A cambio de qué…

A cambio de qué…

• SERIALES •

EUPHORIA
T.1 E.2

Fezco (Angus Cloud):
—La verdad es que todo tu asunto con la droga me puso mal.

Rue (Zendaya Stoermer):
—Vamos, no te me ablandes.

Fezco (Angus Cloud):
—No, no es eso. Es que me agradas. Te extrañé y, la manera en que comenzó el verano me asustó mucho.

Rue (Zendaya Stoermer):
—A ti y a todos los demás.

Fezco (Angus Cloud):
—En serio Rue. He visto morir a mucha gente. Nadie como tú. No sé qué locura tienes en la cabeza y no sé cómo ayudarte. Pero lo que sí puedo decirte es que la droga no es la respuesta.

Rue (Zendaya Stoermer):
—Recuerdo cuando tenía once años. Fue un par de meses después de que diagnosticaron a mi papá y nos dieron su pronóstico; era bueno, realmente bueno. Era como ochenta-veinte y decidimos celebrar; así que pedimos comida china. Recuerdo que, esa noche, estaba acostada en la cama entre mis padres y de pronto no podía respirar. Fue como si no quedara nada de aire en todo el mundo. Estaba jadeando y entré en pánico. Llamaron a la ambulancia y pensaron que era una reaccion alérgica o una mierda así. Cuando llegué al hospital, me dieron Valium líquido. Sí. Para calmarme. Y cuando me hizo efecto, pensé «es esto». «Esta es la sensación que he buscado durante toda mi vida, desde que tengo memoria˝. Porque, de pronto, el mundo se silenció. Y me sentí a salvo, en mi propia mente. Dos años después, papá había muerto. Los ataques de pánico siguieron. Y yo hallé una forma de vida. ¿Terminará matándome? Puede ser. Demonios… tal vez no, no sé.
¿Seguirás siendo mi proveedor, Fez?

Fez (Angus Cloud):
—No sé, pero juro que estás tremendamente loca hermana. Y estoy demasiado drogado para tener está conversación ahora.

Rue (Zendaya Stoermer):
—Sí, yo también. Yo también, maldita sea.

Mortaja.

Mortaja.

«Los viejos se han hincado, sollozando.
Yo alargo la mano y rozo con los dedos el rostro de porcelana de mi amiga. Siento el frío de esas facciones dibujadas, de la muñeca-reina que preside los fastos de esta cámara real de la muerte. Porcelana, pasta y algodón. “Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo.»
Aparto los dedos del falso cadáver. Mis huellas digitales quedan sobre la tez de la muñeca.
Y la náusea se insinúa en mi estómago, depósito del humo de los cirios y la peste del ásaro en el cuarto encerrado. Doy la espalda al túmulo de Amilamia. La mano de la señora toca mi brazo. Sus ojos desorbitados no hacen temblar la voz apagada:
—No vuelva, señor. Si de veras la quiso, no vuelva más.
Toco la mano de la madre de Amilamia, veo con los ojos mareados la cabeza del viejo, hundida entre sus rodillas, y salgo del aposento a la escalera, a la sala, al patio, a la calle».

-La muñeca reina

Carlos Fuentes.