Labatut.

Labatut.

«Y lo primero es un nudo, una serie de nudos que te recorren el cuerpo; el de la boca no te deja hablar, el del pecho te estrangula los pulmones, el tercero te cierra el estómago, el cuarto te reseca la entrepierna y el último te taponea el culo, aunque lo más raro es que te gusta, es un alivio no tener que ocuparse del cuerpo, especialmente al principio, cuando te duele hasta respirar».

Hambre Barcelona.

Benjamín Labatut.

Garro.

Garro.

«Y así fue, señor, de repente Severina se sentó en la cama y gritó: “¡Ayúdeme mamacita!”. Y echó por la boca un animal tan grande como mi mano. El animal traía entre sus patas pedacitos de su corazón. Porque mi niña tenía el animal amarrado a su corazón… Entonces cantó el primer gallo».

El anillo.

Elena Garro.

Chesterton.

Chesterton.

«Un hombre es estrangulado junto al gran estrado de música de Epsom. Cualquiera podría haber visto cómo ocurría mientras el estrado estuviera vacío; un vagabundo oculto entre los setos o un motorista que bajara por las colinas. Pero nadie lo habría visto mientras el estrado estuviera lleno y todo el auditorio gritara enfervorecido cuando el artista favorito hiciera su aparición… o no la hiciera. Retorcer una bufanda, arrojar un cuerpo detrás de una puerta son cosas que se podrían hacer en un instante, siempre que fuese en ese instante».

El dios de los Gongs.

G. K. Chesterton.

Pulliti.

Pulliti.

«Soy un dios atado a este mundo. Aquí abajo nada es gratuito, todo tiene su precio. A cambio de nuestros cuerpos, necesitamos aire y alimento. Al final, la Vida misma no es más que un préstamo. Tú mismo, al morir, tendrás que devolver ese cuerpo que te fue dado cuando empezaste a existir».

El Dios Buitre.

Yelinna Pulliti Carrasco.

Celestes espejismos.

Celestes espejismos.

«Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba».

Historia de Mariquita.

Guadalupe Dueñas.