitológico del Extremo Oriente, de larga nariz y famoso por su soberbia] que en una época pasada vino desde la China. Pero este Yoshihide, este descarado Yoshihide tenía, a pesar de todo, una virtud: la capacidad de amar humanamente

V

Yoshihide sentía un cariño entrañable por su única hija, joven bondadosa de temperamento sensible, que correspondía a ese amor de padre. Pero este cariño del pintor por su hija excedía los límites normales. Os parecerá increíble, pero cuando se trataba de comprarle kimonos o accesorios para su peinado, Yoshihide, que siempre había negado hasta el más pequeño óbolo a los templos, gastaba su dinero con largueza.
Quería y cuidaba celosamente de su hija, mas sin ningún propósito definido, como el de tener un buen yerno, por ejemplo, cosa en que no había pensado ni en sueños. Si alguien hubiese pretendido acercarse a ella con propósitos deshonestos, no habría vacilado en reunir a unos cuantos forajidos para que lo apalearan cualquier noche. Este desdén por el porvenir de la muchacha se puso de manifiesto cuando ésta fue requerida por el señor de Horikawa para servir en palacio. El pintor no ocultó su contrariedad, y aun después de transcurrido un tiempo, cuando comparecía ante el señor no podía disimular su disgusto. Al difundirse el rumor de que el señor de Horikawa había llamado a la joven sugestionado por su belleza, y la había llevado a pesar de la disconformidad del padre, la actitud de Yoshihide hacia el señor se tornó más suspicaz y desconfiada.
Aunque el rumor carecía de todo fundamento, lo cierto era que el pintor deseaba que su hija volviera a su lado cuanto antes. Por encargo de nuestro señor, Yoshihide pintó el Mañjusri [monju, en japonés: uno de los Bodhisattva, simboliza la inteligencia], atribuyéndole el rostro de un joven favorito de aquél.
Como el retrato resultara excelente, el señor de Horikawa le anunció:
—Os recompensaré por vuestro magnífico trabajo. Pedid lo que deseéis.
¿Qué os pensáis que respondió el atrevido a tamaña generosidad? He aquí sus palabras:
—Deseo que me devolváis a mi hija.
Este deseo hubiera podido ser satisfecho de servir su hija en otro palacio que no fuera el del señor Horikawa; pero estando donde estaba, semejante irreverencia resultaba imperdonable. Ante este pedido, al buen señor, que era asimismo sumamente generoso, le asaltó un acceso de mal humor, y después de mirarlo un instante con expresión severa, le dijo secamente:
—Eso jamás.
Se levantó y se retiró disgustado. Hechos de esta naturaleza se produjeron repetidas veces. Recordándolo ahora, me viene a la memoria que a partir de entonces el señor empezó a mirar a Yoshihide con creciente frialdad. Y conforme esta actitud se iba acentuando, aumentaba la aflicción de la hija, que pensaba en la suerte que podía correr su padre, y cuando se retiraba a su habitación a menudo se la veía llorar, conteniendo los sollozos con la manga del kimono. Entonces empezó a crecer el rumor de que el señor se había enamorado de la joven. Algunos opinarían que la tragedia relacionada con el Biombo del Infierno habría ocurrido por negarse la hija del pintor a acceder a los requerimientos del señor. Pero es absurdo suponer que haya podido suceder tal cosa.
A nuestro parecer, el motivo de que el señor de Horikawa no quisiera restituir la joven a su hogar era justamente la conveniencia para ella de vivir en palacio sin ninguna preocupación, en lugar de hacerlo al lado de un hombre tan siniestro. Por supuesto, nadie niega que el señor sintiera simpatía por esa muchacha de virtudes tan señaladas; mas os repito: no era porque la desease, como muchas personas malintencionadas se empeñaron en sostener. Lo sensato es afirmar que fueron invenciones de las malas lenguas. Pero dejemos de lado estas habladurías y pasemos a referir lo que sucedió en el momento en que el señor se encontraba muy disgustado con Yoshihide. Repentinamente mandó llamar al pintor a palacio, y le encomendó la ejecución de un biombo que representase el Infierno

VI 

Al mencionar el Biombo del Infierno, vuelve a mis pupilas el violento colorido del cuadro tal como si lo tuviera delante de mis ojos.
Aun tratándose del mismo motivo, el haber sido pintado por Yoshihide ya indica un trabajo totalmente distinto al de cualquier otro pintor. En uno de los ángulos del biombo hallábanse, en pequeña escala, los Diez Reyes [en el Más Allá budista están los Diez Reyes que interrogan a los espíritus acerca de la conducta que han observado durante su vida; al séptimo día deben responder ante el primero, luego a los 27, 37, 47, y así sucesivamente hasta concluir con los diez, quienes determinan el lugar del Infierno a donde deben ir] y los guardianes, y el resto del cuadro aparecía cubierto en su totalidad por una hoguera infernal con llamaradas en remolino. Fuera de los puntos amarillos y azules de los kimonos al estilo T’ang [dinastía china, 618-906 d.C.] de los myôkan [funcionarios del Infierno], dominaba el rojo agresivo de las llamas, y mezcladas entre el vivo color resaltaban las manchas de la tinta china, del negro humo y del oro de las chispas, en un fuego que parecía danzar alocadamente.
Sólo esta furia del pincel habría bastado para asombrar a los espectadores, sin contar los condenados que sufrían al ser pasto de las llamas, muy diferentes a los de los cuadros que uno solía ver. Eso se explicaba, ya que los condenados, desde los nobles más eminentes hasta los más míseros mendigos, habían sido tomados de la realidad. Nobles de la corte con sus kimonos de ceremonia, atrayentes cortesanas con sus itsutsu-ginu [kimono que usaban las señoras jóvenes y que constaba de cinco atavíos superpuestos], sacerdotes orando con sus rosarios budistas, samuráis, estudiantes en alta geta [calzado de madera similar a la sandalia], doncellas ataviadas lujosamente, hechiceros con sus equipos mágicos… Enumerar los motivos pintados sería interminable. Personajes fustigados por carceleros con cabezas de toro o de caballo huían en desorden en medio de las llamas y del humo sofocante; la mujer a quien le arrancaba la cabellera con el sasumata [arma antigua en forma de rastrillo para derribar o rapar al enemigo] podría ser una kamunagi [hombres o mujeres que servían en las ceremonias del sintoísmo; siendo hombre, okamunagi, siendo mujer, mekamunagi]; en el hombre que tenía atravesado el pecho por un tehoko [arma antigua que en el extremo de un cabo de hierro llevaba una espada] y se precipita cabeza abajo como un murciélago, se reconocería a un joven funcionario del gobierno; además los había que eran azotados con látigos de hierro o aplastados por enormes piedras; algunos eran picoteados por extrañas aves de rapiña y otros mordidos por dragones venenosos… Se hallaba tanta variedad en las formas de castigo como en las clases de condenados allí registradas…
Pero en medio de este heterogéneo mundo de tortura, el cuadro más impresionante y terrible era el que representaba un carruaje tirado por bueyes que caía del cielo, atravesando un extraño árbol cuyas ramas semejaban espadas, y en cuya copa se amontonaban los espíritus condenados, todos con el cuerpo atravesado. La cortina de la carroza era agitada por el viento infernal, y en su interior se veía a una cortesana ataviada con un lujo propio de las nyôgo [doncellas de la categoría más elevada que servían en la corte] o de las kôi [doncella que servía en la corte, y que seguía en jerarquía a las nyôgo], debatiéndose desesperadamente, con sus negros cabellos revueltos y un cuello de impresionante blancura entre el rojo de las llamas. Tanto la doncella como la carroza envuelta en ese denso fuego, reflejaban el atroz padecimiento y la terrorífica visión del Infierno. Me atrevo a deciros que todo el horror del cuadro estaba simbolizado en esa sola persona. Era tan magistral la ejecución del Biombo que el que lo veía creía oír las desgarradas voces de los condenados.
Pero temo haber alterado el orden de la historia en mi apresuramiento por hablaros del Biombo del Infierno. Seguiré con Yoshihide, a partir del momento en que el señor de Horikawa le encargó la ejecución de la referida obra.

VII

Durante cinco o seis meses consecutivos Yoshihide vivió encerrado en su taller sin visitar el palacio. Conducta extraña en aquel hombre que tanto amaba a su hija, cuando empezó a trabajar se olvidó inclusive de ella. El discípulo de quien os hablé refería que, cuando Yoshihide empezaba a pintar, se abstraía totalmente y parecía iluminado por algún espíritu superior o imbuido de algún encantamiento. Lo cierto es que en ese tiempo se comentaba que el secreto de su éxito estaba en sus plegarias al Fukutok-no-ôkami [Dios de la suerte y de la fortuna] con quien había sellado un pacto. Esto sostenían quienes decían haberlo espiado mientras pintaba y habían visto a los fantasmas de varios zorros rondándolo. Según he oído decir, cuando empezaba a pintar se olvidaba de todo; se encerraba en el taller día y noche y muy raramente lo abandonaba. Particularmente en el caso que nos ocupa pudo verse que su inspiración y fervor artístico cobraban especial intensidad.
Su aislamiento de todos lo llevó a bajar las persianas en pleno día, preparar a la luz de la lámpara de aceite los colores que eran su secreto y vestir a los discípulos con diversos trajes para posar. Pero su febril inspiración no se detenía allí. Aun sin tratarse del Biombo del Infierno, el solo hecho de pintar era suficiente para inspirarle rarezas, que él consideraba lo más natural del mundo. Por ejemplo, cuando ejecutó el Círculo de los Cinco Destinos del Templo Ryugai-ji, se colocó tranquilamente frente a los cadáveres que encontró en el camino, de los que las personas comunes apartaban la vista horrorizadas y se dedicó a dibujar detenidamente esos rostros y cuerpos putrefactos. 

¿Qué os quise decir cuando afirmé que su fervor había cobrado especial intensidad? Seguramente muchos lo encontrarán inexplicable. Pero aunque me faltaría aquí el espacio para detallar todos los sucesos, os narraré los puntos principales. Los hechos fueron más o menos los siguientes.
Cierto día el discípulo de quien ya os hablé, estaba atareado en mezclar los colores, cuando se le presentó inesperadamente el maestro:
—Pensaba hacer una siesta —dijo—, pero esto días duermo muy mal.
Como no le pareció extraño que el maestro no pudiera dormir, el discípulo contestó indiferentemente, sin interrumpir su labor:
—¿De modo que no puede conciliar el sueño?
Mas, cosa insólita, el maestro mostrose entristecido y continuó:
—Quiero pedirle que se quede a mi lado mientras yo esté acostado.
Pronunció estas palabras con visible timidez. Al discípulo le pareció extraño que el maestro se afligiera por los sueños, pero como nada le costaba complacerlo aceptó, diciendo que no tenía ningún inconveniente, a lo que Yoshihide, aún preocupado, le dijo titubeando:
—Bueno; quiero que me acompañe al cuarto interior. Y cuando vengan los demás discípulos, no les permita pasar.
Esa habitación era el estudio de Yoshihide. Como de costumbre, las persianas estaban cerradas, y a la débil claridad de una lámpara podía verse el boceto del biombo hecho con yakifude [especie de carbonilla para dibujar en forma de pincel] y colocado en posición vertical. El maestro se acostó, y poco después dormitaba con la cabeza apoyada sobre un brazo. Antes de una hora, el discípulo fue sorprendido por extrañas e incomprensibles voces que provenían de la cabecera del lecho junto a la que se hallaba sentado velando el sueño de Yoshihide.

VIII

Al principio eran sólo sonidos, pero al rato llegó a percibir palabras entrecortadas, como de alguien que se estuviera ahogando y pidiera auxilio dentro del agua. Finalmente comprendió algunas frases.
—¿Qué? ¿Que vaya yo?… ¿Adónde?… ¿Que vaya adónde? ¿Al fin del mundo?… ¿Que vaya al Infierno? ¿Quién habla? ¿Quién dice semejante cosa? ¿Quién es? ¡Ah! Con que eres tú…
El discípulo detuvo la mano que revolvía la pintura y escrutó el rostro del maestro, pálido y cubierto por gruesas gotas de sudor, la boca abierta desdentada y los labios trémulos y arrugados. Dentro esa boca algo se movía como manejado por un hilo: era la lengua; de ella salían las palabras delirantes.
—Con que eres tú… Tú. Desde un principio supe que eras tú. ¿Qué? ¿Que viniste a buscarme? Por eso quieres que vaya al Infierno, a ese Infierno… ¿Qué? ¿Que mi hija me espera allí?
En este punto el discípulo fue presa de tal terror que creyó ver bajar una sombra misteriosa rozando la superficie del cuadro. Tomó por la mano al maestro. Y lo sacudió con fuerza, pero no consiguió arrancarlo de su postración y continuó oyendo frases incoherentes. Le arrojó entonces al rostro el agua que tenía al lado para lavar los pinceles.
—¿Que me estás esperando, y que suba a la carroza?… ¿En esta carroza?… ¿Al Infierno?… —proseguía delirante.
Al decir estas últimas palabras su voz se convirtió en un lamento agudo, estrangulado. Por fin abrió los ojos y se levantó sobresaltado. Tenía la mirada perdida y el semblante demudado, como si en el fondo de los ojos continuase viendo los fantasmas del sueño. Volvió en sí, se levantó y dijo ásperamente al discípulo:
—Puede retirarse.
Éste se retiró sin protestar porque sabía que las órdenes del maestro no se discutían. Cuando vio la luz del día se preguntó si no acababa de vivir una pesadilla. Luego se tranquilizó.
Pero puedo deciros que esto no fue nada. Un mes más tarde, otro discípulo fue llamado al taller. El maestro lo recibió con la punta del pincel en la boca y ordenó:
—Lo siento, pero tendrá que desnudarse como la vez pasada.
Como ya anteriormente le había pedido que posara desnudo, no le asombró la orden y se apresuró a cumplirla. Cuando terminó de desvestirse, Yoshihide le dirigió una mirada extraña y agregó:
—Pero esta vez quiero dibujarlo con cadenas de modo que, aunque lo lamento mucho, tendrá que hacer lo que le mando.
Hablaba fríamente; no parecía lamentarlo mucho. El discípulo era un hombre robusto que se diría nacido para manejar la espada y no el pincel, pero las palabras del maestro lo dejaron tieso. Comentaba luego cada vez que recordaba ese momento: “Creí que había enloquecido y que me mataría”.
Un poco fastidiado por el aire irresoluto del discípulo, Yoshihide extrajo de no se sabe dónde una fina cadena de hierro, y haciéndola sonar, se le abalanzó por la espalda y lo maniató en un momento; rodeó su cuerpo con varias vueltas oprimiéndolo con brutalidad, y ajustó con tanta violencia la punta de la cadena que el discípulo perdió el equilibrio cayendo ruidosamente sobre el piso

IX

Podría agregar que en tal estado el pobre discípulo tenía la apariencia de un tonel, estrechamente atado de pies y manos. La única parte del cuerpo que podía mover era el cuello. Además, tratándose de un hombre robusto y sanguíneo, el rostro, el torso y los muslos se le iban enrojeciendo por la intensa y persistente presión de las cadenas. A Yoshihide parecía importarle poco la situación del discípulo, y no cesaba de dar vueltas en torno de él, dibujándolo detenidamente. No creo necesario describiros el suplicio del discípulo durante ese tiempo.
Sin embargo, ese sufrimiento sería sólo el comienzo. Por fortuna (aunque más adecuado sería decir por desgracia) un momento después, desde una tinaja colocada en un rincón del taller, partió serpenteando una mancha larga y angosta, como de aceite negro. Al principio se movía lentamente, como si fuera algo pegajoso, pero luego se deslizó con suavidad, brillando con intermitencias, hasta llegar a las propias narices del discípulo. Éste, al verla, gritó, aterrado:
—¡Una serpiente, una serpiente!
Como él mismo diría después, sintió que se le helaba la sangre, y con sobrada razón.
En ese momento la serpiente tendió la fría punta de su lengua hacía la blanca piel del cuello que la cadena ceñía dolorosamente. Ante esta eventualidad, el mismo Yoshihide se precipitó. Arrojó el pincel, se agachó y rápidamente tomó el reptil por la cola y lo suspendió en el aire. La serpiente, retorciendo el cuerpo y alzando la cabeza, trataba en vano de alcanzar la mano que la aprisionaba.
—¡Diablos! —gritó Yoshihide—. ¡Me arruinaste un dibujo!
Enfurecido, arrojó la serpiente en la tinaja, desencadenó de mala gana al discípulo y ni siquiera le dio las gracias ni lo consoló. Era evidente que le preocupaba más el dibujo fracasado que el peligro corrido por su discípulo. Debo deciros que la serpiente que había aparecido tan importunamente era uno de los elementos de trabajo que el maestro acostumbraba manejar; de eso habría de enterarme tiempo después.
Con la sola mención de estas locuras habréis comprendido a qué grado de desenfreno llegaba el entusiasmo pictórico de Yoshihide. Pero antes de terminar, tengo que contaros una anécdota más. Se refiere esta vez a un muchacho de trece o catorce años, que por causa del Biombo sufrió un accidente que casi le cuesta la vida.
Una noche este discípulo, que tenía cutis blanco como una mujer, fue llamado al taller del maestro. Yoshihide estaba junto a una lámpara, y en la palma de la mano tenía un trozo de carne o algo parecido, que daba a comer a un ave rara, nunca vista por el muchacho. Su tamaño podía ser el de un gato común. ¿Semejante a un gato? Sí; mirando con atención, las plumas de la cabeza sobresalían como orejas y los ojos blancos, grandes y redondos eran como los de un gato

X

Yoshihide era un hombre al que no le agradaba ver mezclados a los demás en sus asuntos. Entre otras cosas, nunca mostraba a sus discípulos lo que tenía en el taller, un cúmulo de objetos entre los que figuraba la serpiente que ya os mencioné. A veces aparecía una calavera sobre la mesa, o bien eran bolas de plata o algún takatsuki [especie de bandeja con cuatro patas cortas] adornado con motivos de maki-e [pintura sobre objetos de laca, que se realiza empleando polvo de oro y plata], que formaban parte de la extensa variedad de objetos extravagantes que, según lo exigía el cuadro que pintaba, iban sirviendo como modelo. Lo raro era que no se supiera dónde guardaba todo ese arsenal de rarezas cuando no lo utilizaba. Es probable que la creencia de que Yoshihide tenía un pacto con el Dios de la Suerte y de la Fortuna tuviera su origen en misterios como éste. El discípulo observaba con temor el ave de orejas de gato, mientras tomaba el alimento, y pensó que se la utilizaría en la ilustración del Biombo. Preguntó respetuosamente si deseaba algo, pero Yoshihide, como si no lo oyera, se lamió los rojos labios y señalándole el ave con el mentón, le dijo:
—¿Qué le parece? ¿Verdad que está domesticado?

—¿Qué clase de ave es? —preguntó el discípulo—. Es la primera vez que veo un pájaro semejante.
El discípulo observaba con temor el ave de orejas de gato. Con sonrisa burlona, Yoshihide replicó:
—¿Cómo, dice que nunca lo vio? La gente de la ciudad no sabe nada. Esta ave se llama mimizuku [búho con cuernos]; me la trajo un cazador hace tres días de Kurama. Pero amaestrada como ésta no debe haber muchas.
Y diciendo esto, al ver que había terminado de comer la carne, levantó la mano lentamente y acarició el lomo del ave de abajo hacia arriba. Como si esto fuera una orden, el ave lanzó un graznido corto y agudo, y alzando vuelo atacó sorpresivamente al discípulo en el rostro. Si en ese momento el muchacho no se hubiese cubierto con la manga del kimono, es seguro que habría recibido más de dos rasguños. Intentó espantarla, pero ésta, revoloteando y lanzando chillidos siniestros, renovó el ataque… Olvidado de la presencia del maestro y atento tan sólo a defenderse, el discípulo, levantando o agachando el cuerpo, corría despavorido por la pequeña habitación.
El ave seguía todos sus movimientos, acechándolo para atacarlo directamente a los ojos. En cada embestida batía las alas furiosamente; aquello tenía algo de macabro que producía un malestar indefinible, como el olor de las hojas muertas o las salpicaduras de las cascadas, o como el agrio aroma del sarusake [licor que se produce por las frutas que guardan los monos en los huecos de los árboles]. Al decir del discípulo, creía hallarse sumergido en un valle solitario, y hasta la luz mortecina de la lámpara le pareció el pálido reflejo de la luna.
Pero, aunque horrorizado por el ataque del ave, lo que estremeció al muchacho fue ver cómo el maestro, con pasmosa tranquilidad, se deleitaba reproduciendo el terrible momento. Por un instante creyó que moriría en manos de Yoshihide.

XI

Era lógico suponer que el maestro podría ocasionar la muerte de su discípulo, puesto que lo había llamado con la expresa intención de pintar una escena fríamente planeada por él, adiestrando de antemano al pajarraco. Esto lo vio claramente el joven cuando comprendió su situación, y volvió a cubrirse el rostro con las mangas del kimono para defenderse del asedio. Gritó algo ininteligible y se acurrucó en un rincón del cuarto al lado de la puerta corrediza. En ese momento, Yoshihide gritó a su vez y pareció que se había levantado, mientras el batir de alas se hacía más intenso, seguido de un estrépito de objetos rotos. Volvió a alarmarse el discípulo, y cuando trató de ver se encontró con el taller a oscuras y el maestro llamando furiosamente a los otros discípulos.

Instantes después se oyó una voz y apareció alguien con una lámpara en la mano. A la luz intensa se vio un cuadro desastroso; el aceite de la otra lámpara se había derramado por el piso, y el ave, con las plumas empapadas en el líquido, se debatía afanosamente. Yoshihide contemplaba la escena con espanto desde el lado opuesto de la mesa, mientras mascullaba frases ininteligibles. No era para menos; una víbora negra se había enroscado al ave, apresándole el cuello y una de las alas. Posiblemente el discípulo, al agacharse, había volcado la tinaja donde estaba la serpiente, y cuando el ave quiso atraparla se habían trabado en lucha. Los dos discípulos se miraron estupefactos, y por un instante contemplaron asombrados el extraño espectáculo, pero se apresuraron a saludar al maestro y a retirarse del taller. De cómo terminó el duelo entre el ave y la serpiente, nadie supo decir nunca nada.
Incidentes de esta especie continuaron sucediéndose. Había olvidado deciros que cuando fue encargada a Yoshihide la ejecución del cuadro estábamos a principios de otoño, y como la extraña conducta del maestro duró hasta finalizar el invierno, durante este periodo los discípulos vivieron en un temor constante. Al fin del invierno, algo pareció dificultar la labor de Yoshihide. Se tornó más sombrío y cada día hablaba con mayor irritación. Al mismo tiempo, y cuando parecía concluido, el cuadro quedó paralizado. No sólo no había adelantado el trabajo, sino que hasta parecía haber borrado algunas partes.
Pero nadie sabía qué parte de la obra era la que no podía terminar, ni nadie se preocupó por saberlo. Los discípulos, hastiados ya de la conducta del maestro, no quisieron acercársele; era como compartir la jaula con un tigre o un lobo.

XII

En realidad, nada especial puedo contaros sobre lo que aconteció durante ese tiempo. Podría agregar, eso sí, que el caprichoso anciano se había vuelto muy sentimental, y cuando estaba solo lloraba silenciosamente. Cierto día, un discípulo debía llegar hasta el jardín, y allí encontró al maestro con los ojos llenos de lágrimas, contemplando distraídamente el cielo primaveral. Al verlo así, el discípulo se sintió inexplicablemente avergonzado y se alejó rápidamente. ¿No os parece sugestivo que ese arrogante artista, que para pintar el Círculo de los Cinco Destinos había dibujado tranquilamente los cadáveres del camino, empezara de pronto a llorar como un niño porque no conseguía un efecto para el Biombo del Infierno?
Mientras Yoshihide se entregaba con ardor a la creación del Biombo, la hija se volvía cada vez más taciturna, a tal punto que nosotras mismas llegamos a ver huellas de lágrimas en sus ojos. En esa muchacha de rostro lánguido, de tez blanca y de aire modesto, el estar triste parecía tornar sus pestañas más espesas sombreándole los ojos y acentuando aun más su abatimiento. Al principio se pensó que obedecería a una lógica preocupación por su padre, a quien profesaba tanto cariño, o bien que estaría enamorada; pero con el tiempo la gente lo atribuyó a que el señor de Horikawa le habría exigido que se le entregase. Cuando esta versión se generalizó, ya nadie habló más de ella.
En ese tiempo ocurrió algo que pasaré a referiros.
Una noche, a hora muy avanzada iba yo por un corredor, cuando de algún lado saltó sorpresivamente el mono Yoshihide, y empezó a tirarme de la falda del kimono. Era una tibia noche de luna, en la que empezaba a insinuarse el aroma de los ciruelos en flor.
Bajo la luz de la luna me asombró ver al mono chillar como enloquecido, arrugando la nariz y mostrando sus blancos dientes. Confieso que en ese momento sentí algún miedo, y temerosa de que me rasgara el kimono nuevo, al principio pensé darle un puntapié, pero me acordé de aquel samurái que lo había maltratado; por otra parte, la actitud del mono era bien extraña y me dejé conducir unos pasos sin pensar en nada preciso.
Al llegar a un ángulo del corredor desde donde se dominaba el amplio jardín con su fuente resplandeciente bajo la luz de la luna, vinieron a mis oídos unos ruidos ligeros como de personas que lucharan en silencio. Hallé insólito este ruido repentino en medio de aquella quietud, quebrada sólo por el chasquido de los peces en la fuente. Me detuve, y al acercarme a la puerta corrediza de donde provenía, escuché con atención para ver si se trataba de ladrones, en cuyo caso pensaba enfrentarlos decididamente

XIII

Al mono parecía resultarle demasiado lento mi proceder, y comenzó a dar saltos a mi alrededor lanzando sus agudos chillidos. De pronto, se encaramó en mis hombros. Quise evitarlo y aparté instintivamente el cuello para eludir sus uñas, pero él se me aferró a la manga del kimono para evitar su caída. Perdí el equilibrio, y al trastabillar golpeé con la espalda en la puerta corrediza. No quedaba otro recurso: me puse en acción.
Abrí rápidamente la puerta y me dispuse a penetrar en el oscuro recinto hasta donde no llegaba la luz de la luna. Pero en ese instante algo obstaculizó mi visión… Mejor dicho, me sorprendió una mujer que salía corriendo del cuarto y que en su precipitación tropezó con algo y cayó de rodillas. Jadeante, me miró atemorizada, como si encontrara terrible mi presencia.
Que esa persona era la hija de Yoshihide no creo necesario aclararlo; aunque esa noche la encontré totalmente distinta y convertida en una mujer atractiva. Tenía un brillo particular en los ojos y el rostro se adivinaba encendido. El desorden en las faldas del kimono le confería una voluptuosidad contraria, a su modalidad casi infantil. ¿Era ésta la modesta y frágil muchacha de siempre?… Apoyándome en la puerta corrediza, y oyendo aún los pasos nerviosos de alguien que se alejaba, observé a la hermosa muchacha a la claridad de la luna; mis ojos, al mirarla, le preguntaban quién era esa persona.
La hija del pintor apretó los labios y sacudió la cabeza en un gesto lleno de angustia. No me quedaba duda de que era presa de una gran contrariedad.
Me acerqué a su oído y le pregunté en voz baja:

—¿Quién es?
Mas la joven hizo un signo negativo con la cabeza y no hablé. Las lágrimas le humedecían las pestañas y un rictus de amargura se dibujaba en su boca.
Comprenderéis que soy de esas personas que nada comprenden fuera de lo que ven, de modo que tampoco en este caso pude deducir exactamente lo que había sucedido. Nada podía decir a la joven puesto que ella callaba; por un largo rato permanecí de pie, a su lado, como para escuchar mejor el acelerado latir de su corazón. Al mismo tiempo, tuve una sensación de culpa y me arrepentí de mi insistencia.
No recuerdo exactamente el tiempo que había transcurrido cuando atiné a cerrar la puerta. Entonces me dirigí con amabilidad a la muchacha, que ya estaba más tranquila, y la insté a que volviese a su habitación. Regresé por el corredor un poco avergonzada y con un peso en mi conciencia, al saber que había sido testigo de algo que no me concernía, y me asaltó un temor irracional. No había andado diez pasos cuando sentí que alguien tiraba tímidamente de mis faldas. ¿Quién pensáis que era? Nada menos que el mono, que haciendo gestos como si fuera una persona, inclinaba la cabeza repetidas veces haciendo sonar el cascabel de oro que llevaba al cuello.

XIV

Unos quince días después de aquella noche, Yoshihide se presentó en palacio y solicitó una audiencia al señor de Horikawa. A pesar de pertenecer Yoshihide a una casta muy inferior, en razón de las circunstancias especiales que ya conocemos, el señor le concedió gustosamente una entrevista, si bien no tenía por costumbre hacerlo, cualquiera fuese la persona que lo solicitara.

El pintor vestía el kimono de siempre y un gastado sombrero; era evidente que estaba preocupado y de mal humor. Saludó al señor con reverencia y dijo:
—El Biombo del Infierno que me habéis encargado ya se encuentra casi concluido pues he trabajado con sostenido empeño por espacio de muchos días.
—Os congratulo por vuestro esfuerzo. Me siento satisfecho.
No sé por qué, la voz del señor me pareció débil y poco entusiasta.
—No merezco ninguna felicitación —dijo el pintor, con la cabeza inclinada y gesto hosco—. Falta poco para que esté terminado, pero hay una sola parte que no consigo lograr.
—¿Cómo? ¿Hay algo que no conseguís pintar?
—Os lo digo. En general me es difícil pintar lo que no veo. Y aunque llegase a pintarlo, nunca resultaría bueno, lo cual equivale a decir que no lo puedo pintar.
Al escuchar estas explicaciones, el señor de Horikawa sonrió irónicamente.
—¿Queréis decir que para pintar el Infierno tendríais que estar viendo el mismo Infierno?
—Exactamente. El año pasado pude presenciar un voraz incendio, cuyas violentas llamas eran comparables a las del Infierno; por eso me fue posible pintar el Yojiri-Fudô[45]. Vos ya conocéis esa obra.
—Pero ¿cómo representaréis las almas condenadas y los guardianes del Infierno?
—Ya he visto, señor, a hombres atados con cadenas. También tuve ocasión de pintar a una persona defendiéndose del ataque de un ave de rapiña. Os puedo decir que ya conozco los tormentos de los condenados. Respecto de los guardianes —Yoshihide sonrió maliciosamente—… a los guardianes los he visto varias veces en mis sueños. Algunos con cabeza de toro, otros de caballo; los había con tres cabezas, seis brazos y seis piernas. Esos demonios golpeaban las manos sin hacer ruido, abrían la boca sin emitir sonido alguno y aparecían casi todas las noches para torturarme. Pero lo que yo deseo y no consigo es independiente de todo esto.
El señor parecía sorprendido. Por un instante miró el rostro de Yoshihide con irritación, y frunciendo el ceño le preguntó secamente:
—Entonces, ¿cuál es el motivo que no podéis pintar?

XV

—Tengo pensado, señor, pintar en el centro del biombo un biroge [carroza antigua que usaban en la corte los nobles de las más altas jerarquías; se adornaba con hojas de palmera] cayendo del cielo.
Dicho esto, levantó los ojos por primera vez y los detuvo en el señor. Se había hablado con harta insistencia de que cuando se trataba de su arte los ojos de Yoshihide adquirían un brillo especial.
En esa ocasión pude confirmarlo: su mirada era diabólica. Prosiguió:
—En el interior de la carroza, habrá una noble dama, con los cabellos revueltos y debatiéndose entre las llamas infernales. Tendrá una expresión de terror, mirando el techo y procurando protegerse con la cortina para que no la alcancen las chispas. Alrededor de ella me gustaría hacer revolotear diez o veinte pájaros fantásticos. ¡Ay! ¡Ésta es la escena que no puedo lograr!…
Por algún motivo que no alcancé a comprender, el señor pareció entusiasmarse. Su enigmática sonrisa incitaba al pintor a extenderse en sus visiones.
Y ya con los labios temblorosos y como dominado por un fuego interior, prosiguió ensimismado:
—No puedo pintar eso…
Repitió de nuevo lo que ya había dicho y, súbitamente, exclamó con vehemencia:
—Os ruego, señor, hagáis que se queme una carroza delante de mis ojos. Y si fuera posible, dentro de la carroza… —se interrumpió bruscamente.
El señor de Horikawa sintió un estremecimiento y su noble rostro se ensombreció. De pronto estalló en una carcajada, y sin dejar de reír, respondió:
—Seréis complacido en todos vuestros deseos. No os aflijáis más, os lo ruego.
Al oír estas palabras en boca del señor tuve el vago presentimiento de que algo funesto habría de ocurrir. Parecía haberse contagiado de la locura de Yoshihide. Así lo creí al ver sus labios húmedos y su frente contraída por los nervios.
Tras un breve silencio, el señor lanzó de nuevo una siniestra carcajada, como si algo le hubiera estallado adentro:
—Pondré fuego a la carroza; tendréis también a la bella dama vestida lujosamente en su interior; no dudo de que solamente siendo el mejor pintor del país pudisteis pensar en pintar a esa mujer sufriendo entre llamas voraces y asfixiada por el negro humo… Os felicito, os felicito…
Yoshihide empalideció súbitamente y comenzó a mover los labios con nerviosidad; pero eso sólo duró un instante. Luego inclinó el rostro, y como si sus músculos se hubieran relajado repentinamente, dijo respetuoso y con voz apagada:
—Os agradezco la merced.
Quizá Yoshihide comprendió lo horrible de su idea a través de las palabras del señor, y eso habría hecho cambiar su actitud. Aquélla fue la única vez que sentí alguna compasión por Yoshihide

XVI

Pasados tres días, el señor de Horikawa llamó por la noche a Yoshihide y, fiel a su promesa, incendió una carroza en su presencia. Naturalmente, esto no podía hacerse en el palacio de los Horikawa; se eligió como escenario una antigua residencia que había pertenecido a la hermana del señor, situada en las afueras de la ciudad.
Hacía mucho tiempo que la vieja residencia había sido abandonada, y era en el inmenso jardín donde resultaban más visibles los estragos del tiempo. El aspecto abandonado había dado origen a rumores sobre la aparición del espíritu de la difunta hermana del señor, y se decía que en las noches sin luna, vistiendo una extraña falda de color rojo encima del kimono, recorría los largos corredores sin rozar el piso…
Os puedo asegurar que este rumor no era del todo inverosímil si se piensa que aun en pleno día el sitio es de los más desolados de la región, y cuando se pone el sol, el agua de la fuente suena lúgubremente y las garzas que cruzan el espacio estrellado se parecen a sombras monstruosas.
Era una noche oscura sin luna. A la luz de los faroles el señor, vistiendo el atavío de color amarillo pálido que usa la alta nobleza, con el escudo violeta grabado en relieve sobre el kimono, ocupaba en la terraza un asiento especial, del que se destacaban los bordes del almohadón forrado en seda blanca. Creo innecesario añadir que en torno de él había unas seis personas destinadas a su custodia. De un modo especial se destacaba la figura de un samurái, que después de la batalla de Michinoku, en la que a causa del hambre se había visto forzado a comer carne humana, había adquirido tal fortaleza que podía quebrar las astas de un ciervo vivo. Tenía puesto al parecer el haramaki [tela que envolvía por debajo de las ropas la región abdominal] y llevaba la katana al modo kamomejiri, o sea con la punta hacia arriba. Permanecía sentado gravemente al lado del amo. Los circunstantes formaban un cuadro fantasmagórico, entrevisto sólo fugazmente a la luz movediza de los faroles agitados por el viento.
La parte superior de la carroza que se encontraba en el jardín se perdía en la oscuridad, tenía las varas apoyadas en una especie de mesa, y sus ornamentos de oro refulgían como estrellas. El hecho de ser primavera no evitaba el escalofrío que provocaba la escena.
El carruaje lucía una pesada cortina azul profusamente adornada, que no dejaba ver su interior, y próximos se hallaban, estratégicamente situados, los sirvientes con las antorchas encendidas cuidando de que el humo no fuese en dirección a la casa.
Un poco más apartado, sentado delante de la residencia, se veía a Yoshihide; vestía las ropas de costumbre, probablemente de color ocre, ajadas.
Parecía más pequeño e insignificante que nunca, como aplastado por el inmenso cielo estrellado.
Detrás había otro hombre tocado con momieboshi, sin duda un discípulo. Como ambos se hallaban en la penumbra y distantes de la terraza en que yo me encontraba, no podía distinguir el color de sus vestidos.

XVII

Se acercaba la medianoche. Las sombras que envolvían el jardín se hacían cada vez más espesas y parecían sofocar la respiración; oíase el leve murmullo del viento trayendo el olor de la resina de las antorchas. El señor de Horikawa observó un instante más el extraño cuadro y luego, adelantándose, gritó con voz sonora:
—¡Yoshihide!
Éste contestó algo, pero sólo fue una exclamación.
—¡Yoshihide! Esta noche incendiaré la carroza, como me lo habéis pedido.
Y miró de soslayo a los guardianes. Pudo ser una ilusión, pero me pareció ver que el señor y esos hombres cambiaban sonrisas de inteligencia.
—Observad bien. Esta carroza, como sabéis, es la que siempre acostumbro usar. Dentro de un instante ordenaré que le prendan fuego, y os mostraré las llamas del Infierno.

Dicho esto el señor miró de nuevo a los guardianes, y prosiguió en tono áspero.
—Dentro de la carroza se ha atado a una mujer. Al arder el carruaje, esa mujer perecerá, sufriendo los tormentos del Infierno. Se quemarán su carne y sus huesos: será el modelo exacto que necesitáis para terminar el Biombo. No perdáis detalle cuando se derrita su carne, blanca como la nieve. Tampoco dejéis de ver cómo los negros cabellos se transforman en chispas y se elevan hacia el cielo.
El señor se interrumpió; una sonrisa silenciosa le sacudía los hombros.
—Será un espectáculo nunca visto —dijo—. Yo también estaré presente. Vosotros, apartad la cortina para que pueda verse a la mujer.
Uno de los sirvientes se acercó a la carroza, y mientras con una mano sostenía la antorcha levantó con la otra la cortina. La antorcha, crepitando, pareció arder con más fuerza en ese instante; y cuando iluminó el reducido interior de la carroza, se vio a una mujer que parecía atada en forma brutal. Esa mujer… ¿Quién no la reconocería? Sobre el lujoso kimono de ceremonia de las damas de la corte, bordado con motivos de cerezos, caían sus largos brazos y negros cabellos adornados con sashi[adorno de metal para el peinado] de oro que despedía intensos destellos. Esa mujer, que aquella noche lucía atavíos tan distinguidos y había sido atada y amordazada, esa pequeña mujer de perfil modesto y triste, era la hija de Yoshihide. Al reconocerla ahogué un grito.
En ese momento, el samurái que tenía adelante de mí se levantó rápidamente, y con la mano en la katana miró a Yoshihide. Sorprendida, miré a mi vez en esa dirección y vi cómo Yoshihide, seguramente sobrecogido de espanto por lo que acababa de ver, se había levantado de un salto y agitando los brazos intentaba correr hacia el carruaje. No le vi ninguna expresión, debido a la oscuridad y a la distancia.
Esta escena duró contados segundos. Un violento resplandor iluminó a Yoshihide —que parecía flotar atraído por una fuerza invisible—, y mostró la palidez mortal de su rostro.
La carroza ya era presa de las llamas cuando Yoshihide quiso correr en auxilio de su hija. El señor había dado la orden, y los sirvientes habían arrojado las antorchas dentro de la carroza

XVIII

El fuego se propagó rápidamente. Los flecos violáceos que bajaban del techo ardieron de un solo golpe, y por debajo de ellos salía un humo blanquecino, mientras las cortinas, las mangas del kimono y los adornos metálicos del cielorraso se consumían con increíble rapidez. El espectáculo era alucinante. Las llamas se alzaban al cielo y lo teñían de rojo, semejantes a una bola de fuego que al caer estallara en mil fragmentos. Yo había gritado un momento antes, pero viendo ahora el irreparable siniestro no hallé otro consuelo que contemplarlo, aturdida y desconcertada.

Pero ese padre, Yoshihide… No podré olvidar la expresión de su rostro. Su primer impulso fue precipitarse a la carroza, y al estallar el fuego quedó paralizado, con las manos en alto. Con ojos despavoridos escrutó la carroza en llamas; al resplandor del fuego pude ver hasta la raíz de la barba en aquel rostro apergaminado y sombrío. Los ojos desorbitados, los labios apretados y los músculos de la cara contrayéndosele nerviosamente reflejaban su miedo, su infinita angustia y un inmenso estupor ante la espeluznante escena. Ni el reo cuando es decapitado, ni el asesino cuando comparece ante los Reyes del Infierno mostrarían tanto horror y padecimiento. Hasta el famoso samurái que ya os cité palideció a la vista de aquel hombre, y dirigió una tímida mirada al amo.
Pero éste, a su vez con los labios apretados y sonriendo a intervalos con sarcasmo, no apartaba la vista del carruaje. Y en medio de las llamas… ¡Ay! No tengo fuerzas para daros los detalles del suplicio. La blancura de su rostro ahogado por el humo, los largos cabellos en desorden arrebatados por las llamas y sus hermosas ropas ardiendo como una tea… Imposible concebir una visión más despiadada. Sobre todo, cuando el viento cesó por un instante, el humo se desplazó hacia el lado opuesto a donde nos hallábamos, y pudimos ver con verdadero horror cómo en medio de esa hoguera, que parecía despedir chispas de oro, agonizaba una bella criatura forcejeando dolorosamente por quitarse las cadenas de su cuerpo. El espectáculo mostraba con elocuencia los tormentos del Infierno. Un estremecimiento nos sacudió a todos.
En ese momento, como si el viento hubiese renovado su intensidad, vimos un remolino en las copas de los árboles agitados de pronto por una ráfaga o un ruido extraño. Súbitamente, una bola negra se desprendió del techo y volando, o corriendo, pero sin tocar el suelo, se arrojó al carruaje en llamas. Saltó por entre las rejas ardientes a los hombros de la joven, lanzando un agudo grito de desesperación, y su eco dolorido se prolongó como un lamento detrás de la humareda. Una exclamación de espanto brotó de todas las gargantas: era el mono, que había quedado atado en el palacio de los Horikawa y que acaba de cruzar el cerco de fuego para prenderse a los hombros de la infeliz muchacha.

XIX

Pero sólo fugazmente pudo verse el animal. El fuego estalló en sonora lluvia de chispas, y el mono y la muchacha se perdieron en el seno de una negra nube. En medio del jardín, la carroza refulgía devorada por las llamas crepitantes. Más que una carroza ardiendo parecía una espiral de fuego evolucionando con estrépito hacia el cielo oscuro.

Yoshihide se hallaba de pie ante la columna ardiente. ¡Qué caso tan extraño! El mismo que momentos antes viéramos sufrir como arrojado en el mismo Infierno, daba ahora muestras de un júbilo incontenible. Estaba fascinado, y sin reparar en la presencia del señor, contemplaba extasiado la macabra escena, ajeno al tormento de su hija. Parecía enajenado por la violenta llamarada y el suplicio de la desdichada.
Pero lo extraño no residía en esta bárbara actitud; por encima de ella se notaba que ese hombre insignificante había adquirido un aire de soberbia y de poder semejante al que simbolizan los leones de los sueños [el león era considerado animal mitológico por los antiguos japoneses; en los sueños simbolizaba el poder invencible]. Quizá por eso las numerosas aves ahuyentadas por el fuego parecían evitar el sombrero de Yoshihide. Probablemente hasta los pájaros habían presentido esa extraña majestad que parecía ceñirlo como en una aureola de inmortalidad, y se mostraban sobrecogidos por su actitud.
Todos nosotros, conteniendo el aliento, sentíamos el irresistible hechizo de esa alegría incontenible, y creíamos estar en presencia de un Buda milagroso. No podíamos dejar de mirarlo. Las llamas tiñendo de rojo la negra espesura de la noche, Yoshihide en arrobada contemplación. Era un cuadro solemne y excitante.
El señor de Horikawa se había transformado: intensamente pálido, despedía espuma por la boca, apretaba fuertemente las rodillas bajo el vestido violeta, jadeaba como una bestia sedienta.

XX

Ignoro quién pudo lanzarla, lo cierto es que la noticia de que el señor había quemado su carroza en los jardines de Yukige, se propagó por toda la ciudad y dio origen a las más variadas conjeturas. Lo primero que se preguntaban era el por qué de esa muerte tan horrible para la hija del pintor.
La mayoría opinaba que podía ser en venganza por no haber podido conquistar su amor. Creo, no obstante, que si el señor de Horikawa llegó a cometer esa enormidad, lo hizo con la expresa intención de que sirviera a Yoshihide de ejemplar castigo. Esto lo escuché una vez de los propios labios del señor.

También se le criticaba a Yoshihide su alma endurecida, ya que pretendía continuar el Biombo pese a haber causado la muerte de su propia hija. No faltaban quienes lo maldecían, y no lo distinguían de una bestia, por haber confundido los alcances de su amor de padre. El Sôzu Yokawa se contaba entre los que así pensaban, y solía decir al respecto: “Aunque sea un gran artista, desde que olvida los cinco deberes del hombre, no merece otro destino que el Infierno eterno” [los cinco deberes consisten en respetar las relaciones entre soberano y súbdito, padre e hijo, marido y mujer, joven y anciano, y por último, entre amigos; también las cinco virtudes: caridad, honradez, gratitud, inteligencia y confianza].
Un mes después el Biombo estuvo terminado. Yoshihide lo llevó a palacio para someterlo al juicio del señor. Se hallaba presente el Sôzu Yokawa, quien al ver la obra quedó estupefacto; todo el horror de una tempestad de fuego vibraba en la superficie con increíble fidelidad. El Sôzu, que habitualmente menospreciaba a Yoshihide, frente al Biombo no pudo menos que exclamar: “¡Magnífico!” Estaba maravillado. Recuerdo también la amarga sonrisa del señor al escuchar el elogio.
Desde que concluyó el cuadro nadie, por lo menos en palacio, se atrevió a hablar mal de Yoshihide. Era comprensible que cuantos veían el Biombo, aunque sintieran aversión por el autor, se impresionaran por tan extremado realismo.
Pero cuando su obra comenzaba a ser la admiración de todos, Yoshihide dejó de pertenecer a este mundo. A la noche siguiente de terminar el biombo se suicidó en su propia habitación, ahorcándose con una cuerda. Acaso le resultó insoportable sobrevivir a la hija que tanto había amado.
El cuerpo del pintor fue sepultado en los fondos de su casa. De la pequeña tumba, azotada por el viento y las lluvias, ha de quedar una lápida borrosa sobre las piedras cubiertas de musgo.

Día 9

J. G. Ballard

El Jardín Del Tiempo

Al atardecer, cuando la gran sombra de la villa alcanzaba la terraza, el conde Axel abandonó su biblioteca y bajó los anchos escalones de estilo rococó que conducían hacia las flores del tiempo. Una figura alta e imperiosa con una chaqueta de terciopelo negro; un alfiler de corbata de oro brillaba bajo su barba a lo Jorge V. En una de sus enguantadas manos mecía ligeramente un bastón. Comenzó a inspeccionar las exquisitas flores de cristal, sin emoción, mientras escuchaba los sonidos del clavicordio de su esposa, que estaba tocando un rondó de Mozart en la sala de música. Los ecos de la melodía vibraban a través de los translúcidos pétalos.

El jardín de la villa se extendía unos doscientos metros bajo la terraza, llegando hasta un lago en miniatura cruzado por un puente blanco que conducía a un menudo pabellón en la orilla opuesta. Axel nunca se aventuraba más allá del lago. La mayor parte de las flores del tiempo crecían en un pequeño arriate justamente bajo la terraza, amparadas por el alto muro que circundaba la finca. Desde la terraza, el conde podía ver por encima del muro la llanura que había más allá; una eran extensión de terreno abierto que avanzaba en ondulaciones hasta el horizonte, donde ascendía suavemente antes de perderse de vista. La llanura rodeaba la casa por todas partes, y su monótono vacío acentuaba la soledad y la suave magnificencia de la villa. Aquí, en el jardín, el aire parecía más brillante y el sol más cálido, mientras que en la llanura estaba siempre pálido y remoto.

Como de costumbre, antes de empezar su usual paseo vespertino, el conde Axel miró a lo largo de la llanura hasta la última elevación, donde el horizonte estaba iluminado como un escenario por los rayos del sol vespertino.

Cuando las delicadas y armoniosas notas de Mozart llegaban a él procedentes de las graciosas manos de su esposa, vio que las primeras filas de un enorme ejército se movían lentamente en el horizonte. A primera vista le pareció que avanzaban ordenadamente, pero en una inspección más detallada pudo comprobar que el ejército estaba formado por un vasto y confuso tropel de gente hombres y mujeres entremezclados con unos cuantos soldados de raídos uniformes, y todos ellos avanzando como una marea humana. Algunos lo hacían dificultosamente, bajo pasadas cargas suspendidas de toscos yugos que rodeaban sus cuellos; otros luchaban con toscas carretas de madera, ayudando con sus manos el girar de las ruedas. Solo unos cuantos caminaban libres, pero todos avanzaban al mismo paso, recortándose sus figuras a la luz del huidizo sol.

La multitud estaba casi demasiado lejos para ser visible; sin embargo, Axel siguió observando, con expresión fría y vigilante, hasta que se hizo claramente perceptible la vanguardia de un inmenso populacho. Por último, cuando la luz del día comenzó a desvanecerse, la multitud alcanzo la cresta de la primera ondulación bajo el horizonte; entonces, Axel abandonó la terraza y descendió a pasear entre las flores del tiempo.

Las flores crecían a una altura de dos metros; sus delgados tallos, como varillas de cristal, sostenían una docena de hojas. Al extremo de cada tallo estaba la flor del tiempo, del tamaño de una copa. Los opacos pétalos exteriores guardaban su corazón de cristal. Su brillantez diamantina presentaba mil facetas. Al ser movidas ligeramente por la brisa vespertina, refulgían como lanzas de fuego.

Muchos de los tallos habían perdido su flor, y Axel los examinaba cuidadosamente, con un destello de esperanza en los ojos en su búsqueda de algún nuevo brote.

Por último, seleccionó una gran flor de un tallo cercano al muro, se quitó los guantes y la arrancó con sus fuertes dedos.

Cuando llevaban la flor a la terraza esta comenzó a centellear y a deshacerse, y la luz procedente del corazón fue desvaneciéndose. Lentamente, el cristal también empezó a disolverse, y solo los pétalos de alrededor permanecían intactos. El aire que rodeaba a Axel se tomó brillante y vívido. En un instante, la tarde pareció transformarse, alternando sutilmente sus dimensiones de tiempo y espacio. El oscurecido pórtico de la casa quedó despojado de su pátina, y relumbraba con una espectral blancura, como surgido repentinamente de un sueno.

Alzando la cabeza, Axel miró fijamente otra vez por encima del muro. Solo el lejano borde del horizonte estaba iluminado por el sol, y la gran multitud que antes había avanzado casi una cuarta parte del camino de la llanura, había retrocedido ahora basta el horizonte. Todos habían vuelto atrás abruptamente, en una reversión del tiempo, y ahora parecían inmóviles.

La flor, en la mano de Axel, se había contraído hasta adquirir el tamaño de un dedal de cristal. Los pétalos estaban crispados alrededor del desvanecido corazón. Un desmayado centelleo tembló por un instante desde el centro y se extinguió rápidamente; entonces, Axel sintió derretirse la flor como una gota de rocío en su mano.

El crepúsculo se cerraba alrededor de la casa, extendiendo sus grandes sombras sobre la llanura, fusionando el horizonte con el cielo. El clavicordio estaba silencioso y las flores del tiempo no reflejaban su música, ahora inmóviles, formando parte del bosque embalsamando.

Durante unos minutos Axel las miró, contando las flores que aún quedaban; después saludó a su esposa, que cruzaba la terraza arrastrando el borde de su vestido de noche, de brocado, por las baldosas.

– Qué hermoso atardecer, Axel – habló la mujer, conmovida como si fuesen obra de su marido las ornamentales sombras y el nítido aire.

Su rostro era sereno e inteligente; llevaba el pelo recogido por detrás con un broche de piedras montadas en plata. El vestido, escotado, revelaba un largo y delgado cuello y una barbilla altanera. Axel la examinaba con profundo orgullo. Le ofreció su brazo y juntos bajaron las escaleras hasta el jardín.

– Uno de los más largos atardeceres de este verano – confirmó Axel, añadiendo -: He arrancado una flor perfecta, querida. Una joya. Con suerte nos servirá para varios días – frunció el entrecejo y miró involuntariamente al muro -. Cada vez parecen estar más cerca.

Su mujer le sonrió alentadoramente y apretó su brazo con efusión. Ambos sabían que el jardín del tiempo estaba muriendo.

Tres tardes después, como había previsto (aunque más pronto de lo que esperaba), el conde Axel arrancó otra flor del jardín del tiempo.

Cuando aquel día miró por encima del muro, la chusma había alcanzado la mitad de la llanura, extendiéndose como una masa ininterrumpida. Creyó oír murmullos de voces traídos por el aire, un hosco ronroneo pleno de lamentos y gritos. Afortunadamente, su mujer estaba ante el clavicordio y los maravillosos contrapuntos de una Fuga de Bach se esparcían a través de la terraza, ocultando otros ruidos.

Entre la casa y el horizonte la llanura estaba dividida en cuatro grandes declives, y la cresta de cada uno de ellos era visible en la declinante luz. Axel se había prometido a sí mismo que nunca los contaría, pero el número era demasiado pequeño para pasar inadvertido, particularmente porque servían de referencia en el avance del ejército.

Ahora la avanzadilla había traspasado la primera cresta e iba camino de la segunda, y el grueso de la multitud presionaba detrás de los primeros. Mirando a izquierda y derecha de aquel compacto grupo, Axel pudo apreciar la ilimitada extensión del mismo. Lo que al principio pudo creer que formaba el cuerpo total de la masa no eran sino las avanzadillas. El verdadero centro no era visible todavía y Axel estimaba que cuando este, por fin, alcanzara la llanura no quedaría un palmo de terreno sin hollar.

Intentaba ver algunos vehículos o máquinas pero todo aquello era una maraña amorfa y sin coordinación. No había estandartes, banderas, mascotas ni cortapicas; con la cabeza inclinada, la multitud avanzaba sin tregua.

Repentinamente, las avanzadillas de la chusma aparecieron en lo alto de la segunda cresta y avanzaron hormigueando por la llanura. Lo que más asombró a Axel fue la increíble distancia que habían cubierto en tan poco tiempo. Las figuras se veían mucho más grandes que la vez anterior.

Rápidamente, Axel salió de la terraza, seleccionó una flor del tiempo del jardín y la arrancó del tallo. Esta despidió su compacta luz y Axel volvió a la terraza. Cuando la flor se redujo a una perla helada en su mano miró hacia la llanura y vio con alivio que el ejército había retrocedido hasta el horizonte. Entonces advirtió que el horizonte estaba mucho más cerca que cuando arrancó la flor; lo había confundido con la primera cresta. 

Cuando se unió a la condesa en el paseo vespertino no le dijo nada de lo sucedido, pero ella se dio cuenta de su desconcierto e hizo todo lo posible para disipar su preocupación.

Mientras bajaban los escalones, la condesa señaló al jardín del tiempo.

– ¡Qué maravilloso panorama, Axel! ¡Hay tantas flores todavía!

Axel asintió, sonriendo interiormente ante la tentativa de su mujer para tranquilizarle. La entonación con que ella había pronunciado la palabra «todavía» revelaba su propio conocimiento del próximo fin. De hecho, restaba una escasa docena de flores de los cientos que habían crecido en el jardín, y en su mayor parte eran tan solo capullos. Solamente tres o cuatro habían alcanzado la plenitud. Cuando caminaban hacia el lago, Axel trataba de decidir si debía arrancar primero las flores desarrolladas o dejarlas para el final. Estrictamente, sería mejor dar tiempo suficiente para que los capullos creciesen y madurasen, y este beneficio se perdería si retenía las flores formadas hasta el final, como deseaba hacer para la última acción defensiva. Se dio cuenta, empero, que en cualquier caso era lo mismo; el jardín moriría pronto y las pequeñas flores requerían más tiempo para crecer que él podía otorgarles.

Cruzando el lago, él y su esposa miraron sus cuerpos reflejados en las oscuras aguas. Amparado por el «pavillon» por un lado y el muro por el otro, Axel se sentía tranquilo y seguro, y la llanura, con su alborotada multitud, parecía una pesadilla de la cual había despertado felizmente. Puso un brazo alrededor del suave talle de su esposa y la atrajo hacia sí cariñosamente, dándose cuenta de que no la había abrazado desde hacía años, aunque sus vidas habían sido eternas, y podía recordar, como si fuera ayer, cuando la trajo a vivir en la villa.

– Axel – le preguntó su mujer, con repentina seriedad -. Antes que el jardín muera…, ¿puedo arrancar yo la última flor?

Entendiendo su petición, él asintió lentamente con la cabeza.

Una por una, durante los dos atardeceres siguientes, Axel arrancó las flores que quedaban, dejando tan solo un pequeño capullo que crecía justamente bajo la terraza, destinado a su esposa.

Había cogido las flores al azar, rehusando contarlas o racionarías y arrancando dos o tres capullos a la vez cuando era necesario. La horda había alcanzado la segunda y tercera cresta; nublaba el horizonte. Desde la terraza, Axel podía ver con claridad la revuelta turba bajando por la depresión hacia la cresta final, y de cuando en cuando los sonidos de sus voces llegaban hasta él mezclados con gritos de cólera y chasquidos de látigos. Las carretas de madera daban tumbos por todos los lados sobre sus ruedas y los conductores luchaban por controlarlas. Por lo que podía distinguir Axel, ni un solo miembro de la multitud estaba enterado de la dirección que llevaban. Más bien cada uno avanzaba ciegamente sobre el terreno, pisando los talones a la persona que iba delante. Sin motivo que aducir, Axel tenía la vaga esperanza de que el verdadero núcleo, bajo el lejano horizonte, pudiera cambiar de dirección y la multitud alterase su curso gradualmente, desviándose de la villa, y retrocediera en la llanura como una resaca en el mar.

En el penúltimo atardecer, cuando arrancó la flor del tiempo, la avanzadilla de la chusma había alcanzado la tercera cresta y pasaba hormigueante ante ella. Mientras esperaba a la condesa, Axel miró las dos florecitas que quedaban; solo conseguirían hacerles retroceder un corto trecho en el próximo atardecer. Los tallos de cristal a los que arrancó las flores se alzaban en el aire, pero todo el jardín había perdido su lozanía.

Axel pasó la mañana siguiente tranquilamente en su biblioteca, encerrando sus manuscritos más raros en las cámaras de cristal situadas en las galerías. Caminó lentamente ante los retratos, puliendo cada uno de los cuadros cuidadosamente; después, puso las cosas en orden en su escritorio y cerró la puerta tras él. Durante la tarde halló trabajo en la sala, ayudando a su esposa que limpiaba sus ornamentos y ponía en orden los jarrones y bustos.

Al atardecer, cuando el sol declinaba por detrás de la casa, ambos estaban cansados y polvorientos y no habían cruzado la palabra en todo el día. Cuando su mujer se dirigía a la sala de música, la llamó.

– Esta noche cogeremos las flores juntos, querida – anunció lentamente -. Una para cada uno.

Lanzó una ojeada por encima del muro. Pudo oír a unos seiscientos metros el rugir de la chusma avanzando hacia la casa.

Rápidamente, Axel arrancó su flor, un capullo no mayor que un zafiro. A medida que este iba perdiendo su luz, el tumulto de afuera pareció ceder momentáneamente; después, comenzó de nuevo.

Cerrando sus oídos al clamor, Axel dirigió la vista hacia la villa, contando las seis columnas del pórtico; después, se fijó en la plateada superficie del lago que reflejaba la última luz del atardecer, y en las sombras que se cruzaban entre los árboles y se extendían por el crespo césped. Axel se detuvo sobre el puente donde él y su mujer habían visto sucederse, cogidos del brazo, tantos y tantos veranos.

-¡Axel!

Afuera, el tumulto se hacía ensordecedor; mil voces bramaban a veinte metros escasos de allí. Una piedra cruzó por encima de la valla y cayó en el jardín del tiempo, rompiendo algunos de los vítreos tallos. La condesa corrió hacia él cuando una nueva oleada retumbó a lo largo del muro. Después, una pesada baldosa cruzó por encima de sus cabezas y se estrelló en una de las ventanas del invernadero.

-¡Axel!

La rodeó con sus brazos, ajustándose la corbata que ella había ladeado con su hombro.

-¡Rápido, querida, la última flor!

La condujo al jardín. La condesa tomó el tallo, arrancó la flor limpiamente y la protegió entre las palmas de sus manos.

Por un momento el tumulto desmayó y Axel recobró su sangre fría. Al vívido centelleo de la flor vio el blanquecino rostro y los asustados ojos de su mujer.

– Retenla todo lo que puedas, querida, hasta que muera la última de sus fibras.

Permanecieron juntos en la terraza. De pronto, el griterío de afuera aumentó. La multitud estaba golpeando la verja de hierro y toda la villa temblaba ante este impacto.

Cuando el último rayo de luz desapareció, la condesa elevó sus manos como si liberase un invisible pájaro; después, en un acceso final de valor, tomó las manos de su esposo con una sonrisa radiante que se desvaneció rápidamente.

-¡Oh Axel!- lloró.

Como una espada, la oscuridad descendió súbitamente sobre ellos.

Pesadamente, la multitud que había afuera pasó por encima de los residuos del muro que cercaba la finca; acarreaban sus carretas por encima de él y a lo largo de los baches que una vez habían sido primoroso camino. Las ruinas de lo que antes fuera una espaciosa villa eran holladas por una incesante marea humana. El lago estaba seco. En su fondo quedaban troncos de árboles quebrados y el viejo puente deshecho. Brotaban las malas hierbas entre el largo césped de la pradera, cubriendo los senderos.

La mayor parte de la terraza se había derrumbado y casi toda la multitud cruzaba rectamente por el césped, desviándose de la destruida villa; pero uno o dos de los más curiosos treparon y buscaron entre su armazón. Las puertas habían sido sacadas de sus goznes y los suelos estaban agrietados. En la sala de música se veía un viejo clavicordio hecho astillas y algunas de sus teclas aún reposaban entre el polvo. Todos los libros estaban esparcidos por el suelo, fuera de sus estantes, y los lienzos habían sido acuchillados, cubriendo con sus tiras el suelo.

Cuando el cuerpo mayor de la multitud alcanzó la casa cubrió el muro en toda su extensión. Toda la gente junta caminaba a tropezones por el seco lago, por la terraza, y atravesando la casa cruzaban hacia la parte norte. Solo una zona soportaba esta ola sin fin. Justamente bajo la terraza, entre el derruido balcón y el muro, había unos matorrales espinosos de unos dos metros de altura. El punzante follaje formaba una masa impenetrable y la gente pasaba a su alrededor cuidadosamente. Muchos de ellos estaban demasiado ocupados buscando su camino entre las destrozadas losas para mirar el centro de los matorrales espinosos, donde dos estatuas de piedra, una junto a la otra, miraban alrededor desde su zona protegida. La mayor de las dos figuras representaba a un hombre con barba que llevaba una chaqueta de cuello alto y un bastón en una mano. Junto a él había una mujer con un traje de seda. Su rostro era suave y sereno. En su mano derecha sostenía ligeramente una rosa de pétalos tan suaves que casi eran transparentes.

Cuando el sol se puso tras la casa, un rayo de luz pasó a través de una cornisa rota e hirió la rosa y, reflejándose sobre las estatuas, iluminó la piedra gris de tal manera que, por un fugaz momento, esta fue indistinguible de la ya hacía tiempo desvanecida carne de los originales de las estatuas.

Día 8

Isaac Babel

El Ventrílocuo 

La paliza que dimos a los polacos detrás de Belaya Zerkof fue enorme. Hasta la naturaleza debió conmoverse. Yo recibí muy de mañana una buena reprimenda. Recuerdo que el día se acercaba a la noche. Yo había perdido la comunicación con el mando de la brigada, y de todo el proletariado no quedaban conmigo más que cinco cosacos. Alrededor se pegaba la gente como el pope con su mujer. Lentamente goteaba la sangre de mi cuerpo y de la paletilla del caballo… En una palabra… No, esto no puede decirse en una palabra.

Spirka Sabuty y yo salíamos del bosque… lejos, lejos del bosque… y nos miramos. ¡Bonita situación! A unos trescientos metros… no más había… una nube de polvo. ¿Un estado mayor? ¡Bueno! ¿La impedimenta? ¡Mejor! Los uniformes y las camisas de los muchachos están miserablemente desgarrados y apenas cubren su desnudez.
—Sabuty —digo a Spirka—, tú conoces a tu madre… y… ¡bueno!, por el estilo… Te concedo la palabra. Tú estás ahora en la lista de oradores. Aquello que marcha por allí es nuestro estado mayor…

—Es verdad. Es nuestro ese estado mayor —contestó Sabuty—. Pero nosotros somos dos y allí hay ocho hombres.
—¡A ellos, Spirka! —digo yo—. Me gustaría untarles esa casaca solemne. Muramos por un pepino y por la revolución mundial.
Y corrimos hacia ellos. Eran ocho sables. Dos los barrimos inmediatamente con nuestras balas. Veo que Spirka lleva a un tercero al estado mayor de Duchonin para examinar sus papeles. Yo, en cambio, me entretengo con el as de triunfo. El as de casaca roja, cadena y reloj de oro. Le estrecho contra una granja, rodeada de manzanas y cerezos. El caballo del casaca roja se pavonea inquieto debajo de ellos como la hija de un tendero, pero se tranquiliza en seguida. Entonces suelta el general las riendas, me apunta con el máuser y me hace un agujero en la pierna.
—¡Bueno! —pienso yo—. Pero no te me escapas. Vas a morder la hierba.
Meto dos tiros en el arma. El caballo me dio pena. Era un bolchevique, un verdadero bolchevique. Rojo de cobre como una moneda, redonda como una bola la cola, las patas tirantes como cuerdas templadas. Yo pienso: “El caballo se lo llevas a Lenin”. Pero no resultó nada de aquello. Maté al buen animal. El caballo se desplomó como una novia, y mi as de triunfo saltó de la silla, se volvió otra vez y me hizo otro agujero en la figura. Así recibí mis tres señales en acción ante el enemigo.
—¡Jesús! —pienso yo—. Va a acabar por matarme en regla.
Meto espuela hacia él y entonces saca el sable, mientras ruedan las lágrimas por sus mejillas, lágrimas blancas, leche humana.
—Por ti me dan la orden de la Bandera Roja —grito yo— Ríndete, Excelencia, en tanto que me queda vida…

—No puedo, panie —contesta el viejo—. Me matas.
De pronto aparece Spirka delante de mí como llevado por el viento. Su rostro está jabonado con suciedad y los ojos le colgaban como una hebra de hilo sobre los morros.
—¡Vassia! —me dice—. ¡La de hombres que he despachado hoy! ¡Era un placer! ¡Atiza! ¡Si tienes un general!… ¡Vaya la de cosas finas que tiene! A éste me gustaría despacharle.
—¡Vete al diablo! —le digo furioso—. Esas cosas finas me están costando mi sangre.
Y empujo al general con mi yegua hacia la era, llena de heno o algo análogo. Calma, oscuridad y frío reinan allí.
—Panie—le digo—, cálmate, ríndete, por amor de Dios y luego descansaremos los dos, panie.
Está de pie junto a la tapia, respira con dificultad y se frota la frente con sus dedos rojos.
—No puedo —me contesta—. Me tendrás que matar. Mi sable no lo puedo entregar más que a Budienny.
—A Budienny tengo que llevárselo yo! —y para mi mala suerte veo que el viejo va a desplomarse en seguida.

—¡Panie! —grito y lloro y rechino los dientes—. Mi palabra de proletario de que yo mismo soy el primer comandante. No busques en mí cosas finas, pero un título sí que lo tengo: excéntrico musical y ventrílocuo de salón de la ciudad de Nischni…, Nischni del Volga…

El diablo me hurgó. Los ojos del general ardían ante mí como linternas. La sangre se me agolpó al rostro. La ofensa se desleía como sal en mis heridas, pues vi que el viejo no me creía. Cerré la boca, muchachos, encogí el vientre, metí aire y se lo volví a echar al viejo, así, por broma, a estilo de soldado, como entre nosotros en Nischni, y demostré de ese modo al polaco mi arte de ventrílocuo.
El viejo palideció, se llevó las manos al corazón y se desplomó en tierra.
—¿Crees ahora en Vasska, el excéntrico, el comisario de la invencible tercera brigada de caballería?
—¿Comisario? —grita él.
—Comisario —digo yo.
—¿Comunista? —grita él.
—Comunista —digo yo.
—En la hora de mi muerte —grita él—, en mi último suspiro, dime, amigo cosaco, ¿eres comunista o has mentido?
—Soy comunista.
Entonces se yergue el viejo, besa un amuleto cualquiera, parte el sable y en sus ojos se encienden dos chispas, dos linternas en la estepa tenebrosa.
—Perdona —me dice—; no puedo rendirme a un comunista —y me alarga la mano—. Perdona —dice—, y mátame a estilo de soldado…
Esa historia nos contaba un día en su habitual tono de broma, mientras descansábamos, el famoso Konkin, comisario político de la brigada de caballería de Nischni y tres veces caballero de la orden de la Bandera Roja.
—Bueno, ¿y cómo terminaste con el panie, Vasska?
—¿Cómo había de terminar?… El viejo tenía carácter. Yo incluso me incliné ante él. Él siguió obstinado. Entonces le quitamos todos sus papeles y el revólver. La silla de aquel mochuelo raro la tengo todavía debajo de mí. En esto veo que me estoy desangrando más cada vez. Se apodera de mí un sueño terrible y mis botas están llenas de sangre… Y ya no pude ocuparme más de él.
—¿De manera que disteis cuenta del viejo?
—Cometimos el pecado.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

Todos buscamos…

Una señal.

Salió volando por una esquina de la habitación. Brinqué de inmediato de un pesado letargo en la cama; no por miedo, por sorpresa. Me detuve observando, considerando si me acercaba o salía huyendo cual cobarde; no es que lo fuera, pero uno debe ser precavido. Y es que, un estrepitoso aleteo persistía detrás de la cortina donde ‘aquello’ fue a parar. A través de la ventana, la luna iluminaba una sombra fina y pequeña por debajo de aquel razo a rayas que colgaba del cortinero. Intenté con extraños sonidos y señas apercibirle para que huyera, puesto que era un intruso atacando mi espacio, mi tranquilidad. Persistió. Un zapato fue lo primero que miré cercano para defenderme. —¡Déjate de tonterías y acaba ya con eso, que estoy con mis oraciones! —Me dijo mi madre cuando a punto estaba de acribillarle con aquel calzado—. Así que por razones de efectividad, mejor corrí por el insecticida, levanté un resquicio de la cortina y rocié como si se tratara de una marabunta y no únicamente de un simple insecto. Un instante después, vi caer aquella pequeña sombra, con la ligereza propia de la pluma de un ave que se desprende sin voluntad. De nuevo, volví a dudar en acercarme. ¿Y si brinca, y si está llena de tentáculos y si es agresiva o venenosa? Dejé mi miedo luego de oír el segundo grito agudo de mamá —¡Te he dicho que estoy orando, así dios jamás me enviará una señal! Exhalé. Levanté la cortina de un brusco movimiento. Casi caigo al suelo, fue inevitable gritar, ¡vaya grito! Mi madre corrió apresurada a mi auxilio, a mi alarido. Impactada, gritó igual. —¡Mi señal, dios, mi señal! —Dijo— cuando al levantar aquella cortina, lo que descrubimos, fue que habíamos matado a un ángel.

Marco de Mendoza.

🍸

Ángeles y Zodiaco.

Ángeles y Zodiaco.

—Si quieres romper una maldición, lo mejor es usar fuego —sentenció la pequeña chispa, y se imaginó guiñándole un ojo al sol roto.

Las Crónicas de N’Xia

Peter Mohrbacher

Malahidael, Ángel de Aries
El Instigador
Peter Mohrbacher
Verchiel, Ángel de Leo
El Gobernante
Peter Mohrbacher
Advachiel, Ángel de Sagitario
El Vagabundo
Peter Mohrbacher
Turnos para esculpir ángeles.

Turnos para esculpir ángeles.

«Las alas parecen nacer de la carne antes viva y nutrirse con la sangre que ya no corre por las venas. No logro comprender cómo es que alguien tuvo el valor de perforarlas con los cables. Cierto: los cables sostienen las alas en posición ligeramente diagonal, como si el ángel caído aún intentara aletear, elevarse. De pronto, mi propio cuerpo me desobedece. Siento que algo falta en mí o, más bien, que yo falto en mi cuerpo. Viajo en retroceso por el aire. En un instante revivo días, semanas, meses, años. Me detengo en un sueño que creí olvidado».

Giraluna de Van Sau.

Lizeth Alcantar.

Estudiante de la licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Zacatecas.

Cada metáfora es un hecho infinito.

Cada metáfora es un hecho infinito.

Día 7

Katherine Mansfield

Veneno

Se había retrasado mucho el cartero. Cuando volvimos de nuestro paseo de la mañana aún no había llegado.
Pas encore, Madame —dijo Annette con voz cantarína, y escapó corriendo al fogón.
Llevamos nuestros paquetes al comedor. La mesa estaba puesta. Al ver los dos cubiertos sólo dos, y sin embargo tan bien dispuestos, tan perfectos que no había posibilidad de que cupiera un tercero, experimenté, igual que siempre, un extraño y fugaz escalofrío, como si hubiera sido herido por los rayos argentados que se desprendían de los blancos manteles, de la cristalería centelleante, del obscuro tazón de las fresas.
—¡Dichoso cartero! ¿Qué le habrá ocurrido? —dijo Beatrice—. Pon eso allí, querido.
—¿Dónde quieres que lo ponga?
Alzó la cabeza para sonreírme con aquella amable y burlona sonrisa.
 —Donde quieras, tontín.
Pero yo sabía de sobra que allí no había sitio para aquello y hubiera seguido sosteniendo en vilo la panzuda botella de licor y los dulces durante meses, durante años antes que correr el riesgo de contrariar, aunque sólo fuera ligeramente, su exquisito sentido del orden.
—Vamos, trae —y los plantó sobre la mesa, juntamente con sus largos guantes y la canastilla de los higos—. “La mesa para la comida”, novela corta por, por… —me cogió del brazo—. Vamos a la terraza —y al decirlo noté que se estremecía—. Ca sent la cuisine —concluyó con voz desmayada.
En los últimos días, había observado —hacía un par de meses que vivíamos en la Costa Azul— que cuando quería hablar de la comida, del clima o, en tono retozón, de su amor hacia mí, siempre recurría al francés.
Nos sentamos sobre la balaustrada bajo el toldo. Beatrice, inclinada hacia fuera, mirando para abajo, hacia el blanco camino que corría entre la doble hilera de lanzas de los cactos. La belleza de sus orejas, nada más que de sus orejas, maravillosas, era tanta, que después de contemplarlas me hubiera vuelto hacia toda aquella extensión del mar que relumbraba allá abajo para balbucir:
—Oh, qué orejas. Tiene unas orejas que sencillamente son lo más…
Vestía de blanco. Llevaba un ramito de lirios del valle prendido en la cintura, un collar de perlas y en el dedo corazón de la mano izquierda, un anillo con una perla también; un anillo que no era una alianza matrimonial.
—¿Por qué, man ami? ¿Por qué vamos a aparentar lo que no es? ¿A quién puede preocuparle?
Y, naturalmente, asentí, aunque íntimamente, en las honduras de mi corazón, hubiera dado el alma y la vida por verme a su lado en una iglesia de moda. Grande, sí, muy grande y atestada de gente, ante un sacerdote anciano y venerable, mientras resonaba “La voz que alentó sobre el Edén”. Con palmas y olor a incienso. Sabiendo que a la salida no faltaría la alfombra roja y el confetti. Y que en alguna parte nos esperaba el pastel de bodas, el champaña, y un zapatito de raso que había de ser arrojado tras el coche.
¡Ah, si hubiese podido deslizar en su dedo el anillo nupcial…!
Y no es que me agradaran esos espectáculos; pero tenía la impresión de que eso podía quizás atenuar aquella tremenda sensación de libertad total; la libertad de ella, claro está.
¡Dios mío! ¡Qué martirio era la felicidad, qué sufrimiento! Alcé la vista para mirar la casa, nuestra villa, las ventanas de nuestra habitación, escondida tan misteriosamente tras las verdes persianas de junco. ¿Sería posible que ella hubiera venido hacia mí en medio de la verdosa claridad para sonreírme y que esa sonrisa enigmática fuese para mí sólo? Me echó un brazo en torno del cuello, mientras que con la otra mano me acariciaba el cabello de una manera tan delicada, pero tan terrible…
“¿Quién eres tú?” ¿Quién era ella? Ella era… la Mujer.
En el primer atardecer templado de la primavera, cuando las luces relumbran como perlas en la atmósfera saturada del perfume de las lilas, y se oyen murmullos de voces en los jardines recién florecidos, es ella la que canta en la casa alta con cortinas de tul. Y cuando viajando en coche a la luz de la luna cruzamos una ciudad extranjera, su sombra es la sombra que se presiente tras del oro estremecido de las persianas. Cuando las lámparas se encienden, en medio del silencio que acaba de engendrarse, son sus pasos los que cruzan ante tu puerta. Y ella es la que en el atardecer de otoño, palidez entre pieles, ha mirado al pasar el coche que se aleja.
En fin, dicho en pocas palabras. Yo tenía entonces veinticuatro años. Y cuando ella, tendida de espaldas con las perlas rozándole el mentón, suspiraba: “Amor mío, tengo sed. Donne-moi une orange”, yo hubiera sido capaz de chapuzarme con mucho gusto en el agua para arrancar una naranja, si preciso fuera, de las mismas fauces de un cocodrilo; suponiendo que los cocodrilos comieran naranjas.
Beatrice cantaba:

Si yo tuviese un par de alitas de pluma
Y fuese un pintado pajarillo…

Le así una mano:
—¿Te irías volando?
—No, no muy lejos. Sólo hasta el final de la carretera.
—Y ¿por qué diablos hasta allí?
—“Él aún no es venido, exclamaba ella” —citó Beatrice.
—¿Quién es él? ¿Ese viejo tonto de cartero? Pero si no esperas ninguna carta.
—No, pero me inquieta como si la esperara. Ah —y de pronto se echó a reír, apoyándose en mí—, ahí está, mírale, parece un escarabajo azul.
Y juntando nuestras mejillas estuvimos mirando cómo el azulado insecto empezaba a subir cuesta arriba.
—¡Amor mío! —suspiró Beatrice.
Y sus palabras parecían flotar en el aire, vibrar en él como vibran las notas de un violín.
—¿Qué?
—No lo sé —dijo sonriendo levemente—. Debe de ser una oleada, sí, una oleada de cariño. La abracé.
—¿Entonces, ya no te irías volando?
Y ella repuso pronta y dulcemente:
—No, no. Por nada del mundo. De veras. Me encanta este lugar. Me encanta estar aquí. Creo que podría vivir en él años y años. Nunca he sido tan feliz como en estos dos últimos meses, y tú te has portado conmigo tan perfectamente bien, en todos los sentidos, amor mío.
Esto me hacía tan feliz, era algo tan excepcional, tan inusitado, el oírselo decir a ella, que traté de tomarlo a broma.
—No hables así. Parece como si fueras a despedirte.
—Bah, qué tontería. No debes decir esas cosas ni siquiera en broma —y deslizando su manecita bajo mi chaqueta blanca, me asió un hombro—. ¿Verdad que has sido feliz?

—¿Feliz? ¿Que he sido feliz? ¡Dios mío! Si supieras lo que siento en este instante. Sí, muy feliz. Encanto mío, mi vida.
Me dejé caer de la balaustrada y tomándola en brazos la levanté en alto. Mientras la sostenía en el aire, apoyé el rostro en su seno murmurando:
—¿Eres mía?
Y por primera vez desde que la había conocido, en todos aquellos meses de desazón, aun contando el último, que sin duda fue el Paraíso, creí en ella a pies juntillas cuando respondió:

—Sí, soy tuya.
Sonó la puerta del jardín, y luego el ruido de los pasos del cartero sobre el cascajo. Nos separamos. De momento estaba como deslumbrado, y me quedé allí, sonriendo, sintiéndome un poco atontado. Beatrice fue hacia los sillones de mimbre.
—Anda, ve a traer las cartas —me dijo.

Bueno. Salí casi dando traspiés, pero llegué tarde. Ya venía Annette corriendo.

—Pos de lettres —dijo.

Debió de quedar sorprendida por la sonrisa desmayada con que tomé de sus manos el periódico. Estaba loco de gozo. Tiré el diario por los aires y proclamé a gritos:
—No hay cartas, querida —mientras me dirigía hacia el sillón donde mi amada yacía tendida.

De momento no replicó. Luego, mientras rasgaba la faja del periódico, dijo lentamente:

—Olvidada del mundo y por el mundo olvidada.
Hay momentos en que lo mejor es un cigarrillo para salvar la situación. Ya no es sólo un aliado, sino un amiguito discreto, irreprochable, que lo sabe todo y lo comprende todo perfectamente. Mientras uno fuma se le mira, risueño o airado, según las circunstancias lo aconsejen, aspirando profundamente el humo y expeliéndolo lentamente en abanico. Aquél era uno de esos momentos. Fui hacia el magnolio absorbiendo humo a más no poder. Luego volví para reclinarme contra su hombro. Pero de súbito arrojó el periódico sobre las losas.
—No hay nada de nuevo —dijo—. Nada. Sólo una causa por envenenamiento. Uno que ha matado o no ha matado a su mujer. Veinte mil que llenan cada día la sala y dos millones de palabras cablegrafiadas a todo el mundo después de cada sesión.
—Qué necia es la gente —repliqué, dejándome caer en otra silla.
Quería olvidar el periódico para volver, con cautela, claro está, a aquel instante que precedió a la llegada del cartero. Pero cuando respondió, comprendí por el tono de su voz que aquel instante ya había pasado. Aunque no importaba. Ahora que sabía… aguardaría con mucho gusto quinientos años, si preciso fuera.
—No tan necia —dijo Beatrice—. Porque, después de todo, es algo más que morbosa curiosidad lo que atrae a esas veinte mil personas.
—¿Qué es, pues, querida? —bien sabe Dios que no me importaba un bledo.
—La culpabilidad —exclame—. Sí, su culpabilidad. ¿No lo comprendes? Les sugestiona, como sugestiona al enfermo cualquier novedad relativa a su caso. El que está en el banquillo puede muy bien ser inocente; pero los que están en la sala casi todos son envenenadores —estaba pálida a causa de la emoción—. ¿No has reparado nunca en la enorme cantidad de envenenamientos que se están dando? Hallar una pareja en que el uno no envenene al otro, ya sean casados o amantes, es cosa excepcional. ¡Cuántas tazas de té o de café —exclamó—, cuántas copas de vino estarán emponzoñadas! Y las que yo misma he bebido, sin saberlo o a sabiendas, pero corriendo el riesgo. La única razón para que sobrevivan tantas parejas —dijo sonriendo—, es que uno de ellos no se atreve a suministrar al otro la dosis fatal. Para darla hace falta tener nervios bien templados. Pero forzosamente ha de venir, tarde o temprano. No se puede retroceder una vez que la pequeña primera dosis ha sido suministrada. Es el comienzo del fin, ¿no te parece? ¿Comprendes lo que quiero decir?
No esperó mi respuesta. Desprendiéndose de la cintura los lirios del valle, se tendió de espaldas y se posó la ramita sobre los ojos.
—Mis dos maridos me envenenaban —dijo—. El primero me dio una fuerte dosis casi de golpe, pero el segundo era un verdadero artista en su género. Sólo una pizca de vez en cuando, hábilmente disimulada. ¡Ah, qué inteligente era! Hasta que una mañana, al despertar, estaba cubierta de menudos granitos de los pies a la cabeza; hasta la más mínima porción de mi cuerpo. No había tiempo que perder.
Me molestaba oírle hablar de sus maridos con tanta tranquilidad, y precisamente aquel día. Me sentí herido. Iba a decírselo, pero de pronto exclamó quejosa:
—¿Por qué? ¿Por qué había de ocurrirme a mí esto? ¿Qué había hecho yo? ¿Por qué toda mi vida he estado condenada a…? Es como una conspiración.

Traté de decirle que era a causa de su perfección. Era demasiado perfecta para este mundo tan horrible; demasiado exquisita, demasiado bella. Asustaba a la gente. Quise hacerla reír diciendo:
—Bueno, pero yo no he tratado de envenenarte.
Rió con una media risita, mordisqueando el tallo de los lirios.
—¿Tú? No eres capaz de hacer daño a una mosca.
Cosa rara. Aquello me molestó; me molestó terriblemente.
 En aquel momento Annette vino a traernos nuestros aperitifs. Beatrice se incorporó para coger la copa de la bandeja y me la pasó. Observé el fulgor de la perla, en el dedo perlado, como yo le llamaba. ¿Por qué había de dolerme lo que acababa de decir?
—Y tú —dije cogiendo la copa— tampoco has envenenado nunca a nadie.

Esto me sugirió una idea y traté de exponérsela.
—Tú haces precisamente lo contrario. ¿Cómo llamar a quien, como tú en vez de emponzoñar a la gente, la colmas con nueva vida; ya sea el cartero, al que conduce nuestro coche o nuestra lancha, a la florista o a mí mismo, infundiendo a todos algo de tus propios destellos, de tu propia belleza, de tu…

Sonreía con aire de ensueño, me miraba con aire de ensueño.
—¿En qué estás pensando, mi bien amada?
—Estoy pensando si querrías bajar al pueblo después de comer para preguntar en correos si hay alguna carta para mí del reparto de la tarde. No te molestaría, ¿verdad? No es que espere ninguna, pero, si la hubiese, ¿no crees que es absurdo el no recogerla y tener que esperar tontamente hasta mañana?
Hizo girar el tallo de la copa entre sus dedos. Tenía su hermosa cabeza un poco inclinada. Yo alcé la mía y bebí, sorbí más bien, sorbí despaciosamente, deliberadamente, sin dejar de mirar aquella morena cabeza, y pensando en los carteros, en los escarabajos azules, en las despedidas que no eran despedidas y… ¡Dios de Dios! ¿Sería mi imaginación? No, no era mi imaginación. El aperitivo tenía un sabor escalofriante, amargo, muy extraño.

Día 6

Margaret Atwood

Betty

Cuando yo tenía siete años nos mudamos otra vez, a una casa de madera a orillas del Saint Marys, a pocas millas de Sault Sainte Marie, que estaba río abajo. En realidad, solo la alquilamos para el verano, pero de momento era nuestra casa, puesto que no teníamos otra. Era oscura, olía a ratones y estaba atestada de trastos de la antigua vivienda que no dejamos en el guardamuebles. De modo que mi hermana y yo preferíamos pasar casi todo el tiempo fuera.

Había una pequeña playa, tras la cual las casas, con molduras de colores —blanco sobre verde, granate sobre azul, marrón sobre amarillo—, se alineaban como cajas de zapatos, cada una con su retrete detrás, a una distancia insalubre. Teníamos prohibido nadar en el río a causa de la fuerte corriente. Se contaban casos de niños arrastrados por las aguas hacia los rápidos y las esclusas, hacia los fuegos de los altos hornos de las fundiciones de Algoma, que a veces veíamos desde la ventana de nuestro dormitorio en las noches nubladas, un resplandor rojizo bajo las nubes. Nos dejaban vadearlo, siempre y cuando el agua no nos llegase por encima de la rodilla. Con los tobillos enredados en los flecos de las algas, saludábamos con la mano a los cargueros que pasaban, tan cerca que no solo veíamos las banderas y las gaviotas a popa, sino también las manos de los marineros y los óvalos de sus rostros al devolvernos el saludo. Cuando el oleaje que producían nos mojaba los muslos y llegaba hasta la cintura de nuestros floreados y fruncidos trajes de baño con faldita, chillábamos alborozadas.
Nuestra madre, que solía estar en la orilla leyendo o hablando con alguien, aunque no exactamente vigilándonos, interpretaba los chillidos como señal de que nos estábamos ahogando. Y luego decía: «Os habéis metido hasta más arriba de la rodilla». Mi hermana le explicaba que solo había sido el oleaje producido por el barco. Entonces mi madre me miraba para ver si decía la verdad, porque, a diferencia de mi hermana, yo mentía muy mal.
Los cargueros eran armatostes enormes, con los escobenes de las anclas oxidados y chimeneas gigantescas de las que salían chorros de humo gris. Cuando hacían sonar las sirenas, como siempre que se acercaban a las esclusas, temblaban las ventanas de la casa. Para nosotras eran mágicos. A veces caían cosas, o las tiraban, y nosotras observábamos con avidez los objetos flotantes y corríamos por la orilla para ver dónde estaban y vadeábamos el río para cogerlos. Por lo general tales tesoros no eran más que cajas de cartón vacías o latas de aceite agujereadas que rezumaban una grasa de color pardusco y que no servían para nada. A veces eran cajas de naranjas, que utilizábamos como alacenas o taburetes en nuestros escondrijos.
En parte nos gustaba la casa porque teníamos espacio para esos escondrijos. No lo habíamos tenido antes, pues siempre habíamos vivido en ciudades. Antes de ir allí, vivimos en Ottawa, en los bajos de un edificio de apartamentos de tres plantas y ladrillo visto. En el piso de arriba vivían unos recién casados. Ella era inglesa y protestante y él, católico y francés. Como él era piloto de las fuerzas aéreas, pasaba largas temporadas fuera. Y cuando volvía de permiso la emprendía a golpes con su esposa. Ocurría siempre hacia las once de la noche. Ella corría escaleras abajo, en busca de la protección de mi madre, y se sentaban las dos en la cocina a tomar té. La mujer lloraba quedamente, para no despertarnos —mi madre se lo rogaba, porque era partidaria de que los niños durmieran doce horas—, le mostraba el ojo a la funerala o el pómulo amoratado, y murmuraba que su marido bebía mucho. Más o menos una hora después llamaban discretamente a la puerta y el aviador, de uniforme, le pedía con amabilidad a mi madre que le devolviese a su esposa, porque su sitio estaba arriba. Decía que habían discutido por cuestiones religiosas y que, además, le había dado quince dólares para la compra y ella le había puesto jamón frito para cenar. Después de estar un mes fuera de casa, un hombre esperaba un buen asado de cerdo o de ternera.

—¿No cree usted, señora?
—Yo…, ver, oír y callar —contestaba mi madre, que nunca tuvo la impresión de que estuviese demasiado borracho, aunque con la gente educada nunca se sabía a qué atenerse.
Yo no debía enterarme de todo esto, bien porque se me considerara demasiado pequeña o demasiado discreta, pero a mi hermana, que era cuatro años mayor que yo, se lo dejaban entrever, y ella me transmitía la información con el aderezo que creyese conveniente. Vi a la mujer muchas veces desde la puerta de mi casa, subiendo o bajando las escaleras, y ciertamente en una ocasión llevaba un ojo a la funerala. A él nunca lo vi, pero cuando dejamos Ottawa estaba convencida de que era un asesino.
Esa debía de ser la razón de la advertencia de mi padre cuando mi madre le dijo que acababa de conocer al joven matrimonio que vivía al lado. «Procura no tener demasiado contacto —le dijo—. No quiero que esa mujer aparezca por aquí a cualquier hora de la noche». Mi padre tenía poca paciencia con la inclinación de mi madre a ser paño de lágrimas de los demás. «¿No te escucho a ti, cariño?», le decía ella, risueña. Según él, mi madre atraía a lo que él llamaba «esponjas»; pero la preocupación de mi padre no parecía estar justificada. Aquel matrimonio era muy distinto al de Ottawa. Fred y Betty insistieron desde el primer momento en que los llamasen así: Fred y Betty. Mi hermana y yo, pese a que nos habían enseñado que antepusiésemos al nombre de todo el mundo el señor y la señora, tuvimos que llamarlos también Fred y Betty, y podíamos ir a su casa siempre que quisiéramos. «No quiero que os lo toméis al pie de la letra», nos decía nuestra madre. Los tiempos eran difíciles, pero mi madre había sido bien educada y nosotras íbamos por el mismo camino. Sin embargo, al principio íbamos a casa de Fred y de Betty muy a menudo.
Su casa era tan pequeña como la nuestra, pero como no tenían tantos muebles parecía más grande. La nuestra tenía las habitaciones separadas por tabiques de cartón piedra pintados de color verde lima, con rectángulos de tono más claro allí donde otros inquilinos habían tenido cuadros colgados. Betty sustituyó esos tabiques por otros de contrachapado pintados de amarillo vivo, hizo unas cortinas blancas y amarillas para la cocina, estampadas con dibujos de polluelos saliendo del cascarón, y con el retal que le sobró se hizo un delantal. Mi madre decía que eso estaba muy bien porque su casa era de propiedad, pero que en la nuestra no merecía la pena hacer nada porque era de alquiler.
Betty llamaba a su cocina «cocinita». En un rincón tenía una mesa redonda de hierro forjado, igual que las sillas, pintadas de blanco; una para ella y otra para Fred. Betty llamaba a aquel rincón su «nidito del desayuno».
En casa de Fred y Betty había más cosas divertidas que en la nuestra. Tenían un pájaro de vidrio hueco y coloreado posado en el borde de una jarra de agua, el cual se balanceaba hacia delante y hacia atrás hasta que terminaba por sumergir la cabeza y echar un trago. En la puerta principal tenían una aldaba en forma de pájaro carpintero, y si tirabas de un cordel llamaba a la puerta. También tenían un silbato en forma de pájaro que podías llenar de agua y, si soplabas por él, trinaba «como un canario», decía Betty. Siempre traían el tebeo que regalaban los sábados con el periódico. Nuestros padres no, porque no les gustaba que leyésemos bobadas, como decían ellos. Pero, como Fred y Betty eran tan simpáticos y amables con nosotras, ¿qué iban a hacer?, como decía mi madre.
Aparte de todas estas atracciones, estaba Fred, de quien ambas nos enamoramos. Mi hermana se le sentaba en las rodillas, decía que era su novio y que se casaría con él cuando fuese mayor. Luego le pedía que le leyera el tebeo y le gastaba bromas: trataba de quitarle la pipa de la boca o le ataba los cordones de un zapato a los del otro. Yo sentía lo mismo, pero comprendía que no me convenía decirlo. Mi hermana ya había dejado claras sus pretensiones. Y si ella decía que iba a hacer algo, solía hacerlo. Además, detestaba que fuese lo que ella llamaba un mono de imitación. De modo que yo me sentaba en el nidito del desayuno, en una de las sillas de hierro forjado, mientras Betty preparaba el café, y observaba a mi hermana y a Fred en el sofá.
Fred tenía magnetismo. Mi madre, que no era una mujer dada a coquetear —lo que le interesaba era el saber—, se mostraba más alegre cuando él estaba presente. Incluso a mi padre le caía bien, y a veces tomaba una cerveza con él al regresar de la ciudad, sentados los dos en los sillones de mimbre de la casa de Fred, espantando a los mosquitos y charlando de béisbol. Como rara vez hablaban del trabajo, no estoy muy segura de a qué se dedicaba Fred, pero trabajaba en una oficina. Mi padre en el «empapelado», decía mi madre, aunque nunca comprendí muy bien qué quería decir con eso. Era más interesante oírlos hablar de la guerra. Los problemas que mi padre tenía en la espalda le libraron de ir, muy a su pesar, pero Fred estuvo en la armada. Nunca hablaba demasiado de ello, aunque mi padre siempre lo animaba. Sabíamos por Betty que se prometieron poco antes de que él marchase al frente y se casaron inmediatamente después de que regresara. Betty le escribía todas las noches y le enviaba las cartas una vez por semana. No decía con qué frecuencia le escribía Fred. A mi padre no le caía bien demasiada gente, pero de Fred decía que no era un tonto.
Fred no se esforzaba en caer bien a los demás. Ni siquiera creo que fuese especialmente guapo. Digo que no lo creo porque, mientras que a Betty la recuerdo con pelos y señales, de él solo recuerdo que era moreno y que fumaba en pipa. Si nos poníamos muy pesadas, nos cantaba «Sioux City Sue»: «Tu pelo es rojo, tus ojos azules. Por ti daría mi perro y mi caballo…». O le cantaba «Beautiful Brown Eyes» a mi hermana, que tenía los ojos marrones y no azul claro como yo. Esto hería mis sentimientos, ya que en una estrofa decía «nunca volveré a amar unos ojos azules». Resultaba demasiado terminante, una vida entera sin ser amada por Fred. En una ocasión lloré, con el agravante de no poder contarle a nadie qué me pasaba; y tuve que sufrir la humillación de la preocupación burlona de Fred y del desdén de mi hermana. Pero más humillante aún fue que Betty me consolara en la cocinita. Era una humillación, porque incluso a mí me parecía obvio que Betty no acababa de entenderlo. «No le hagas caso», me dijo, al adivinar que mis lágrimas tenían algo que ver con él, aunque ese fuese precisamente el único consejo que yo no podía seguir.
Al igual que los gatos, Fred era de los que no daban un paso por nadie, como comentaría mi madre posteriormente. De modo que era injusto que todo el mundo lo quisiera y que, sin embargo, nadie se encariñase con Betty, pese a toda su amabilidad. Era Betty quien siempre nos saludaba desde la puerta, nos invitaba a entrar y hablaba con nosotras, mientras Fred leía el periódico, repantigado en el sofá. Betty nos daba galletas, nos preparaba batidos de leche y nos dejaba lamer los cuencos cuando hacía pasteles. Era una persona amable; todo el mundo lo decía. En cambio, nadie hubiese dicho lo mismo de Fred, que rara vez reía y solo sonreía cuando hacía algún comentario grosero, casi siempre dirigido a mi hermana. «Qué, ¿pintarrajeándote otra vez?», le decía. O: «Eh, tú, culona». Betty nunca decía esas cosas y siempre reía o sonreía.
Se partía de risa cuando Fred la llamaba Betty Grable, algo que hacía por lo menos una vez al día. Yo no le veía la gracia, aunque suponía que debía de tomarlo como un cumplido. Betty Grable era una famosa estrella de cine; había una fotografía suya sujeta con chinchetas en la pared del retrete de su casa. Mi hermana y yo preferíamos el retrete de Fred y Betty. Tenía una cortinilla en la ventana, a diferencia del nuestro, y una cajita de madera con una escobilla para la lejía. En cambio, nosotros solo teníamos una caja de cartón y un viejo palustre.
La verdad es que Betty no se parecía a Betty Grable, que era rubia y no tan rellenita como nuestra Betty. Pero yo pensaba que ambas eran bonitas. Tardé en comprender que era una comparación cruel, ya que Betty Grable era famosa por sus piernas, mientras que Betty las tenía rectas como palos. Aunque por entonces a mí me parecían unas piernas corrientes. Sentada en la cocinita, se las veía muy bien, ya que llevaba camisetas con la espalda al aire y pantalones cortos, con el delantal amarillo por encima. Y no sé por qué razón Betty no lograba nunca broncearlas, a pesar de las muchas horas que pasaba haciendo ganchillo en el sillón de mimbre, de cintura para arriba a la sombra del porche, pero con las piernas estiradas para que les diese el sol.
Mi padre decía que Betty no tenía sentido del humor. Y yo no entendía por qué, pues si le contabas un chiste siempre reía, aunque te hicieses un lío, y también ella contaba chistes. A veces escribía la palabra «CAMA», con la M más pequeña y oscura que la A y la C. «¿Qué es? Es la mulatita en CAMA», me decía con una sonrisa de oreja a oreja que dejaba ver todos los dientes. Nunca habíamos cruzado a Estados Unidos, aunque podíamos ver el país vecino, que empezaba al otro lado del río, a partir de una arboleda que se perdía por el oeste hacia el azul del lago Superior, y las únicas personas de color que yo había visto eran personajes de tebeo: los africanos de Tarzán y Lotario de Mandrake el mago, que llevaba una piel de león. No comprendía qué relación tenía ninguno de ellos con la palabra «cama».
Mi padre decía también que Betty no tenía sex appeal, algo que a mi madre no le parecía nada preocupante. «Es muy maja», replicaba ella complacida, o «Tiene muy buen color». Mi madre y Betty no tardaron en ayudarse a preparar las conservas. La mayoría de las familias tenían lo que dieron en llamar «huertos de la victoria», pese a que la guerra ya se había terminado. Los meses de julio y agosto había que pasarlos llenando cuantos tarros de fruta y verduras se pudiese. Al huerto de mi madre le faltaba entusiasmo, como a casi todas las labores domésticas que hacía. Era una parcela pequeña junto al retrete, donde las calabaceras de San Juan trepaban por una fronda de tomateras recrecidas, entre surcos irregulares sembrados de zanahorias y remolachas. Mi madre solía decir que para lo que ella servía era para tratar con las personas. Betty y Fred no tenían huerto. Fred no lo habría querido trabajar, y cuando ahora pienso en Betty comprendo que un huerto la habría desbordado. Pero cada vez que Fred iba a la ciudad le hacía comprar cestas de fresas, melocotones, judías, tomates y uvas. Y convenció a mi madre de que se olvidase del huerto y colaborase con ella en sus maratonianas sesiones de envasado de conservas.
Como la cocina económica de mi madre desprendía un insufrible calor para esa operación y el hornillo eléctrico de Betty resultaba demasiado pequeño, Betty consiguió que «los mozos», como llamaba a Fred y a mi padre, arreglasen la desvencijada cocina económica que había estado oxidándose detrás de su retrete. La instalaron en nuestro patio trasero, y mi madre y Betty se sentaban a nuestra mesa de cocina, que sacaron al patio, a pelar y trocear frutas y verduras mientras charlaban; Betty con los carrillos más rojos de lo normal a causa del calor, y mi madre con un viejo pañuelo de colores en la cabeza, que le daba aspecto de gitana. Detrás de ellas burbujeaban y humeaban las cacerolas con los botes de conserva y, en un lado de la mesa, encima de varias capas de periódicos, crecían las hileras de tarros boca abajo, que al enfriarse a veces rezumaban o se resquebrajaban. Mi hermana y yo merodeábamos en derredor de la mesa, aunque sin dejarnos ver mucho para que no nos invitaran a colaborar, impacientes por apoderarnos de las cestas vacías. Pensábamos que podían servirnos en nuestro escondite. No estábamos seguras de para qué, pero cabrían en las cajas de naranjas.
Me enteré de muchas cosas sobre Fred durante las sesiones de envasado de conservas de Betty: lo mucho que le gustaban los huevos; qué talla de calcetines usaba (Betty era muy aficionada al punto y se los hacía); lo bien que le iba en la oficina, y lo que no le gustaba para cenar. Porque Fred era melindroso con la comida, decía Betty risueña. Betty no tenía prácticamente nada más de que hablar, e incluso mi madre, veterana de tantas confidencias, empezó a hablar menos y a fumar más de lo normal cuando estaba con ella. Le resultaba más fácil escuchar a quienes le contaban desgracias que la cascabelera e insustancial verborrea de Betty. Empecé a pensar que quizá no me gustase nada casarme con Fred, que, en boca de Betty, parecía una larga tira de papel de periódico ensalivado sin más información que la meteorológica. Ni a mi hermana ni a mí nos interesaba saber qué talla de calcetines gastaba Fred, y los nimios detalles que Betty contaba sin venir a cuento lo disminuían a nuestros ojos. De modo que empezamos a ir menos a jugar a casa de Fred y Betty, y más a nuestro escondrijo, que estaba en el chaparral de un solar junto a la orilla. Allí nos entreteníamos con complicados juegos de Mandrake el mago y su fiel criado Lotario, en los que nuestros muñecos hacían el papel de villanos a los que era fácil hipnotizar. Mi hermana era el mago. Cuando nos cansábamos de jugar a eso, nos poníamos el traje de baño e íbamos a caminar por la orilla del río, a ver pasar los cargueros y a tirar bellotas al agua, para ver cuánto tardaba en llevárselas la corriente.
En una de esas excursiones fluviales conocimos a Nan, que vivía diez parcelas más abajo, en una casita blanca con el porche, la puerta y los postigos rojos. A diferencia de muchas de las otras casitas, la de Nan tenía enfrente un embarcadero, que se adentraba en el río sobre pilares afirmados por rocas amontonadas en derredor. Y en el embarcadero estaba sentada la primera vez que la vimos, mascando chicle y mirando un montón de cromos de aviones, de los que salían en los paquetes de cigarrillos Wings. Todo el mundo sabía que solo los chicos los coleccionaban. Tenía la piel morena, el pelo castaño claro y el cutis terso y lustroso como flan de caramelo.
—¿Qué haces con eso? —le preguntó mi hermana, así por las buenas.
Nan se limitó a sonreír.
Aquella misma tarde admitimos a Nan en nuestro escondrijo y, después de jugar un ratito a Mandrake el mago, durante el que me vi reducida al humilde papel de Narda, ellas se sentaron en nuestros taburetes y empezaron a hacer lo que a mí me parecieron lánguidos e irrelevantes comentarios.
—¿No vais nunca a la tienda? —preguntó Nan.
Nunca íbamos. Nan volvió a sonreír. Ella tenía doce años y mi hermana solo once y nueve meses.
—A la tienda van chicos muy guapos —dijo Nan, que llevaba una blusa con volantes y cuello elástico que se podía bajar hasta los hombros. Nan se guardó los cromos en un bolsillo de los pantalones cortos y fuimos a preguntarle a mi madre si podíamos ir a la tienda. A partir de entonces mi hermana y Nan fueron casi cada tarde.
La tienda estaba a una milla y media de nuestra casa, una buena caminata a lo largo de la orilla, junto a la hilera de casitas, donde madres orondas tomaban el sol y otros niños, posiblemente hostiles, chapoteaban en el agua; junto a botes de remo varados en la arena a lo largo de embarcaderos de cemento; a través de franjas de playa cubierta de maleza que te hería los tobillos y de arvejas silvestres, duras y amargas. En algunos puntos del camino se olían los retretes. Poco antes de llegar a la tienda, había una explanada con hiedra venenosa y teníamos que vadear el río para evitarla.
La tienda no tenía nombre; era solo «la tienda», la única a la que se podía ir a pie desde las casitas de la urbanización.
Me dejaron ir con mi hermana y con Nan o, más exactamente, mi madre insistió en que fuese con ellas. Aunque yo no le había dicho nada, ella notó mi tristeza. No me entristecía tanto la deserción de mi hermana, como su alegre despreocupación, porque bien que le gustaba jugar conmigo cuando no estaba Nan.
A veces, cuando me sentía demasiado desgraciada viendo a mi hermana y a Nan conspirar a pocos pasos de mí, daba media vuelta e iba casa de Fred y Betty. Me sentaba al revés en una silla de la cocina, con los brazos extendidos e inmóviles, sosteniendo una madeja de lana azul celeste mientras Betty la devanaba. O, bajo la dirección de Betty, hacía a ganchillo, despacito, vestiditos desproporcionados de color rosa o amarillo para las muñecas, unas muñecas con las que, de pronto, mi hermana era demasiado mayor para jugar.
Si hacía buen tiempo, me acercaba hasta la tienda. No era bonita ni limpia, pero estábamos tan acostumbrados a la dejadez y a la mugre de la época de la guerra que ni reparábamos en ello. Era un edificio de dos plantas de madera sin pintar, que la intemperie había vuelto gris. Algunas partes estaban remendadas con tela asfáltica. Tenía coloridos letreros metálicos en la fachada y en los escaparates: Coca-Cola, 7-Up, Salada Tea. El interior desprendía ese olor dulce y tristón de las tiendas en las que se vende de todo, mezcla del aroma de los cucuruchos de helado, las galletas Oreo, los caramelos duros y las barritas de regaliz que se exponían en el mostrador, y ese otro olor, almizcleño y penetrante, a sudor y a rancio. Las botellas de refrescos se guardaban en una nevera metálica que tenía una pesada puerta y estaba llena de agua fría y de pedazos de hielo que, al fundirse, quedaban tan suaves como los trozos de vidrio pulidos por la arena que a veces encontrábamos en la playa.
El dueño de la tienda y su esposa vivían en el piso de arriba, pero casi nunca los veíamos. La tienda la llevaban sus dos hijas, que se turnaban detrás del mostrador. Las dos eran morenas y vestían pantalones cortos y blusas de topos con la espalda al aire, pero una era simpática y la otra, más delgada y más joven, no. Cogía nuestros centavos y los guardaba en la caja registradora sin decir palabra, mirando por encima de nuestras cabezas hacia el escaparate delantero, con sus tiras atrapamoscas llenas de racimos de insectos, como si fuese totalmente ajena a los movimientos de sus manos. No le caíamos bien; no nos veía. Llevaba el pelo largo y peinado con una especie de bucle por delante y los labios pintados de color púrpura.
La primera vez que fuimos a la tienda descubrimos por qué coleccionaba Nan cromos de aviones. Había dos chicos sentados en los agrietados y grises escalones de la entrada, con los brazos cruzados sobre las rodillas. Mi hermana me había dicho que lo que había que hacer con los chicos era ignorarlos, porque, de lo contrario, no te dejaban tranquila. Pero aquellos chicos conocían a Nan y hablaban con ella, no para dirigirle las habituales pullas, sino con respeto.
—¿Tienes alguno nuevo? —preguntó uno.
Nan sonrió, se echó el pelo hacia atrás y encogió ligeramente los hombros bajo la blusa. Luego sacó los cromos de aviones que llevaba en un bolsillo de los pantalones cortos y empezó a buscar.

—¿Y tú no tienes? —le preguntó el otro chico a mi hermana.
Por una vez mi hermana se sintió humillada. Después de aquello convenció a mi madre de que cambiase de marca de cigarrillos y empezó a coleccionarlos ella también. La vi mirándose en el espejo una semana después, ensayando la seductora prestidigitación, sacando los cromos del bolsillo como si de la serpiente de un mago se tratase.
Cuando yo iba a la tienda, siempre tenía que llevarle a mi madre pan de molde y, a veces, si había, una bolsa de masa Jiffy para pasteles. Mi hermana nunca tenía que comprar nada: ya había descubierto las ventajas de ser poco de fiar. Como pago y, estoy segura, compensación por mi infelicidad, mi madre me daba un centavo por viaje. Cuando hube ahorrado cinco centavos, me compré mi primer polo. Mi madre nunca había querido comprárnoslos, aunque sí transigía con los cucuruchos de helado. Decía que los polos tenían algo perjudicial, y cuando me senté en los escalones de la entrada de la tienda y lo lamí hasta el palito de madera, lo miré y remiré en busca del elemento nocivo. Lo imaginaba como una especie de pepita, como la parte blanca en forma de uña de los granos de maíz, pero no encontré nada.
Mi hermana y Nan estaban sentadas a mi lado en los escalones de la entrada. Como aquel día no había chicos en la tienda, no tenían nada más que hacer. El calor era más intenso que de costumbre y no corría una gota de aire; el río reverberaba y los cargueros nos saludaban al pasar. Mi polo se fundía casi sin darme tiempo a comérmelo. Le había dado a mi hermana la mitad y ella la había aceptado sin el agradecimiento que yo esperaba; lo compartía con Nan.
Fred apareció por la esquina del edificio y fue hacia la puerta. No nos extrañó, porque lo habíamos visto muchas veces en la tienda.
—Hola, preciosa —le dijo a mi hermana.
Deslizamos el trasero por el escalón para dejarlo pasar.
Al cabo de un buen rato salió con una hogaza de pan. Nos preguntó si queríamos que nos llevara en coche; nos dijo que acababa de llegar de la ciudad. Como es natural, dijimos que sí; aquello no tenía nada de insólito, pero una de las hijas del dueño, la más delgada, la purpúrea, salió a la entrada y se quedó mirando mientras nosotros nos alejábamos en el coche. Cruzó los brazos sobre el pecho, con esa pose de hombros caídos de las mujeres que se pasan las horas muertas a la puerta de sus casas; no sonreía. Yo creía que había salido a ver el carguero de la Canada Steaming Lines, que pasaba en aquellos momentos, pero reparé en que miraba a Fred; más que mirarlo, lo fulminaba con la mirada.
Fred no pareció advertirlo y estuvo canturreando durante el breve trayecto hasta casa. Cantaba «Katy, oh, linda Katy», guiñándole el ojo a mi hermana, a la que a veces llamaba Katy porque se llamaba Catherine. Llevaba las ventanillas abiertas y nos entraba el polvo del camino de gravilla lleno de baches. Entraba tanto que nos blanqueaba las cejas y encanecía a Fred. Mi hermana y Nan chillaban alborozadas con el traqueteo, y al cabo de unos momentos olvidé mi disgusto por saberme relegada y empecé a chillar yo también.
Parecía que hiciese mucho tiempo que vivíamos en la casita, aunque solo llevábamos allí aquel verano. En agosto apenas me acordaba ya del apartamento de Ottawa y del hombre que pegaba a su esposa. Era como si hubiese sucedido en otra vida, más feliz, a pesar del sol, del río y del aire libre de que ahora disfrutaba. Antes, los frecuentes cambios de domicilio y de colegio obligaban a mi hermana a valorarme más. Yo era cuatro años menor, pero era leal y siempre estaba a su lado. Ahora aquellos años eran como un abismo entre nosotras, una franja vacía, como una playa a lo largo de la cual podía verla desaparecer delante de mí. Ansiaba ser como ella, aunque ya no supiera decir cómo era.

La tercera semana de agosto las hojas de los árboles empezaron a cambiar de color, no todas a la vez, sino que fueron moteando las ramas con tonos rojizos, como una advertencia. Eso significaba que pronto empezaría el colegio y una nueva mudanza. Ni siquiera sabíamos dónde íbamos a vivir esta vez, y cuando Nan nos preguntó a qué colegio íbamos contestamos con evasivas.
—Hemos ido a ocho colegios distintos —dijo mi hermana con orgullo.
Como yo era mucho más pequeña, solo había ido a dos. Nan, que había ido al mismo colegio toda su vida, se bajó la blusa por los hombros hasta los codos para mostrarnos cómo le habían crecido los pechos. Las aréolas habían empezado a abultársele, pero, por lo demás, seguía tan lisa como mi hermana.
—¿Y qué? —dijo mi hermana subiéndose el jersey.
Aquella era una competición en la que yo no podía participar. Se trataba del cambio, y el cambio me aterraba cada vez más. Volví por la orilla hasta la casa de Betty, donde me aguardaba mi último pedazo de desmañado ganchillo y donde todo era siempre igual.
Llamé con los nudillos a la puerta de tela metálica y la abrí. Iba a decir «¿Puedo entrar?», como siempre, pero no lo hice. Betty estaba sentada ante la mesa de hierro de su nidito del desayuno. Llevaba sus pantalones cortos y una blusa marinera azul marino y blanca con un pequeño broche en forma de ancla, y el delantal con los polluelos amarillos saliendo del cascarón. Por una vez no hacía nada ni tomaba café. Estaba lívida y perpleja, como si alguien le hubiese pegado sin razón. Al verme, no me invitó a entrar ni me sonrió.
—¿Qué voy a hacer yo ahora? —dijo.
Miré la cocina. Todo estaba en su sitio. La cafetera relucía en el hornillo. El pájaro de cristal agachaba lentamente la cabeza. No había platos rotos ni agua en el suelo. ¿Qué habría pasado?
—¿Estás enferma? —le pregunté.
—No puedo hacer nada —dijo Betty.
Estaba tan rara que me asusté. Salí corriendo de la cocina y crucé el montículo cubierto de hierba hasta casa, para decírselo a mi madre, que siempre sabía qué había que hacer.
—A Betty le pasa algo.
Mi madre amasaba algo en un cuenco. Se frotó las manos para desprenderse la masa y se las limpió en el delantal. No pareció sorprenderse ni me preguntó de qué se trataba.
—Tú quédate aquí —me dijo. Cogió su paquete de cigarrillos y salió.
Aquella noche tuvimos que acostarnos más temprano porque mi madre quería hablar con mi padre. Pero, como es natural, aguzamos el oído. Era fácil con aquellos tabiques de cartón piedra. 

—Me lo veía venir —dijo mi madre—. A la legua.
—¿Y quién es la otra? —preguntó mi padre.
—No lo sabe —contestó mi madre—. Alguna chica de la ciudad.
—Betty es tonta —dijo mi padre—. Siempre lo ha sido.
Tiempo después, cuando menudearon las separaciones de matrimonios, solía decir lo mismo. Con independencia de quién hubiese dejado a quién, siempre decía que la mujer era la tonta. El mayor cumplido que le hacía a mi madre era decir que no era ninguna tonta.
—Podría ser —convino mi madre—. Pero dudo que encuentre nunca una chica mejor. Se desvivía por él.
Mi hermana y yo comentamos el asunto con voz susurrante. La teoría de mi hermana era que Fred había dejado a Betty por otra mujer. Yo no me lo podía creer: nunca había oído que sucediesen semejantes cosas. Me afectó tanto que no pude dormir, y durante bastante tiempo sentía una gran ansiedad siempre que mi padre pasaba la noche fuera de casa, como ocurría a menudo. ¿Y si no regresaba?
No volvimos a ver a Betty. Sabíamos que estaba en casa, porque todos los días mi madre le llevaba un pedazo de sus apelmazadas tartas, como si de un velatorio se tratase. Pero a nosotras nos prohibieron terminantemente acercarnos a la casa y fisgar por las ventanas, como mi madre debió de adivinar que ansiábamos hacer. «Está destrozada», dijo mi madre, lo que me hizo imaginar a Betty tirada en el suelo, descoyuntada, como un coche en el taller.
Ni siquiera la vimos el día que subimos al Studebaker de segunda mano de mi padre, con el asiento trasero atestado hasta los bordes de las ventanillas y solo un huequecito oblongo donde acurrucarme, para ir hasta la autopista y empezar el viaje de seiscientas millas en dirección sur, hasta Toronto. Mi padre había vuelto a cambiar de empleo. Ahora trabajaba en una empresa de materiales para la construcción. Decía estar seguro de que, con el creciente desarrollo del país, aquella sería su gran oportunidad. Pasamos el mes de septiembre y parte de octubre en un motel mientras mi padre buscaba una vivienda. Cumplí los ocho y mi hermana los doce. Luego fui a otro colegio y casi me olvidé de Betty.
Pero, un mes después de que yo cumpliera los doce, Betty vino de pronto una noche a cenar. Teníamos invitados con mucha mayor frecuencia que antes, y a veces las cenas eran tan importantes que mi hermana y yo cenábamos primero. A mi hermana no le importaba, porque por entonces ya salía con chicos. Yo iba a un colegio en el que nos obligaban a llevar calcetines, en lugar de las medias con costura que le permitían ponerse a mi hermana. Además, llevaba aparatos de ortodoncia. Mi hermana también los había llevado a mi edad, pero siempre se las había compuesto para que le diesen un aspecto llamativo y audaz, de modo que yo ansiaba tener aquellos luminosos dientes de plata. Pero ella ya se los había quitado y a mí me sentaban como un verdadero bocado de caballo, que hacía que me sintiera torpe y amordazada.
—Te acuerdas de Betty, ¿no? —dijo mi madre.
—Elizabeth —señaló Betty.
—Oh, sí, claro —dijo mi madre.
Betty había cambiado mucho. Antes estaba un poco rellenita, pero ahora estaba rechoncha. Tenía las mejillas carnosas y rojas como tomates. Pensé que se había pasado con el colorete, pero enseguida reparé en que se debía a la abundancia de capilares bajo la piel. Llevaba una falda negra larga y plisada, un suéter de angorina de manga corta, un collar de cuentas negras y unos zapatos de ante negro de tacón alto abiertos por delante. Desprendía un fuerte olor a muguete. Había encontrado empleo, le contó luego mi madre a mi padre, un empleo muy bueno. Trabajaba de secretaria de dirección y se hacía llamar señorita en lugar de señora.
—Le va muy bien —dijo mi madre—, teniendo en cuenta lo ocurrido. Ha sabido superarlo.
—Espero que ahora no vayas a invitarla a cenar cada dos por tres —dijo mi padre.
Betty seguía exasperándole, a pesar de su nueva imagen. Se reía más que nunca y cruzaba las piernas continuamente.
—Me parece que soy la única amiga que tiene —dijo mi madre.
Se calló que Betty era la única verdadera amiga que ella tenía. Cuando mi padre decía «tu amiga», todo el mundo sabía a quién se refería. Pero amigas menos íntimas mi madre tenía muchas, y su don de saber escuchar con discreción era ahora toda una baza comercial para mi padre.
—Dice que nunca volverá a casarse —comentó mi madre.
—Es tonta —afirmó mi padre.
—Nunca he visto a nadie tan bien preparado para el matrimonio —aseguró mi madre.
Este comentario acrecentó mi ansiedad acerca de mi futuro. Si todos los desvelos de Betty no habían sido suficientes para Fred, ¿qué esperanzas podía albergar yo? Carecía del talento natural de mi hermana, aunque pensaba que habría recursos que podría aprender con aplicación y laboriosidad. En el colegio nos enseñaban economía doméstica y la profesora siempre decía que a los hombres se los conquistaba por el estómago. Yo sabía que no era cierto —porque mi madre seguía siendo una calamidad como cocinera, y cuando tenía invitados a cenar iba una mujer a ayudarla—, pero me aplicaba en la confección de elaborados postres como si me lo creyese.
Mi madre empezó a invitar a Betty a cenar con hombres solteros. Betty sonreía y reía, pero, aunque varios parecieron interesarse por ella, no resultó.
«Después de semejante golpe, no me sorprende», decía mi madre. Yo era lo bastante mayorcita para que me pudiesen contar las cosas y, además, a mi hermana no se le veía el pelo. «Tengo entendido que se fue con una secretaria de su empresa. Incluso se casaron después del divorcio». Había otro dato acerca de Betty, me contó mi madre, aunque advirtiéndome de que no debía sacarlo nunca a colación, porque a Betty le afectaba mucho: el hermano de Fred, que era dentista, había matado a su esposa porque se lio —mi madre decía «lio» saboreando la palabra como si fuera una lionesa— con su enfermera. Obligó a su mujer a subir al coche e introdujo un tubo de goma acoplado al de escape para simular un suicidio; pero la policía lo descubrió y ahora estaba en la cárcel.
Esto hizo a Betty mucho más interesante a mis ojos. Por lo visto, la tendencia a «liarse» era algo que Fred llevaba en la sangre. O sea, que podía haber sido Betty la asesinada. Entonces empecé a considerar la risa de Betty como la máscara de una mujer maltratada y martirizada. No era solo una esposa abandonada. Incluso yo comprendía que eso no era ninguna tragedia, pero sí que la habían dejado en ridículo y humillado; más aún: había escapado a la muerte por los pelos. Pronto no me cupo duda de que también Betty lo veía así. Había cierto engreimiento santurrón en su manera de mantener a distancia a los solteros de mamá, algo vagamente monjil. La rodeaba un pálido halo de cruenta inmolación. Betty había pasado por todo aquello, había sobrevivido, y ahora se había volcado en otra cosa.
Pero no pude conservar esta imagen de Betty durante mucho tiempo. A mi madre enseguida se le acabaron los solteros, y Betty, cuando venía a cenar, se presentaba sola. Hablaba incesantemente de la vida y milagros de sus compañeras de trabajo como en el pasado hablaba de Fred. No tardamos en estar al corriente de cuánto les gustaba tomar café, cuáles vivían con su madre, a qué peluquería iban y cómo eran sus apartamentos. Betty tenía uno muy coquetón en Avenue Road. Lo había decorado ella sola e incluso había hecho las fundas de los sillones. Betty se desvivía por su jefe como antes se había desvivido por Fred. Le hacía las compras de regalos navideños. Todos los años nos enterábamos de lo que les había regalado a cada uno de sus empleados, a su esposa y a sus hijos, y cuánto le había costado cada regalo. En cierto modo, Betty parecía feliz.
En torno a las fiestas navideñas veíamos mucho a Betty. Mi madre decía que le daba pena porque no tenía familia. Betty acostumbraba a hacernos regalos de Navidad que evidenciaban que nos consideraba más jóvenes de lo que éramos. Se inclinaba por los juegos de parchís y por los guantes de angorina demasiado pequeños. Betty dejó de interesarme. Incluso su inagotable alegría acabó por antojárseme una perversión o un defecto parecido a la idiotez. Yo tenía quince años y estaba sumida en la depresión de la adolescencia. Mi hermana estaba fuera, en la universidad, y a veces me regalaba ropa que ella ya no quería. No era lo que se entiende por una belleza —tenía los ojos y la boca demasiado grandes—, pero todo el mundo la consideraba muy vivaz. De mí decían que era amable. Ya no llevaba aparatos, pero eso no pareció cambiarme mucho. ¿Qué derecho tenía Betty a estar siempre tan alegre? Cuando venía a cenar, me quedaba lo justo, me excusaba y me iba a mi habitación.
Una tarde de primavera regresé del colegio y encontré a mi madre sentada ante la mesa del comedor. Estaba llorando, algo tan insólito que temí que le hubiera ocurrido algo a mi padre. No pensé que la hubiese dejado, pues ese temor estaba superado; pero podía haber tenido un accidente con el coche y haberse matado.
—¿Qué te pasa, mamá? —le pregunté.
—Tráeme un vaso de agua —me dijo.
Cuando se lo llevé, bebió un sorbo y se alisó el pelo.
—Ahora estoy bien —me aseguró—. Es que acaba de llamar Betty. Y estoy muy afectada. Me ha dicho cosas horribles.
—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Qué le has hecho?
—Me ha acusado de… cosas horribles —contestó mi madre enjugándose las lágrimas—. Y a grito pelado. Jamás había oído gritar a Betty. Después de tantos años… Me ha dicho que no piensa volver a dirigirme la palabra. ¿De dónde ha podido sacar semejante idea?
—¿Qué idea? —le pregunté.
Estaba tan perpleja como mi madre, porque sería una calamidad como cocinera, pero era una buena mujer. No la imaginaba haciendo algo que pudiese sulfurar a alguien hasta el punto de hacerle gritar.
—Me ha dicho cosas acerca de Fred —dijo mi madre, irguiéndose un poco en la silla—. Debe de estar loca. Hacía dos meses que no nos veíamos y, de pronto, me sale con esas.
«Debe de ocurrirle algo», dijo mi padre después, mientras cenábamos. ¡Y vaya si tenía razón! Betty tenía un tumor cerebral, que no le detectaron hasta que su extraño comportamiento en la oficina aconsejó que le realizasen una revisión. Murió en el hospital dos meses después, pero mi madre no se enteró hasta que hubo fallecido. Sintió remordimientos. Tenía la sensación de que debería haber ido al hospital a visitar a su amiga, aunque la hubiese puesto de vuelta y media por teléfono.

«Tenía que haber comprendido que solo podía tratarse de un trastorno —dijo mi madre—. Cambio de personalidad. Eso lo explica, por lo menos en parte». A fuerza de ser paño de lágrimas de los demás, mi madre había acumulado mucha información acerca de las enfermedades terminales.
Pero a mí su explicación no me convencía. Durante muchos años me siguió la imagen de Betty, aguardando a que acabase con ella de un modo más satisfactorio para ambas. Cuando me dieron la noticia de su muerte me sentí condenada, pues me dije que por lo visto aquel era el castigo por ser abnegada y solícita, que eso era lo que les ocurría a las chicas que eran como yo (creía ser). Al abrir el anuario del instituto y ver mi cara, con el pelo cortado al estilo paje y una sonrisa beatífica y tímida, yo superponía los ojos de Betty a los míos. Fue amable conmigo cuando era niña y yo, con la insensibilidad propia de los niños hacia quienes son amables con ellos pero no encantadores, prefería a Fred. Me veía en el futuro abandonada por una serie de Fred que corrían por la playa tras un grupo de niñas vivaces, todas muy parecidas a mi hermana. En cuanto a los exabruptos finales de Betty, inspirados por el odio y la rabia, los interpreté como gritos de protesta contra las injusticias de la vida. Era consciente de que aquella rabia era la misma que yo sentía, el lado oscuro de esa terrible y deformadora amabilidad que marcó a Betty como las secuelas de una enfermedad incapacitante.
Pero las personas cambian, sobre todo después de muertas. Al dejar atrás la edad melodramática, me di cuenta de que si no quería ser como Betty tendría que cambiar. Además, ya era bastante distinta de Betty. En cierto modo, ella me sirvió para escarmentar en cabeza ajena. Los demás dejaron de considerarme una chica amable y empezaron a calificarme de lista, y no tardó en gustarme el cambio. La Betty que hacía galletas de avena a la efímera luz del sol quince años atrás volvió a representárseme en tres dimensiones. Era una mujer corriente que había muerto prematuramente a causa de una enfermedad incurable. ¿Era así? ¿Era eso todo?
De vez en cuando deseaba que Betty volviera a la vida, aunque solo fuera para una hora de conversación. Hubiese querido pedirle perdón por mi desdén hacia sus guantes de angorina, por mis secretas traiciones, por mi desprecio de adolescente. Me hubiese gustado mostrarle este relato que he escrito acerca de ella y preguntarle si hay en él algo de verdad. Pero no se me ocurre cómo preguntarle algo que le interesase entender. Se limitaría a reírse, asintiendo sin comprender, como era su costumbre, y a ofrecerme algo, una galleta de chocolate o un ovillo de lana.
En cuanto a Fred, ha dejado de intrigarme. Los Fred de este mundo se delatan por lo que hacen y por lo que eligen. Son las Betty las que resultan misteriosas.

Día 5

Siete tipos de ambigüedad

Shirley Jackson

La planta sótano de la librería parecía enorme: A ambos lados se extendían largas filas de libros que se perdían en la penumbra, con los volúmenes alineados en altas estanterías a lo largo de las paredes o apilados en el suelo. Al pie de la escalera de caracol que descendía desde la tienda, pequeña y ordenada, de la planta superior, el señor Harris —propietario y dependiente de la librería— tenía un pequeño escritorio repleto de catálogos, iluminado por una única lámpara llena de polvo que colgaba del techo. Esa misma lámpara servía para iluminar las estanterías que se apelotonaban en torno al escritorio; más allá, entre las repisas abarrotadas de volúmenes, había otras lámparas polvorientas colgadas del techo que se encendían tirando de un cordón y que los propios clientes se encargaban de apagar antes de volver a tientas hasta el escritorio del señor Harris, pagar los libros que se querían llevar y dejar que se los envolvieran. El señor Harris, quien conocía la ubicación de cualquier título o autor en el sótano abarrotado, tenía en aquel momento un cliente, un muchacho de unos dieciocho años que estaba al fondo de la gran sala, justo debajo de una de las lámparas, hojeando un libro que había escogido de un estante. En el sótano hacía frío y tanto el señor Harris como el muchacho llevaban puesto el abrigo. De vez en cuando, el señor Harris se levantaba del escritorio para echar una magra paletada de carbón a una pequeña estufa de hierro colocada en la curva de la escalera. Salvo cuando se levantaba el señor Harris o el chico se movía para devolver un libro al estante y sacar otro, la sala estaba en completa calma y los libros permanecían silenciosos bajo la luz mortecina.
Entonces, el sonido de una puerta al abrirse interrumpió el silencio. Era la puerta de la calle de la pequeña tienda donde el señor Harris tenía expuestos los grandes éxitos y los libros de arte. El señor Harris y el muchacho escucharon el murmullo de unas voces y, a continuación, oyeron a la muchacha que se encargaba de la tienda, indicando:
—Por la escalera. El señor Harris está abajo.
El señor Harris se incorporó y rodeó el pie de la escalera de caracol, encendiendo otra de las lámparas para que el nuevo cliente pudiera ver dónde ponía los pies. El muchacho devolvió el libro al estante y se quedó con la mano en el lomo, sin dejar de prestar atención.
Cuando el señor Harris vio que quien descendía los peldaños era una mujer, se apartó educadamente y avisó: —Cuidado con el último escalón. Hay uno más de los que cree la gente.
La mujer terminó de bajar con cautela y se quedó mirando a su alrededor. Mientras, un hombre apareció en la curva de la escalera, agachando la cabeza para no rozar con el sombrero el techo, demasiado bajo para él. —Cuidado con el último peldaño —le avisó la mujer con una voz suave y clara. El hombre llegó a su lado y alzó la cabeza para mirar a su alrededor como había hecho ella.

—Cuántos libros tiene usted aquí —comentó.
El señor Harris puso su sonrisa profesional y preguntó:
—¿Puedo ayudarles?
La mujer miró al hombre y éste titubeó un momento antes de declarar:
—Queremos comprar algunos libros. Más bien bastantes —hizo un amplio gesto con la mano y añadió —: Colecciones de libros.
—Bien, si son libros lo que busca… —murmuró el señor Harris, y sonrió de nuevo. Tal vez la señora quiera sentarse aquí…
Desanduvo sus pasos hasta el escritorio, seguido de la mujer, y el hombre cerró la marcha caminando intranquilo entre las estanterías de libros, con las manos pegadas a los costados como si temiera romper algo. El señor Harris ofreció la silla del escritorio a la mujer y luego se sentó en una esquina del mueble, apartando una pila de catálogos.
—Es un lugar muy interesante —comentó la mujer con la misma voz suave que había utilizado antes. Era de mediana edad e iba bien vestida; todas sus ropas eran bastante nuevas, pero sencillas y muy adecuadas para su edad y su aire de timidez. El hombre era corpulento y de aspecto vigoroso, con el rostro colorado por el frío y unas manos grandes que sostenían con gesto nervioso un par de guantes de lana.
—Nos gustaría comprarle algunos libros —insistió el hombre—. Algunos buenos libros.
—¿Busca alguno en concreto? —se interesó el señor Harris.
El hombre se rio estruendosamente, pero con cierta turbación.
—A decir verdad —confesó—, sé que voy a parecerle un poco estúpido, pero no sé mucho de libros y cosas así —en el gran sótano silencioso, su voz parecía un eco, después de los suaves susurros de su esposa y del señor Harris—. Esperábamos que usted pudiera guiarnos — dijo a continuación—. Nada de esa basura que publican hoy día. Algo como… —carraspeó—, como Dickens.
—Dickens —asintió el señor Harris.
—Cuando era chico, leí algo de Dickens. Eso es lo que queremos: buenos libros, como ésos —el hombre alzó la vista cuando el muchacho, que había estado hasta entonces revolviendo los libros, se acercó al grupo—. Me gustaría volver a leer a Dickens —afirmó el hombretón.
—No Señor Harris… —murmuró en voz baja el muchacho.
—¿Sí, señor Clark?
El señor Harris se volvió hacia el muchacho. Éste se acercó aún más al escritorio, como si no quisiera interrumpir al librero y a sus clientes.
—Me gustaría echar otra ojeada al Empson —dijo.
El señor Harris se volvió hacia el armario de puertas acristaladas que tenía detrás del escritorio y seleccionó un libro.

—Aquí lo tienes —dijo—. A este paso, lo habrás leído entero antes de que lo compres —dirigió una sonrisa al hombretón y a su esposa y comentó—: Algún día entrará, me comprará el libro, y a mí me va a dar algo por la sorpresa.
El muchacho se volvió de espaldas, con el libro en la mano, y el hombretón se inclinó hacia el señor Harris.
—Creo que querría dos colecciones; grandes, como la de Dickens —le dijo—. Y, luego, un par de colecciones más pequeñas.
—Y un ejemplar de Jane Eyre —apuntó su esposa con aquella voz tan dulce—. Me encantó cuando la leí — explicó al señor Harris.
—Les puedo encontrar una bonita colección de obras de las hermanas Bronté —asintió el señor Harris—. Bellamente encuadernada.
—Sí, quiero que se vean bonitos —intervino el hombre —, pero que sean fuertes, para leerlos. Voy a leerme otra vez todas las obras de Dickens.
El muchacho regresó al escritorio y le entregó el libro al señor Harris.

—Sigue pareciéndome bien —declaró.
—Aquí lo tienes cuando quieras —respondió el señor Harris, devolviendo el volumen al armario—. Es un ejemplar bastante raro.
—Supongo que seguirá aquí algún tiempo más — murmuró el chico.
—¿Cómo se titula ese libro? —inquirió el hombretón, curioso.
—Siete tipos de ambigüedad —respondió el muchacho —. Es una obra excelente.
—Buen título para un libro —comentó el hombretón al señor Harris—. Vaya chico tan espabilado, leyendo libros con títulos como ése…
—Es una obra excelente —repitió el muchacho.
—Yo también estoy tratando de comprar libros — explicó el hombretón al muchacho—. Quiero recuperar algunos que he perdido. Dickens. Siempre me han gustado sus obras.
—Meredith también es bueno —apuntó el muchacho —. ¿Ha probado alguna vez a leer algo de Meredith?
—Meredith —repitió el hombretón—. Vayamos a ver algunos de sus libros —dijo al señor Harris—. Me gustaría escoger un poco.
—¿Puedo acompañar al señor? —preguntó el muchacho al señor Harris—. Yo tengo que volver de todos modos por mi gorra.
—Iré con el joven a hojear los libros, querida —dijo el hombre a su esposa—. Tú quédate aquí y no agarres frío.
—De acuerdo —asintió el señor Harris—. El chico sabe dónde están los libros tan bien como yo —comentó al hombretón.
El muchacho emprendió la marcha por el pasillo entre las estanterías y el hombretón lo siguió, caminando con el mismo cuidado que antes y tratando de no tocar nada. Dejaron atrás la lámpara aún encendida bajo la cual habían quedado la gorra y los guantes del chico y éste encendió otra luz un poco más adelante.
—El señor Harris guarda la mayoría de sus colecciones por aquí —indicó—. Vamos a ver qué encontramos —se acuclilló ante los aparadores de libros y pasó los dedos con suavidad por el lomo de las filas de volúmenes—. ¿Piensa gastarse mucho dinero? —preguntó.
—Estoy dispuesto a pagar una suma razonable por los libros que tengo pensados —respondió el hombretón, y rozó el libro que tenía delante con la yema de un dedo, experimentalmente—. Ciento cincuenta, doscientos dólares como mucho.
El chico lo miró y se echó a reír.

—Con eso tiene para bastantes buenos libros.
—En mi vida había visto tantos juntos —confesó el hombre—. Nunca pensé que llegaría el día en que entraría en una librería y compraría todos los libros que siempre he querido leer.
—Ha de ser una sensación estupenda.
—Nunca he tenido oportunidad de leer mucho — continuó el hombre—. Entré en el taller mecánico donde trabajaba mi padre cuando era mucho más joven que tú y no he dejado de trabajar desde entonces. Ahora, de pronto, me encuentro con un poco más de dinero que antes y mi mujer y yo hemos decidido que nos gustaría tener unas cuantas cosas que siempre hemos deseado.
—Su esposa estaba interesada en las hermanas Bronté. Aquí hay una colección muy buena.
El hombre se agachó a mirar los libros que indicaba el muchacho.
—No sé mucho de estas cosas. Parecen bonitos, todos iguales. ¿Cuál es la colección de al lado?
—Carlyle —dijo el muchacho—. Puede olvidarlos. No son de los que usted busca. Meredith está bien. Y Thackeray. Creo que le gustará Thackeray; es un gran escritor.
El hombre tomó uno de los volúmenes que le tendía el muchacho y lo abrió con cuidado, utilizando sólo dos dedos de cada una de sus manazas.
—Éste me parece bien —dijo.
—Los anotaré —se ofreció el muchacho, y sacó un lápiz y un bloc de notas del bolsillo de la chaqueta—. Las Bronté —apuntó—, Dickens, Meredith, Thackeray.
El muchacho pasó la mano por cada una de las colecciones conforme iba anotándolas. El hombretón frunció el entrecejo.
—Tengo que llevarme otra más —murmuró—. Con éstas no acabo de llenar la estantería que compré para ponerlas.
—Jane Austen —sugirió el muchacho—. A su esposa le gustará.
—¿Tú has leído todos esos libros? —quiso saber el hombre.
—La mayoría —asintió el chico.
El hombre permaneció callado un minuto y añadió:
—Yo nunca he tenido muchas ocasiones de leer nada, empezando a trabajar tan temprano. Tengo mucho que recuperar.
—Se lo va a pasar muy bien —dijo el muchacho.
—Ese libro que tenías hace un rato… ¿Qué clase de libro era?

—Era un ensayo de estética —explicó el chico—. Sobre literatura. Es muy difícil de encontrar. Hace mucho que quiero comprarlo, pero no tengo el dinero.
—¿Vas a la universidad?
—Sí.
—Aquí veo uno que me gustaría leer otra vez —indicó el hombre—. Mark Twain. Leí un par de libros suyos cuando era un niño. Pero supongo que ya tengo suficiente para empezar —se incorporó. El chico también, sonriendo.
—Va a tener que leer mucho…
—Me gusta leer. De veras, me gusta mucho —afirmó el hombre, y dio media vuelta, volviendo sobre sus pasos hasta el escritorio del señor Harris. El muchacho apagó las lámparas y lo siguió, haciendo una pausa para recoger los guantes y la gorra. Cuando el hombretón llegó ante el escritorio, le dijo a su esposa—: Vaya chico tan listo. Se conoce los libros de maravilla.
—¿Escogiste lo que quieres? —preguntó ella.
—El chico tiene una lista —se volvió al señor Harris y continuó—: Es toda una experiencia encontrar a un chico al que le gustan tanto los libros. Cuando yo tenía su edad, ya llevaba cuatro o cinco años trabajando.

El muchacho llegó con la hoja de papel en la mano.
—Con esto tendrá suficiente por un tiempo —dijo al señor Harris. El librero repasó la lista y asintió.
—Esos libros de Thackeray son una colección estupenda —declaró.
El muchacho se había puesto la gorra y estaba al pie de la escalera.
—Espero que los disfrute —dijo al hombretón—. Ya volveré a echarle otro vistazo a ese Empson, señor Harris.
—Procuraré tenerlo por aquí para ti —contestó el librero—. Pero no puedo prometértelo, ¿entiendes?
—Contaré con que siga ahí —respondió el chico.

—Gracias, hijo —dijo el hombretón cuando el muchacho empezó a subir la escalera—. Te agradezco que me hayas ayudado.
—No es nada —murmuró el muchacho.
—Vaya chico tan listo —insistió el hombretón, vuelto hacia el señor Harris—. Tiene un gran futuro, con una educación así.
—Es un muchacho agradable —asintió el señor Harris —. Y, desde luego, desea muchísimo ese libro.
—¿Usted cree que lo comprará algún día? —preguntó el hombre.
—Lo dudo —respondió el señor Harris—. Si me anota su nombre y dirección, prepararé la factura.
El señor Harris empezó a anotar el precio de los libros, copiando la pulcra nota del muchacho. Cuando el hombretón hubo escrito el nombre y la dirección, se quedó unos momentos tamborileando con los dedos sobre el escritorio y luego dijo:
—¿Puedo echarle otro vistazo a ese libro?
—¿El Empson? —preguntó el señor Harris, levantando la vista.
—Ése que interesaba tanto al muchacho.
El señor Harris se volvió hacia el armario acristalado que tenía a su espalda y sacó el libro. El hombretón lo sostuvo con delicadeza, como había hecho con los anteriores, y frunció el ceño cuando pasó las páginas. Después, dejó el libro sobre el escritorio del señor Harris.
—Si él no va a comprarlo —dijo entonces—, ¿le parece bien que lo ponga con el resto?
El librero alzó los ojos de los números por unos instantes y, a continuación, anotó el libro en la lista. Sumó rápidamente, escribió la suma y arrastró el papel sobre el escritorio hacia el hombretón. Mientras éste comprobaba las cifras, el señor Harris se volvió a la mujer y le dijo:
—Su esposo ha adquirido un montón de lecturas muy agradables.
—Me alegro de oírlo —contestó ella—. Hace mucho tiempo que lo deseábamos.
El hombretón contó cuidadosamente el dinero y entregó los billetes al señor Harris. El librero guardó el dinero en el cajón superior del escritorio y dijo:

—Si le parece bien, le podemos mandar el pedido a finales de semana.
—Estupendo —asintió el hombre—. ¿Lista, querida? La mujer se incorporó y el hombre se apartó para dejarla pasar delante. El señor Harris cerró la marcha y, al llegar a la escalera, se detuvo y dijo a la mujer: —Cuidado con el escalón.
La pareja empezó a subir la escalera y el señor Harris se quedó mirándolos hasta que desaparecieron. Después, apagó la lámpara llena de polvo que colgaba del techo y volvió a su escritorio.

Día 4

Lydia Davis

La casa de atrás

Vivimos en la casa de atrás y no vemos la calle: las ventanas del fondo miran hacia la piedra gris de la muralla de la ciudad y las ventanas delanteras dan al patio de las cocinas y los cuartos de baño de la casa de delante. Los apartamentos de la casa de delante son amplios y cómodos, mientras que los nuestros son estrechos y destartalados. En la casa de delante, las sirvientas viven en habitaciones pequeñas y limpias del último piso, y se asoman a las chapiteles de St-Étienne, pero bajo el alero de nuestra casa, diminutos cubículos se abren a la oscuridad de un pasillo polvoriento y los estudiantes y licenciados pobres que duermen en ellos comparten un retrete junto al hueco de la escalera. Muchos inquilinos de la casa de delante son altos funcionarios, mientras que la de detrás está llena de comerciantes, vendedores, carteros jubilados y maestros de escuela solteros. Está claro que no podemos culpar de su riqueza a los vecinos de la casa de delante, pero es algo que pesa sobre nosotros: sentimos la diferencia. Esto, sin embargo, no basta para explicar el rencor que ha existido siempre entre las dos casas.
Al anochecer, me siento con frecuencia a mirar por mi ventana delantera el cielo y oír los ruidos de los vecinos. Según pasan las horas, las palomas se posan en las buhardillas; el tráfico, que atasca la calle estrecha, se aclara a la salida, y las televisiones de algunos apartamentos llenan el aire de voces y ruido de violencia. De vez en cuando, oigo el golpe de la tapadera metálica de un contenedor de basura, abajo, en el patio, y veo una figura sombría que entra en una de las casas con un cubo de plástico vacío.
Los contenedores de basura fueron siempre una fuente de molestias, pero ahora la atmósfera se ha agriado: los inquilinos de la casa de delante tienen miedo de vaciar su basura. Si hay otro inquilino en el patio, no entran. Veo sus siluetas en el portal de la casa de delante, mientras esperan. Cuando no hay nadie, vacían sus cubos y cruzan de prisa el patio de guijarros, con la angustia de que los sorprendan solos. Algunas de las ancianas de la casa de delante bajan juntas, en parejas.
El asesinato tuvo lugar hace aproximadamente un año. Fue algo raro, sin explicación. El asesino fue un respetable hombre casado de nuestro edificio y la mujer asesinada era una de las pocas personas agradables de la casa de delante; de hecho, una de las pocas que trataban con las personas de la casa de atrás. Monsieur Martin no tenía ninguna razón para matarla. Creo que la frustración lo había vuelto loco: llevaba años deseando vivir en la casa de delante, y había llegado a la conclusión de que jamás sería posible.
Anochecía. Se cerraban los postigos. Yo estaba sentada junto a la ventana. Vi a los dos encontrarse en el patio, junto a los contenedores de basura. Quizá ella le dijo algo, algo inocente y amable, pero que le hizo darse cuenta una vez más de lo diferente que era de ella y de todos los que vivían en la casa de delante. Ella no debería haberle hablado: la mayoría de ellos no hablan con nosotros.
Monsieur Martin acababa de vaciar el cubo cuando ella apareció. Tenía un aire tan elegante que, aunque iba con un cubo de basura, su aspecto era regio. Supongo que él reparó en cómo el cubo de ella —de vulgar plástico amarillo, como el suyo— relucía más, y cómo la basura era más vistosa que la suya. Debió de notar también lo limpio que llevaba el vestido, muy ligero, y cómo flotaba suavemente en torno a las piernas fuertes y saludables, qué dulce era el olor que desprendía, qué luminosa era su piel a la desfalleciente luz del día, cómo le brillaban los ojos con aquella mirada de felicidad, constante y ligeramente frenética, que lucía, y cómo el pelo suelto despedía reflejos plateados y se hinchaba bajo los pasadores. Monsieur Martin se inclinaba sobre el cubo, raspando el interior con un cuchillo de caza sin filo cuando ella se acercó, deslizándose sobre los adoquines.
Estaba tan oscuro a esa hora que al principio sólo pudo ver con claridad la blancura del vestido. Permaneció en silencio —pues, escrupulosamente educado, con una persona de la casa de delante nunca era el primero en hablar— y rápidamente apartó la vista. Pero no con la suficiente rapidez, pues ella le devolvió la mirada y habló.
Probablemente dijo algo trivial sobre lo agradable que era la noche. Si no hubiera hablado, el dulce sonido de su voz quizá no hubiera desencadenado la furia del hombre. Pero en ese instante debió de darse cuenta de que para él la noche nunca sería tan agradable como para ella. O algo en el tono de la voz —algo demasiado amable, con el aire de superioridad suficiente para que entendiera que estaba condenado a seguir en su sitio— le hizo perder el control. Saltó como un resorte, como si algo se hubiera roto en su interior, y le clavó de un golpe la navaja en la garganta.
Lo vi todo desde arriba. Sucedió muy rápido y en silencio. No hice nada. Por un momento ni siquiera me di cuenta de lo que había visto: aquí la vida es tan tranquila, pasan tan pocas cosas, que casi he perdido la capacidad de reaccionar. Pero también había algo impresionante en aquella escena: el hombre era fuerte y corpulento, un cazador experimentado, y ella era menuda y grácil como un gamo. El gesto del hombre fue clásico, hermoso; y ella se derrumbó sobre los adoquines como se desvanece la neblina que desprende un estanque. Incluso cuando fui capaz de pensar, no hice nada.
Miraba; varias personas aparecieron por la puerta de atrás de la casa de delante y por la puerta principal de nuestra casa y se paraban en seco con sus cubos de basura cuando veían a la mujer tendida allí y, a su lado, al hombre inmóvil, con el cubo de basura a sus pies, limpio de residuos. La mano de ella seguía agarrada al asa de su cubo, y la basura se había derramado sobre las piedras, lo que para nosotros era, extrañamente, tan espantoso como el propio asesinato. Fueron reuniéndose más y más inquilinos en los portales, a mirar. Movían los labios, pero no podía oírlos porque me rodeaba el ruido de los televisores.
Creo que la razón de que ninguno hiciera nada fue que el asesinato había tenido lugar en una especie de tierra de nadie. Si hubiera sucedido en nuestra casa o en la suya, alguna iniciativa habría sido tomada —sin prisa en nuestra casa y con rapidez en la suya—. Pero, tal como se presentaba la situación, la gente dudaba: los de la casa de delante vacilaban antes de rebajarse hasta el punto de verse mezclados con aquello, y los de nuestra casa dudaban si atreverse a tanto. Al final fue el conserje el que se encargó del asunto. El juez levantó el cadáver y a Monsieur Martin se lo llevó la policía. Una vez que la gente se dispersó, el conserje barrió la basura derramada, fregó los adoquines y devolvió cada cubo al apartamento correspondiente.
Durante un día o dos, los vecinos de ambas casas estuvieron visiblemente afectados. Se hablaba en los pasillos: en nuestra casa, las voces se levantaban como el viento en las hojas de los árboles antes de una tormenta; en la suya, opulentas sílabas llenas de confianza en sí mismas repiqueteaban como disparos de ametralladora. Los encuentros entre los inquilinos de las dos casas eran más violentos: los de nuestra casa esquivábamos a los otros si nos los encontrábamos en la calle, y había algo en nuestras caras que cortaba en seco sus conversaciones cuando nos acercábamos lo suficiente para oírlas.
Pero luego los pasillos volvieron a quedar en silencio, y durante un tiempo pareció que poco había cambiado. Quizá, pensé, aquel incidente estaba tan lejos de nuestra comprensión que no podía afectarnos. La única diferencia parecía ser la mirada sin expresión de los vecinos de mi edificio, como si hubieran sufrido una conmoción. Pero gradualmente empecé a darme cuenta de que el incidente había dejado una impresión más profunda. La desconfianza impregnaba el aire, y el malestar. La gente de la casa de delante tenía miedo de nosotros, allí, pegados a su espalda, y no existía comunicación entre nosotros en absoluto. Al matar a la mujer de la casa de delante, monsieur Martin había matado algo más: perdimos los últimos restos del respeto a nosotros mismos ante la gente de la casa de delante, porque todos asumimos la responsabilidad del crimen. Ahora era imposible seguir fingiendo. Algunos, es verdad, no se sintieron afectados y siguieron luciendo los andrajos de su dignidad con orgullo. Pero la mayoría de la gente de la casa de atrás cambió.
Una enfermera de noche vivía en mi misma planta. Cada mañana, cuando llegaba a casa después del trabajo, me despertaba al oír el pesado llavero de hierro que golpeaba la puerta de madera de su apartamento, el ruido de las llaves en las cerraduras. A última hora de la tarde volvía a salir y arrastraba los pies sin hacer ruido mientras quitaba el polvo al pasamanos de la escalera. Ahora se queda sentada detrás de su puerta a oír la radio y toser con delicadeza.
La mayor de las hermanas Lamartine, que solía dejar entreabierta la puerta para oír las conversaciones en los pasillos —alguna vez se emocionaba tanto que asomaba su larga nariz por la rendija y soltaba un comentario o dos—, ahora sólo aparecía los domingos, cuando a primera hora iba a misa con un velo azul en la cabeza. Mi vecina del segundo piso, madame Bac, dejaba la colada a la intemperie durante días, hiciera el tiempo que hiciera, hasta que el olor agrio llegaba a donde yo estaba sentada. Muchos inquilinos dejaron de limpiar los felpudos. La gente se avergonzaba de su ropa y se ponía el impermeable cuando salía. Los pasillos olían a humedad: los repartidores y los agentes de seguros subían y bajaban a tientas las escaleras, molestos. Y, lo peor de todo, nos volvimos ariscos y mezquinos: dejamos de hablarnos, chismorreábamos con los extraños, dejábamos barro en los rellanos de escalera ajenos.
De un modo bastante curioso, muchas casas de la ciudad, emparejadas como la nuestra, mantienen malas relaciones: usualmente reina una paz incómoda entre las dos casas hasta que algún incidente hace estallar la situación, que empieza a deteriorarse. La gente de las casas de delante se encierra en su fría dignidad y la gente de las casas de atrás pierde la confianza, se le pone la cara gris de vergüenza.
Hace poco, me sorprendí en el momento de tirar al patio el corazón de una manzana, y me di cuenta de hasta qué punto había caído bajo el influjo de la casa de atrás. Los cristales de mis ventanas están sucios y finas marañas de polvo cubren el filo de los rodapiés. Si no me voy ahora, pronto seré incapaz de hacer ese esfuerzo. Debería alquilar un apartamento en otra zona de la ciudad y hacer el equipaje.
Sé que cuando vaya a despedirme de mis vecinos, con los que alguna vez me llevé bastante bien, unos no me abrirán la puerta y otros me miraran como si no me conocieran. Pero habrá unos cuantos que recuperarán algo del viejo espíritu de rebeldía y orgullo agresivo, lo suficiente para estrecharme la mano y desearme suerte.
Su mirada sin esperanza hará que sienta vergüenza de irme. Pero no puedo ayudarles. En todo caso, creo que en unos años las cosas volverán a la normalidad. La costumbre provocará que la gente de atrás recobre su raída pulcritud, el cáustico cotilleo de todas las mañanas contra la gente de la casa de delante, la frugalidad en las pequeñas compras, su decencia sin riesgos; y, mientras la gente de las dos casas se muda y es reemplazada por extraños, todo el asunto será lentamente asimilado y olvidado. Las únicas víctimas, al final, serán la mujer de monsieur Martin, el propio monsieur Martin, y la amable mujer a la que monsieur Martin mató.

Día 3

LA HIJA DE LOS BÚHOS

Neil Gaiman

Esta historia me la explicó mi amigo el Sr. Don Edmund Wyld, a quien se la explicó el Sr. Farringdon, que dijo que ya era antigua en su época. En el Pueblo de Dymton un niña recién nacida fue abandonada una noche en las escaleras de la Iglesia, donde el Sacristán la encontró a la mañana siguiente. La niña tenía en la mano una cosa curiosa, a saber: la bolita de excremento de un Búho, que al desmenuzarla mostraba la composición de costumbre de la bolita de excremento de un Autillo, es decir: piel y dientes y huesos pequeños.

Las ancianas del Pueblo dijeron lo siguiente: que la niña era hija de Búhos y que debería morir abrasada, porque no había nacido de mujer. No obstante. Cabezas de familia y Ancianos más sabios prevalecieron y llevaron al bebé al Convento (ya que esto ocurría poco después de la época Papista y el Convento había quedado vacío, porque la gente del Pueblo pensaba que era un lugar de Demonios y cosas por el estilo, además de que Autillos y Lechuzas y muchos murciélagos se habían instalado en la torre) y ahí la dejaron y una de las ancianas del Pueblo iba cada día al Convento y daba de comer al bebé. 

Se pronosticó que el bebé moriría, cosa que no hizo: sino que creció año tras año hasta ser una doncella de xiiii veranos. Era la cosa más bonita que se había visto jamás, una muchacha excelente, que pasaba sus días y noches tras altos muros de piedra sin nadie a quien ver, excepto a una mujer del Pueblo que venía cada mañana. Un día de mercado la buena mujer habló demasiado alto sobre la hermosura de la chica y también dijo que no sabía hablar porque nunca había aprendido la manera de hacerlo.

Los hombres de Dymton, los ancianos y los jóvenes, hablaron entre ellos y dijeron: si la visitásemos, ¿quién se enteraría? (Entendiendo por visitar que pretendían violarla.)

Éste es el rumor que se hizo correr: que todos los hombres irían de caza

formando una cofradía, cuando la Luna estuviera llena: la noche que lo estuvo, de uno en uno, salieron sigilosamente de sus casas y se encontraron frente al Convento y el Alguacil de Dymton abrió la puerta y entraron de uno en uno.

La encontraron escondida en el sótano, asustada por el ruido.

La doncella era incluso más bonita de lo que les habían dicho: tenía el pelo

rojo, lo que era poco frecuente, y no llevaba más que un vestido blanco y, cuando les vio, tuvo mucho miedo porque nunca había visto a un Hombre, sólo a la mujer que le traía sus vituallas: y se quedó mirándoles con ojos enormes y lanzó grititos, como si les estuviera implorando que no le hiciesen daño.

Los habitantes del Pueblo se limitaron a reírse ya que tenían malas intenciones y eran hombres malvados y crueles: y se abalanzaron sobre ella a la luz de la luna.

Entonces la chica empezó a chillar y a llorar, pero eso no les apartó de su propósito y la ventana grande se oscureció y algo impidió el paso de la luz de la luna: y se oyó el sonido de alas poderosas; pero los hombres no se dieron cuenta porque estaban concentrados en su violación.

La gente de Dymton que estaba en la cama esa noche soñó con ululatos y gritos y aullidos: y con aves grandes: y soñó que se había convertido en ratoncitos y ratas.

Al día siguiente, cuando el sol estaba alto, las buenas mujeres del Pueblo recorrieron Dymton removiendo Cielo y Tierra para encontrar a sus Maridos y a sus Hijos; y, al llegar al Convento, encontraron, en las piedras del Sótano, las bolitas de excremento de búhos: y en las bolitas descubrieron pelo y hebillas y monedas y huesecillos: y también bastante paja en el suelo.

Así que nunca se volvió a ver a ninguno de los hombres de Dymton. Sin embargo, durante algunos años a partir de entonces, hubo quien dijo haber visto a la Doncella en Lugares prominentes, como los Robles más altos y torres, &c.; algo que siempre ocurría al anochecer y por la noche y nadie se atrevía a jurar con seguridad si era ella o no.

(Era una figura blanca: pero el Sr E. Wyld no recordaba bien si la gente dijo si iba vestida o desnuda.)

La verdad no la sé, pero es un relato alegre y uno que escribo aquí.

Día 2

Óscar Collazos

El lento olvido de tus sueños

En lo real como en tu propia casa
el secreto reside en olvidar los sueños.

Enrique Lihn

      … entonces no había día en que no soñara, en que el sueño no fuera el acoso de gentes como fantasmas, de rostros asediándome, de manos buscando agarrarse a mi cuerpo para estrangularlo en un instante que no llegaba, milagrosamente, que no llegaba jamás. “Son cuentos suyos”, decía mamá. Y no eran cuentos míos: eran mis sueños, sueños que al día siguiente elaboraba y reelaboraba para poder decir por las mañanas algo, para poder insistir (“volví a soñar con el negro”), aunque siempre hallaba la misma respuesta (“son cuentos suyos, déjese de historias, quién diablos se las estará metiendo en la cabeza”), la respuesta desconsoladora de siempre.
Desconsoladora porque quería que me creyeran, porque alguna vez tampoco me creyeron cuando fui a ver Sansón y Dalila y llegué pasadas las nueve y media de la noche, “que usted ya anda por ahí vagabundeando carajo que sí que me dijeron que lo habían visto saliendo de una cantina”, era necesario que me creyeran, pues jamás me habían creído. Cuando venía de la escuela y decía: “mire, mamá, que vi a un hombre tragándose una culebra así de grande” (y estiraba los brazos que alcanzaban a dar el tamaño de la culebra), tal como lo había visto al pasar por la plaza, entonces mamá volvía a repetirme: “tráguese su culebra, mocoso mentiroso”, y yo tenía que irme al cuarto en donde estaba Alberto, el mayor de mis hermanos, y tenía que contarle otra vez lo sucedido. El sí me paraba bolas, pero sonreía y yo pensaba que se burlaba de mí, que jamás me había tratado como gente seria. “Qué serio vas a ser —me decía— si tienes solo doce años” y volvía a mirar la revista de mujeres desnudas que se levantaba en las bodegas del muelle.
Jamás me quisieron creer y eso era lo que dolía, lo que después de todo me iba dando rabia hasta que decidí no volver a abrir la boca para nada, tragarme mis sueños, mis visiones, todas las cosas que me iban sucediendo, un hombre tragándose una culebra, metiéndosela por las narices, por las orejas, acariciándole los ojos, enroscada en sus brazos, perdiéndose en su vientre y resurgiendo en su espalda. Siempre recordaré a ese hombre; todo el mundo lo recordará porque él siempre estaba en el centro de la placita con una cantidad de gente viendo sus juegos con la culebra, oyendo sus palabras, cuando después empezaba a vender el ungüento (“llévenlo señoras y señores que este es el milagroso ungüentico contra todas las dolencias y contiene un secreto que si no fuera secreto señoras y señores como el secreto de esta culebra que se enrosca en mi cuello ya se los habría dicho pero no importa el secreto lo que importa es el milagroso ungüento que tengo sostenido aquí en mi mano contra todo mordeduras rasguños quemaduras escaldaduras calenturas travesuras de sus niños el gran remedio que ha curado a infinidad de pacientes en infinidad de enfermedades y solo lo pueden llevar por la suma módica que no hará menos ricos a los ricos ni más pobres a los pobres pero sí más felices a pobres y ricos porque ya ustedes han de saber que la enfermedad no mira esas cosas de los abolengos llévenlo llévenlo ya mismo, señoras y señores…”) y todo el mundo se quedaba entonces con la boca abierta y luego iban metiendo la mano al bolsillo, tome, deme uno, oiga, deme dos, señor quiero tres, metiendo la mano a los bolsillos mientras la culebra seguía en la misma boca del hombre como jadeando y jugaba luego por su cuerpo.
Recuerdo que un día, al despertarme, solo quedaba la imagen de una mano que quería agarrarse de algo, y era mi mano, cuando frente a mí se abría un abismo en el que tenía que arrojarme pues el negro me perseguía, el negro me había perseguido con su linterna durante muchas cuadras y yo sentía miedo, tenía pavor, pensaba que me agarraría en un instante, sentía que el cuerpo se me ponía blando, blando, blando, que las piernas me temblaban, que se me ponían húmedas las piernas y bajaba la humedad hasta las rodillas, que me mojaba, que en el vacío la lluvia era más recia, me lavaba y, ya precipitado en ese vacío, el grito se hacía más largo. Al despertar —recuerdo— estaba realmente mojado. Al llevar la mano al pantalón del pijama me di cuenta de lo mojado que estaba, me había orinado, sí, me había orinado en los pantalones, seguramente por el miedo al negro que en sueños me había perseguido; el rostro de un negro que jamás olvidaré porque siempre era el mismo rostro en cada sueño.
Recuerdo que la primera vez, al soñar con él, yo iba hacia la casa y ya estaba doblando la esquina para coger Pueblo Nuevo (¡qué nuevo ni qué pueblo!), con harta lluvia, cuando sentí una linterna en la cara: ahí mismo se me heló la sangre, se me enfrió el cuerpo y me dieron ganas de orinar (no sé por qué siempre que tengo sustos me dan ganas de orinar; mis amigos dicen que es el puro culillo). Me quedé parado y mudo. Detrás de mí quedaba un silencio de miedo. Miré al negro y vi que estaba con una capa brillante que dejaba escurrir el agua a montones y su cara relucía brillante y grasosa. Sus ojos se veían blancos, a veces amarillos, dos pepas enormes, blancas-amarillas. Cuando habló (“hola muchacho, ¿qué son estas horas de andar en la calle?”), yo sentí que la piel se me encogió, que el cuerpo todo se me iba poniendo pequeño. El primer impulso, la primera ocurrencia, fue correr. Corrí: todo el sueño fue-un-estarcorriendo sintiendo que el negro venía detrás de mí, que la luz de su linterna estaba a mis espaldas y el chorro de luz traspasaba mis hombros y se proyectaba más allá marcando el camino que debía seguir. Sentía perder las fuerzas. Esa noche, a punto ya de caer en las manos del negro, y él de caerme encima con su cuerpote y sus botas de gigante y su capa brillante y mojada, desperté.
Estaba asustado. Me quedé sentado en la cama, restregándome los ojos, encogido, tratando de saber si estaba o no estaba despierto. Vi a mamá que entraba al cuarto y me decía: “¿Qué le pasa ahora? No me diga que soñó con el duende”. (Ella había cogido la costumbre de burlarse de mis sueños y eso también me molestaba). Yo le dije que había soñado con un negro que me perseguía. Ella dijo que, seguramente, me había perseguido de veras cuando venía de la escuela, que recordara lo dicho por papá. Recordé lo que él había dicho cuando llegamos al puerto, yo apenas con ocho años. “No se meta con esos negros”, dijo. “Ande con cuidado, sepa con quién juega”. En esos días entré a la escuela. Las palabras de papá me seguían sonando. El primer día de clases pensaba que papá tenía razón, que no debía mezclarme con “esos negros”, como decía él. Pero no pude obedecerle: en la escuela casi todos eran negros. También me daba miedo desobedecerlo, así que hice solo el recreo y escogí en la clase una banca, sentado al lado del único mulatico que tenía fama de pendejo. “Mariquita”, le decían. “Vean un blanquito al lado de Mariquita”, dijo ese día un muchacho, señalándome. Todos los demás rieron. “Un blanquito, véanlo”, decía. “Bien flojo que debe ser, o seguro muy amigo de Mariquita”. Todos se echaron a reír. En el recreo estuve con rabia. Pensé que papá tenía razón, que no debía mezclarme con ellos, que eran verdaderamente malos.
Ese primer sueño fue algo muy pero muy desagradable. Pero lo más feo fue cuando se repitió. Volví a casa después del primer día de clases y papá estaba sentado, viendo su periódico, echándole viento a la barriga descubierta, espantando moscas, las malditas moscas que se metían en todas partes, hasta en las comidas: una quería acomodarse en su nariz y hacer allí, con seguridad, sus porquerías. Papá las espantó. Apenas se calmó le dije lo que me había pasado. Le dio furia, tiró el periódico al suelo y me dijo: “Vea pendejo, el día que le hagan algo me lo cuenta, entonces yo ahí mismo lo zurro por pendejo”. (Estaba tan disgustado que se paró de la silla y prendió un cigarrillo y se metió a su cuarto). Yo también me metí al mío. No quería que viéndome se irritara más y empezara a tirarlo todo por el suelo. “Vean un blanquito”, me habían repetido y lo que me hacía poner rojo eran esas risas de burla y todos esos dedos negros con uñas amarillas señalándome mientras el maestro parecía no oírlos: más bien hasta se sonreía muy socarronamente.
La segunda vez del sueño, decía, tuve que tratar de recordarla: solo sabía al día siguiente que había vuelto a aparecer la misma cara del negro con la misma capa y la linterna esta vez enceguecedora. No dije nada. Me desperté asustado y comí sin ganas. “Cuando llegue a la escuela se van a dar cuenta del miedo que tengo”, pensé. “¿Qué le pasa que no come?”, preguntó mamá. “Nada, ¿qué me va a pasar?”, dije. Nerviosamente. “¡Jum! Algo debe pasarle. Usted con lo tragón que es…”, dijo ella. Y no respondí nada. Prefería tragarme las cosas del sueño así como me tragaba los pedazos de pan.

—¿Qué hubo que no peleas? —dijo el muchacho.
—No voy a pelear —le dije. Los demás hacían barra gritando.

—Pues si no peleas eres un marica —dijo el muchacho que estaba cuadrado con pose de boxeador, los puños apretados, un brazo cubriendo la cara y el otro el estómago, bien matón él.
—Que no voy a pelear —le repetí.
—Pues voy a tener que fajarte ya mismo —dijo y me tiró un puño en el ojo. Yo sentí que se me iba la luz, que, como en las películas de vaqueros, también veía estrellas con el primer puñetazo.
El cuerpo se me puso caliente, tan caliente que parecía estar incendiándose por todas partes. Oía a los demás muchachos que gritaban diciendo: “¡Pelea, pelea, no seas marica!” y yo entonces sentí que algo me empujaba por dentro, ví al muchacho que estaba sudando y riéndose de mí y tiré, sin que lo esperara, un puño en la cara y una patada en el estómago. Oí que alguien decía después: “Lo privaste, qué bruto, lo privaste”, y verdaderamente el muchacho se estaba encogiendo, llevándose las manos al estómago. “Lo privé de verdad”, pensé. El muchacho estaba ahí, quieto, antes de que los demás lo cogieran y empezaran a echarle aire, a levantarle los brazos como cuando en los partidos de fútbol privan a alguien de una patada. Estaba pálido. Me dio susto y luego lástima. Era la primera vez que veía la cara de un negro poniéndose pálida. “Ganaste, ganaste, lo dejaste privado”, decían los demás. Al sonar la campana —se había terminado el recreo—, el rector del colegio me llamó aparte, a su oficina (¡qué oficina ni qué oficina!). “Sepa —dijo— que aquí no se aguantan camorras, de nadie” (y me quedé en silencio pero luego me fue entrando la calentura de hablar). “Fue él quien buscó”, dije. “Silencio”, dijo el maestro. “Pero…”, traté de decir. “Venga mañana con su padre o acudiente o si no pierde el tiempo presentándose solo ”, dijo, señalándome la puerta de salida.
Al llegar a la casa fue el lío: tenía que decirle a papá que me había fajado con uno, que era negro y que lo había privado. “Vaya y se toma una kola”, dijo. “Mañana voy a ver qué pasó”, me dijo al salir. Oí que le decía a mamá: “Voy a ver cómo fue la vaina: si el negro le pegó, por mi madre santa que lo muelo a garrote por dejarse joder de esos mugrosos”. Mamá se quedó callada, como siempre. Pensé que al día siguiente todos me iban a preguntar que cómo había sido y que, seguramente, empezarían a respetarme.
Papá, abanicándose con el periódico, me miraba, serio él, mientras yo trataba de concentrarme en el momento de mi pelea y de reproducir la voz de los muchachos que me rodearon y felicitaron. Ahí sentado recordaba que papá, cuando el maestro le contó lo de mi fajada, me había dicho: “Esta vez se salvó; el maestro me contó todo, no se olvide de lo que siempre le he dicho: no se deje de ningún negro”. Luego, sonriendo para sí, me había mandado a estudiar. Yo pensaba siempre en las cosas que papá me decía, sobre todo las que repetía al comienzo, en los primeros días de nuestra llegada al puerto. También me acordaba de las cajas de cartón en que venían envueltas nuestras cosas, del pito del primer tren y del sudor de la gente por todas partes, de los brazos desnudos y de los niños que andaban con sus barrigas como infladas, también desnudos, sentados o parados en las puertas de las casas de madera. Me gustaba comprar helados, los mordía. “¿Cómo es que muerdes los helados? ¿No se te destemplan los dientes?”, me preguntaban, pero yo decía que así era como me gustaba comerlos. “Mira a ese hombre”, les dije a todos: era un payaso montado en unos zancos gigantescos, anunciando la llegada de un circo.
Pensaba que mamá pensaba muchas veces cosas que no se atrevía a decir por miedo a papá. Me fastidiaba que dijera sí o no para todo. Solo se limitaba a hacer observaciones (“creo que va a llover”) o a cuidarnos (“lleva la camisa salida por detrás”) o a recomendar a papá (“no olvide traer lo que falta en la despensa”), recomendaciones que papá solía recibir en silencio o con sus respuestas generalmente secas (“ya sé”) que mamá aceptaba sumisamente. No hubo día en que papá no insistiera en lo de los negros (“juntos pero no revueltos ”) y su insistencia era una cantaleta de toda hora, del regreso a casa, del antes-de-acostarse, del-antes-de-levantarse, del-irse, del-venirse, del-quedarse, su cantaleta de siempre, yo viendo cómo los muchachos de la escuela querían acercarse a mí y ser mis amigos, no sabía qué hacer. En una ocasión —hacía mucho sol y después de la clase todos queríamos mandar al diablo las camisas— me invitaron a jugar: debíamos irnos sin permiso, llegar en grupo a la cancha de arena que dejaba ver pozos de agua salada, desnudarnos y empezar el partido de fútbol. Me dio miedo, entonces. Tenía siempre la certeza de que papá estallaría de un momento a otro, temía sus frases, sus insistencias, sus recomendaciones, sus palabras que eran como frenos puestos en mis manos y pies.
Yo sería el único blanco entre ellos y me daba miedo que me cogieran todos y me dieran garrote por venganza. Iniciaron la pedida del juego. Wilfrido, el muchacho al que había privado en la pelea, insistió en que jugara en su equipo. “Puedes ser portero”, dijo. “Eres el más largo”. Todos insistieron. “¿Qué pensarán hacer?”, reflexioné. “Vamos”, dije y agarré el balón, pasándoselo luego para que me entrenaran con tiritos de corta distancia. Diez minutos después todos estábamos en el centro de la cancha: empezaron a desnudarse, a mirarse como diciendo: “¿Qué hubo que no te desnudas, eh?”, mientras yo empezaba a desabrocharme la camisa. “Desnúdate rápido que aquí siempre se juega sin ropa”, dijo Wilfrido. Me dio pena. Me imaginaba desnudo ante los demás, con mi cuerpo pálido y las manchas que me había dejado la viruela. Pero tuve que hacerlo. Ellos se rieron cuando me vieron sin pantalones. “Cabrones, se están riendo de mí”. Claro, se reían del color. “Bueno, colócate allá en la portería”, dijo Wil, que parecía el jefe. “La tiene torcida”, dijo riéndose uno de los muchachos, señalándome. Me reí, nerviosamente, pero con rabia, y me tapé con las manos. “La tendrá torcida tu padre”, dije a uno que seguía riéndose. Jugamos toda la tarde, hasta que se vino la lluvia y la marea empezó a subir y a inundar el campo de juego, a penetrar por los manglares cercanos. Soplaba una brisa húmeda.
Mi equipo ganó el partido. Wilfrido vino a mi arco y me dijo, con palmaditas: “Tapaste bien, parecías un Chonto Gaviria”. “Jugaste bien”, dijeron los otros. “Consigue el uniforme y te metemos al equipo”, propuso Wilfrido.
Al regreso, entrada la noche, Wilfrido dijo: “Cuidado con chivatear ”. Los demás prometieron no hacerlo, “qué chivatos ni qué nada”, y yo, aparte, le dije: “Tranquilo: palito en boca”. Llegando a la casa volvió a darme miedo, que si me coge mi papá y me da una cueriza, que si se da cuenta que estuve jugando con los negros y entonces saca su correa o coge el primer palo que encuentre y me mata, que si alguien me chivatea y, “¿dónde estuvo?”, y mis respuestas, cuando imaginaba que no podría mentir, que cualquier mentira sería peor, que sería descubierto. Papá estaría, ya no sentado en su silla con el periódico, sino de pie, mirándome, con el pelo en la frente y la cara arrugada. “¿Y con quién mugres fue?”, pensaba viéndolo frente a mí. “A ver, ¿dónde estuvo?”, preguntó cuando llegué y dije que venía de jugar fútbol. “Con los de la escuela ”, dije. “Claro, con esos jediondos”, dijo. No podía hablar: sabía que si abría la boca sería peor, estallaría inmediatamente. “Pues va a saber lo que es obedecer”, dijo amenazándome. Vi que su mano se dirigía al cinturón, que sus dedos accionaban sin poder dar con el broche, que se atropellaba buscando la manera de desatar la correa, que luego, al lograrlo, se escurría por entre los pasadores, haciendo un ruido raro y que —finalmente—, ya libre del pantalón, papá enroscaba una punta en su mano y la correa se agitaba en el aire.
Cerré los ojos. Todavía seguía, como suspendida, una escena del partido, cuando había tapado un penalti. No recuerdo sino la impresión física de su primer fustazo y su voz cuando repetía (“para que siga andando con esos negros jediondos”) y la presencia de mamá en la puerta, con unos platos en la mano. “Déjelo ya, eso basta”, gritaba mamá. “Que lo va a deshollejar”, siguió gritando. “¿No ve que ese muchacho va a echar sangre?”. Y yo contenía el llanto, no quería llorar aunque me matara, aunque empezara a echar sangre por todas partes y todo el sueño y el cuarto y la casa y la calle y la ciudad se inundaran con mi sangre. “No lloraría”, me decía, “no llores”, me repetía, “no llores no puedes llorar los que lloran son los maricones y no los hombrecitos que han tapado un penalti y privado a alguien de una patada y te respetan no llores no llorarás estate quieto quieto que tu papá se cansará de darte fustazos recuerda a Boy el amigo de Tarzán lo valiente que es y a Flash Gordon y a Supermán que ninguno de ellos llora a Chonto Gaviria que seguramente no llora ni a Wilfrido puedes desconocerlo ya se está cansando el viejo ya está respirando como con ganas de estallar y dejará de darte darte ya está cansado estate quieto y no llores como llores de pronto va y te jodes Boy Supermán Tarzán, Sansón viva Sansón y mueran los filisteos, Dalila y Sansón Boy sube por una cuerda y baja de la copa del árbol-casa hasta el suelo y las fieras y no llora y nadie que es guapo pero lo que se dice guapo va a llorar nadie nadie…”, pensaba sin poder ordenar mis pensamientos, viendo que mamá estaba sentada en la banca de la cocina pelando unas papas y examinando, muerta de rabia, lo que papá me había hecho. Me hizo quitar la ropa (“vea esos calzoncillos cómo están de mugrosos”) y se quedó mirando mi cuerpo como buscando cicatrices o huellas. “Ahora se mete en su cuarto y no sale ni esta noche ni mañana”, dijo mi papá. Mañana sería domingo y la idea de no salir me ponía triste. “Ojalá se muera”, pensé cuando me encerré en el cuarto. Al rato oí que papá trancaba la puerta por fuera. “Para que aprenda a obedecer”, dijo. Solo, sentado en la cama, sin poder contener el llanto, lo maldije una y mil veces, pensando que lo que me había hecho no se lo perdonaría nunca. Al rato fue pasando el llanto. Oí que mi papá sintonizaba el noticiero: pasaban los pronósticos de las carreras de caballos y me imaginaba a papá sentado junto al radio, con un lápiz en la mano y la atención puesta en la voz del locutor que daba nombres que papá iba poniendo en el formulario. “Ojalá no le salga ni uno”, pensé. “Es un comemierda”. Y arañaba la paredes raspando la cal y escribiendo unas letras que se venían sin pensar, unas letras que iba acomodando en desorden, “hi-ju-e-hi-jue-pu-ta-ta-ta-ta-ta-ta”, y luego, al escribir las últimas sílabas, se me antojaba como un ruido de algo, tal vez de una metralleta disparando hacia una colina de enemigos, y pensaba en Paralelo 48, una de guerra que había visto la semana pasada, pero volvía inmediatamente a repintar las letras y sílabas, fuerte, con rabia, como si quisiera atravesar la pared de un lado a otro con la presión de mis uñas que empezaban a romperse, llenas de cal. 

“Le digo que soñé de nuevo con el negro ese”, le dije a mi hermano mayor. “¿Qué fue lo que hiciste ayer para que mi papá te diera esa cueriza?”, preguntó. “Nada; porque me fui a jugar fútbol”, respondí. “¡Ah! —exclamó—. Mañana jugamos un partido con los de tu clase”, dijo. “¿Mañana lunes?”. “¡Claro!” (Entonces pensé: “yo seré el portero”). Salió de mi cuarto mirándome y riéndose, pensé que estaría diciéndose: “ahí te jodés encerrado todo el día”. Me dio envidia de Alberto. Sabía que en matiné darían una con Johnny Weismüller y que a la salida todos los muchachos se meterían a la tienda a comentarla. Miré las paredes y vi las palabras (¿palabras?) y traté de borrarlas con la mano: era inútil. Eché saliva a la punta de la camisa y traté de quitarlas presionando fuerte. Mientras accionaba en la pared se me vino la imagen del sueño: el negro estaba frente a mí con una linterna, alumbrándome a la cara, dejando ver lo brillante de su rostro. Yo, luego, corría y sentía que sus pasos estaban próximos, que su mano ya estaba sobre mi espalda, que su brazo negro me daba un golpe y que, corriendo, no aguantaría más y acercándose a mí yo caería desfallecido. Al final hallaba un barranco y sentía que mi cuerpo volvía a precipitarse en él, con mi grito, mientras la voz de papá repetía con insistencia: “No se meta con esos negros”, pausadamente, y luego la voz, distorsionada y rápida, “nosemetaconesosnegros”.
Al despertar, me sentía caliente. Tenía fiebre. Me daba fiebre siempre. Mamá se acercó y me preguntó: “¿Qué le pasa?”. “Como que tengo fiebre”, le dije. “Muéstreme a ver ese cuerpo”, pidió y miró los fuetazos en la espalda. “Qué feo que está eso”, dijo, lastimeramente. Al rato volvió con agua tibia y empezó a ponerme paños, de la espalda hacia abajo. No dejaba de pensar en lo del sueño: resultaba que la cara del negro era la misma cara de Wilfrido.
—Su papá me dijo que si quería salir, que saliera.

—No, no quiero salir (¡no salgo y no salgo!).
—¿Con quiénes estuvo ayer?

—Pues con los del curso.
—Ah —dijo mamá. Y suspiró hondo. Seguramente, quería llenar de aire sus pulmones para poder alentarme. “Mañana jugaré el partido —pensé— tal como está programado y estaré en la delantera pues no voy a dejar que me pongan en el arco como una pelota me dirán que claro que puedo hacer lo que me dé la gana que cómo no claro cómo íbamos a colocarte en la delantera qué quieres interior izquierdo y entonces estaré en el partido jugando contra mi hermano Alberto que es también interior izquierdo lo voy a marcar como una estampilla no lo dejaré hacer ni media ni media ni med…”, y veía el desarrollo del partido con emoción, ahora con una fiebre distinta.
Mamá insistió, “¿por qué no va al cine?”, y yo: “No quiero ir, es que no quiero ir, mamá”, y ella, disimuladamente, dejó dos billetes sobre la mesita de noche y dijo que en el armario había ropa planchada.
No volví a acordarme del sueño. A veces, por un rato, volvía algún recuerdo de los años anteriores. Ahora, lo que más me molestaba era recordar a papá, saber que me zurraba, que todos los días decía alguna cosa de los negros asquerosos que me pedían primero para todo, que me sacaban de apuro en los exámenes. Después de dar vueltas por la casa (papá había salido), decidí ir a cine. En la calle, se me empezó a ir la rabia y la tristeza de todo el día y sentía una alegría rara, como si el aire trajera un extraño roce, como si en la manera de entrar en el cuerpo trajera esta deliciosa frescura que me producía ganas de reír.
Parado frente a la cartelera del Teatro Morales, con las manos en los bolsillos, vi el cartel de una pareja. La mujer tenía al hombre abrazado y él parecía estar-mordiendo-una-oreja. Era una de Marilyn Monroe. “Vea el letrero”, dijo la de la taquilla. mayores de dieciocho. Empecé a dar vueltas, con las manos en los bolsillos. “Se la vendo, pero si lo sacan es cosa suya”, dijo la taquillera después de tanto insistirle. Me miró de arriba-a-abajo y se sonrió.
Cuando entré al teatro ya habían apagado las luces y estaba muy oscuro. Al sentarme, muy al rato, se fue poniendo más claro. Acomodado en mi banca vi que pasaban los cortos de la próxima semana. Al volver la vista hacia la izquierda de la fila, alcancé a ver a don José Francisco Sánchez, “aquí está don Pacho Sánchez”, y sin pensarlo fui a sentarme a otra fila. Al mirar hacia atrás, don Pacho seguía tranquilo en su sitio; alcancé a ver a Julián, uno de mi clase, sentado a su lado.
“No pierde una este viejo maricón”, pensé. Recordé que un día, cuando pasaba para el colegio, me había llamado y mostrado unas postales con mujeres desnudas. Me escurrí en la butaca, estirando los pies y colocándolos en el espaldar del asiento siguiente. Los inadaptados, vi, y esperé ver, dentro de poco, el tremendo cuerpo de la Monroe en un baño.

Día I

Clarice Lispector

El primer beso

Más que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban mareados, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos. 
—Está bien, te creo que soy tu primera novia, eso me hace feliz. Pero dime la verdad: ¿nunca antes habías besado a una mujer? 
—Sí, ya había besado a una mujer. 
—¿Quién era? —preguntó ella dolorida. 
Toscamente él intentó contárselo, pero no sabía cómo. 
El autobús de excursión subía lentamente por la sierra. Él, uno de los muchachos en medio de la muchachada bulliciosa, dejaba que la brisa fresca le diese en la cara y se le hundiera en el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre. Qué bueno era quedarse a veces quieto, sin pensar casi, sólo sintiendo. Concentrarse en sentir era difícil en medio de la barahúnda de los compañeros. 
Y hasta la sed había empezado: jugar con el grupo, hablar a voz en cuello, más fuerte que el ruido del motor, reír, gritar, pensar, sentir… ¡Caray! Cómo dejaba la garganta seca. 
Y ni sombra de agua. La cuestión era juntar saliva, y eso fue lo que hizo. Después de juntarla en la boca ardiente, la tragaba despacio, y luego una vez más, y otra. Sin embargo, era tibia, la saliva, y no quitaba la sed. Una sed enorme, más grande que él mismo, que ahora le invadía todo el cuerpo. 
La brisa fina, antes tan buena, al sol del mediodía se había tornado ahora árida y caliente, y al penetrarle por la nariz le secaba todavía más la poca saliva que había juntado pacientemente. 
¿Y si se tapase la nariz y respirase un poco menos aquel viento del desierto? Probó un momento, pero se ahogaba en seguida. La cuestión era esperar, esperar. Tal vez unos minutos solamente, tal vez horas, mientras que la sed que él tenía era de años. 
No sabía cómo ni por qué, pero ahora se sentía más cerca del agua, la presentía más próxima, y los ojos le brincaban más allá de la ventana recorriendo la carretera, penetrando entre los arbustos, explorando, olfateando. 
El instinto animal que lo habitaba no se había equivocado: tras una inesperada curva de la carretera, entre arbustos, estaba… la fuente de donde brotaba un hilillo del agua soñada. 
El autobús se detuvo, todos tenían sed, pero él consiguió llegar primero a la fuente de piedra, antes que nadie. 
Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio de donde manaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el estómago. 
Era la vida que volvía, y con ella se empapó todo el interior arenoso hasta saciarse. Ahora podía abrir los ojos. 
Los abrió, y muy cerca de su cara vio dos ojos de estatua que lo miraban fijamente, y vio que era la estatua de una mujer, y que era de la boca de la mujer de donde el agua salía. Se acordó de que al primer sorbo había sentido realmente un contacto gélido en los labios, más frío que el agua. 
Y entonces supo que había acercado la boca a la boca de la mujer de la estatua de piedra. La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra. 
Intuitivamente, confuso en su inocencia, se sintió intrigado: pero si no es de la mujer de quien sale el líquido vivificante, el líquido germinador de la vida… Miró la estatua desnuda. 
La había besado. 
Lo invadió un temblor que desde afuera no se veía y que, empezando muy adentro, se apoderó de todo el cuerpo, explotando el rostro en brasa viva. 
Dio un paso hacia atrás o hacia delante, ya no sabía qué estaba haciendo. Perturbado, atónito, se dio cuenta de que una parte de su cuerpo, antes siempre relajada, estaba ahora en una tensión agresiva, y eso no le había ocurrido nunca. 
Dulcemente agresivo, se hallaba de pie, solo en medio de los demás, con el corazón latiendo pausada, profundamente, sintiendo cómo se transformaba el mundo. La vida era totalmente nueva. Era otra, descubierta en un sobresalto. Estaba perplejo, en un equilibrio frágil. 
Hasta que, surgiendo de lo más hondo del ser, de una fuente oculta en él manó la verdad. Que en seguida lo llenó de miedo y también de un orgullo que no había sentido nunca. Se había… 

Se había hecho hombre. 

«La carne de los ángeles no da inmortalidad como muchos piensan, su don consiste en acrecentar tus habilidades al máximo. Máximo entendimiento, máximo rendimiento, máximo de todo lo bueno… Yo tengo congelado al mío; no sé si estoy listo para cruzar el umbral y recibir todos esos talentos, ¿y si se convierten en una carga? No es tan mala esta vida efímera, no es tan deplorable como todos quieren hacerla ver en sus lamentos; por eso decidí guardármelo, si algún día ocupo esos dones, estaré listo.».

Ofrecimiento del cielo.

Alfredo Beltrán León.

Relato inédito.
Alfredo Beltrán León (Los Mochis, 1985) Ingeniero Químico por el Instituto Tecnológico de Los Mochis, intentó con todas sus fuerzas ser vagabundo, pero la vida no lo dejó; ha escrito una treintena de cuentos, de los cuales una compilación aparecerá publicada en breve por Editorial Limbo.