Sucumbir.

Sucumbir.

• MINIFICCIÓN •

Terror.

Cristian Garzón

Al intentar ponerse los zapatos, siente una cola viscosa en su interior y los arroja. Al cepillarse ve sus dientes alargados y lanza el cepillo contra el espejo. Llega a la oficina, ordena el escritorio: los lápices, el retrato de su hijo, su agenda y la cinta adhesiva. Pasa los dedos para quitar el polvo, pero miles de patas grises pisan sus manos, suben por su rostro, dejan huellas de barro en todo el lugar. Llega a su casa, se seca las gotas de sudor en la frente, introduce la llave con lentitud. Quiere contarle todo a su esposa. Quizá deba ir a psiquiátra pronto. En el cuarto una gigantesca rata detiene la lectura y lo saluda agitando sus garras. Resbala en las escaleras. Patea la puerta. Corre sin detenerse. Se introduce en la alcantarilla.

Circunvolución.

Circunvolución.

«Era la ciudad de Jauja, en la que caníbales y presas habitaban en un estado de reciprocidad. Como horda de criaturas llegaban los futuros engullidos con cuchillos afilados, preparados para enterrárselos ellos mismos, cuanto antes, en los órganos, y así servir de platillos a otra horda de criaturas dispuestas a comerlas con deleite. Lo que más disfrutaban los nativos era el cocido de sesos. Rigo los veía a unos levantarse la tapa de la cabeza para prestarse a servirse de alimento a otras, en apariencia similares, que devorarían con cuchara sus cerebros hasta perder el conocimiento y así morir».

Ciudad de Jauja.

Luis Cermeño.

Debacle.

Debacle.

«Hay cosas peores que Dios. Ahora lo sé.
Ellas lo eran. Ellas (¿O ellos?), sabían aferrarse a cada hendidura de la mente, y raspar dentro, como si se tratara de una fresa dental extirpando una caries. RTTTT RTTTT RTTTT. Extirpaban, cortaban, modificaban. Eran niños jugando con un mecano.
No tenían ninguna moral.
No ofrecían ninguna excusa, ninguna comprensión.
Tampoco entendí muy bien al principio, sus intenciones. ¿Qué buscaban? ¿Y por qué a mí?
Cállate, humano. Decían. Su Voz. Sus voces; como una anémona con cuerdas vocales».

Ellas eran.

Ricardo Cabezas.

Marasmo.

Marasmo.

«Un silencio perturbador se apoderó del ambiente. De nuevo, se escuchó un trinar, pero esta vez era un solo pájaro; su cantar era suave, melancólico. Libia trató de buscar entre la multitud de coloridas aves, cuál era la que cantaba de forma tan hermosa y a la vez tan triste. Quedó estupefacta al darse cuenta que el bello sonido salía de la boca de su hija. Julia, abrió los ojos, pareció ver a su madre y su canto se detuvo. Lanzó un alarido agudo y se desplomó en el suelo. Los pájaros huyeron en desbandada en un poderoso fragor de alas indómitas y colores destellantes, dejando una estela de polvo y hojas marchitas suspendidas en el aire. Libia, sobresaltada, corrió hacia donde estaba la niña, la alzó y llevándola en brazos entró al cuarto acostándola en la cama. Presurosa, se disponía a ir a buscar al único medico del pueblo, cuando Julia despertó de su inconsciencia.
—No hay tiempo para nosotros — dijo con la mirada perdida, como buscando un punto inexistente en el espacio».

El designio.

Marco Manuel Ruiz.