Insania.

Insania.

«Todo hubiese seguido igual y así hubiésemos seguido siendo, a nuestra manera, felices, si no es por culpa tuya Amalia, porque se me metió en la cabeza que tú eras infeliz. Mi tío había insistido en que cuando yo cumpliera doce años hiciera la primera comunión. Unos días antes me preguntó lo que quería de regalo y yo sólo pensé en ti, Amalia, en los años que llevabas de luto y en las ansias que tendrías de vestirte de novia otra vez. Después de todo para eso te habían hecho, para eso tenías un sitio blando en la mollera donde se te podía enterrar sin temor un largo alfiler de acero que te fijara en su sitio el velo y la corona de azahares. Pero las otras muñecas te tenían envidia, gozaban viéndote esclavizada, siempre subiendo y bajando las galerías».

-Amalia

Rosario Ferré.

Arbitrio y tortura.

Arbitrio y tortura.

«No pude reprimir un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar através de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. ‘Es completamente inofensivo —dijo mi marido mirándome con marcada inditerencía—. Te acostumbrarás a su compañía y si no lo consigues…’ No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa».

-El huésped

Amparo Dávila.

Crimen gourmet.

Crimen gourmet.

«No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aún así los oía. Cuando despertaba a media noche, volvía a escucharlos. Nunca supe si estaban vivos o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser.
A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían, y me siguen aún, a todas partes».

-Alta cocina

Amparo Dávila.

Le Diable n’ose pas refuser un jeu d’écarté.

Le Diable n’ose pas refuser un jeu d’écarté.

«—¿Tan qué? —dijo su Majestad—. ¡Vamos, señor, desnúdese!

—¿Desnudarme? ¡Muy bonito en verdad! ¡No, señor, no me desnudaré! ¿Quién es usted para que yo, duque de l’Omelette, príncipe de Foie-Gras, apenas mayor de edad, autor de la Mazurquiada y miembro de la Academia, tenga que quitarme obedientemente los mejores pantalones jamás cortados por Bourdon, la más bonita robe de chambre salida de manos de Rombêrt, por no decir nada de los papillotes y para no mencionar la molestia que me representaría quitarme los guantes?

—¿Que quién soy? ¡Ah, es verdad! Soy Baal-Zebub, príncipe de la Mosca. Acabo de sacarte de un ataúd de palo de rosa incrustado de marfil. Estabas extrañamente perfumado y tenías una etiqueta como si te hubieran facturado. Te mandaba Belial, mi inspector de cementerios. En cuanto a esos pantalones que dices cortados por Bourdon, son un excelente par de calzoncillos de lino, y tu robe de chambre es una mortaja de no pequeñas dimensiones».

El duque de l’Omelette.

Edgar Allan Poe.

Rara avis in terris.

Rara avis in terris.

«Cuando los dos pequeños amigos obedecieron al llamado del rey, lo encontraron bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el monarca, sin embargo, parecía de muy mal humor. No ignoraba que a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el pobre lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación agradable. Pero el rey amaba sus bromas y le pareció divertido obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) “a estar alegre”.

—Ven aquí, Hop-Frog —mandó, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala—. Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes… (Hop-Frog suspiró)… y veamos si eres capaz de inventar algo. Necesitamos personajespersonajes, ¿entiendes? Algo fuera de lo común, algo raro. Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te avivará el ingenio».

Hop-Frog.

Edgar Allan Poe.

Pasión criminal.

Pasión criminal.

«La imagen del cuerpo que se disgregaba al tocarlo no se apartó de mí jamás. Entre todos nuestros interrogadores sólo el padre Santillán no se dejó intimidar y aceptó nuestra versión. Dijo que nos tocó asistir al desenlace de un crimen legendario en los anales del pueblo, una venganza de la que nadie había podido confirmar la verdad.
El cadáver deshecho bajo mi tacto era el de una mujer a la que en el s. XVIII administraron un tóxico paralizante. Al abrir los ojos se halló emparedada en un osario. Murió de angustia, de hambre y de sed, sin poder moverse de la silla en que la encontramos ciento cincuenta años después. Era la esposa de un corregidor. Su doble crimen fue tener relaciones con un monje del convento y arrojar a un pozo al niño que nació de esos amores».

-La cautiva

José Emilio Pacheco.

IN VIVO.

IN VIVO.

MINIFICCIÓN

INNATA

ANA VIDAL

A Mariela no la llamaron nunca por su nombre. Desde que no nació todos se empeñaron en olvidarla sin recuerdos y, por más que grite, tire jarrones en la sala, abra puertas o sople a los ojos de su madre, nadie la mira ni la escucha. Últimamente le ha dado por probarse el vestido de comunión de su hermana y cada mañana lo encuentran fuera del armario. Quizás un día alguien hable de lo que nunca ocurrió y pueda empezar a morir.

Amortajar.

Amortajar.

«[…] Antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie.
[…] Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño.
Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpica de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata».

-La máscara de la muerte roja

Edgar Allan Poe.

Acritud.

Acritud.

«Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

-El gato negro

Edgar Allan Poe.

Miedo y muerte.

Miedo y muerte.

«Un aliento fétido envuelve el rostro de Marie mientras la criatura que la estrangula le empuja la cabeza hasta pegarla a los barrotes.
¿Quién eres, asquerosa fisgona?…
Marie trata de articular una respuesta:
—M… Marie Parks.
—¿Esta cosa habla? ¡Oh, Señor, esta cosa habla!
La criatura empieza a gritar en las tinieblas:
—¡Hermas, he atrapado a Satanás y Satanás me ha hablado!
—¡Arránquele el cuello hermana, no lo deje escapar!
A Marie se le nubla la vista y sus rodillas fallan…»

-El evangelio del mal.

Patrick Graham.